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13 de agosto de 2008

Luz En Las Tinieblas

El mas distinguido de todos los que fueron llamados a guiar a la iglesia de las tinieblas del papado a la luz de una fe más pura, fue Martín Lulero. Celoso, ardiente y abnegado, sin mas temor que el temor de Dios y sin reconocer otro fundamento de la fe religiosa que el de las Santas Escrituras, fue Lulero el hombre de su época. Por su medio realizó Dios una gran obra para reformar a la iglesia e iluminar al mundo.
A la edad de dieciocho años ingresó en la universidad de Erfurt. Por su buena memoria, su rápida imaginación, sus sólidas facultades de razona­miento y su incansable consagración al estudio vino a quedar pronto al frente de sus condiscípulos. Un día, mientras examinaba unos libros en la biblioteca de la universidad, descubrió Lulero una Biblia latina. Jamás había visto aquel libro. Hasta ignoraba que existiese. Había oído porciones de los Evangelios y de las Epístolas que se leían en el culto público y suponía que eso era todo lo que contenía la Biblia. Ahora veía, por primera vez, la Palabra de Dios completa. Con reverencia mezclada con admiración hojeó las sagradas páginas; con pulso tembloroso y corazón perturbado leyó con atención las palabras de vida, deteniéndose a veces para exclamar: "¡Ah! ¡Si Dios quisiese darme para mí otro libro como éste!"
Un sincero deseo de librarse del pecado y de reconciliarse con Dios le indujo al fin a entrar en un claustro para dedicarse a la vida monástica. Allí se le obligó a desempeñar los trabajos más humillantes y a pedir limosnas de casa en casa. Aquellas viles ocupaciones le mortificaban y ofendían sus
Sentimientos naturales; pero todo lo soportaba con paciencia, creyendo que lo necesitaba por causa de sus pecados.
Se deleitaba en el estudio de la Palabra de Dios. Dedicaba al estudio todo el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones de cada día. Había en­contrado una Biblia encadenada en el muro del convento, y allá iba con frecuencia a escudriñarla. A medida que se iba convenciendo más y más de su condición de pecador, procuraba por medio de sus obras obtener perdón y paz. Procuraba dominar por medio de ayunos y vigilias y de castigos corporales sus inclinaciones naturales, de las cuales la vida monástica no le había librado. Dijo Lulero,
"Verdaderamente, yo fui un fraile piadoso y seguí con mayor severidad de la que puedo expresar las reglas de mi orden. Si algún fraile hubiera podido entrar en el cielo por sus obras monacales, no hay duda que yo hubiera tenido ese derecho. Si hubiera durado mucho tiempo aquella rigidez, me hubiera hecho morir a fuerza de austeridades."
A pesar de todos sus esfuerzos, su alma agobiada no hallaba alivio, y al fin fue casi arrastrado a la desesperación,

MIRANDO A CRISTO

Cuando Lulero creía que todo estaba perdido, Dios le envió un amigo que le ayudó. El piadoso Slaupitz le expuso la Palabra de Dios y le indujo a apartar la mirada de sí mismo, a dejar de contemplar un castigo venidero infinito por haber violado la ley de Dios, y mirar a Jesús, el Salvador que le perdonaba sus pecados. "En lugar de martirizarte por tus faltas, échate en los brazos del Redentor. Confía en El, en la justicia de Su vida, en la expiación de Su muerte.... Escucha al Hijo de Dios, que se hizo hombre para asegurarte el favor divino." "¡Ama a quien primero te amó!" -D'Aubigné, lib. 2, cap. 4. Sus palabras hicieron honda impresión en la mente de Lulero. Después de una gran lucha contra los errores que por tanto tiempo alber­gara, pudo aferrarse de la verdad y la paz reinó en su alma atormentada.
Lulero fue ordenado sacerdote y se le llamó del claustro a una catedral de la universidad de Willenberg. Allí se dedicó al estudio de las Sanitas Escrituras en las lenguas originales. Staupitz, su amigo y superior, le insistía a que ocupara el pulpito y predicase la Palabra de Dios. Lulero vacilaba, sintiéndose indigno de hablar al pueblo en lugar de Cristo. Sólo después de larga lucha consigo mismo comenzó a dar conferencias sobre la Biblia. El libro de los Salmos, los evangelios y las epístolas fueron abiertos al en­tendimiento de multitudes de oyentes que escuchaban aquellas enseñanzas con verdadero deleite

LA VISITA DE LUTERO A ROMA

Lútero seguía siendo hijo obediente de la iglesia papal y no pensaba cambiar. La providencia de Dios le llevó a hacer una visita a Roma. Emprendió el viaje a pie, hospedándose en los conventos que hallaba en su camino. En uno de ellos, en Italia, quedó maravillado de la riqueza, la magnificencia, y el lujo que se presentaron a su vista. Los monjes vivían en espléndidas mansiones, se ataviaban con los trajes más ricos y preciosos y se deleitaban en suntuosas mesas. Consideró Lulero todo aquello que tanto contrastaba con la vida de abnegación y de privaciones que él llevaba, y se quedó perplejo.Finalmente vislumbró en la distancia la ciudad de las siete colinas. Con profunda emoción, cayó de rodillas y exclamó: "¡Roma Santa, yo te saludo!" - Entró en la ciudad, visitó las iglesias, prestó oídos a las maravillosas narraciones de los sacerdotes y de los monjes y cumplió con todas las ceremonias de ordenanza. Por todas partes veía escenas que le llenaban de extrañeza y horror. Notó que había iniquidad entre todas las clases del clero. Oyó a los sacerdotes contar chistes indecentes y se escandalizó de la espantosa profanación de que hacían gala los prelados aun en el acto de decir misa. "Sin verlo," escribió él, "no se podría creer que en Roma se cometan pecados y acciones infames; deben ser vistos y oídos para ser creídos. Y por lo mismo acostumbran decir: 'Si hay un infierno, no puede estar en otra parte que debajo de Roma; y de este abismo salen todos los pecados
LA ESCALERA DE PILATO

Por decreto expedido poco antes prometía el papa indulgencia a todos aquellos que subiesen de rodillas la "escalera de Pílalo" que se decía ser la misma que había pisado nuestro Salvador al bajar del tribunal romano, y que, según aseguraban, había sido llevada de Jerusalén a Roma de un modo milagroso. Un día, mientras estaba Lulero subiendo devotamente aquellas escaleras, recordó de pronto estas palabras que como trueno repercutieron en su corazón: "El justo por la fe vivirá." Romanos 1:17. Se levantó rápidamente y huyó de aquel lugar sintiendo vergüenza y horror. Ese pasaje bíblico no dejó nunca de ejercer una poderosa influencia en su alma. Desde entonces vio con más claridad que nunca el engaño que significa para el hombre confiar en sus obras para su salvación y lo necesario que es tener fe constante en los méritos de Cristo. Sus ojos se habían abierto y ya no se cerrarían jamás para dar crédito a los engaños del papado. Al apartarse de Roma sus miradas, su corazón se apartó también, y desde entonces la separación se hizo más pronunciada, hasta que Lulero concluyó por cortar todas sus relaciones con la iglesia papal.

LA AUTORIDAD DE LAS ESCRITURAS

Después de su regreso de Roma, recibió Lulero en la universidad de Wittenberg el grado de doctor en teología. Había formulado el voto solemne de estudiar cuidadosamente y de predicar con toda fidelidad y por toda la vida la Palabra de Dios, y no los dichos ni las doctrinas de los papas. Ya no sería en lo sucesivo un simple monje, o profesor, sino el mensajero autorizado de la Biblia. Declaraba firmemente que los cristianos no debi­eran admitir más doctrinas que las que tuviesen apoyo en la autoridad de las Sagradas Escrituras. Estas palabras minaban los cimientos en que descansaba la supremacía papal. Contenían los principios vitales de la Reforma.
Se encendió en Wittenberg una luz cuyos rayos iban a esparcirse por todas partes del mundo y que aumentaría en esplendor hasta el fin de los tiempos. Pero la luz y las tinieblas no pueden conciliarse. Entre el error y la verdad se encuentra un conflicto inevitable. Sostener y defender uno de ellos es atacar y vencer al otro. El mismo Lulero dijo pocos años después de principiada la Reforma: "No me conducía Dios, sino que me impelía y me obligaba; yo no era dueño de mí mismo; quería permanecer tranquilo, y me veía lanzado en medio de tumultos y revoluciones
CONSTRUYENDO LA CATEDRAL DE SAN PEDRO

La Iglesia Romana hacía comercio con la gracia de Dios. Con el pretexto de reunir fondos para la construcción de la iglesia de San Pedro en Roma, se ofrecían en venta pública, con autorización del papa, indulgencias por el pecado. Con el precio de los crímenes se iba a construir un templo para el culto divino — la piedra angular se echaba sobre cimientos de iniquidad. Aquellos medios fueron lo que exasperó a Lulero y le hizo iniciar la lucha que estremeció el trono de los papas e hizo tambalear la Triple corona en la cabeza del pontífice.El encargado de la venta de indulgencias en Alemania — un monje llamado Tetzel—era reconocido como culpable de haber cometido las más horribles ofensas contra la sociedad y contra la ley de Dios; pero habiendo escapado del castigo que merecieran sus crímenes, recibió el encargo de propagar los planes mercantiles y nada escrupulosos del papa. Con enorme cinismo divulgaba las mentiras más desvergonzadas y contaba leyendas maravillosas para engañar al pueblo crédulo, ignorante y supersticioso. Si éste hubiese tenido la Biblia no se habría dejado engañar. Pero por cientos de años fue prohibida la circulación de la Biblia. No se permitía a la gente que la leyese ni que la tuviese en sus casas. Para poder sujetar al pueblo bajo el dominio del papado, y para aumentar el poderío y los tesoros de los ambiciosos jefes de la iglesia, se le había privado de la Escritura.
INDULGENCIAS / PECADO EN VENTA

Cuando entraba Tetzel en una ciudad, iba delante de él un mensajero gritando: "La gracia de Dios y la del padre santo están a las puertas de la ciudad.
El infame tráfico se establecía en la iglesia, y Tetzel ponderaba las indulgencias desde el pulpito como si hubiesen sido el más precioso don de Dios. Declaraba que en virtud de los certificados de perdón que ofrecía, se les perdonaba al que comprara las indulgencias aun aquellos pecados que desease cometer después, y que "ni aun el arrepentimiento era necesario.
También aseguraba a sus oyentes que las indulgencias tenían poder para salvar no sólo a los vivos sino también a los muertos, y que en el instante en que las monedas resonaran al caer en el fondo de su cofre, el alma por la cual se hacía el pago escaparía del purgatorio y se dirigiría al cielo
Ningún prelado se atrevía a levantar la voz para condenar el inicuo tráfico, pero los hombres empezaban a desconcertarse y a inquietarse, y muchos se preguntaban ansiosamente si Dios no obraría por medio de alguno de Sus siervos para purificar Su iglesia.Lutero estaba horrorizado por las blasfemas declaraciones de los ne­gociantes en indulgencias. Muchos de sus feligreses habían comprado certificados de perdón y no tardaron en acudir a su pastor para confesar sus pecados esperando de él la absolución, no porque fueran penitentes y desearan cambiar de vida, sino por el mérito de las indulgencias. Lutero les negó la absolución y les advirtió que como no se arrepintiesen y no reformasen su vida morirían en sus pecados. Llenos de dudas recurrieron a Tetzel para quejarse de que su confesor no aceptaba los certificados; y hubo algunos que con toda energía exigieron que les devolviese su dinero. El monje se llenó de ira. Lanzó las más terribles maldiciones, hizo encender hogueras en las plazas públicas, y declaró que "había recibido del papa la orden de quemar a los herejes que osaran levantarse contra sus santísimas indulgencias.
La voz de Lutero se oyó desde el pulpito en solemne exhortación. Expuso al pueblo el carácter ofensivo del pecado y les enseñó que es imposible para el hombre reducir su culpabilidad o evitar el castigo por sus propias obras. Sólo el arrepentimiento ante Dios y la fe en Cristo podían salvar al pecador. La gracia de Cristo no podía comprarse; era un don gratuito. Aconsejaba a sus oyentes que no comprasen indulgencias, sino que tuviesen fe en el Redentor crucificado- Les contaba su dolorosa experiencia personal, diciéndoles que en vano había intentado por medio de la humillación y de las mortificaciones del cuerpo asegurar su salvación, y afirmaba que desde que había dejado de mirarse a sí mismo y haber confiado en Cristo, había alcanzado paz y gozo para su corazón.

¡NOVENTA Y CINCO VECES NO!
Lutero resolvió hacer una protesta más fuerte contra semejantes abusos. La iglesia del castillo de Wittenberg era dueña de muchas reliquias que se exhibían al pueblo en ciertos días festivos, en ocasión de los cuales se concedía plena remisión de pecados a los que visitasen la iglesia e hiciesen confesión de sus culpas. Una de estas oportunidades, y de las más importantes por cierto, se acercaba: la fiesta de "todos los santos." La víspera, Lutero, uniéndose a las muchedumbres que iban a la iglesia, fijó en las puertas del templo un papel que contenía noventa y cinco proposiciones contra la doctrina de las indulgencias. También declaró que estaba listo para defender aquellas tesis al día siguiente en la universidad, contra cualquiera que quisiera rebatirlas.Estas proposiciones atrajeron la atención general. Fueron leídas y vueltas a leer y se repetían por todas partes. Fue muy intensa la excitación que produjeron en la universidad y en toda la ciudad. Demostraban que jamás
se había otorgado al papa ni a hombre alguno el poder de perdonar los pecados y de remitir el castigo consiguiente. Todo ello no era sino una artimaña un artificio para ganar dinero valiéndose de las supersticiones
Del pueblo probaba además con toda evidencia que el evangelio de Cristo es el tesoro más valioso de la iglesia, y que !a gracia de Dios revelada en el se gratuitamente a los que la buscan por medio del arrepentim­iento y de la fe.
Las proposiciones hechas por él se esparcieron luego por toda Alema­nia y en pocas semanas se extendieron por todos los dominios de la cristiandad. Muchos devotos romanistas, que habían visto y lamentado las terribles iniquidades que prevalecían en la iglesia, leyeron las proposiciones de Lulero con profundo regocijo. Les pareció que el Señor extendía Su mano misericordiosa para detener el rápido avance de la ola de corrupción que procedía de la sede de Roma. Los príncipes y los magistrados se alegraron secretamente de que iba a ponerse un dique al orgulloso poder que negaba todo derecho a apelar de sus decisiones.
A pesar de ser movido Lulero por el Espíritu de Dios para comenzar la obra, no había de llevarla a cabo sin duros conflictos. Las censuras de sus enemigos, la manera en que falsificaban los propósitos de Lulero y la mala fe con que juzgaban contraria e injustamente el carácter y los motivos del Reformador, le envolvieron como ola que todo lo sumerge; y no dejaron deTener su efecto. El Reformador tuvo que hacer frente a crueles acusadores, algunos de los cuales le culpaban de ser violento y ligero para apreciar las cosas. Otros le acusaban de presuntuoso, y declaraban que no era guiado por Dios, sino que obraba a impulso del orgullo y de la insolencia. "¿Quién no sabe," respondía él, "que rara vez se proclama una idea nueva sin ser tildado de orgulloso, y sin ser acusado de buscar disputas? ¿Por qué fueron inmolados Jesucristo y todos los mártires? Porque parecieron despreciar
orgullosamente la sabiduría de su tiempo y
por que anunciaron novedades, sin haber consultado previa y humildemente a los órganos de la opinión contraria.
Muchos dignatarios de la iglesia y del estado estaban plenamente convencidos de la verdad de las tesis; pero pronto vieron que la aceptación de estas verdades entrañaba grandes cambios. Dar luz al pueblo y realizar una reforma equivalía a minar la autoridad de Roma y detener en el acto miles de corrientes que ahora iban a parara las arcas del tesoro, lo que daría por resultado hacer disminuir la magnificencia y la ostentación de los eclesiásticos. Además, enseñar al pueblo a pensar y a obrar como seres responsables, mirando sólo a Cristo para obtener la salvación, equivalía a derribar el trono pontificio y destruir por tanto su propia autoridad. Por estos motivos rehúsa ron aceptar el conocimiento que Dios había pues toa su alcance y se declararon contra Cristo y la verdad, al oponerse a quien él había enviado para que les iluminase.Lutero temblaba cuando se veía a sí mismo solo frente a los más opulentos y poderosos de la tierra. Dudaba a veces, preguntándose si en verdad Dios le impulsaba a levantarse contra la autoridad de la iglesia. "¿Quién era yo," escribió más tarde, "para oponerme a la majestad del papa, a cuya presencia temblaban... los reyes de la tierra?... Nadie puede saber lo que sufrió mi corazón en los dos primeros años, y en qué abatim­iento, en qué desesperación caí muchas veces
LA BIBLIA Y SOLAMENTE LA BIBLIA

Mientras que los enemigos recurrían a las costumbres y a la tradición, o 3 los testimonios y a la autoridad del papa, Lutero los atacaba con la Biblia y sólo con la Biblia. En ella había argumentos que ellos no podían rebatir; y por esta razón, los esclavos del formalismo y de la superstición pedían a gritos la sangre de Lutero, como los judíos habían pedido la sangre de Cristo. "Es un hereje," decían los fanáticos romanistas. "¡Es un crimen de alta traición contra la iglesia dejar vivir una hora más tan horrible hereje: que preparen al punto un cadalso para él
Lutero fue citado a Roma para que contestara el cargo de herejía que pesaba sobre él. Este mándate llenó de espanto a sus amigos. Comprendían muy bien el peligro que correría en aquella ciudad corrompida y emborra­chada con la sangre de los mártires de Jesús. De modo que protestaron contra su viaje a Roma y pidieron que fuese examinado en Alemania.Así se convino al fin y se eligió al delegado papal que debería entender el asunto. En las instrucciones que a éste dio el pontífice, se hacía constar que Lutero había sido declarado ya hereje. Se encargaba, pues, al legado que Ir procesara y obligara "sin tardanza." En caso de que se mantuviera firme, y el legado no lograra apoderarse de su persona, tenía poder para "prescribirle de lodos los puntos de Alemania, así como para desterrar, maldecir y excomulgar a todos sus adherentes.
Además, para arrancar de raíz la pestilente herejía, el papa dio órdenes a su legado de que excomulgara a todos los que fueran negligentes en cuanto a prender a Lulero y a sus correligionarios para entregarlos a la venganza de Roma, cualquiera que fuera su categoría en la iglesia o en el estado, exceptuando al emperador.
Esto nos enseña el verdadero espíritu del papado. No hay en todo el documento un vestigio de principio cristiano ni de la justicia más elemental. Antes que su caso fuese investigado, se le declaró resumidamente hereje, y en el mismo día fue exhortado, acusado, juzgado y sentenciado; ¡y todo esto por el que se llamaba padre santo, única autoridad suprema e infalible de la iglesia y del estado!
Augsburgo era el punto señalado para la verificación del juicio, y allá se dirigió a pie el Reformador. Sus amigos sintieron despertarse en sus ánimos serios temores por él. Se habían pronunciado amenazas sin ocultar de que le secuestrarían y le matarían en el camino, y sus amigos le rogaban que no se arriesgara. Hasta llegaron a aconsejarle que saliera de Wittenberg por una temporada y que se refugiara entre los muchos que gustosamente le protegerían. Pero él no quería dejar por nada el lugar donde Oíos le había puesto.
Las noticias de la llegada de Lulero a Augsburgo dieron gran satisfac­ción al legado del papa. El molesto hereje que había despertado la atención del mundo entero parecía hallarse ya en poder de Roma, y el legado estaba resuelto a no dejarle escapar. El Reformador no se había cuidado de obtener un salvoconducto. Sus amigos le rogaron a que no se presentase sin él y ellos mismos se prestaron a conseguirlo del emperador. El legado quería obligar a Lulero a retractarse, o si no lo lograba, a hacer que lo llevaran a Roma para someterle a la suerte que habían corrido Hus y Jerónimo. Así que, por medio de sus agentes se esforzó en inducir a Lulero a que compareciese sin salvoconducto, confiando sólo en el arbitrio del legado. El Reformador se negó a ello resueltamente. No fue sino después de recibido el documento que le garantizaba la protección del emperador, cuando se presentó ante el embajador papal.

LUTERO EN JUICIO

Los romanistas pensaron que convenía conquistar a Lulero por una apariencia de bondad. El legado, en sus entrevistas con él, fingió gran amistad, pero le exigía que se sometiera implícitamente a la autoridad de la Iglesia y que cediera a todo sin reserva alguna y sin alegar. En realidad no había sabido valorar el carácter del hombre con quien tenía que habérselas. Lulero, en debida respuesta, manifestó su veneración por la iglesia, su deseo de conocer la verdad, su disposición para contestar las objeciones que se hicieran a lo que él había enseñado, y que sometería sus doctrinas a la decisión de algunas de las principales universidades. Pero, a la vez, protestaba contra la actitud del cardenal que le exigía que se retractara sin probarle primero que se hallaba en error.
La única respuesta que se le daba era: "¡Retráctate! ¡Retráctate!" El Reformador adujo que su actitud era apoyada por las Santas Escrituras, y declaró con firmeza que él no podía renunciar a la verdad. El legado, no pudiendo refutar los argumentos de Lutero, le abrumó con una aglomera­ción de reproches, burlas y palabras de adulación, entremezcladas concitas de las tradiciones y dichos de los padres de la iglesia, sin dejar al Reformador oportunidad para hablar. Viendo Lutero que, de seguir así, la conferencia resultaría inútil, obtuvo al fin que se le diera, aunque de mala gana, permiso para presentar su respuesta por escrito.
En la subsiguiente entrevista, Lutero présenlo una clara, concisa y rotunda exposición de sus opiniones, bien apoyada con muchas citas bíblicas. Este escrito, después de haberlo leído en alta voz, lo puso en manos del cardenal, quien lo arrojó desdeñosamente a un lado, declarando que era una mezcla de palabras tontas y de citas absurdas. Lutero se levantó con toda dignidad y atacó al orgulloso prelado en su mismo terreno el de las tradiciones y enseñanzas de la iglesia refutando completamente todas sus aseveraciones.

"YO TE EXCOMULGARE"

Cuando vio el prelado que aquellos razonamientos de Lutero eran indisputables, perdió el dominio sobre sí mismo y en un arrebato de ira exclamó: "¡Retráctale! que si no lo haces, te envío a Roma, para que comparezcas ante los jueces encargados de examinar tu caso. Te excomulgo a ti, a todos tus secuaces, y a todos los que te son o fueren favorables, y los expulso de la iglesia." Y en tono arrogante y airado dijo al fin: "Retráctate o no vuelvas
El Reformador se retiró luego junto con sus amigos, demostrando así a las claras que no debía esperarse una retractación de su parte. Pero esto no era lo que el cardenal se había propuesto. Se había halagado así mismo de que por la violencia obligaría a Lutero a someterse. Al quedarse solo con sus partidarios, miró de uno a otro desconsolado por el inesperado fracaso de sus planes.
Esta ves los esfuerzos de Lulero no quedaron sin buenos resultados. El vasto concurso reunido allí pudo comparar a ambos hombres y juzgar por si mismo el espíritu que habían manifestado, así como la fuerza y veracidad de su aspecto cuán grande era el contraste El Reformador se apoyaba en la fuerza de Dios teniendo de su parte a la verdad; mientras que el representante del papa, dándose importancia, intolerante, hinchado de orgullo, falto de juicio, no tenía un solo argumento de las Santas Escrituras, y sólo gritaba con impaciencia: "Si no te retractas, serás despachado a Roma para que te castiguen."
Aunque Lulero tenía un salvoconducto, los romanistas intentaban apresarle. Sus amigos insistieron en que, como ya era inútil su presencia allí, debía volver a Wittenberg sin demora y que era necesario ocultar sus propósitos con el mayor secreto. Conforme con esto salió de Augsburgo antes del alba, a caballo, y acompañado solamente por un guía que le proporcionara el magistrado. Llegó a una pequeña puerta en el muro de la ciudad; le fue abierta y pasó con su guía sin impedimento alguno. Antes que el legado se enterara de la partida de Lulero, ya se hallaba éste fuera del alcance de sus perseguidores.
AI saber que Lulero se había ido, el legado quedó abatido por la sorpresa y el furor. Había pensado recibir muchos honores por su sabiduría y aplomo al tratar con el perturbador de la iglesia. Expresó su enojo en una carta que dirigió a Federico, elector de Sajonia, para quejarse amargamente de Lutero, y exigir que Federico enviase a Roma al Reformador o que le desterrase de Sajonia.
Lutero había pedido en su defensa, que el legado o el papa le demos­trara sus errores por las Santas Escrituras, y se había comprometido sol­emnemente a renunciar a sus doctrinas si le probaban que estaban en contradicción con la Palabra de Dios. Más tarde él dijo:
"Ya que su serenísima majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, dará y precisa, voy a darla, y es ésta: Yo no puedo someter mi fe ni al papa ni a los concilios, porque es tan claro como la luz del día que ellos han caído muchas veces en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos. Por lo cual, si no se me convence con testimonios bíblicos, o con razones evidentes, y si no se me persuade con los mismos textos que yo lie citado, y si no sujetan mi conciencia a la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!"
El elector tenía escasos conocimientos de las doctrinas reformadas, pero le impresionaban profundamente la fuerza, el candor y la claridad de las palabras de Lutero; y Federico resolvió protegerle mientras no le demos­trasen que el Reformador estaba en error. Contestando las peticiones del prelado, dijo: '"En vista de que el doctor Martín Lutero compareció a vuestra presencia en Augsburgo, debéis estar satisfecho. No esperábamos que, sin haberlo convencido, pretendieseis obligarlo a retractarse. Ninguno de los sabios que se hallan en nuestros principados, nos ha dicho que la doctrina de Martín fuese impía, anticristiana y herética.' Y el príncipe rehusó enviara Lutero a Roma y arrojarle de sus estados
¿EL MISMO ANTICRISTO?

Lulero no estaba aún convertido del todo de los errores del romanismo. Pero cuando comparaba los Sagrados Oráculos con los decretos y las constituciones papales, se maravillaba.
"Leo," escribió, "los decretos de los pontífices, y no sé si el papa es el mismo Anticristo o su apóstol, de tai manera está Cristo desfigurado y crucificado en ellos."
En un llamamiento que dirigió Lutero al emperador y a la nobleza de Alemania a favor de la reforma del cristianismo, decía refiriéndose al papa:
"Es una cosa horrible contemplar al que se titula vicario de Jesucristo ostentando una magnificencia superior a la de los emperadores. ¿Es esto parecerse al pobre Jesús o al humilde Pedro? ¡El es, dicen, el señor del mundo! Mas Cristo, del cual se jacta ser el vicario, dijo; 'Mi reino no es de este mundo.' El reino de un vicario ¿se extendería más allá que el de su Señor?"
Este llamamiento circuló con rapidez por toda Alemania e influyó poderosamente en el ánimo del pueblo. Los enemigos de Lutero que se consumían en deseos de venganza, exigían que el papa tomara medidas decisivas contra él. Se decretó que sus doctrinas fueran condenadas inmediatamente. Se concedió un plazo de sesenta días al Reformador y a sus correligionarios, al cabo de los cuales, si no se retractaban, serían todos excomulgados.
Fue un tiempo de crisis terrible para la Reforma. Durante siglos la sentencia de excomunión pronunciada por Roma había sumido en el terror a los monarcas más poderosos, y había llenado los más soberbios imperios con desgracias y angustias. Aquellos sobre quienes caía la condenaciónEran mirados con espanto y horror; quedaban incomunicados de sus semejantes y se les trataba como a bandidos a quienes se debía perseguir hasta exterminarlos. Lulero no ignoraba la tormenta que estaba a punto de desencadenarse sobre él. Escribió: "¿Qué va a suceder? No lo sé, ni me Interesa saberlo.... Sea donde sea que estalle el rayo, permanezco sin temor; ni una hoja del árbol cae sin el beneplácito de nuestro Padre celestial; ¡cuánto monos nosotros! Es poca cosa morir por el Verbo, pues que este Verbo se hizo carne y murió por nosotros; con El resucitaremos, si con El morimos; y pasando por donde pasó, llegaremos adonde llegó, y moraremos con El durante la eternidad
Cuando supo de la bula papal, dijo:
"La desprecio y la ataco como impía y mentirosa El mismo Cristo es quien está condenado en ella, Me regocijo de tener que sobrellevar algunos males por la mas justa de las causas. Me siento ya más libre en mi corazón; pues sé finalmente que el papa es el Anticristo, y que su trono es el del mismo Satanás."
En presencia de gran número de estudiantes, doctores y personas de todas las clases de la sociedad, Lulero quemó la bula del papa con las leyes canónicas, las decretales y otros escritos que sostenían el poder papal. "Al quemar mis libros," dijo él, "mis enemigos han podido causar descrédito a la verdad en el ánimo de la plebe y destruir sus almas; por esto yo también he destruido sus libros. Ha principiado una lucha reñida; hasta aquí no he hecho sino chancear con el papa; principié esta obra en nombre de Dios, y ella se acabará sin mí y por Su poder.
UNA SEPARACIÓN FINAL

No fue sino después de haber sostenido una terrible lucha en su propio corazón, cuando finalmente decidió Lutero separarse de la iglesia. En aquella época de su vida, escribió lo siguiente: "Cada día comprendo mejor lo difícil que es para uno desprenderse de los escrúpulos que le fueron imbuidos en la niñez. ¡Oh! ¡cuánto no me ha costado, a pesar de que me sostiene la Santa Escritura, convencerme de que es mi obligación encararme yo solo con el papa y presentarlo como el Anticristo! ¡Cuántas no han sido las tribulaciones de mi corazón! ¡Cuántas veces no me he hecho a mí mismo con amargura la misma pregunta que he oído frecuentemente de labios de los papistas! '¿Tú solo eres sabio? ¿Todos los demás están equivocados? ¿Qué sucederá si al fin de todo eres tú el que estás en error y envuelves en el engaño a tantas almas que serán condenadas por toda la eternidad?' Así luché yo contra mí mismo y contra Satanás, hasta que Cristo, por Su Palabra Infalible, fortaleció mi corazón contra estas dudas.
El papa había amenazado a Lutero con la excomunión si no se re­tractaba, y la amenaza se cumplió. Se expidió una nueva bula para publicar la separación definitiva de Lulero de la Iglesia Romana. Lo declaraban maldito por el cielo, y se incluía en la misma condenación a todos los que recibiesen sus doctrinas. La gran lucha comenzaba de lleno.

UNA LECCIÓN DEL PASADO
La oposición es la suerte que les toca a todos aquellos a quienes emplea Dios para que prediquen verdades aplicables especialmente a su época. Había una verdad presente o de actualidad en los días de Lutero - una verdad que en esos días revestía especial importancia; y así hay ahora una verdad de actualidad para la iglesia en nuestros días. Pero hoy en día la mayoría no tiene más deseo de la verdad que los papistas enemigos de Lutero. Existe hoy la misma disposición que antaño para aceptar las teorías y tradiciones de los hombres antes que las palabras de Dios. En nuestros días el espíritu del mundo no está más en armonía con el espíritu de Cristo que en tiempos pasados; y los que predican la Palabra de Dios en toda su pureza no encontrarán mejor acogida ahora que entonces. Las formas de oposición a la verdad pueden cambiar, la enemistad puede ser menos aparente en sus ataques porque es más sutil; pero existe la misma oposición que seguirá manifestándose hasta el fin de los siglos.

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