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3 de junio de 2009

¿Qué piensan los protestantes sobre la eutanasia?



La palabra eutanasia, como tantas otras, nos viene del griego y es una palabra compuesta: eu (= bueno, hermoso, feliz) y qanatos (=muerte). Literalmente podríamos traducirlo como “la buena muerte”, “una muerte feliz” o, como se dice ahora, “una muerte digna”.

La usamos para referirnos al acto por el cual ponemos voluntariamente fin a nuestra vida o a la vida de otro con su consentimiento explícito, cuando se padece una enfermedad terminal grave y muy dolorosa. Este consentimiento explícito no siempre puede darse, especialmente en el caso personas en coma o de niños.

Es necesario distinguir cuidadosamente entre la eutanasia activa y la pasiva. Ya hace tiempo que los médicos y la sociedad en general han aceptado la eutanasia pasiva, es decir, no tratar de alargar la vida a una persona enferma cuya enfermedad ya es irreversible a corto plazo. Añadir a una vida unas horas o unos días a costa de sufrimientos y angustia, es generalmente admitido que no ha de ser. Lo que hay que hacer entonces, no es conservar aquella vida tanto tiempo como sea posible, sino dar a la persona la posibilidad de una muerte digna o sin dolor. Dejarla morir. Acompañarla con curas y atenciones para que el traspaso de esta vida sea humano, digno y suave.

El problema más difícil se presenta cuando hablamos de eutanasia activa, es decir, de una intervención voluntaria para acortar una vida deteriorada. ¿Tenemos derecho a hacerlo? ¿Cuándo? ¿En qué circunstancias? ¿Bajo qué condiciones? ¿Quién tiene derecho a decidir?

Bajo este epígrafe de la eutanasia activa hemos de colocar: el suicidio asistido (caso Sanpedro) y el testamento vital cuando el testador establece, en casos de enfermedades graves e irreversibles, no sólo que no quiere ser sometido a prácticas médicas para alargar inútilmente la vida, sino también que, en caso de estar incapacitado para decidir, se proceda a acortársela. Este testamento vital no sólo tiene en cuenta la situación del enfermo, sino también el bienestar de la familia. No ser causa de desgracia y de dolor a los seres queridos.

¿Qué dice la Biblia sobre la eutanasia?

Si somos objetivos concluiremos que la Biblia no dice nada sobre la eutanasia. Ni los textos que aportan los que quieren que diga que no está permitida (2ª Samuel 1,6-10; Éxodo 10,13; 1ª Samuel 1,6-16; Mateo 7,20), ni los que quieren ver en la Biblia un permiso para ponerla en práctica, son en absoluto convincentes. Sencillamente, la Biblia no contempla la práctica de la eutanasia y, por tanto, no se pronuncia sobre esta posibilidad.
¿Quiere esto decir que somos libres para tomar la opción que queramos? Naturalmente que no. Aunque no diga nada sobre la eutanasia, la Biblia continua siendo nuestra norma de fe y conducta. Lo que sucede, y en este caso lo vemos muy claramente, es que la Biblia no es un código de leyes que hayamos de obedecer ciegamente, por lo que es inútil tratar de encontrar textos, a veces traídos por los pelos, para apoyar nuestros postulados.

La función de la Biblia no es darnos una nueva ley que podamos aplicar sin más, sino que su propósito principal es llevarnos a Cristo y, en la comunión con él, encontrar unos criterios sanos y correctos que nos permitan juzgar los problemas que se nos presentan. Se trata de asimilar la enseñanza de Cristo. Más aún, de hacerla tan nuestra que podamos llegar a decir, con el apóstol Pablo, que tenemos la mente de Cristo.

Por esto la Biblia no tiene respuestas estereotipadas para todos los problemas humanos. Más aún, nos invita a encontrarlas por nosotros mismos bajo el criterio de hacerlo todo “para el Señor”. Y, además, admite como válidas respuestas diferentes a las mismas preguntas.

Esto nos lleva a buscar una respuesta, no en un texto bíblico, sino en el testimonio global de la Escritura. Y es aquí donde hemos de encontrar luz en las decisiones que las iglesias han tomado sobre la eutanasia.

El argumento que afirma que se ha de dejar que la naturaleza siga su curso y, por lo tanto, no se ha de intervenir en un proceso de muerte, no es válido, cuando constatamos constantemente hasta qué punto la naturaleza participa de los efectos de la caída del hombre. Día a día luchamos contra ella para corregir sus desvíos. Toda la terapia médica está destinada a luchar contra el sufrimiento y corregir así el “curso” de la naturaleza. Si no dejamos a la naturaleza seguir su curso en caso de enfermedad y evitamos, con todas nuestras fuerzas, el sufrimiento, ¿por qué no habíamos de hacerlo en el caso extremo de nuestra propia muerte, cuando no hay otra opción disponible?

Sin embargo, aún en el caso de que nuestra decisión sea contraria a la práctica de la eutanasia, esto no impide que dejemos la puerta abierta para que otros, con distintas respuestas, pasen por ella. Es su opción personal y nuestro deber es respetarla, aunque no estemos de acuerdo con ella. Esto ha de ser así porque hablamos de opciones voluntarias y personales. Y sólo de éstas. En ningún caso se pueden aplicar de forma generalizada a otros que padecen minusvalías o personas que no pueden decidir por si mismas. Esto es un asunto muy complejo que requiere otro trato. También requiere otro estudio el caso de niños recién nacidos sin ninguna posibilidad de vida auténtica.

¿Cuál es la posición de las iglesias?

Casi todas las iglesias, con mayor o menor claridad, se han expresado sobre el problema moral que presenta la práctica de la eutanasia. Esto no quiere decir que sus declaraciones sean norma de fe y no puedan ser modificadas.

El protestantismo carece de dogmas propiamente dichos. Sus declaraciones doctrinales son tomas de posición en un momento dado de su historia y jamás pretenden ser permanentes ni tener la autoridad de la Palabra de Dios. Han de ser vistas en el contexto en que fueron hechas y su única pretensión es responder, con los elementos a su disposición, a les exigencias de la Biblia.

La Conferencia de Iglesias Europeas hizo, en febrero del año 2004, una encuesta sobre este asunto entre las iglesias miembro. El resultado fue que ninguna de las iglesias consultadas (protestantes y ortodoxas) estaba en favor de la eutanasia activa, pero mostraban divergencias y señalaban matices: desde un rechazo absoluto de la eutanasia hasta un cierto permiso redactado con mucho cuidado bajo condiciones muy estrictas y en casos excepcionales. Todas las iglesias, en esta consulta, estaban de acuerdo en que suprimir el sufrimiento matando seres humanos debe considerarse un grave pecado. Sin embargo, estaban asimismo de acuerdo en que no hay virtud alguna en la prolongación de la vida de un paciente terminal mediante el uso de "alta tecnología" y que no hay dificultades teológicas en permitirle que muera de forma natural.

Los principales argumentos que aportan las declaraciones oficiales de las iglesias se refieren a la santidad de la vida, como don de Dios. El hombre ha sido creado a imagen de Dios y este hecho confiere a la vida humana una especial santidad. Dios es el que da la vida y el que la quita y, por tanto, nadie puede intervenir para acortarla. La muerte es un acontecimiento en esta vida y marca una transición más que un final. Para un cristiano en comunión con Dios, no hay una "condición terminal". La muerte es parte de la vida.

Sin embargo, esta posición no es unánime. El mismo documento de la Conferencias de las Iglesias Europeas sobre la eutanasia admite que "el sentido de responsabilidad del creyente puede llevar, en casos excepcionales, al sacrificio de nuestra vida por nuestro prójimo o por el servicio de Dios. En casos excepcionales, cuando el dolor y la angustia se hacen insoportables, también puede llevar a una petición de que se le practique la eutanasia".

También hay algunas iglesias que admiten la posibilidad de la eutanasia en casos extremos. Así, por ejemplo, discrepan de la opinión general, iglesias como la Valdense y Metodista de Italia que admiten el derecho de una persona a decidir sobre su propia muerte en casos de enfermedades terminales.

¿Cuál ha de ser la actitud de los creyentes?
Ante el problema de la eutanasia, el cristiano ha de poner en práctica su función de discernimiento y su capacidad de responder en conciencia delante de Dios. No hay autoridad externa de suficiente peso que le obligue a tomar una determinada posición. Siempre será, y ha de ser, su decisión personal, teniendo en cuenta su fe y su conciencia iluminada por la Palabra de Dios. No todos podremos dar la misma respuesta y se impone el respeto de los unos ante las decisiones de los otros. Lo más importante es que cada uno sea fiel a sus propias convicciones.

Por una parte, hay que tener en cuenta la visión bíblica de la vida y de la muerte. Es cierto que la vida es un don de Dios y tenemos el deber de preservarla y ponerla a su servicio y al servicio de los demás. Este pensamiento ha de inspirar nuestra vida y nuestra conducta: “ninguno vive para sí, y ninguno muere para si". Sin embargo, cuando esta vida está tan deteriorada que nada más puede dar, no parece objetable que el creyente la devuelva a Dios en circunstancias de gran sufrimiento. Dios no quiere que el hombre sufra, por lo que decir que si sufre es porque el Señor lo quiere, es simplemente una blasfemia.

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