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15 de septiembre de 2009



El estado moderno de Israel es una tierra de contrastes. Es una nación industrial moderna que se enorgullece de tener algunas de las tecnologías más sofisticadas que van desde la fabricación de productos farmacéuticos hasta el desarrollo más nuevo en memoria instantánea, en la planta Intel más grande del mundo. Sin embargo, todavía se ven beduinos viviendo en tiendas y mudándose de un lugar a otros, algo no muy diferente de lo que fue la vida de Abrahán hace casi cuatro mil años. Es una tierra de diversidad religiosa que incluye lugares sagrados del Judaísmo, del cristianismo y del Islam. Se pueden ver musulmanes orando con su rostro vuelto hacia la Meca y más tarde verlos regatear en los mercados callejeros de la Ciudad Vieja. Llama la atención el contraste con los judíos jasídicos, inclinándose rítmicamente en oración frente el Muro Occidental durante el sábado, con los jóvenes judíos que bailan al son de una banda de rock cerca de la calle Ben Yahuda el sábado de noche.

De hecho, el nombre “Israel” mismo trae a la memoria ideas diversas y frecuentemente conflictivas. Muchos piensan en el Estado de Israel, establecido el 14 de mayo de 1948 bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Otros se imaginan el Israel de la Biblia, el pueblo de Dios que vivió allí hace mucho tiempo. Los cristianos pueden pensar en la iglesia, como lo sugieren ciertos pasajes en el Nuevo Testamento. Los dispensacionalistas podrían también pensar en un Israel de Dios del futuro, un pueblo que ellos creen que reinará por mil años sobre la tierra.

Sea que pensemos en el Israel del pasado o en el Israel del presente o el Israel del futuro, las preguntas candentes siguen en pie: ¿Quién constituye el verdadero “Israel de Dios”? ¿Sólo los descendientes de Abrahán según la sangre? ¿Exclusivamente los ciudadanos del Estado de Israel de hoy? ¿Una combinación de judíos y cristianos? ¿La iglesia cristiana en general? ¿Quién pertenece ah verdadero Israel? ¿Pertenece usted al verdadero Israel?


LA FORMACIÓN DE ISRAEL

Es comprensible que debemos comenzar nuestra investigación en el Antiguo Testamento. Allí, por la manera en que Dios describe su propósito para el antiguo Israel, podemos entender cómo llegó originalmente a la existencia el concepto de Israel y lo que ese concepto incluye. Primero de todo, tenemos que reconocer que el Israel del tiempo del Antiguo Testamento llegó a ser una entidad nacional porque Dios lo eligió para ser su “pueblo santo” (Deut. 7:6; 14:2; 26:18, 19). Sólo en un caso Dios designó a Israel como una “nación santa” (Exo. 19:6).

El designio expreso de Dios de que el Israel que él estableció en Egipto fuera un “pueblo santo” o una “nación santa” indica claramente que fue su propia iniciativa la de hacerlos “santos”. Esta observación clarifica que el antiguo Israel, designado por los nombres de “pueblo santo” o “nación santa”, ni. se caracterizó por una santidad inherente que los hizo dignos de mérito. Más bien, el término “santo” expresaba la elección divina que separó a este pueblo, o lo cortó de entre otros pueblos así como de las prácticas paganas, para cumplir un propósito específico en el plan de Dios para la salvación del mundo.
Es de importancia especial que Israel debía ser un “reino de sacerdotes” y una “nación santa” (Exo. 19:5, 6).

La expresión “reino de sacerdotes” no es sinónimo de “nación santa”, ni puede reducirse a la idea de que fueran sacerdotes regios o sacerdotes-reyes. El marco del pacto en el monte Sinaí (ver Éxodo 19), durante el cual Dios les confirió ese título, revela que la expresión “reino de sacerdotes” designaba a Israel como un pueblo del pacto. Este pueblo del pacto debía cumplir su propósito entre las naciones y estados terrenales vecinos, pero no sencillamente como otra nación o estado junto con ellos. Más bien, Dios proyectó que, como reino sacerdotal, sirvieran entre las naciones del mundo y en favor de ellos, como un reino de sacerdotes que operaran dentro de la sociedad en general, para revelar a Dios y mostrarles el camino de vida para ellos.

La expresión “nación santa” (Exo. 19:6) sigue enfatizando este papel especial que Dios tenía en mente para Israel. La idea de ser “santos” no contenía nada de una situación inherente superior. En cambio, expresaba que Israel había sido separada de las otras naciones, por la gracia de Dios, con un propósito específico. La nación fue puesta aparte para pertenecer a Dios y para revelar por medio de la calidad total de su vida y existencia la relación de pacto en la que Dios los había colocado, y conducir a otros a ha misma relación. Si este pueblo escogido dejaba de satisfacer el ideal de Dios para ellos, Israel ya no seguiría siendo el verdadero Israel de Dios sino quedaría reducido al nivel de una entidad política y nacional ordinaria.

LA PROMESA DE LA TIERRA

En el capítulo anterior investigamos la promesa de la tierra, como se registra en Génesis 1 2:1 al 3. Vimos cómo manifestando una obediencia incondicional Abrahán salió de Ur (Gén. 11:31) y más tarde de Harán “para ir a tierra de Canaán” (Gén. 12:4, 5). Una vez que Abrahán llegó a la tierra de Canaán, eh Señor se le apareció en Siquem y le prometió: “A tu descendencia daré esta tierra” (Gén. 12:7). ¿Qué es esta tierra? ¿Cuál es su extensión territorial?

No tenemos que buscar muy lejos en el libro de Génesis para encontrar que Dios reveló a Abrahán la extensión del territorio de la tierra que le había prometido. En Génesis 15: 18 al 21 tenemos un breve bosquejo de ella: el río Eufrates en el noreste, la entrada de Hamat al norte, el “Gran mar” o mar Mediterráneo al oeste, el río de Egipto (Nilo) al sur, y el desierto al este. La extensión territorial de la tierra prometida más tarde a Moisés fue esencialmente idéntica (ver Exo. 23:3 1 ; Deut. 1 1 :24; comparar con Jos. 1:4).

Dios aclaró que la promesa de la tierra era condicional. “Si aun con esto no me oyereis... asolaré la tierra... y a vosotros esparciré entre las naciones” (Lev. 26:27, 32, 33). La desobediencia traería consigo la pérdida de la tierra prometida a! Israel literal.

En relación con esto también debemos recordar declaración de otros profetas en diversas partes del Antiguo Testamento que revelan de qué modo Dios esperaba que Israel le fuera fiel, pero que en realidad cayeron en una obstinada desobediencia. En lugar de ser dedicados y separados como un “reino de sacerdotes” y una “nación santa”, llegó a ser un pueblo “cargado de maldad” (Isa. 1:4). Una y otra vez Dios envió a sus profetas para llamarlos de regreso a él, pero el pueblo llegó “al colmo de la corrupción” (Ose. 9:9, NVI), resueltos a rebelarse contra Dios (Ose. 1 1:7; Amós 3:1; Eze. 16:2, 23; etc.).

EL TIEMPO DEL CUMPLIMIENTO DE LA TIERRA PROMETIDA

El cumplimiento de fa promesa de que Israel recibiría la tierra comenzó durante los días de Moisés. El libro del Éxodo relata clara- mente los preparativos hechos para su liberación de Egipto, la liberación misma, el pacto que Dios hizo con ellos sobre el monte Sinaí, la peregrinación por el desierto, las instrucciones para construir el tabernáculo, la apostasía, y la renovación del pacto. Moisés, en su discurso de despedida afirma: “Mirad, yo os he entregado la tierra; entrad y poseed la tierra” (Deut. 1:8).

La muerte de Moisés señaló la conquista inminente de la Tierra Prometida (Jos. 1:1-9). El milagroso cruce del río Jordán proveyó una evidencia visible de la constante presencia de Dios, y evidencia adicional de que era su propósito darles la Tierra Prometida (Jos. 3:1 - 17). Cuando Josué murió (Jos. 23:1, 14), Dios le había dado a Israel “toda la tierra que había jurado dar a sus padres, y la poseyeron y habitaron en ella... No faltó palabra de todas las buenas promesas que Jehová había hecho a la casa de Israel; todo se cumplió” (Jos. 21:43- 45; comparar con Jos. 23:14).

“Lo que resta de estas naciones” (Jos. 23:12), que todavía vivían entre los hebreos, llegaron a ser tan impotentes que no constituyeron una amenaza para Israel, mientras Israel se mantuvo fiel a su Dios (Jos. 23:11 -13). A pesar de que parte del país quedó en manos de los pueblos paganos (Jos. I 3:1-6), las promesas se habían cumplido. Dios no había prometido la destrucción inmediata de todos los cananeos, sino su exterminación gradual (Exo. 23:20, 30; Deut. 7:22). En todo esto, el Dios de Israel actuó de una manera consecuente con su propio carácter.

EL FRACASO DE ISRAEL Y LA PROMESA CONDICIONAL DE RESTAURACIÓN

El cumplimiento de las maravillosas promesas de Dios, incluyendo la promesa de la tierra, dependía de la fidelidad de Israel. “Y esto sucederá si oyereis obedientes la voz de Jehová vuestro Dios” (Zac. 6:15). Si los israelitas eran desobedientes, Dios no podía otorgarles sus bendiciones. Dios no sólo retendría sus bendiciones, sino que, en armonía con las estipulaciones del pacto, él arrancaría a los israelitas de la Tierra Prometida y los esparciría entre las naciones. Dios nunca deseó castigar a su pueblo (Ose. 11:8, 9), pero su continua infidelidad no le dejó otra elección. Pero aún entonces él proyectó que el castigo les enseñaría lecciones de fidelidad y obediencia.

En el año 722 a.C., cuando la ciudad de Samaria cayó en manos de los asirios, el reino del norte de Israel experimentó el cumplimiento de las amenazas divinas (Deut. 28:63-68; 3 1:20-22; Lev. 26:3-3 3). Un siglo y medio más tarde, el reino de Judá, al sur, fue arrancado y esparcidos por todos el imperio neo-babilónico) (2 Rey. 17:7-22).

El exilio del antiguo Israel no significaba el fin del plan de Dios para su pueblo. Dios les extendió la esperanza de la restauración y un retornos a su tierra. El profeta Isaías predijo que Dios alzaría “otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo que aún quede en Asiría, Egipto, Patros, Etiopía, Elam, Sinar y Hamat y en las costas del mar... y reunirá a los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra” (Isaías. 11:11, 12).

Esta promesa visualizaba la recuperación de sólo un “remanente” de Israel, en contraste con la restauración de todo Israel de la esclavitud egipcia. La expresión “otra vez” no implica una reunión en un futuro distante —una reunión similar al retomo de los judíos al actual Estados de Israel— porque los países y lugares mencionados son todos territorios donde los antiguos israelitas fueron llevados en las cautividades asiría y babilónica. La frase “los cuatro confines de la tierra” significa las cuatro direcciones cardinales, correspondientes a los territorios incluidos en el versículo 11. De este modo, la segunda reunión a la cual se refiere Isaías fue la que ocurrió en el tiempo de los persas. Esa profecía encontró su cumplimiento en el regreso de los exiliados, como lo registra el libro de Esdras.

No resulta tina sorpresa que el profeta Jeremías, que sirvió durante los últimos años del reino de Judá, presentó un mensaje preciso acerca de la divina restauración de su pueblo. “Habitarán en su tierra” (Jer. 23:8). Les prometió: “Cambiaré su suerte” (Jer. 32:44, NVI), con lo que Dios se refería a la promesa hecha a los patriarcas: “Os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre” (Jer. 7:7). Estas promesas de retorno y restauración están basadas sobre la relación del pacto: “Y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo” (ver Jer. 7:23; 11:4; 24:7; 30:22; 31:33; 3 2:38). Esta correlación debe considerarse como marco) de referencia al estudiar el fracaso de Israel, ya esbozado en detalle por Isaías (Isa. 40:2; 42:24; 50:1; 54:7, 8), quien también enfatizó los resultados que podrían ocurrir por el restablecimiento de una relación de pacto genuina con Dios (Isa. 5 5:3-5; 54:9, 10; 42:6; 49:8).

La constante interrelación entre restauración en el sentido físico y la restauración de la vida interior del pueblo también es sostenida por Jeremías. Sin la restauración interior, basada en el nuevo pacto “en su mente”, con la ley escrita “en su corazón” (Jer. 31:3,34), no puede haber ninguna restauración genuina en el sentido físico. El nuevo pacto formaría un nuevo pueblo. El arrepentimiento debía ser la condición para recibir la posesión de la Tierra Prometida y para permanecer en ella. “Mejoirad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar” (Jer. 7:3; comparar con Jer. 18:11; 22:3-5). Las numerosas promesas de restauración en Jeremías (Jer. 23:1-8; 24:4-7; 30:8, 9, 18-21; 31:27, 28; 32:6-23) y otras promesas del Antiguo Testamento están todas condicionadas por los “si” de la obediencia así como también por los “si no” de la desobediencia (Jer. 17:24, 27; 18:8-10; 22:5; Zac. 6:15).

EL REMANENTE COMO EL VERDADERO ISRAEL

El plan de Dios para Israel como urna entidad religioso-política se frustró por la larga historia de desobediencia e infidelidad de Israel. Pero el plan de Dios en realidad no se frustró del todo, porque el verdaderos Israel, como Dios los siguió revelando, es un Israel de fe y de obediencia. De modo que, dentro de la entidad nacional, la entidad nacional del Israel infiel, siguieron existiendo individuos fieles, israelitas fieles. La evidencia de este hecho aparece en el caso de Elías y los 7.000 que no doblaron sus rodillas ante Baal (1 Rey. 19:14, 18). De este modo Elías, con los que rehusaron doblar sus rodillas ante el ídolo, constituyeron el remanente, o verdaderos Israel, el verdadero pueblo de Dios. Ellos existieron dentro de la nación de Israel.

Muchos de los profetas del Antiguo Testamento hablaron de este remanente fiel dentro de la nación de Israel misma. “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, el cual confiará en el nombre de Jehová. El remanente de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni en boca de ellos se hallará lengua engañosa; porque ellos serán apacentados, y dormirán, y no habrá quien los atemorice” (Sof. 3:12, 13). Este verdadero remanente de Israel habrá aceptado el gobierno de Dios (Miq. 4:7; comparar con Miq. 2:12, 13). Son una “simiente santa” (Isa. 6:13), un remanente santo registrado para vida (Isa. 4:3). Este remanente fiel es una entidad religiosa, no) nacional. Poseen “un corazón” y un “espíritu nuevo” (Eze. 11:16-21; comparar con Jer. 31:31- 34; Eze. 36:26), estos fieles vivirán sobre la base y las condiciones del nuevo pacto) (Jer. 31:31-34).

El propósito de Dios al crear y conservar un remanente fiel dentro de la entidad nacional-política de Israel era hacer que este remanente llevara las promesas de Dios y a quienes él usaría como instrumentos divinamente designados para declarar la “gloria [de Dios] entre las naciones” (Isa. 66:19). Este testimonio, dado universalmente entre “todas las naciones y lenguas” (Isa. 66: 18), llevaría a otros, fuera de Israel, a unirse a los fieles para “adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos” (Zac. 14:16). De este modo, el remanente fiel constituye el verdadero Israel dentro de la nación apóstata de Israel. El verdadero Israel, es entonces, una entidad evidentemente espiritual, un Israel espiritual, no ligado por relaciones de sangre con Abrahán. En este sentidos, vemos evidencias en el Antiguo Testamento de que Dios esperaba un Israel verdadero y espiritual que estaría formado por los descendientes de Abrahán y también de miembros de las naciones gentiles.

El Nuevo Testamento hace tres referencias claras a “Israel”, en las cuales este término se aplica a la iglesia universal (Rom. 9:4-8; Efe. 2:11-19; Gál. 6:15, 16). El Nuevo Testamento claramente argumenta que la mera descendencia de sangre de Abrahán nunca fue una garantía rigurosa de pertenecer al verdadero Israel. Pablo mostró con el Antiguo Testamento que “no todos los que descienden de Israel son israelitas” (Rom. 9:6). Más bien, el verdadero Israel es “un remanente escogido) por gracia” (Rom. 11:5). Es tina nueva creación (Gál. 6:15).

HEREDEROS DE LA PROMESA

El apóstol Pablo argumenta en forma sostenida en Gálatas 3 y Romanos 4 para probar que los hombres y las mujeres son salvados por la fe, y que “los que son de fe, éstos son hijos de Abraham” (Gál. 3:7). La promesa de bendiciones pertenece a hombres y mujeres de fe (y. 9) y no a aquellos que meramente reclaman una relación de sangre con Abrahán. El pensamientos judío en el tiempo del apóstol Pablo pretendía que los gentiles iban a compartir las bendiciones prometidas a Abrahán, siempre que adoraran a Dios y se sometieran a la circuncisión. Sin embargo, el apóstol Pablo) insiste que la Escritura previó su participación en las bendiciones prometidas a Abrahán antes de la introducción de la circuncisión (ver Rom. 4:9-1 2).

Ellos pueden compartir las bendiciones prometidas a Abrahán como) los descendientes o hijos de Abrahán por fe en Jesucristo. “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa” (Gál. 3:29). “Todos los que llegasen a ser por Cristo hijos de la fe habían de ser contados comO) simiente de Abrahán; serían herederos de las promesas del pacto; como Abrahán serían llamados a cumplir y comunicar al mundo la ley de Dios y el Evangelio de su Hijo”.

El apóstol Pedro, así como Pablo, afirma que la iglesia cristiana no es un grupo nacional con una descendencia lineal directa de Abrahán, sino un pueblo llamado de todas nación, tribu, lengua y pueblo, para constituir el verdadero Israel espiritual en todo el mundo. El apóstol Pedro afirma: “Mas vosotros sois linaje escogido), real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otros tiempos no erais pueblo... ahora habéis alcanzados misericordia” (1 Ped. 2:9, 10). Pedro) afirma que Dios ha asignado a la comunidad cristiana los privilegios y las responsabilidades que él había querido que experimentara y cumpliera el Israel físico y literal de la antigüedad.

Pedro asigna al verdadero pueblo de Dios varios títulos una vez asignados al antiguo Israel literal. En 1 Pedro 1:1 y 2, y en 2:9 se oye el eco de la expresión “elegidos”, o “linaje escogido” o “mi pueblo escogido” que se encuentra en textos como Isaías 43:20. Estos títulos enfatizan la elección divina y expresan el destino de la iglesia.

El título “real sacerdocio” (1 Ped. 2:9) deriva de Éxodo 19:6, donde se indica que Israel debía actuar, en los planes de Dios, como “tin reino de sacerdotes” o un reino sacerdotal. Israel, por causa de su desobediencia, rechazó su condición como reino sacerdotal; y ahora el Israel de fe, la iglesia, constituido por judíos y gentiles, recibe este papel. Ahora la comunidad de creyentes debe ofrecer a Dios “sacrificios espirituales” (1 Ped. 2:5) y un “sacrificio vivo” (Rom. 12:1).

La designación “nación santa” también deriva de Éxodo 19:6. Indica que el verdadero Israel de Dios, en la forma de una comunidad de creyentes, la iglesia, está totalmente separada del mundo para representarlo a él sobre la tierra.

El cuarto título, “pueblos que pertenece a Dios” (1 Ped. 2:9, NVI), o en lenguaje más tradicional, un “pueblo peculiar”, deja en claro que Dios por medio de Cristos los ha adquirido y considera como su posesión especial a esta nueva amalgama de creyentes. El Israel literal, la entidad nacional-política del pasado, ha sido el objeto del afecto especial de Dios. Pero ahora este afectos es transferido al verdadero Israel, la iglesia, que es la comunidad de creyentes. Todos los títulos de privilegio conferidos al Israel antiguo son asignados al nuevo Israel de fe, el Israel espiritual, el verdadero Israel, que es la iglesia compuesta por diferentes razas, naciones y pueblos. La profunda unidad manifestada en la iglesia como la raza, la nación y el pueblo de Dios, trasciende todas las barreras y distinciones, ya sean étnicas, sociales, económicas o políticas, porque está cimentada en Jesucristo. Somos todos uno en Cristo, y somos todos los unos de los otros.

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