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19 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (45)

La fragilidad de los regímenes democráticos.

El papado no logrará imponerse sobre el mundo en cada punto que profesa, sino en unos pocos dogmas significativos que hará resaltar con el concurso de las demás iglesias cristianas tradicionales. Entre ellos sobresale la imposición por ley de sus días festivos, en especial del domingo, por los que ya está abogando en forma especial, y en el que hace fundamentar su autoridad. Al obligar a todo el mundo a respetar un espacio de tiempo que pretende pertenecerle a una o varias iglesias en conjunto, pasa por encima de la libertad de los demás. Pero para el pontificado romano, ese método es legítimo, el más propicio y efectivo para hacer sentir su presencia y autoridad sobre todo el mundo. El error que cometió el papado fue creer que eso podía lograrlo mediante regímenes fascistas militarizados. No sabían los papas del S. XX que en esta época, debían esforzarse por obtener los mismos resultados mediante regímenes democráticos, por más molestia que éstos les causasen al ir contra su sistema jerárquico y dictatorial tradicional.

Cornwell, el periodista inglés que escribió El Papa de Hitler, la obra católica moderna más crítica contra la infalibilidad papal tomando como referencia a los papas de los S. XIX y XX, perdió su fe en el papado como institución infalible y, en su lugar, se volvió un católico liberal. Como tal cree que la fortaleza del catolicismo romano debe ponerse sobre la base, esto es, sobre un sistema democrático y pluralista, que permita al catolicismo ejercer una obra para bien. Así, el régimen comunista no fue vencido en Polonia mediante un dictador, sino por el movimiento Solidaridad. Fue la democracia nicaraguense la que derrocó también al movimiento sandinista. Ejemplos semejantes podrían traerse de otros países de mayoría católica en el centro-este de Europa, que recientemente han logrado liberarse también de los regímenes comunistas.

Lamentablemente, Cornwell parece ignorar la facilidad con que pueden manejarse las masas con las nuevas técnicas de manipulación pública. Tampoco percibe este escritor hasta qué punto el Vaticano ha aprendido a valerse de los medios de difusión para llevar a cabo sus propósitos, sin alterar necesariamente las democracias, ni la intolerancia déspota que ejerce en el orden eclesiástico donde ostenta plenos poderes. Como se ha destacado vez tras vez en años recientes, el Vaticano es el único estado moderno en que los tres poderes, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, es ostentado en forma absoluta por el papa. Y a pesar de tratarse de un sistema dictatorial tan alevoso, ese príncipe de la Iglesia pretende tener la visión moral que los demás países democráticos deben seguir.

Antes que pretender defender hoy la democracia en los países modernos, debería el Vaticano democratizarse a sí mismo en la sede de la ciudad-estado-iglesia que dirige su príncipe gobernante. En los países en donde posee mayor influencia como en España y en varios países de latinoamérica, vemos al papa pretendiendo apoyar la democracia y exigiendo transparencia política a los gobernantes, pero requiriendo un trato privilegiado para la Iglesia con impunidad para el clero. Esas dos clases sociales, el clero y el laicado, no son iguales ante la ley.

¿Por qué el papado no se opone más, en la forma al menos, a los regímenes democráticos? Porque no puede valerse más de dictadores para lograr sus objetivos, y al mismo tiempo ha terminado descubriendo que le va bien también recurriendo al apoyo logístico de las masas. Es por eso que el fin del milenio vio al papa Juan Pablo II buscando el apoyo popular de los países católicos del tercer mundo, para exigir a los poderosos de la tierra la condonación de la deuda externa a los países más endeudados. A esta manifestación pública de apoyo popular la llamó Globalización de la Solidaridad. Ese término lo tomó prestado del partido polaco que le dio la victoria a su iglesia en Polonia, en su campaña para derrocar al gobierno comunista totalitario. Pero lo que muchos no captan es que, mediante recursos presuntamente democráticos, esto es, mediante recursos demagógicos, se obtiene en la práctica también gobiernos totalitarios que terminan sacrificando las minorías.

Aún en los EE.UU., la representación católica con la inmigración latina creció notablemente a través de los años, lo que obliga a los candidatos presidenciales a tener en consideración las demandas de la Iglesia de Roma para poder ser elegidos. Poco a poco, el país de la libertad religiosa está siendo llevado a adoptar un sistema equivalente al de mutuo cortejo y honra clero-gubernamental, impuesto durante todo el medioevo según se vio en la historia y se lo anticipó en Dan 11:39: “colmará de honores a quienes lo reconozcan”. Ese modelo de autoridad llevará también a los EE.UU., la única superpotencia del fin mencionada en la profecía apocalíptica, a terminar hablando como dragón sin dejar de mantener su forma de cordero (Apoc 13:11ss). Y lo que es peor, la profecía no dice que ese ensalzamiento al papado le va a ser necesariamente retribuído. Lo que la Palabra de Dios dice es que el gobierno protestante norteamericano entrará dentro del circuito de mutua honra con las autoridades civiles, elevando así ante el mundo, una imagen del papado (Apoc 13:11-18). Pero no dice ni niega que el papado va a retribuirle consecuentemente el ensalzamiento y reconocimiento que le prodigue la América Protestante.

Anticipando en más de un siglo lo que está ocurriendo ahora, la pluma inspirada, la profetiza del “remanente”, declaró lo siguiente. “La Palabra de Dios ha dado una advertencia sobre el conflicto inminente; descuide el mundo Protestante esa amonestación y descubrirá cuáles son los verdaderos propósitos de Roma, sólo cuando será demasiado tarde para escapar de la trampa” (GC, 581 [1911]). Desde la Segunda Guerra Mundial, se ha visto al papado usando al gobierno republicano y protestante de los EE.UU. para cumplir con sus propios objetivos, pero causándole deshonra y desprestigio en Vietnam y en otros lugares, en un claro esfuerzo del Vaticano por marcar lo más definidamente posible sus diferencias con el gobierno norteamericano.

¿Qué conseguirá el gobierno norteamericano con su insistencia en contar con el aval del Vaticano, dado el amplio margen de influencia política y religiosa que el papado ejerce sobre el mundo? Nada. Antes bien, su propia ruina y condenación por no haber prestado atención ni a la historia, ni a las advertencias de la Palabra de Dios. De allí que se lo denomina “Falso Profeta” (Apoc 16:13; 19:20). Pretende llevar el símbolo del reino de Dios (cordero: Apoc 13:11), pero termina participando del mismo espíritu del dragón que había dado autoridad a la bestia. Así como el dragón (la Roma imperial), dio autoridad al anticristo romano en el S. VI (Apoc 13:2-4), así también los EE.UU. terminarán restableciendo la autoridad política del papado, ya no sólo sobre el Vaticano como lo hizo Mussolini, sino sobre todo el mundo (Apoc 13:12,14). Su método coercitivo por excelencia para lograr tales fines será el boicot económico (Apoc 13:16-17). Ese método lo ha estado empleando ya, desde hace unos pocos años y con éxito, para con muchos regímenes que logró en su mayor parte hacer caer de esa manera (Haití, Nicaragua, la Unión Soviética, Cuba).

- El papel final de la última superpotencia.

Veamos más en detalle el papel que ejercerá la única superpotencia que queda en el mundo. El gobierno protestante y republicano de los EE.UU., según la descripción profética esbozada para el fin, “engaña [seduce] a los habitantes de la tierra... diciéndoles que hagan una imagen del [anticristo romano]” (Apoc 13:14). Un gobierno autoritario, por regla general, no necesita engañar o seducir a nadie para que el pueblo haga lo que ese gobierno quiere que haga. “Aquí se presenta [pues], en forma clara, una forma de gobierno en la que el poder legislativo descansa en el pueblo” (GC, 443). “Aún en la libre América, los gobernantes y legisladores buscarán asegurarse el favor público cediendo a las demandas populares de una ley que requiera la imposición de la observancia del domingo” (GC, 592). De esta manera, renunciarán a sus principios constitucionales que exigen separación de Iglesia y Estado, y se volverán intolerantes para con los que no participen de ese dogma religioso.

Así como el dragón (el diablo a través del imperio romano) dio su autoridad a la bestia (el poder político-religioso del papado), para ser homenajeado a través de ella, así también el gobierno protestante de los EE.UU. terminará dando autoridad al papado, presumiento recibir en retribución un reconocimiento consecuente del papado. Esa es la ley del mundo. Se comercia con el honor. Se da reconocimientos y alabanzas a condición de recibirlos de vuelta. Pero para los que quieran mantenerse fieles a la Palabra de Dios, un compromiso con el mundo que niege la ley divina implicará automáticamente la negación de la autoridad divina sobre ellos, y la pérdida definitiva de la aprobación del Cielo (Apoc 3:5; 12:17; 14:12).

Es a través de su influencia en el viejo mundo (Europa), y a través de la Protestante y Republicana Norteamérica a la que logrará arrastrar a su esfera de influencia, como logró hacerlo en parte en Vietnam, que Babilonia (la iglesia corrupta de Roma) logrará imponer sus dogmas más preciados sobre el mundo. No sólo la bestia semejante a un Cordero (la América Protestante), sino también la bestia blasfema (el papado romano), impondrá su voluntad sobre todo el mundo (Apoc 13:12; Apoc 17:1-6). “Babilonia hará que todas las naciones beban el vino del furor de su fornicación [unión ilícita de la iglesia con los gobernantes de la tierra , que el papado logra mediante la imposición legal de sus falsas doctrinas]. Toda nación se verá envuelta... (Apoc 18:3-7; 17:13-14). Habrá un vínculo de unión universal, una gran armonía, una confederación de fuerzas de Satanás. ‘Y entregarán su poder y su autoridad a la bestia [el anticristo romano] (3MS 447-448 (1891).

4. ¿Cuándo se restauró la herida mortal del papado?

Durante muchos siglos hubo tiranteses entre las monarquías europeas y el papado, como suele darse en muchos matrimonios después que pasan los primeros romances. Hubo papas que debieron huir de Roma y se nombraron otros en su lugar. Pero en todas estas confrontaciones nunca se trató de destruir la institución misma del papado, sino de reformarla. La lucha se dio como en muchos hogares modernos, en torno a quién debía ser la cabeza, si la monarquía o el papado, si la autoridad civil o la autoridad religiosa. El problema real era que la Madre Iglesia quería ser al mismo tiempo Padre espiritual en la figura de los pontífices y sacerdotes romanos, copando todo espacio a los poderes civiles.

En 1798 el papado recibió un golpe que no tuvo como propósito reformarlo, sino destruirlo. Provino del gobierno secular y ateo francés. Fue un golpe mortal a toda ambición política del papado. Se dio una ruptura, un divorcio en el que la autoridad secular decidió deshacerse para siempre de esa relación carnal con la autoridad papal (Dan 11:40pp; Apoc 11:7-8). Desde entonces el papado perdió todo ascendiente sobre las naciones, y hasta el dominio sobre Roma. Sus propiedades le fueron quitadas y la única alternativa que le quedó fue refugiarse en los edificios centrales que le quedaban en el Vaticano.

¿Cuándo se restauró la autoridad política del papado? Más de un siglo después, cuando otro poder secular, el que ostentaba Mussolini en Italia, terminó reconociéndolo como la autoridad religiosa y moral de Italia, y concediéndole plena hegemonía sobre el Vaticano. Una cifra enorme le pagó, además, por renunciar al resto de la ciudad de Roma, y a grandes extensiones de territorio sobre las que gobernaba ya desde hacía mucho tiempo el gobierno civil romano. Fue entonces que se reveló en el acto su carácter cruel y despótico en la guerra expansionista de Mussolini a Etiopía. Hizo además, a partir de allí, concordatos con todo gobierno clero-fascista y pro-católico que se levantaba. Pensó que había llegado el momento de recuperar el dominio perdido del mundo y, mejor aún, conquistar fronteras más lejanas mediante esos mismos poderes guerreros con quienes pactaba.

Pero la hora del papado no había llegado todavía. Por más que procuró por todos los medios impedir la ingerencia e influencia protestante norteamericana en medio del viejo continente europeo, ese poder le destruyó casi todos los gobiernos autoritarios sobre los cuales había basado sus aspiraciones de predominio mundial. No pudo quejarse demasiado tampoco, porque aunque el protestantismo norteamericano e inglés no le permitió lograr el predominio mundial al que aspiraba entonces, le salvó la vida de sucumbir de nuevo bajo el ateísmo revolucionario, ahora comunista y ruso que también luchaba por expandir sus dominios sobre el mundo entero.

En 1911, la pluma inspirada predijo esos intentos papales que se darían durante el S. XX para reganar el control del mundo mediante un golpe decisivo y violento. “La Iglesia de Roma hace planes y usa modos de operación de largo alcance. Está empleando toda estratagema posible para extender su influencia e incrementar su poder mientras se prepara para un conflicto feroz y determinante para reganar el control del mundo, restablecer la persecución, y deshacer todo lo que el Protestantismo ha hecho” (GC, 565-566). Lo que el papado intentó hacer mediante los gobiernos fascistas y clero-fascistas del S. XX sin poder culminar sus objetivos, lo está por lograr ahora en el S. XXI mediante una confederación de iglesias que reclaman la recuperación del alma para Europa y para el mundo.

5. El reclamo del alma [soplo de vida] para Europa y el mundo.

Un muerto no reclama un soplo de vida. Sólo un vivo que respira con dificultad puede requerir un soplo que le permita respirar mejor, a sus anchas. El papado ya se recuperó de su herida mortal en 1929 mediante la restitución del Vaticano por iniciativa del gobierno secular de Mussolini. Pero se siente molesto por los límites que muchos gobiernos le imponen sobre la mayoría de los países de la tierra. ¿En qué consiste, pues, el reclamo que el Vaticano está elevando hoy al parlamento europeo de no desconsiderar el alma tradicional de Europa? En el mismo reclamo que hizo durante todo el medioevo basado en la filosofía de Tomás de Aquino, de considerar que el poder civil es el cuerpo, y que no puede existir ese cuerpo sin el alma del poder religioso. Lo más llamativo es que las Iglesias Evangélicas y Protestantes hayan entrado también en la misma órbita de la que se habían salido hace más de dos siglos atrás. Junto con la Iglesia Católica están también las Iglesias Ortodoxas que ahora pasan a formar parte del otro pulmón religioso unido que debe mover a Europa, según el papado.

La astucia del Vaticano es llamativa. Se ha apropiado de todas las proclamas de libertad y derechos del hombre que conformaron a Europa y al mundo occidental, pretendiendo que esas proclamas son una herencia de las tradiciones religiosas medievales de Europa. Desconsidera sin vergüenza alguna el hecho de que esos derechos del hombre los antepusieron las corrientes libertadoras protestantes y seculares a todas las pretenciones papales y monárquicas de la Edad Media. Esa libertad y derechos del hombre, por consiguiente, no le pertenecen al papado en absoluto, sino que lo condenan. Y por si fuera poco, la Santa Sede reinterpreta esas libertades y derechos del hombre establecidos al concluir el S. XVIII por las corrientes revolucionarias, de tal manera que se conformen a los principios medievales que siempre sostuvo la Iglesia de Roma.

Es un atrevimiento del secularismo ignorar a Dios y a las Iglesias, según el pensar papal que ha logrado hacer mella en el pensamiento religioso en general. Argumenta el papa que Europa no es ni puede ser un arreglo únicamente político y económico. Sin el alma querida y ordenada por Dios no podrá ir a ninguna parte. Para ello deben reconocerse las tradiciones cristianas (que el Vaticano sobreentiende como católicas y a las que se adhieren las demás iglesias en tanto que acepten sus dogmas fundamentales). ¿Dónde? En la Constitución Europea y, finalmente por su influencia, en la Constitución de la Tierra por la cual se está trabajando también desde hace poco más de diez años.

Cuando las Iglesias pretenden rebasar su esfera de acción espiritual y comienzan a exigir reconocimientos estatales y constitucionales, es porque han perdido el rumbo claramente delineado por el Señor como siendo definidamente religioso, no político. Entran dentro del típico homenaje mutuo requerido por las autoridades de este mundo, según lo advirtió el Señor, que ponen a un lado el reconocimiento y la alabanza de Dios por una mutua exaltación terrenal de poderes. Esto se hace a expensas de la Palabra de Dios, de la verdad divina (Juan 5:41-47; Apoc 13:4; cf. Dan 11:32,39). ¿Por qué razón? Porque quieren lograr imponer sus dogmas por la fuerza de la ley, algo que sólo debe lograrse por el poder convertidor del Espíritu de Dios. Y como han perdido ese poder espiritual, creen que pueden y está en su derecho lograr lo mismo mediante recursos externos, temporales.

Lo único que la Iglesia Cristiana y cualquier religión debe pedir a la autoridad política es libertad para predicar y vivir de acuerdo a la conciencia de cada cual, pero no libertad para imponer sus dogmas (días de fiesta más específicamente), inclusive sobre quienes no crean en ellos. Esos principios de libertad y de derechos del hombre por los que aboga el papado ahora y las demás iglesias que lo secundan son, pues, un atentado desvergonzado contra los derechos y libertades más fundamentales del hombre. Dios no impide al hombre rechazarlo, ni retira su sol ni su agua sobre aquellos que lo rechazan (Mat 5:45-47; Jn 8:32,34,36). Los pretendidos principios de libertad por los que abogan los presuntos papas más liberales de la época moderna son un atentado flagrante contra la libertad de conciencia y culto por la que abogaron Lutero y el Protestantismo hace medio milenio atrás. Los Protestantes que se dejan arrastrar por el papado en la búsqueda de tales reclamos políticos, han perdido la visión del verdadero cristianismo, y de los mismos fundamentos por los que el Protestantismo original se liberó de la Iglesia Romana en tiempos pasados.

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