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29 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (25)

Métodos evangelísticos católicos para evangelizar latinoamérica.

Libros enteros no alcanzarían para contar la manera cruenta y salvaje en que fue cristianizada Europa. Lo mismo podría decirse de la crueldad manifestada en la evangelización de los indígenas de latinoamérica. Siendo que los tribunales de la Inquisición debían velar por la “pureza” de la sociedad en materia moral y espiritual, no podían servir para evangelizar a los indígenas que ni conocían el dogma católico. Para ello levantaron otro tribunal que se conoció como “Tribunal de Extirpación de Idolatrías”.

¿Cuál era el método del que se valieron los conquistadores españoles en conjunción con los curas que los acompañaban con un crucifijo en las guerras de conquista? El apalamiento que consistía en sentar al indígena sobre un poste puntiagudo, atravezándolo desde el ano hasta el estómago, la garganta o la boca. Ataban las cuatro extremidades de los rebeldes a cuatro caballos para descuartizarlos. Los desnudaban y les soltaban perros cebados que los despedazaban. Los ataban a un poste para quemarlos vivos para que sirvieran de escarmiento. Todo esto, sin poner a un lado los demás métodos tradicionales de opresión y exterminio que habían estado utilizando las monarquías católicas en toda Europa.

En marcado contraste, como lo reconocen con admiración hoy los historiadores, los Adventistas del Séptimo Día fueron a latinoamérica, y más notablemente al Perú, con las manos limpias fundando escuelas, y no respondiendo jamás a la violencia con la violencia. Volvieron a recurrir, como los humildes apóstoles del Señor al comienzo del cristianismo, al único poder que Cristo garantizó a su iglesia, el del Espíritu Santo para convertir y transformar a los paganos. Las Providencias divinas fueron notables en la protección de los fieles evangelistas. Esto lo hicieron los adventistas no solamente entre los indios del Perú, de Argentina, de Venezuela, de Méjico y de tantos otros países de latinoamérica, sino también en todo el mundo, y con los mismos resultados maravillosos.

3. Métodos evangelísticos católicos en el Asia.

Con el descubrimiento de América se despertó también el celo misionero universal de la Iglesia Católica. No pudo contar con el apoyo de dos pueblos marítimos europeos como lo fueron Inglaterra y Holanda, por haberse transformado en países protestantes. Pero se sirvió de los franceses, portugueses y españoles que buscaban nuevos horizontes de comercio. Mientras que los españoles concentraron sus esfuerzos en Latinoamérica, favorecidos por la bula papal de Intercaetera, los mamelucos portugueses se extendieron más hacia el Asia oriental. Ambos se disputaron de todas maneras, los territorios que conquistaban en los dos continentes tan lejanos, pero compartieron un molde común. Ambos llevaban sacerdotes que procuraban evangelizar a los nativos con la cruz y la espada, como punta de lanza para la explotación material posterior.

a) En Vietnam. Los establecimientos católicos hispano-lusos en Indochina comenzaron en el S. XVII con la introducción de los jesuitas. Los franciscanos y dominicos también acompañaron a los aventureros, pero no tuvieron la influencia política que lograron los jesuitas. Sus asentamientos religiosos fueron acompañados por establecimientos comerciales que atrajeron, poco después, la competencia inglesa, holandesa y francesa. El continente asiático, así como el latinoamericano, se transformaría en tierra de conquistadores, piratas y corsarios.

Los jesuitas intentaron influenciar con variado éxito los escalones culturales y políticos más altos de la sociedad. A diferencia de lo que hicieron en Latinoamérica, en donde negaron la Biblia a los nativos, los jesuitas imprimieron allí la Biblia en 1651 y lograron atraer en su favor a gente respetable entre los círculos de poder. Pero eso trajo, en su momento, intrigas políticas y rivalidades comerciales, de tal manera que la influencia europea declinó. En el siglo siguiente la Iglesia Católica logró dominar la élite gobernante, gracias al emperador GiaLong y otros potentados nativos que lo siguieron. Gracias a GiaLong, la iglesia Católica obtuvo privilegios de todo tipo que usó grandemente para extender su influencia.

Como tan a menudo en este tipo de expansión misionera, los privilegios dieron lugar a excesos y abusos, lo que indispuso a los nativos contra el cristianismo y contra todo lo europeo. Las comunidades católicas reaccionaron, en consecuencia, y se volvieron beligerantes, organizando revoluciones en prácticamente toda la Cochinchina. Los misioneros católicos comenzaban los desórdenes, a menudo dirigiéndolos, y contaban para ese entonces con el apoyo de los intereses comerciales y nacionales franceses.

Esas incursiones políticas católicas trajeron como resultado la hostilidad del emperador Theiu Tri, quien gobernó desde 1841 a 1847. Para ese entonces las intrigas francesas con los misioneros católicos se intermezclaron de tal manera que no se podían diferenciar. Los nativos boicotearon las misiones católicas, comenzaron a pasar leyes restrictivas, y a erradicar las actividades católicas por doquiera. Los católicos recurrieron a Europa haciendose los mártires, y solicitando la intervención de los gobiernos europeos. Los barcos franceses que viajaron a los puertos vietnameses se multimplicaron con el pretexto de requerir la liberación de los misioneros. Los gobernantes vietnameses objetaron las intervenciones eclesiásticas y comerciales europeas en su país, dando más pretextos a Francia y a España para intervenir.

Una fuerza franco-hispana invadió Darnang en 1858, que ocupó Saigón al comenzar el siguiente año. Mediante un tratado Francia, en 1862, se apoderó de las provincias de Vietnam, y garantizó en una de sus cláusulas total libertad religiosa para la Iglesia Católica. Para Agosto de 1873, cuando Francia conquistó Hanoi, se firmó el “tratado” final que terminó con la independencia vietnamesa. Toda Indochina (Vietnam, Laos, Camboya), eran ya colonias francesas que habían comenzado con las actividades misioneras católico-romanas. Los misioneros católicos recibieron privilegios especiales que comprendían poder supremo en asuntos religiosos, culturales, sociales, económicos y políticos. Nunca vacilaron en recurrir a las ballonetas francesas para imponer la cruz sobre los renuentes nativos.

Gracias a esa ayuda y respaldo militar, comenzaron las conversiones masivas en manos de frailes, jesuitas, sacerdotes, monjas y obispos. Invitaban a aldeas enteras a “ver la luz” prometiéndoles alimento y asistencia de los misioneros a cambio de la conversión. La posición o los privilegios en los distintos niveles educacionales o coloniales, quedaban fuera del alcance de los que rehusaban convertirse. Lo mismo sucedía en referencia a las posesiones de tierra y a las posiciones oficiales en las administraciones locales y provinciales. Esos eran privilegios exclusivos para los que se convertían a la fe católica. Miles se bautizaban durante las épocas de escasez y hambruna, antes de ser socorridos por las misiones católicas.

¿Cómo podía la Iglesia Católica lograr tan buen respaldo francés en la Conchinchina, mientras que en Francia había un espíritu tan secularizante? Ante las perspectivas colonialistas y económicas se podía ser más conservador allá lejos. La legislación colonial francesa se reforzó con la participación entre bastidores de los misioneros mismos. Las protestas de los sectores políticos y religiosos liberales de Francia no tuvieron efecto. Luego de un siglo y medio de colonización masiva eclesiástica y cultural, los franceses y nativos católicos monopolizaron prácticamente la administración civil y militar. Esa élite gobernante pasó la antorcha de la Iglesia de generación en generación hasta llegar al presidente Diem y sus hermanos, quienes intentaron extirpar el budismo mayoritario por la fuerza en la segunda mitad del S. XX.

- La guerra de Vietnam. Todos los esfuerzos misioneros católicos en Vietnam, inclusive los de Diem y sus hermanos en pleno S. XX, siguieron un mismo esquema para imponer la religión católica a todo el mundo, aunque eran una minoría superada ampliamente por el budismo asiático (85 % budistas). Primero Roma enviaba misioneros para explorar las posibilidades religiosas y económicas que beneficiasen tanto a Francia, España y Portugal como a la Iglesia misma. Luego venían los invasores colonialistas que terminaban imponiendo la religión católica y explotando a los nativos. Diem en Vietnam estableció una junta católica que fue tomando control de los principales puestos de gobierno, inclusive la fuerza militar que confió a uno de sus hermanos. Una vez bien establecidos comenzaron a establecer leyes discriminatorias contra la mayoría budista, cerrándoles y quemándoles sus pagodas, e impidiéndoles educarse en las universidades. Finalmente recurrieron al terror una vez que la reacción budista se hizo notar.

Diem contaba en Vietnam, además, con el apoyo de su otro hermano, el arzobispo de Hue. En su imposición de la fe católica a la mayoría de la población budista, recurrieron a los mismos métodos de Hitler contra los judíos y los gitanos, y Pavelic contra los ortodoxos también. No sólo impidieron a los budistas desarrollarse en la sociedad y en la educación, sino que los enviaron a los campos de concentración o detención. Medidas equivalentes tomaron para con otros grupos religiosos que fueron proscritos. Si no hubiera sido porque los EE.UU. estaban allí, se hubieran repetido los mismos horrores nazis de la solución final. Aún así, algunos de esos campos de concentración se transformaron en campos de muerte. Más de 600 murieron en el de Phu Loi (en la provincia de Thu Dai Mot), por un envenenamiento masivo, sumando finalmente un total de 1000 muertos en ese lugar. Entre 1955 y 1960, 80.000 personas fueron ejecutadas o muertas por el régimen católico de Diem.

Para la época en que Diem llegó al poder en Vietnam, el Secretario de Estado de los EE.UU. y el jefe de la CIA eran católicos (los hermanos John Foster Dulles y Alan Dulles respectivamente, que tan implicados habían estado y continuaban estando con el tráfico del oro nazi). Ellos estaban en permanente contacto con el cardenal Francis Spellman, quien tenía gran ascendencia ante Eisenhower, el presidente del gobierno norteamericano, y había sido nombrado por el papa Pío XII como su vocero personal ante el gobierno de los EE.UU. Spellman era el representante religioso-militar tanto de los poderes católicos como de los militares ya que, además de representar a la Santa Sede en los EE.UU., era el Vicario de las Fuerzas Armadas norteamericanas. Su implicación en la guerra de Vietnam fue tal que esa guerra fue llamada por muchos, “la guerra de Spellman”. Cuando visitaba las tropas militares norteamericanas en Vietnam repetía constantemente las palabras que los cardenales de Roma habían usado para la campaña de Musolini en Etiopía. Les decía a los que combatían en Vietnam que eran “los soldados de Cristo”, por supuesto, en la promoción de la fe e intereses de la Iglesia Católica.

Todos ellos, con el aval y orientación especiales del papa Pío XII, llevaron a Diem a aplicar la Ley Canónica de 1917, interpretada ésta en su forma más literal para todo Vietnam, y ante una mayoría budista abrumadora. La Virgen de Fátima fue invocada y manipulada desde el Vaticano mismo como un arma poderosa para arengar a los católicos de Vietnam contra el comunismo y, también incluido, el paganismo budista de la región. Todo ese país asiático fue consagrado a María. Era un arma emotiva impresionante que pretendía anticipar la inminente caída del comunismo, como veremos más adelante. El lema era, además: “Asia para el papa”.

Mientras que Eisenhower mantuvo una política de “riesgo limitado” en la guerra contra Vietnam, John Kennedy, el primer presidente católico en los EE.UU. que lo reemplazó, la transformó en un “cometido ilimitado” para proteger los intereses católicos de la región. El manejo católico entre Vietnam y los EE.UU. con esos puestos claves en el gobierno de ambos países, filtraba la información de tal manera que los protestantes de los EE.UU. no pudiesen enterarse de lo que realmente pasaba allí. Cuando los budistas recurrieron a la inmolación pública, Diem y sus medios de prensa se burlaban del autoazado que efectuaban esos paganos. La opresión real, arguían los católicos, era del budismo contra la fe cristiana y, por supuesto, del comunismo que intentaba destruir la civilización cristiana. Había que proteger, pues, la dictadura de Diem para impedir que los “reales” enemigos se saliesen con la suya.

Así empujaron los católicos a la protestante EE.UU. no sólo a poner a Diem en el poder, sino finalmente a intervenir y cometer el papel más miserable y vergonzoso de toda su historia. Para cuando el nuevo papa Juan XXIII captó el fracaso de la política católico-norteamericana en Vietnam, hizo un pacto secreto para salvaguardar los intereses católicos en la región con la sección comunista de Vietnam (Hanoi), y dejó a los EE.UU. sólos en su derrota final. Lo que Pío XI y Pío XII hicieron con los protestantes alemanes a quienes arrastraron a aliarse con Hitler, volvió a hacerlo Pío XII en Vietnam con la gran república protestante de Norteamérica. Si el comunismo triunfó allí fue porque los budistas terminaron considerando que con ellos iban a pasarlo mejor que con los “cristianos”.

¿Cuál fue el resultado de una política tal? En Europa, en Asia y en todos los lugares donde el papado logra imponer ese mismo modelo de gobierno para dominar una población renuente a aceptar el catolicismo, tienen que retirarse finalmente dejando sumido al país en la más espantosa ruina. Los EE.UU. que se dejaron arrastrar por los católicos a la guerra de Vietnam, sufrieron la derrota más vergonzosa de toda su historia. Veinte días después de ser asesinado Diem y su hermano Ngo (2 de Nov. de 1963), el primer presidente católico de Vietnam, era asesinado en los EE.UU. John Kennedy (22 de Nov.), el primer presidente norteamericano católico. Billones y billones de dólares le costaron a los EE.UU. esa guerra, así como la pérdida de 58.000 vidas jóvenes norteamericanas (y la participación de cinco millones y medio de norteamericanos en la guerra misma).

E. de White escribió lo siguiente en el S. XIX, anticipándose a la historia de lo que el papado iba a volver a hacer en el S. XX y volverá a hacer, ya en el mismo fin, en el S. XXI. “La historia ha probado cuán astuto y persistente es el papado en inmiscuirse en los asuntos de las naciones, una vez que logra poner el pie para promover sus propios intereses, aún a costa de la ruina de príncipes y pueblos” (GC, 580). “La iglesia papal nunca renunciará a sus pretensiones de infalibilidad... Permítase que las limitaciones impuestas actualmente por los gobiernos seculares sean quitadas y Roma sea reinstaurada en su poder anterior, y se verá en el acto un reavivamiento de su tiranía y persecución” (GC, 564). Esta es la historia que se vio repetir en el S. XX, tan claramente advertida por E. de White el siglo anterior. ¿Se prestará atención a estas y otras declaraciones para lo que aún falta ocurrir?

E. de White anticipó también que “la apostasía nacional” de los EE.UU.—considerados a sí mismos como “una nación bajo Dios” en el mismo peso norteamericano—“será seguida por la ruina nacional” (7BC 977, 1888). “Es en la época de la apostasía nacional cuando... los gobernantes de la tierra se alistarán del lado del hombre de pecado [el papado]. Será entonces cuando la medida de su culpa se habrá llenado. La apostasía nacional será la señal de la ruina nacional” (2SM 373, 1891). “Los principios católico-romanos serán asumidos bajo el cuidado y protección del estado. Esta apostasía nacional será seguida rápidamente por la ruina nacional” (RH Junio 15, 1897). “Cuando el estado use su poder para imponer los decretos de la iglesia y sostener sus instituciones—entonces la América Protestante habrá formado una imagen del papado, y habrá una apostasía nacional que terminará únicamente en la ruina nacional” (7BC 976, 1910). El fracaso y humillación sufridos por los EE.UU. en Vietnam causados por dejarse arrastrar a esa guerra por una política católica mentirosa y despiadada, sirve de ilustración adicional a todas estas advertencias que tendrán su cumplimiento más vasto al consumarse la unión de las iglesias y los estados en el fin del mundo.

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