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30 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (22)

Dirección y participación sacerdotal en las masacres. Fueron los sacerdotes franciscanos los que tomaron en sus manos el liderazgo de las masacres en Croacia, como lo habían hecho junto con los Dominicos contra los cátaros y judíos desde comienzos del segundo milenio. Esas dos órdenes religiosas fueron levantadas por el papado para cumplir la tarea conjunta de exterminar a los herejes. Ambas órdenes religiosas cumplieron fielmente ese mandato papal durante siglos, hasta que el pueblo no pudo más y dijo ¡basta! Esto último ocurrió en la Revolución Francesa secular de fines del S. XVIII. Ahora, en pleno S. XX, otra vez los sacerdotes católicos acompañaban las procesiones de muerte en Croacia, que iban de aldea en aldea, obligando a todos los ortodoxos a confesarse o a morir de la manera más cruenta. Así como destruyeron toda la población de Albi en la Edad Media mediante una cruzada papal, ciudades enteras eran ahora también arrazadas en las cruzadas católicas ustashis. El historiador Marconi lo admitió. “Es casi imposible”, declaró, “imaginar una expedición punitiva ustashi sin un sacerdote a la cabeza alentándola, usualmente un franciscano”.

El arzobispo Stepinac, primado de Croacia, beatificado por Juan Pablo II recientemente (el paso que precede a la canonización), escribió una larga carta a Pavelic sobre las masacres y conversiones forzadas que efectuaban sobre los serbios, citando los puntos de vista de sus hermanos obispos que las apoyaban, incluyendo una carta del obispo Mostar al Dr. Miscic. En esa carta le expresa la satisfacción tan grande del episcopado croata por las conversiones en masa de los ortodoxos al catolicismo romano. “Nunca se nos dio una oportunidad tan buena como ahora para ayudar a Croacia a salvar innumerables almas”, y comenta con entusiasmo las conversiones masivas.

Stepinac lamenta en esa carta, sin embargo, la “visión estrecha” de las autoridades que se apoderan aún de los conversos y los “cazan como esclavos”. Hace una lista de las masacres conocidas de madres, niñas y niños menores de ocho años que fueron arrojados vivos desde lo alto de los cerros, para morir despedazados en las profundidades de los barrancos. También comenta asombrosamente que “en la parroquia de Klepca setescientos cismáticos [ortodoxos] de las aldeas vecinas fueron degollados. El subprefecto de Mostar... declaró públicamente”, continuó comentando Stepinac a Pavelic, que “setescientos cismáticos habían sido arrojados en un pozo”. A pesar de semejante doblez moral, se atribuyó a Stepinac el haber salvado cierto número de judíos y serbios hacia el final del gobierno ustashi. Aún así, se complotó con los ustashis al concluir la guerra, para contrabandear al Vaticano el oro que había juntado el gobierno ustashi de las víctimas del genocidio croata.

Los obispos respaldaban las conversiones masivas con entusiasmo fanático, aunque algunos admitían que no tenía sentido arrojar vagones cargados de cismáticos en los barrancos. El arzobispo Saric de Sarajevo llegó a publicar una poesía ensalzando al líder ustashi, titulada “Oda a Pavelic”.

“Contra los judíos angurrientos con todo su dinero,
que querían vender nuestras almas,
traicionar nuestros nombres,
¡esos miserables!

“Tú eres una roca sobre la cual descansa
la patria y la libertad en uno.
Proteje nuestras vidas del infierno,
Del marxismo y del bolchevismo”.

Esa oración no fue escuchada por el Dios del cielo, porque después de la guerra cayeron bajo el régimen comunista. Pavelic demostró no ser la roca que podría protegerlos del infierno y del bolchevismo, y garantizarles la libertad. ¡Cuán lejos estaba la católica Croacia de la verdadera Roca que es Cristo Jesús!

El padre Bozidar Bralow, conocido por el revólver automático que lo acompañaba siempre, fue acusado posteriormente de efectuar una danza alrededor de los cuerpos de 180 serbios masacrados en Alipasin-Most. Los franciscanos mataban, incendiaban hogares, saqueaban las aldeas, y desbastaban el país Bosnio a la cabeza de las bandas ustashis. Un periodista testificó haber visto en Septiembre de 1941, a un franciscano arengando al sur de Banja Luka una banda de ustashis con su crucifijo (HP, 254).

El principal campo de concentración responsable de la muerte de cientos de miles de personas, fue dirigido en Croacia por un exfraile franciscano en Jasenovac, Miroslav Filipovic. Este exfraile no sólo dirigió, sino que tomó parte también en los actos de tortura y asesinato masivos de 40.000 hombres, mujeres y niños en ese campamnto. En 1943 Filipovic fue reemplazado en la dirección del campo de concentración en Jasenovac, por otro exsacerdote, Ivica Brkljacic. Las masacres que allí se dieron son indescriptibles. Puede darnos una idea el siguiente testimonio de un criminal genocida ustashi, Mile Friganovic, acerca de cómo el franciscano Pero Bnica, del monasterio de Siroki Brijeg, mató 1.350 prisioneros del campo de concentración en una sola noche. Fue en una noble competencia para saber quién era mejor en degollar las víctimas de Jasenovac.

“El franciscano Pero Bnica, Ante Zrinusic, Sipka y yo apostábamos para saber quién mataría más prisioneros esa noche. La matanza comenzó y poco después de una hora yo había matado mucha más gente que ellos. Me parecía estar en el séptimo cielo. Nunca había sentido tanta felicidad en toda mi vida. Ya después de unas pocas horas había matado 1.100 personas, mientras que los otros habían podido matar sólo 300 o 400 cada uno. Y entonces, cuando estaba experimentando el éxtasis más grande, me dí cuenta que un campesino anciano me estaba mirando de pie, pacíficamente y con calma, cómo yo mataba a mis víctimas que morían con el más grande dolor. Su mirada me sacudió. En medio del más grande éxtasis quedé repentinamente paralizado y por algún momento no pude moverme para nada. Entonces caminé hacia él y descubrí que era algún vukasin (campesino) de la aldea de Klepci, cerca de Capljina, en donde su familia entera había sido muerta. Había sido enviado a Jasenovac después de haber trabajado en los bosques. Me contó esto con una paz incomprensible que me afectó más que los gritos terribles que nos rodeaban. De golpe sentí el deseo de romper su paz torturándolo de la manera más brutal y, mediante su sufrimiento, recuperar mi éxtasis y continuar recogijándome en la inflicción del dolor.

“Lo separé de los demás y lo senté sobre un tronco. Le ordené gritar: ‘¡Larga vida para el poglavnik Pavelic!’ o de lo contrario le cortaría su oreja. El vukasin guardaba silencio. Le arranqué su oreja. No dijo ni una palabra. Le dije una vez más que gritara ‘¡Larga vida para Pavelic!’, o le desgarraría la otra oreja también. Le arranqué la otra oreja. Grité: ‘¡Larga vida para Pavelic!’, o te voy a romper la nariz. Y cuando le ordené por cuarta vez gritar ‘¡Larga vida para Pavelic!’, y lo amenacé con quitarle su corazón con un cuchillo, me miró, esto es, algo a través mío y sobre mí en forma incierta, y lentamente me dijo: ‘¡Haz tu trabajo, hijo!’ Después de eso, sus palabras me dejaron perplejo, quedé paralizado, le arranqué los ojos, su corazón, le corté su garganta de oreja a oreja y lo arrojé a un pozo. Pero algo me quebrantó dentro de mí y no pude matar más gente en esa noche. El sacerdote franciscano ganó la apuesta porque mató 1350 prisioneros y le pagué la apuesta sin discutir”.

d) La aprobación del Vaticano al régimen genocida de Croacia. Ya vimos que el papa Pío XII recibió a Ante Pavelic y bendijo su régimen cuando las matanzas croatas estaban en pleno furor, para asombro y desmayo de los ingleses y del resto del mundo. Estaba plenamente enterado de todo lo que ocurría en Croacia. Su delegado apostólico Marconi iba y venía entre Zagreb y Roma. Los ustashis y el clero ponían a disposición de él los planes militares para que pudiese viajar libremente por la nueva Croacia. Los obispos se comunicaban sin trabas con él, muchos de los cuales formaban parte del parlamento de la nueva nación, y visitaban a menudo al papa en Roma. Todos estaban ávidos por enterarse, cuando venían a Roma, de cómo iban las cosas en Croacia.

La Santa Sede envió un buen número de directivas a los obispos de Croacia para julio de 1941. El Vaticano insistía en que no se debían aceptar conversos potenciales al catolicismo cuando era patente que buscaban el bautismo por razones equivocadas. Lo pavoroso es que esas “razones equivocadas” tenían que ver con el terror y el intento de evitar la muerte. Era obvio que el Vaticano estaba al tanto de lo que estaba teniendo lugar allí.

Ya vimos cómo en Agosto de 1941, los israelitas habían pedido una intervención del gobierno italiano y del papado para rescatar a 6.000 judíos abandonados en una isla estéril sin protección ni alimento ni agua. En septiembre, Branko Bokun, un joven yugoeslavo, fue enviado a Roma por uno de los jefes de inteligencia de su país, creyendo que el papa sería diferente de los otros prelados asesinos de Croacia. Vino con un gran archivo de documentos, testimonios oculares y fotografías de las masacres. Lo remitieron al Secretario de Estado Vaticano, Montini (futuro papa Pablo VI), quien no le dio audiencia. Antes bien, le pidió que dejase su documentación y volviese una semana más tarde, para darle al tema una cuidadosa atención.

Cuando volvió, lo atendió el secretario de Montini, diciéndole que “las atrocidades descritas en su documento son perpetradas por los comunistas, pero maliciosamente atribuídas a los católicos”. En la típica hipocresía del Vaticano, Montini recibía a los representantes de Croacia a quienes comenzaba reprendiéndolos con duras palabras, pero terminaba asegurándoles que el Santo Padre apoyaría a la católica Croacia (UT, 73). Todos los embajadores que venían a la Santa Sede requiriendo la intervención papal para detener las masacres en las católicas Croacia y Eslovenia, eran recibidos de la misma manera. Primero un “ataque simulado, luego una atención paciente [al testimonio y documentación ofrecidos], y finalmente una generosa rendición” frente a los hechos.

Los mensajes de la BBC de Londres eran frecuentes sobre la situación en ese país. Uno de ellos, el 16 de febrero de 1942 puede considerárselo como típico: “Se están cometiendo las peores atrocidades en los alrededores del arzobispo de Zagreb [Stepinac]. Corre a torrentes la sangre hermana. Los ortodoxos son obligados a convertirse al catolicismo, y no escuchamos ninguna voz del arzobispo predicando una revolución. En su lugar, se informa que toma parte en los desfiles nazis y fascistas”. Los prelados católicos y representantes del gobierno ustashi que visitaban el Vaticano decían que eran “calumniados” y se quejaban por considerárselos como “bárbaros y caníbales”. Esto prueba también que la Santa Sede estaba al tanto de lo que pasaba.

A pesar de todas las informaciones sobre los homicidios masivos, en marzo de 1942 la Santa Sede entablaba relaciones oficiales con los representantes de Croacia. Cuando en Mayo de 1943, Pavelic pidió otra audiencia con el papa, el Secretario de Estado del Vaticano para entonces, Maglioni, le respondió que “no había dificultades relacionadas con la visita del poglavnik al Santo Padre, excepto que no podría recibirlo como a un soberano”. Pío XII mismo le prometió su bendición personal de nuevo, a pesar de tener para esa época la información de las peores atrocidades que se habían estado cometiendo durante los dos años del gobierno de Pavelic (UT, 73).

En marzo de 1942, mientras Pavelic tenía conversaciones formales con los diplomáticos croatas, el Congreso Judío Mundial y la comunidad israelita suiza pidió la intervención de la Santa Sede para socorrer a los judíos perseguidos en Croacia. Casi dos meses antes Alemania había bosquejado sus planes para la Solución Final, y esas agencias judías documentaron en su petición, las persecuciones que se llevaban a cabo contra los judíos de Alemania, Francia, Rumania, Eslovaquia, Hungría, y Croacia. Aunque todos eran países católicos (con excepción de Alemania con el 50% católico), los últimos tres países mencionados tenían fuertes relaciones diplomáticas y eclesiásticas con la Santa Sede, por lo que esperaban que el papa hiciese algo por los judíos perseguidos en esos lugares. El manuscrito de esa petición reside en los archivos zionistas de Jerusalén. Pero el Vaticano los excluyó de los once volúmenes que liberó de la época de la guerra, en un intento de ocultar lo que sabía el papado sobre los crímenes de Croacia. Los historiadores dan prueba de otros documentos históricos omitidos por el Vaticano (HP, 259,377).

Una vez que terminó la guerra y los comunistas se apoderaron de Yugoeslavia, incluyendo Croacia, prácticamente el cuerpo entero del gobierno ustashi, con muchos sacerdotes, encontró refugio en el Vaticano. La misma actitud benevolente del papado continuó después de la guerra para ayudarlos a evadir la justicia. Los ustashis confiaron al arzobispo Stepinac el oro que habían juntado de las víctimas judías y ortodoxas. Este logró traerlo, con la ayuda de otros clérigos, de contrabando al Vaticano. Debido a eso, hay una demanda actual al Vaticano en favor de las víctimas del genocidio ustashi, que tiene como propósito forzar a la Santa Sede a liberar sus archivos con respecto al destino de ese dinero (Patron Saint of Genocide, n. 28).

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