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30 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (18)

Antisemitismo Vaticano en medio del genocidio judío. Sorprende que en plena guerra mundial, y en el corazón mismo del Vaticano, la Iglesia romana haya continuado ofreciendo testimonios tan flagrantes de antisemitismo. El principal teólogo dominico y neotomista, Garrigou-Lagrange, era consejero teológico de Pacelli y al mismo tiempo entusiasta admirador de Pétain, el líder fascista y católico francés. También era muy amigo del embajador ante la Santa Sede del gobierno central francés (que operaba en la sección no ocupada de Francia llamada Vichy). Ese diplomático francés envió un mensaje a su gobierno en Vichy, diciendo que la Santa Sede no objetaba la legislación antijudía francesa, y fundamentó su informe con notas de Tomás de Aquino que habían sido juntadas por los neotomistas de Roma. Debemos recordar que, durante la Edad Media, el teólogo por excelencia de la Iglesia Católica, Tomás de Aquino, sirvió de fundamentación teológica a la Inquisición, para justificar la exterminación no sólo de los judíos, sino también de los cátaros, valdenses, protestantes y musulmanes.

Pétain fue confrontado finalmente por el nuncio francés, quien a su vez informó a Pío XII sobre las deportaciones judías que se llevaban a cabo allí. Pero ni Pétain ni Pío XII le hicieron caso. En su lugar, el papa “alabó calurosamente la obra del Marshal [Pétain] y manifestó un interés entusiasta en las acciones gubernamentales que son una señal del renovamiento afortunado de la vida religiosa en Francia”. ¡Qué oportunidad extraordinaria se le estaba ofreciendo a la Iglesia Católica, marcada sin duda por la Providencia (perdón por la ironía), para recuperar a esa nación del socialismo ateo que le había dado su golpe de gracia en la Revolución Francesa!

También en Croacia se había levantado un gobierno fascista conducido por Ante Pavelic, que decidió no sólo exterminar a los judíos, sino también a más de dos millones de ortodoxos. Por ser católico y obligar a poblaciones enteras a elegir entre renunciar a su fe y convertirse al catolicismo romano o morir baleado, degollado o enterrado vivo después de cavar sus propias fosas comunes, no podía el papado condenarlo. La iglesia madre lo contemplaba con indulgencia y hasta ponderaba su entrega a la misión de la Iglesia. En vano se le presentaron al papa testimonios de las masacres que allí se llevaban acabo, y en vano se intentó hacerlo definirse con respecto a esos crímenes. [Después de la guerra, Pavelic encontraría refugio en el Vaticano, donde también se le darían documentos falsificados para escapar a Argentina. El general Domingo Perón lo nombraría consejero personal de su gobierno].

Llama la atención, en este contexto, que las peores masacres judías se llevasen a cabo en países con dictadores católicos o de población mayoritaria católica como Francia, Rumania, Polonia, Eslovaquia y Croacia, amén de las ejecuciones efectuadas en Alemania con la mitad de la población católica después de la anexión de Austria y otras regiones de raza germana. En Eslovaquia, por ejemplo, subió al poder un dictador católico y sacerdote llamado Josef Tito. El fue el único a quien el papa aconsejó moderación en su campaña antisemítica, no un abandono total de su actitud.

Por tales razones, en Gran Bretaña y en otros lugares, el papa Pío XII se volvió para esa época muy impopular. La mayoría creía que el Vaticano se negaba a pronunciarse contra el genocidio judío porque apostaba a que Los Ejes (la alianza alemana, italiana y japonesa más los otros países satélites de Europa central), iban a ganar la guerra. Creyendo que se trataba simplemente de un acto de cobardía, el presidente Roosevelt de los EE.UU., decidió entonces enviar a Myron Taylor el 17 de Septiembre de 1942, para asegurarle a Pío XII que América estaba en lo correcto, y que debido a eso y a “que tenemos total confianza en nuestra fuerza, estamos determinados a seguir adelante hasta obtener una victoria completa” (HP, 289). Pero el intento de hacerlo definirse con respecto al genocidio judío volvió a fracasar.

El embajador inglés en el Vaticano concluyó entonces que “una política de silencio con respecto a las ofensas contra la conciencia del mundo debe involucrar necesariamente una renuncia al liderazgo moral y a una atrofia consecuente de la influencia y autoridad del Vaticano...”, ya que únicamente expresándose en tal contexto es que se puede ofrecer una contribución “al reestablecimiento de la paz mundial”. Ese estigma de pecado sobre el papa Pío XII y su reino en el Vaticano, definido por muchos como de “omisión”, se ve patéticamente reflejado en un film francés titulado “Amén”.

Llegó la Navidad de 1942. ¿Qué homilía o mensaje daría el papa al mundo? Declaró que los males que han venido al mundo en las últimas décadas tenían que ver con una subordinación de todos al propósito del lucro. Pero no se definió con respecto al totalitarismo y la democracia, la democracia social y el comunismo, el capitalismo y el capitalismo social. En cambio insistió en la vieja premisa de los papas medievales que había sido reafirmada por sus antecesores del S. XIX y comienzos del XX. Lo que al mundo le faltaba era el ordenamiento pacífico de la sociedad por su afiliación y lealtad a la Santa Madre Iglesia, esto es, al primado de Pedro. El ordenamiento social, según ya vimos, tiene que ver con la visión piramidal del papado, en donde el alma juzga al cuerpo, y no viceversa.

Después de tantas presiones internacionales, finalmente se expresó en un lenguaje ambiguo, como se ha demostrado, si se tiene en cuenta la dimensión tan dramática de los eventos. “La humanidad debe este voto a los cientos de miles que, sin ninguna falta propia, a veces únicamente debido a su nacionalidad o raza, son marcados para muerte o extinción gradual”. ¿Quiénes eran esos “inocentes” que morían? Según el pensamiento imperante que ya vimos en el Vaticano, los judíos morían por su propia culpa. ¿Se trataría, entonces, de las masacres llevadas a cabo por el comunismo en tantos lugares de la tierra?

Como era de esperarse, en el contexto internacional en que se vivía, Pío XII no satisfizo a nadie con ese discurso. Todos esperaban una definición, y no sus típicas generalidades. El mismo Mussolini se burló de la homilía papal, diciendo que “el Vicario de Dios, quien es el representante en la tierra del Gobernante del Universo, nunca va a hablar; va a permanecer siempre en las nubes. Este es un discurso de tópicos que pueden ser mejor dados por un sacerdote párroco de Predappio” (la aldea atrazada donde nació Mussolini).

Mientras los alemanes cometían las peores atrocidades contra los comunistas civiles de Eslovenia, el obispo Gregorio Rozman daba un apoyo entusiasta a los nazis, con numerosos llamados a “pelear del lado de Alemania”. El 30 de Noviembre de 1943, escribió una carta pastoral exhortando a sus fieles a pelear por Alemania, destacando que “mediante esta valiente pelea y obra industriosa para Dios, para el pueblo y la patria, aseguraremos bajo el liderazgo de Alemania nuestra existencia y un mejor futuro, en la pelea contra la conspiración judía”. Este mismo obispo se hizo cargo, durante la guerra, del partido clerical esloveno.

f. Negativa del mundo en recibir inmigración judía. En abril de 1943 se dio una conferencia de oficiales ingleses y norteamericanos que decidieron que nada podía hacerse sobre el Holocausto, y que era ilegal todo plan de rescate masivo (UT, 13). Ambos países se alarmaban con la idea de que Hitler pudiese detener las cámaras de gas para deportar los judíos hacia sus países respectivos, en cantidades tan alarmantes. Ni Inglaterra, ni los EE.UU., querían recibir repentinamente millones de inmigrantes para los cuales no tendrían trabajo inmediato.

En norteamérica, los judíos quisieron abogar en favor de sus hermanos de raza europeos. Pero también se manifestaron los sentimientos en contra de otros sectores tradicionalmente racistas, inclusive de los sindicatos. Cada país insinuaba que se los enviase a otro país: a los EE.UU., a Canadá, al Africa, a Australia. Pero la respuesta era por todos lados la misma. No estaban en condiciones de recibir tal avalancha de gente en sus países.

Uno queda impresionado al ver en el museo del Holocausto en Washington, los diferentes videos tomados de la época, de los testimonios públicos de los diferentes líderes políticos de EE.UU. y de Inglaterra que daban las razones por las cuales no los podían recibir. Muchos judíos no están dispuestos a disculpar tampoco a los países Aliados por esa actitud, ni en el día de hoy.

g. La ocupación nazi de Roma. Roma fue bombardeada a mediados de Julio de 1943, a pesar de los intentos del papa por evitarlo. El Gran Concilio Fascista se reunió una semana más tarde y destituyó a Mussolini. En su lugar puso como rey a Vittorio Emanuele III. Hitler decidió entonces invadir Italia, y ocupó Roma el 11 de septiembre de ese año, rescatando a Mussolini y reestableciéndolo al norte de Italia. Siete mil judíos vivían entonces en Roma, como sobrevivientes de la larga persecución que habían tenido por más de dos mil años. No sabían que la suerte estaba sellada sobre ellos, y que iban a sufrir la deportación y muerte como los demás judíos de los otros países que habían caído bajo ocupación nazi.

Los alemanes exigieron a los judíos cincuenta kilos de oro que debían pagar en 36 hs. Los judíos, a su vez, solicitaron ayuda al papa quien autorizó un préstamo, aclarando enfáticamente que era un préstamo y no una donación. Los judíos no aceptaron y lograron juntar suficiente dinero como para comprar por sí mismos el oro requerido. No les dieron ningún recibo, ya que no correspondía dar recibos a los enemigos. El oro fue enviado a Berlín en donde permaneció intacto hasta la conclusión de la guerra. Adolf Eichmann se hizo cargo de deportarlos sin importarle el pago efectuado por ellos.

Nuevamente comenzaron las presiones para que el papa se expresase a favor de los judíos de Roma. Hasta los mismos alemanes esperaban que lo hiciera, y se sorprendían porque no protestaba. Los italianos estaban ayudando a todo judío que podían para escapar, y los alemanes temían una reacción popular. Fueron ellos los que demoraron la deportación, advirtiendo por su cuenta a Berlín de una posible amenaza de denuncia de parte del papa, algo que de ninguna manera esperaba hacer Pío XII. Cuando el tren que deportaba a los judíos comenzó su marcha el 19 de noviembre, el papa manifestó su temor de una reacción judía mancomunada con los partidarios del comunismo, y pidió a los alemanes que reforzaran la guardia. Pío XII se preocupaba más por lo que los comunistas italianos podían hacer que por la vida de tantos judíos que eran llevados a los campos de exterminio.

Cincuenta días después que partió el tren, más de 1000 de esos judíos morían en las cámaras de gas de Auschwitz y Birkenau, y 149 hombres y 47 mujeres eran sometidos a tareas de esclavitud. Sólo quince de ellos sobrevivieron. Posteriormente otros 1084 judíos fueron arrestados y enviados a Auschwitz donde, con excepción de pocos, corrieron la misma suerte. Otros judíos lograron escapar escondiéndose en el Vaticano, cuyo territorio gozaba de inmunidad extraterritorial. Para ello contaron con la ayuda de la población en conjunto con algunos clérigos. El papado no se opuso a una ayuda humanitaria conducida en forma personal, y en ocasiones dio cierto apoyo a ese tipo de actividades en otros lugares.

Hitler quiso apresar al papa en su momento y llevarlo a Alemania, pero los alemanes apostados en Italia le advirtieron que la población era católica, y la reacción popular era impredecible. Lo que ni Hitler ni sus generales en Italia sabían era que la herida mortal del papado había iniciado su proceso de curación, y que nada iba a impedir su lenta pero segura recuperación hasta que consumase su obra profetizada en el Apocalipsis, y fuese destruida para siempre. “Porque Dios ha puesto en sus corazones ejecutar lo que él quiso, ponerse de acuerdo y dar a la bestia el poder de reinar, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Y la mujer que viste es aquella gran ciudad que impera sobre los reyes [gobernantes] de la tierra” (Apoc 17:15-18).

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