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16 de septiembre de 2009

Jonás, ¡un evangelista extraordinario!



Jonás ha llegado a la ciudad de Nínive, en Asiria. Ahora valientemente proclama el nefasto anuncio de juicio que Dios le ha encargado: "De aquí a cuarenta días Nínive será destruida" (Jonás 3: 4). Imagine la escena. En las agitadas calles de la ciudad capital de Asiria aparece repentinamente un extranjero que, públicamente, anuncia condenación. Para Jonás ésta no debe haber sido una misión fácil. Pero sabemos que el oficio profético siempre ha sido difícil. Y los profetas nunca lo han codiciado.

Es de importancia capital notar el contenido de la proclamación de Jonás. Dios no envía al profeta para dictar una cátedra sobre el monoteísmo o para instar a los ninivitas a elevar su ética de la conducta, aunque habría sido válido plantear estos temas a los asirios de aquel tiempo. Tampoco Dios lo comisionó para promover la unidad ecuménica. La misión de Jonás era de juicio. Y Nínive sólo tenía cuarenta días de gracia.

Al comparar un texto bíblico con otro, notamos que la Escritura a menudo asocia el número 40 con períodos de significado especial. Este es el número de días que la lluvia cubrió toda la tierra durante el diluvio (Génesis 7: 17; 8: 6) y el número de años que Moisés permaneció en Madián después de huir de Egipto (Hechos 7: 29, 30). Más tarde Moisés permanecería en el Monte de Dios (Sinaí) en dos ocasiones diferentes de 40 días cada una (Éxodo 24: 18; 34: 28; Deuteronomio 10:10). Los Israelitas vagaron por el desierto 40 años después de su rebelión (Éxodo 16: 35; Números 14: 33, 34: Deuteronomio 1: 1-3; 2: 7; 8: 2, 4). David y Salomón reinaron 40 años cada uno. Cuando huyó de Jezabel, el viaje de Elías a Horeb duró 40 días (1 Reyes 19: 8). Y la tentación de Cristo en el desierto, al comienzo de su ministerio, duró 40 días (Mateo 4: 2; Marcos 1: 13; Lucas 4: 2). La Escritura conecta el lapso de 40 días con el establecimiento del pacto, porque es el número de días transcurridos entre el momento en que Israel dejó Egipto y cuando Dios les dio su ley y el pacto en el Sinaí. En el Nuevo Testamento la presencia glorificada de Jesús permaneció en la tierra por 40 días antes de su ascensión al cielo y su inauguración como nuestro Sumo Sacerdote (Hechos 1:3; 2:33, 34; Hebreos 3: 17).

Jonás anuncia que a Nínive se le han concedido 40 días hasta que sobrevenga su juicio. En su proclama él usa el verbo "derrocar" o "derribar". Si hacemos más comparaciones con otros textos bíblicos encontramos que el uso de este verbo en el libro de Jonás es significativo por dos razones:

1. Génesis 19: 21, 25 usa precisamente este verbo en referencia a Sodoma y Gomorra. De hecho, la Escritura emplea dos nombres, ambos con el significado de "derrocar", relacionados casi exclusivamente con Sodoma y Gomorra, cuando se describe el juicio que estas ciudades recibieron de Dios. [Génesis 19; 29; Deuteronomio 29:23; Isaías 13:19; Jeremías 20:16; 49:18; 50:40; Amós 4:11].

2. El verbo también tiene doble significado. Podríamos traducir la frase así: "Nínive será vuelta al revés", con lo cual se implica un cambio dramático (en este caso, hacia lo bueno), tal como ocurre en el libro de Ester cuando se describe la liberación de los judíos del decreto de muerte que tramaba Amán: "...Como días en que los judíos tuvieron paz de sus enemigos, y como el mes que de tristeza se le cambió en alegría, y de luto en día bueno; que los hiciesen días de banquete y de gozo, y para enviar porciones cada uno a su vecino, y dádivas a los pobres" (Ester 9:22).

En apariencia, Jonás valientemente proclamó en Nínive el severo mensaje. Y es claro que los habitantes lo escucharon, porque el relato describe el sorprendente resultado: "Y los hombres de Nínive creyeron a Dios y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos" (Jonás 3: 5).

La frase "desde el mayor hasta el menor" (literalmente, "desde los grandes hasta los pequeños") es una forma hebrea común de expresar totalidad, al juntar ideas contrarias. Por ejemplo: "el rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo Jehová" (Proverbios. 22: 2). De esta manera, el libro de Jonás nos muestra que toda una ciudad de malvados gentiles acepta como verdad lo que Jonás les predica.

Tal como ocurrió con los marineros paganos del capítulo 1, de nuevo aquí en el capítulo 4 otros extranjeros (asirios, en este caso) dirigen su atención al Dios del cielo. Los ninivitas, famosos por su crueldad, aceptan las palabras de Jonás con toda seriedad. Están convencidos de que este hombre está predicando un mensaje divino. De hecho, el texto claramente señala que "el pueblo de Nínive creyó en Dios". No fue que creyeron en Jonás. ¡Creyeron en Dios! De esta forma, la Escritura enfáticamente nos enseña que, cuando se les confronte con la Palabra, los adoradores de otros dioses responderán afirmativamente al verdadero Dios. Pero hay más: los ninivitas reconocen que el juicio anunciado es merecido y, consecuentemente, se arrepienten. Bajo convicción, muestran las señales externas de arrepentimiento: se visten de cilicio y ayunan. Semejante humillación fue el medio de expresar sumisión al Dios de Jonás.

Este hecho nos recuerda que en cada ser humano está estampado el conocimiento de un Dios santo. Pablo, el apóstol de los gentiles, subraya esta realidad: "Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Romanos 1: 18-20).

¿Quién iba a imaginar que Jonás encontraría una recepción tan increíble de parte de una población tan violenta como la de Nínive? Ningún evangelista podría esperar mejor respuesta. ¡Qué predicador moderno no envidiaría estos resultados! Este es uno de los relatos de conversión más sorprendentes que registra la Escritura. En este sentido, Elena de White nos informa que "el Espíritu de Dios hizo penetrar el mensaje en todos los corazones, e indujo a multitudes a temblar por sus pecados, y a arrepentirse en profunda humillación". [Elena G. de White, Profetas y reyes, p. 202]

Estas conversiones sorpresivas no son del todo extrañas en las Escrituras. Los cristianos del Nuevo Testamento fueron verdaderamente impactados cuando se enteraron que Saulo, el perseguidor, se había convertido en uno de ellos. Incluso Ananías, cuando Dios le pidió que lo visitara, ¡se preocupó tanto que quiso recordarle a Dios quién era realmente Saulo y qué había estado haciendo este hombre en contra de los creyentes! (Hechos 9: 13, 14).

Y ahora en el Antiguo Testamento encontramos otra impresionante historia de conversión. Esta vez, la protagonista es la capital del temible país de Asiria. Y la respuesta fue de tal magnitud, que incluso repercutió a nivel de la realeza: "Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza" (Jonás 3: 6). "El rey de Nínive" también podría haber sido llamado "el rey de Asiria".

En ese tiempo el nombre de una gran ciudad podía representar a su país, aun en documentos escritos. Un ejemplo de este hecho lo encontramos en 1 Reyes 21: 1, que menciona a Acab, rey de Israel, como rey de Samaria.

De nuevo, en Amós 1: 3, 4: "Así ha dicho Jehová: Por tres pecados de Damasco, y por el cuarto, no revocaré su castigo... prenderé fuego a la casa de Hazael y consumirá los palacios de Ben-adad".

El libro de Jonás nunca menciona por nombre a Asiria. Los cuatro capítulos tratan específicamente acerca de la ciudad de Nínive. El autor nunca permite que nuestra atención se aleje de la capital de Asiria. Y en la ciudad de Nínive encontramos al mismo rey suplicando a Dios con el resto de los habitantes.

Otro ejemplo de "escritura de espejo", ese elemento importante de la narrativa bíblica acerca de la cual hablamos antes, destaca vívidamente la sorprendente respuesta del rey al mensaje de juicio de Jonás. Note el patrón en Jonás 3: 6:
"y llegó la noticia hasta el rey de Nínive,

A y se levantó de su silla,
B y se despojó de su vestido,
B' y se cubrió de cilicio
A' y se sentó sobre ceniza"

Esta estructura literaria destaca la profundidad del arrepentimiento del rey. De estar sentado en su trono, pasa a sentarse en polvorientas cenizas, tal como se enfatiza en las líneas externas del versículo.

El gobernante también cambia su manto real por saco o cilicio, el material usado para el luto, contraste que aparece en las dos líneas centrales de la estructura literaria. Este recurso literario, de uso frecuente en la narrativa bíblica, alerta al lector avisado del punto en particular que el escritor desea transmitir, ¡al "ocultar" el significado y la teología de relatos bíblicos que son evidentes!

También debe notarse que el gobernante asirio no echa mano de recursos modernos para negar la culpa. Se ha equivocado y es lo suficientemente honesto para admitirlo. Lejos de considerarse en un nivel superior, con relación al resto de la población, el monarca reconoce su propia necesidad de arrepentimiento. No duda que Dios tiene derecho a estar molesto con Nínive. Y es así como encontramos al rey pagano en actitud de arrepentimiento ante el Rey de reyes.

La evidencia antigua señala que los oficiales del palacio real en ocasiones concedían audiencias a delegados especiales que visitaban Asiria, incluyendo a profetas extranjeros. Por esta razón, no sorprende que el rey se haya enterado de la advertencia de un juicio. De paso, la mención que Jonás hace del rey en su trono, puede indicar que el mandatario recibió al profeta en audiencia oficial. [D. J. Wiseman, Jonah's Níneveh (La Nínive de Jonás), pp. 29-51]

Lo que más sorprende es lo que el rey hace después: "E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?" (Jonás 3: 7-9).

El rey actúa inmediatamente. Es la tercera vez que el verbo "proclamar" aparece en este capítulo (las dos anteriores, en el versículo 2). El rey, sus cortesanos y la ciudad entera reciben el mensaje de Jonás como una advertencia divina. La ciudad se declara en emergencia.

La mención del rebaño y el ganado en la proclamación real pueden sugerir que los heraldos del rey fueron más allá de las murallas de la ciudad e incursionaron en las áreas rurales que en ese entonces usualmente rodeaban las grandes ciudades amuralladas. Tampoco debió sorprender, a los que escucharon, que el decreto incluyera el ganado. Los registros antiguos de los persas y los griegos mencionan a ejércitos completos, con sus caballos y bestias de carga, participando en rituales fúnebres.

Más aún, encontramos una relación fundamental entre seres humanos y animales a través de toda la Escritura. La idea de que aun las bestias están bajo angustia tiene respaldo bíblico, debido a la carga del pecado en nuestro mundo: "Proclamad ayuno, convocad asamblea; congregad los ancianos y a todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová nuestro Dios, y clamad a Jehová. ¡Ay del día, porque cercano está el día de Jehová y vendrá como destrucción por el Todopoderoso!... ¡Cómo gimieron las bestias! ¡Cuán turbados anduvieron los hatos de los bueyes, porque no tuvieron pastos! También fueron asolados [literalmente, "llevaron castigo"] los rebaños de las ovejas. A ti, oh Jehová, clamaré porque fuego consumió los pastos del desierto y llama abrazó todos los árboles del campo. Las bestias del campo bramarán también a ti" (Joel 1:14-20).

La actitud de ayuno que el rey decreta en Nínive también es significativa. El hecho de que prohibiera beber agua enfatiza la naturaleza desesperada de la situación. El rey demanda que los ninivitas "clamen insistente y poderosamente a Dios" en oración. Y todos deben vestirse de saco, el atuendo de la penitencia. Joel, otro profeta hebreo, se hace eco del mismo sentimiento: "Por eso, pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento" (Joel 2:12). "Ceñíos y lamentad, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid, dormid en cilicio, ministros de mi Dios; porque quitada es de la casa de vuestro Dios la ofrenda y la libación. Proclamad ayuno, convocad a asamblea; congregad a los ancianos y a todos los moradores de la tierra en la casa de Jehová vuestro Dios, y clamad a Jehová" (Joel 1: 13-15).

El vestirse de saco refleja el reconocimiento de que el pecado conduce a la bancarrota. La tosquedad del material describe el carácter horrendo de la transgresión. El tipo de tela también representa la forma como el pecador aparece en la presencia de un Dios santo. Y las cenizas sugieren el fuego consumidor del juicio divino, con el consiguiente resultado de lo que ocurrirá con el pecado.

El rey, además, exhorta a cada persona en Nínive, "a que se convierta de su mal camino... y de la rapiña que hay en sus manos." De la larga lista de maldades terribles que uno pudiera citar contra los ninivitas, el mismo rey destaca la violencia. La violencia era tan común en la cultura asiria, que aún el rey se siente impulsado a mencionarla. Tal como notamos antes, los asirios tenían interés especial en que, en los murales de piedra, se registraran las atrocidades de guerra que describían su poderío militar.

El rey también insiste en que no será suficiente una confesión vaga o superficial de sus malos actos. Esta actitud debe ir acompañada por un cambio de conducta. En el idioma original el nombre antecede a los verbos al comienzo del edicto. Pero ahora el verbo aparece primero. La enfática sintaxis indica la idea de insistencia. En inglés, el equivalente sería "vamos a ponernos...".

El nombre o sustantivo que el rey ahora utiliza incluye los significados de maldad, desastre, violencia y toda conducta injusta que promueva la violencia. Los profetas bíblicos escriben de un modo semejante. Amós, por ejemplo, declara: "No saben hacer lo recto, dice Jehová, atesorando rapiña y despojos en sus palacios" (Amós 3:10).

Dios también habla con la misma claridad a la nación de Edom: "Por la injuria a tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás cortado para siempre" (Abdías 10).

El rey de Nínive honestamente reconoce la naturaleza violenta de su pueblo. Pero ahora añade una pregunta muy significativa: "¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira?" (Jonás 3: 9). El gobernante se da cuenta de que la enormidad de su pecado puede impedir el perdón. Sin embargo, él espera que Dios sea misericordioso.

El rey pagano de Nínive fue tan perspicaz como lo fue el capitán del barco en el capítulo uno, cuando éste imploró a Jonás que orara durante la tormenta: "Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá misericordia de nosotros y no pereceremos" (Jonás 1: 6). El rey David, de una manera semejante, esperó que la misericordia de Dios se manifestara cuando el hijo de su pecado con Betsabé enfermó gravemente: "Y le dijeron sus siervos: ¿Qué es esto que has hecho? Por el niño, viviendo aún ayunabas y llorabas; y muerto él te levantaste y comiste pan. Y él respondió: Viviendo aún el niño, yo ayunaba y lloraba, diciendo: ¿Quién sabe si Dios tendrá compasión de mí, y vivirá el niño?" (2 Samuel 12:21, 22).

¿Quién sabe lo que puede decidir el corazón del gran Dios del cielo y la tierra? Aunque la proclamación de Jonás mueve a toda la ciudad al arrepentimiento, ese hecho en sí mismo no alejará el juicio anunciado, a menos que Dios cambie de parecer y extienda su misericordia.

El pueblo de Israel sabía que el Señor respondía cuando ellos se arrepentían verdaderamente. De hecho, Moisés había usado las mismas palabras "tornar" y "aplacar" en su intercesión en el Monte Sinaí a favor de los hijos de Israel: "Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios y dijo: Oh Jehová ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y con mano fuerte? ¿Por qué han de hablar los egipcios diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo... Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo” (Éxodo 32: 11-14).

Y así Dios, en su gran misericordia, perdonó a los idólatras israelitas del juicio que merecían. Joel, un profeta del tiempo de Jonás, llamó a Israel al arrepentimiento usando el mismo recordativo de la gracia y misericordia divinas: "¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá...?” (Joel 2:14). El monarca reinante de la ciudad de Nínive ahora anhela esta posibilidad, pero sin atreverse a presumir de la bondad de Dios.

Justamente aquí en el libro de Jonás encontramos de nuevo evidencia de que otras naciones, aparte de Israel, estaban conscientes de la naturaleza del Dios de Israel. Por lo tanto, el conocimiento que el rey tenía de Israel y su Dios no debería sorprendernos. En una narrativa previa, en el libro de Josué, Rahab comunica a los espías Israelitas lo que su pueblo sabe acerca de su nación: "Sé que Jehová os ha dado esta tierra; porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón; ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra" (Josué 2: 9-11).

El relato de Jonás nos confronta con otra notable comparación entre el pueblo de Dios y los ninivitas paganos. Para asombro de los profetas, la actitud de Israel fue, en realidad, insensible a los llamamientos de Dios al arrepentimiento y a la separación del pecado. Tal como lo registra Oseas: "Mientras curaba yo a Israel, se descubrió la iniquidad de Efraín, y las maldades de Samaria... y la soberbia de Israel testificará contra él en su cara; y no se volvieron a Jehová su Dios, ni lo buscaron con todo esto" (Oseas 7: 1, 10). Al contrario, la ciudad pagana de Nínive en este momento se quebranta en profundo arrepentimiento.

No obstante, más tarde Nínive finalmente caería. Aunque antes de ese juicio final, Dios enviaría a un segundo profeta para confrontarla por su maldad, tal como lo señalamos antes: "Profecía sobre Nínive. Libro de la visión de Nahum de Elcos. Jehová es Dios celoso y vengador; Jehová es vengador y lleno de indignación; se venga de sus adversarios, y guarda enojo para con sus enemigos. Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable..." (Nahum 1:1-3).

"Durmieron tus pastores, oh rey de Asiria, reposaron tus valientes; tu pueblo se derramó por los montes y no hay quien los junte. No hay medicina para tu quebradura; tu herida es incurable; todos los que oigan tu fama batirán las manos sobre ti, porque ¿sobre quién no pasó continuamente tu maldad?" (Nahum 3: 18, 19).

Nínive fue una ciudad pagana prominente. Sin embargo, Dios no envió a Jonás para confrontar los ídolos físicos o intelectuales de esa ciudad. En cambio, el Señor lo comisionó para proclamar un certero mensaje de juicio. El resultado fue sorprendente: "Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo" (Jonás 3:10).

Sí, está claro que Dios se da cuenta de la maldad humana. Pero aún más asombroso es un Dios santo que también toma nota de nuestros esfuerzos para apartarnos de] mal. El relato no menciona que fueron el ayuno o las oraciones las razones por las que Dios mostró su misericordia. Más bien, se registra que "Dios vio lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino" (versículo 10). Los ninivitas fueron más allá de los actos externos de arrepentimiento. Cambiaron internamente. Se alejaron de sus malos caminos. Paradójicamente, ésta fue la predicción de Jonás. Nínive verdaderamente dio un vuelco. Y el propósito de Dios en ese severo mensaje de juicio se cumplió, porque trajo como resultado una conversión poderosa en el pueblo. Para el pensamiento humano podría parecer que el juicio divino contra los ninivitas tardó mucho en cumplirse. Sin embargo, la prontitud con la cual ellos respondieron al llamado de Dios revela que, a pesar de toda la impiedad y violencia en la que habían caído, en ese momento no estaban todavía listos para el juicio final. La profundidad de su arrepentimiento fue genuina desde cualquier punto de vista. Tan sincera fue, que el mismo Jesús la menciona: "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás..." (Mateo 12: 41).

El propio pueblo de Jonás, a pesar de su relación única de pacto con Dios, con el tiempo fracasó en escuchar las muchas advertencias proféticas que le fueron enviadas, por lo que finalmente recibió el juicio prometido, tal como el profeta Amós lo establece claramente: "Oíd esta palabra que ha hablado Jehová contra vosotros, hijos de Israel, contra toda la familia que hice subir de la tierra de Egipto. Dice así: A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades. ¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?... Si el león ruge, ¿quién no temerá? Si habla Jehová el Señor, ¿quién no profetizará? Proclamad en los palacios de Asdod, en los palacios de la tierra de Egipto y decid: Reuníos sobre los montes de Samaria, y ved las muchas opresiones en medio de ella, y las violencias cometidas en su medio. No saben hacer lo recto, dice Jehová, atesorando rapiña y despojo en sus palacios" (Amós 3:1-10).

A través de la Escritura Dios consistentemente trata a la humanidad sin parcialidad alguna. Él aplica su norma divina de moralidad con equidad. El libro de Jonás provee un ejemplo particular de la abundante evidencia bíblica al respecto. Al final, tanto Nínive como Israel fueron destruidos.

Sin embargo, es sorprendente y a la vez tristemente irónico, el hecho de que en el libro de Jonás ¡Dios tuvo muchos más problemas con uno de su propio pueblo que con lo peor del mundo pagano!

James Edwards tiene razón cuando dice que "más difícil que la transformación de un injusto, es la de alguien que se considere justo" [J. R. Edwards, The Divine Intruder (El Intruso divino) p. 96]

Esta respuesta pagana a la advertencia divina de juicio es por demás enigmática. Asombra la disposición de los ninivitas a apartarse del pecado y abandonar sus malos caminos. De hecho, Jesús más tarde condenaría la incredulidad de su propio pueblo al referirse a estos paganos: "Entonces respondieron algunos de los escribas y de los fariseos, diciendo: Maestro deseamos ver de ti señal. El respondió y les dijo: La generación mala y adúltera, demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar" (Mateo 12: 38-41).

Elena de White hace una comparación semejante: "Durante su ministerio terrenal, Cristo se refirió al bien realizado por la predicación de Jonás en Nínive, y comparó a los habitantes de aquel centro pagano con el pueblo que profesaba pertenecer a Dios en su época... Como la predicación de Jonás fue una señal para los ninivitas, lo fue para su propia generación la predicación de Cristo [Elena G. de White, Profetas y reyes, p. 204]

El libro de Jonás vez tras vez nos obliga a enfrentar una cruda comparación entre aquellos que tienen el privilegio de participar del pacto y los supuestos "paganos". Por ejemplo, Jonás 3: 8-10 repite dos verbos en el trato de Dios hacia los ninivitas:

"Conviértase cada uno" [shuv] (versículo 8).
"¿Quién sabe si se volverá [shuv] y se arrepentirá Dios?" [nacham] (versículo 9).
"Y vio Dios... que se convirtieron [shuv]..." "Y se arrepintió Dios" [nacham] (versículo 10).

La "escritura de espejo" y la repetición del verbo enfatizan precisamente lo que Dios quiere lograr: la liberación de los ninivitas. El caso es que Dios sabe algo acerca de esta gente que Jonás no quiere enfrentar: "A pesar de lo impía que Nínive había llegado a ser, no estaba completamente entregada al mal. El que `vio a todos los hijos de los hombres' (Salmos 33:13) y cuyos `ojos vieron todo lo preciado' (Job 28:10), percibió que en aquella ciudad muchos procuraban algo mejor y superior, y que si se les concedía oportunidad de conocer al Dios viviente, renunciarían a sus malas acciones y le adorarían. De manera que en su sabiduría Dios se les reveló en forma inequívoca, para inducirlos, si era posible, a arrepentirse" [Ibid., p. 198].

Es una lástima que la Versión del Rey Jacobo (King James Version) traduzca el verbo en Jonás 3:10 como "arrepentirse", con lo que presenta a Dios arrepintiéndose. Esta traducción genera toda clase de dudas con relación a la naturaleza de Dios. El verbo nacham debería ser traducido, más precisamente, "ablandarse, aplacarse", con lo que reflejaría compasión divina. De hecho, la Nueva Versión del Rey Jacobo (The New King James Version) capta este matiz del término al usar el verbo inglés "relent" ("mostrar compasión"). Ésta es, precisamente, la actitud que Dios, en su misericordia, muestra hacia Nínive. Y así el libro de Jonás reafirma, y aun realza, la imagen consistente que la Escritura presenta de la naturaleza misericordiosa de Dios.

Obviamente, los registros asirios no mencionan este singular evento. Sin embargo, algunos han visto una posible referencia a la conversión de Nínive en las reformas religiosas de tipo monoteísta durante el reinado de Adad-nirari III (810-783 AC) [Gerhard F Hasel, Jonah: Messenger of the Eleventh Hour (Jonás: mensajero de la hora undécima) Mountain View, Calif.; Pacific Press Pub. Assn., 1976, p. 47].

Tal como vimos antes, los registros arqueológicos confirman el hecho de que Dios estaba en lo cierto al llamar a Nínive al arrepentimiento. No se equivocó en la apreciación que hizo de su maldad, ni tampoco en su disposición al arrepentimiento. Es así como Jonás, uno de los "evangelistas" más impresionantes del Antiguo Testamento, por fin completa la tarea asignada. ¡Qué final tan glorioso para su misión! ¿Quién podría pedir más? Pero las sorpresas del libro de Jonás no han terminado todavía.

Una pregunta final



Ahora la narrativa se acerca a su final, pero es Dios quien tiene la última palabra. Y concluye su discusión con Jonás, formulando una pregunta de ésas que ponen a pensar: "¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?" (Jonás 4: 11).

El libro de Jonás culmina con una pregunta penetrante para la cual aún no hay respuesta. La Escritura nunca nos dice si Jonás finalmente reconoció su actitud egoísta ante la gracia divina, de la cual se benefició ampliamente, pero compartió a regañadientes con los ninivitas. Ni tampoco nos indica si el profeta llegó a comprender la generosa manifestación de la misericordia de Dios, que ampliamente sobrepasó la idea que el profeta tenía de lo que es la justicia. Es así como quedamos preguntándonos si Jonás llegó realmente a apreciar el perdón que Dios ofreció a quienes en apariencia no lo merecían, pero del cual él mismo se sintió con derecho a participar.

¿Y qué decir del hecho de concluir el libro con una pregunta? Ésta es una manera un tanto inusual de concluir un libro en la Biblia. Por otra parte, la pregunta con la cual el libro termina es de lo más sorprendente. Incluso algunos pueden pensar que todo finaliza muy abruptamente. Sin embargo, no hay razón para creer que un libro no pueda concluir con una pregunta, como tampoco la hay para suponer que esté incompleto. De hecho, esa pregunta al final del libro pudiera ser uno de los medios más efectivos para transmitir el agudo contraste entre la actitud de Jonás y la de Dios.

Hay otros pasajes de la Escritura que también terminan con preguntas sin respuestas. Ésta es una de las diferentes maneras como los escritores bíblicos expresan verdades profundas. Por ejemplo, en el Nuevo Testamento encontramos los siguientes casos ilustrativos:

1. Jesús había estado hablando a una multitud y a sus discípulos acerca de lo que realmente significa el discipulado. Había mencionado claramente lo que implica tomar la cruz y entregar la vida entera por causa del evangelio. Y luego formuló la pregunta: "Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿0 qué recompensa dará el hombre por su alma?" (Marcos 8: 36, 37). ¿Cómo respondería usted esa pregunta?

2. Por haber sanado a un hombre en el estanque de Betesda, "los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarlo, porque hacía estas cosas en el día de reposo" (Juan 5:16). En respuesta a esta actitud hostil, Jesús, en un discurso extenso, alude a su autoridad divina, y luego concluye con una declaración y una pregunta: "Porque si vosotros creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras?” (Juan 5: 46, 47). Y su desafiante pregunta no recibe respuesta.

3. El primer capítulo de la epístola a los Hebreos recuerda al lector el alcance ilimitado del glorioso plan de salvación, y luego concluye con una pregunta: "¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? Esta salvación fue anunciada primero por el Señor, y fue confirmada para nosotros por los que oyeron" (Hebreos 2:3).

Por medio de preguntas penetrantes como éstas los escritores bíblicos expresaron verdades profundas. Por esta misma razón encontramos una pregunta al final del libro de Jonás. Es como si Dios dijera al profeta: "Te salvé sin que tú lo merecieras. ¿No puedo también salvar a alguien más que tampoco lo merezca?"

Durante todo el capítulo 4, Dios ha mantenido una presión muy sutil sobre Jonás. Lo confronta con preguntas, con la esperanza de que el profeta reconsidere su actitud hacia el trato divino brindado a los ninivitas. Sin embargo, en un libro que está lleno de sorpresas, una de las más llamativas es la pregunta final que Dios hace a Jonás. Quizás la sección más inesperada está en la última frase.

Note el lector las últimas palabras del versículo final del libro de Jonás: "Y muchos animales" (Jonás 4:11). Aquí Dios presiona a Jonás: "¿Y qué en cuanto a todos esos inocentes animales?". Y luego el libro concluye. Eso es todo.

Quizás la inclusión de animales no debería sorprendernos tanto. Muchos de nosotros nos involucramos tan de lleno en nuestros propios asuntos de rutina que olvidamos cuán importante es el mundo natural para el Creador. La pregunta final del libro de Jonás, enfáticamente nos recuerda que aun el reino animal es también objeto del tierno cuidado del Padre celestial.

Los cristianos a menudo ignoramos esta importante perspectiva bíblica. Pero justamente aquí, en la apelación final de Dios a Jonás, el mismo Señor incluye a los animales. En su despliegue de misericordia hacia Nínive, Dios no se olvida de los animales. Y este hecho destaca la forma tan íntima como Dios vincula la redención con la creación. Muchos cristianos pueden tener una comprensión correcta de la doctrina de la salvación, pero también necesitan comprender mejor la doctrina de la creación. Con mucha lentitud la mente humana ha logrado conectar la ecología con la moralidad. Permanecimos insensibles a esta significativa relación bíblica hasta que la contaminación y el envenenamiento de nuestro planeta nos afectaron personalmente.

Tal como ya lo hemos observado, en todo el libro de Jonás se presenta al Señor "Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra" (Jonás 1:9) como Soberano sobre toda su creación. Pero esta percepción no se limita sólo al libro de Jonás. Éste es el mismo criterio expresado con frecuencia por muchos escritores bíblicos en ambos Testamentos. Todo el mundo creado, tanto seres humanos como animales, es objeto del cuidado de Dios. Y aquí se incluye también a los cielos, como el apóstol Pablo lo afirma en el Nuevo Testamento:

"Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades. Todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten" (Colosenses 1:16, 17).

Sin duda, cuando escribió estas palabras, el apóstol Pablo estaba pensando en las muchas declaraciones que "la ley y los profetas" hacen acerca del bondadoso cuidado de Dios por su creación, ya que su pensamiento estaba saturado del Antiguo Testamento.

La primera declaración del tierno cuidado de Dios por su creación la encontramos justo en el capítulo inicial del libro de Génesis: "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana, el día sexto. Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación" (Génesis 1:31- 2:3).

El profeta Jeremías también destaca la relación íntima que existe entre Dios y su creación, aun en tiempos de juicio: "Por tanto, así ha dicho Jehová de los ejércitos: He aquí que yo los refinaré y los probaré; porque, ¿qué más he de hacer por la hija de mi pueblo? Saeta afilada es la lengua de ellos, engaño habla; con su boca dice paz a su amigo, y dentro de sí pone sus asechanzas. ¿No los he de castigar por estas cosas? dice Jehová. De tal nación, ¿no se vengará mi alma? Por los montes levantaré, lloro y lamentación, y llanto por los pastizales del desierto; porque fueron desolados hasta no quedar quien pase, ni oírse bramido de ganado, desde las aves del cielo hasta las bestias de la tierra huyeron, y se fueron" (Jeremías 9:7-10).

Cuando Dios habla de juicio contra el pecado, de la misma manera incluye un lamento por su creación.

El último libro de la Escritura de nuevo abarca dramáticamente a todo el mundo creado como escenario del juicio de Dios:

1. Apocalipsis 7:1 presenta a cuatro ángeles "de pie en los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol" (versículo 1). Otro ángel que trae el sello de Dios se le une y ordena: "No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios" (versículos 7:1, 3).

2. En Apocalipsis 11, después que suena la séptima trompeta, los veinticuatro ancianos se postran sobre su rostro y adoran a Dios, mientras claman contra aquellos que han hecho estragos en el mundo creado: "Te damos gracias, Señor Todopoderoso, el que eres y que eras, y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra" (Apocalipsis 11: 17, 18).

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Biblia nunca permite que nos olvidemos del profundo valor que Dios asigna a su creación. Y el libro de Jonás no es una excepción, pues concluye destacando este punto.

Según Génesis 1 y 2, Dios creó a los seres humanos "a su imagen". Los eruditos han discutido extensamente lo que esto significa. Con toda seguridad, el término incluye en su significado que es nuestro deber reflejar su carácter santo al actuar responsablemente hacia su creación, y también al mostrar mucha consideración hacia la tierra y los animales, porque esto es exactamente lo que Dios mismo hace. Si hemos de reflejar su imagen en la tierra, entonces deberíamos ser particularmente responsables por la forma como nos relacionamos con todas su criaturas. Dios concedió a la humanidad el dominio sobre los animales (Génesis 1: 26, 28). Lo que esto quiere decir es que divinamente se nos ha asignado la responsabilidad de cuidar la vida en todas sus formas, incluyendo a los animales, tal como lo afirma la siguiente declaración:

"La historia de la creación tiene que ver con el cuidado de la vida, lo que incluye el deber de los seres humanos de gobernar el mundo animal, como también cuidar y preservar el orden de la creación (compare Génesis 1:28 con Génesis 2:15). Estos dos textos no están en contraste, sino que, al contrario, se relacionan”.

En este sentido, Rolf Rendorff afirma: “De esta manera, encontramos que la palabra ‘dominar’ en Génesis 1:28 no significa ‘subyugar’ o ‘someter’, tal como se traduce a menudo, sino, más bien, ‘trabajar cuidadosamente’ y ‘guardar’”.

De estas declaraciones se desprende la importancia de recordar que tanto los seres humanos como los animales tenemos igual origen: la mano del mismo Creador. Y nos creó a todos, humanos y animales, como "almas vivientes". De hecho, la Escritura subraya muchas semejanzas entre humanos y animales:

1. Ambos fueron creados nephesh haa [“seres vivientes", "criaturas"] (Génesis 1:20, 24; 2:7, 19).
2. Ambos recibieron la bendición de. Dios (Génesis 1:22, 28).
3. Se les asignó una dieta vegetariana (Génesis 1:29, 30).
4. Tienen sangre en sus venas. Esa sangre es símbolo de la vida (Génesis 9: 4-6).
5. Tanto humanos como animales pueden ser responsables de asesinatos (Génesis 9:5; Éxodo 21: 28-32).
6. Ambos participan del pacto de Dios (Génesis 9: 9, 10).
7. Ambos pueden recibir como castigo la pena de muerte si participan en bestialismo (Levítico 2:15, 16).
8. Ambos deben observar el descanso sabático (Levítico 23:10-12).
9. Ambos deben vivir juntos en paz y, eventualmente, regresarán al plan original en el reino de Dios (Isaías 11:17-9; Oseas 2:18-20).
10. Los primogénitos, tanto de humanos como de animales, pertenecen a Dios (Exodo 22: 29,30; 13:12, 13).
11. Tanto los sacerdotes como los sacrificios de animales no deben tener manchas o defecto (Levítico 21:17-21; 22:19-25).
12. Los animales no pueden ser sacrificados a menos que cumplan los ocho días de edad y luego deben ser dedicados a Dios. El mismo período de ocho días debía transcurrir para circuncidar a un varón (Levítico 22: 27; Éxodo 22:30; Génesis 17:12).

En vista de la íntima relación que existe entre todas las criaturas, no debería sorprendernos encontrar que los escritores bíblicos ven a los animales como una parte significativa de la creación de Dios, y que el Señor ha hecho provisión específica para que se les cuide responsablemente. Por ejemplo, cuando Dios anuncia su pacto a Noé, después del diluvio, él explícitamente incluye a los animales como parte importante de su pacto con el mundo: "Yo establezco mi pacto con vosotros, y con vuestros descendientes después de vosotros; y con todo ser viviente que está con vosotros; aves, animales y toda bestia de la tierra que está con vosotros, desde todos los que salieron del arca, hasta todo animal de la tierra. Estableceré mi pacto con vosotros, y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra. Y dijo Dios: Ésta es la señal del pacto que yo establezco entre mí y vosotros y con todo ser viviente que está con vosotros, por siglos perpetuos. Mi arco he puesto en las nubes, el cual será por señal del pacto entre mi y la tierra“ (Génesis 9: 8- 13)".

En este mismo orden de ideas, Pablo incluso va más allá, al punto de declarar que todas las cosas creadas nos rebelan la naturaleza misma de la Deidad: "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa" (Romanos 1:20).

En repetidas ocasiones Dios afirma por medio de sus profetas que su pacto abarca a todo el orden creado, y que, finalmente, él restaurará toda la creación a la perfección original: "En aquel tiempo haré para ti pacto con las bestias del campo, con las aves del cielo y con las serpientes de la tierra; y quitaré de la tierra arco, y espada y guerra, y te haré dormir segura" (Oseas 2:18). "El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová" (Isaías 65:25).

También Pablo nos recuerda que todas las criaturas, tanto seres humanos como animales, fueron hechas por y para Jesucristo: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades. Todo fue creado por medio de él y para él" (Colosenses 1:16).

El valor de las criaturas se deriva del deleite que Dios encuentra en ellas, y el propósito de todo ser creado, es adorarle y servirle (Génesis 1:31; Proverbios 8:30, 31). Su cuidado se extiende a toda la creación. Tal como lo expresa el salmista, Dios provee para el sostén de los animales: "Él da a la bestia su mantenimiento, y a los hijos de los cuervos que claman" (Salmos 147: 9). De hecho, los Salmos frecuentemente se refieren a todas las esferas de la creación de Dios: "Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos; el fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad que ejecuta su palabra; los montes y todos los collados, el árbol de fruto y todos los cedros; la bestia y todo animal, reptiles y volátiles; los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra; los jóvenes y también las doncellas, los ancianos y lo niños. Alaben el nombre de Jehová, porque solo su nombre es enaltecido. Su gloria es sobre tierra y cielos" (Salmos 148:7-13).

Tanto los escritores del Antiguo como del Nuevo Testamento nos recuerdan con frecuencia que los animales tienen valor intrínseco para Dios. Algunos escritores cristianos ven en la misma creación una manifestación de la gracia divina, de la abundante generosidad de Dios. En este sentido, sería bueno que hiciéramos una pausa para maravillarnos, asombrarnos, y dar gracias. El mismo Jesucristo nos recuerda que él toma nota de cuanto sucede incluso a los pajarillos, criaturas que muchos podrían considerar como de muy poco valor: "¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin el consentimiento de vuestro Padre" (Mateo 10: 29).

La Escritura también nos enseña que, debido a la íntima relación que hay en toda la creación, el pecado humano ha afectado todo cuanto existe, con las consecuencias dolorosas resultantes. El apóstol Pablo señala agudamente esta realidad: "Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora" (Romanos 8:19-22).

La Biblia promete que el reino animal también participará en la restauración de la perfección edénica, porque toda la creación ha sido afectada tanto por la caída como por la redención. En este sentido, el profeta Isaías se torna elocuente cuando describe el reinado de Jesucristo al restablecer justicia y juicio en la tierra: "Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte, porque la tierra estará llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar" (Isaías 11: 6-9).

Debido a la íntima relación que la Biblia establece entre la creación y la redención, no sorprende que los escritores bíblicos, al hablar de eventos naturales, de manera consistente los atribuyen a Dios. Este hecho ha sido más que evidente en el libro de Jonás. Basta recordar cómo Dios, en su trato con el terco profeta, deliberadamente envió una tormenta para detenerlo en su huída (ver Jonás 1: 4). El autor no atribuye la tormenta únicamente a los crudos elementos de la naturaleza. ¡No, no podemos descartar la participación de Dios en su creación!: "Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. De generación en generación es tu fidelidad; tú afirmaste la tierra, y subsiste. Por tu ordenación subsisten todas las cosas hasta hoy, pues todas ellas te sirven" (Salmos 119: 89-91).

"Alabadle, sol y luna;
Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas.
Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos. Alaben el nombre de Jehová;
Porque él mandó, y fueron creados.
Los hizo ser eternamente y para siempre,
Les puso ley que no será quebrantada.
Alabad a Jehová desde la tierra, los monstruos marinos y todos los abismos;
El fuego y el granizo, la nieve y el vapor,
El viento de tempestad que ejecuta su palabra" (Salmos148: 3-8).

También en el Nuevo Testamento abundan los ejemplos que ilustran cómo Dios de manera frecuente demostró su poder divino sobre la naturaleza, como cuando el Señor Jesús caminó sobre la tierra. Veamos varios ejemplos:

1. El primer milagro de Jesús consistió en transformar agua en vino en una fiesta de bodas (Juan 2).
2. El tormentoso mar reconoció su voz y obedeció su mandato (Marcos 4:35-41).
3. Jesús caminó sobre el agua (Mateo 14: 25-27).
4. La higuera se secó cuando el Señor la maldijo (Mateo 21:18, 19).
5. Un pez le trajo una moneda (Mateo 17:24-17).
6. Venció la enfermedad, incluyendo la temible lepra (Lucas 17:11-21).
7. Aun la muerte no podía permanecer en su presencia (Lucas 7:11-16; Juan 11).
8. En ocasión de la crucifixión, ante la escena "de su angustia de moribundo [el sol] había ocultado su rostro de luz" [Elena G. de White; El Deseado de todas las gentes, p. 717]
9. Incluso la naturaleza inanimada testificó de su divinidad: "Las rocas le habían conocido y se habían desmenuzado en fragmentos a su clamor". [Ibíd.]

"Es el gran poder del ser Infinito el que mantiene dentro de sus límites los elementos de la naturaleza en la tierra, el mar y el cielo". [Elena G. de White; Profetas y reyes, p. 99].

La entera creación se deleita en cumplir su voluntad. Sólo los desobedientes seres humanos la resisten. Hemos visto este hecho demostrado claramente en el libro de Jonás. Y, sin embargo, el Creador, "el Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra" (Jonás 1:9), tiene un tierno cuidado por sus hijos errantes, "como también por los animales" (Jonás 4:11). Así que no debería sorprendernos que Dios mencione a los animales de Nínive en su pregunta final a Jonás.

Entonces el libro termina tal como comenzó, con la Palabra de Dios a Jonás, un ser humano a quien, seguramente, Dios conoció muy bien.

¿De qué se trata todo esto?

El libro de Jonás, con sus cuatro capítulos espléndidamente escritos, es una exposición asombrosa del profeta Jonás. Pero, ¿es realmente Jonás el foco central de la narrativa? ¿Cuál es el propósito de ésta? ¿Qué está tratando realmente de comunicar el autor? Cuando examinamos la historia, tendemos generalmente a prestar especial atención al "gran pez." Pero sabemos con certeza que ese no es el punto principal. A fin de cuentas, sólo tres versículos mencionan la criatura marina.

El libro no da indicación alguna acerca de quién pudo haberlo escrito. 2 Reyes 14:25, como lo vimos previamente, menciona a Jonás como el "hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer". El pasaje que sigue contribuye con algunos datos extras acerca de quién era Jonás y cuándo vivió:

"El año quince de Amasías hijo de Joás rey de Judá, comenzó a reinar Jeroboam hijo de Joás sobre Israel en Samaria; y reinó cuarenta y un años. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, y no se apartó de todos los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel. Él restauró los límites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar de Arabá, conforme a la palabra de Jehová Dios de Israel, la cual él había hablado por su siervo Jonás hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer" (versículos 23-25).

El pasaje nos informa acerca de que Jonás sirvió durante el reinado del rey Jeroboam II de Israel (793-753 a.C.). Durante el reinado de sus precursores inmediatos los estados arameos, con Damasco a la cabeza, habían llevado a cabo ataques salvajes en Israel, infligiendo gran sufrimiento sobre la población. Joás (798-782 a.C. [reinando al mismo tiempo con Jeroboam lI entre 793-782) triunfó en recuperar las ciudades de Israel (2 Reyes 13:25), y Jonás aparentemente predijo que Jeroboam restauraría los límites de Israel conforme a los que David había impuesto.

2 Reyes 14:25-27 confirma el cumplimiento de esta profecía. Israel prosperó otra vez; pero no por mucho tiempo. Tanto Oseas como Amós reprenden al reino del norte con severidad, ya para los tiempos del reinado de Jeroboam (Oseas 1; Amós 1:1). Pero en tanto que Amós era un sureño de Tecoa, no lejos de Belén, Jonás provenía del norte. Quizás su familia habría sufrido durante las incursiones sirias dentro de Israel. Si fue así, esto podría explicar algo del antagonismo de Jonás hacia Nínive de Asiria, un país más amenazante en aquellos tiempos que la misma Siria.

Tal vez algunas de las lecciones implicadas en el libro de Jonás podrían también aplicarse a la iglesia. Cuando Dios le pide a Jonás que vaya a Nínive, el profeta rehúsa hacerlo. Pero Jonás se da cuenta finalmente que Jehová no puede ser reprimido.

Dios ha designado a muchos individuos para entregar mensajes divinos. Él instruyó a Moisés para que fuera a Egipto y se enfrentara al faraón (Éxodo 3:4). Gedeón, también, oyó la orden de Dios: "Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo?" (Jueces 6:14). Isaías también describió su encomienda divina:

"Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Y dijo: Anda, y di a este pueblo: Oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis" (Isaías 6:6-9).

En el Nuevo Testamento, luego de que sana al endemoniado, Jesús le dice: "Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Marcos 5:19).

Cuando Jesús envió a sus doce discípulos a su primer viaje misionero, les dijo: "Id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mateo 10:6).

Después de la resurrección, el ángel exhortó a las mujeres que habían venido a la tumba, diciendo: "Id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo" (Marcos 16:7). El llamamiento de Jonás encaja dentro de un patrón bien establecido en las Escrituras.

La vida del apóstol Pablo sobresale en marcado contraste con la reacción de Jonás a su llamamiento divino. Su respuesta es muy diferente a la del hijo de Amitai. En vez de tratar de evadir su responsabilidad, Pablo hace tres poderosas declaraciones personales sobre sus convicciones a los romanos, los habitantes de otra gran ciudad capital:

"A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego" (Romanos 1:1416). Noten que Pablo se refiere a los romanos no como lo haría un turista, pero como un evangelista. Roma era una de las mayores ciudades paganas de aquellos tiempos, un gran centro de orgullo y poder imperial y probablemente un lugar difícil en donde testificar. No obstante Pablo habla de su obligación urgente. Y su mensaje a Roma tampoco es "muy dulce que digamos". El primer asunto que trae a luz a los romanos, como lo hizo Jonás con Nínive, es el aborrecimiento de Dios hacia el pecado.

Los mensajes proféticos raramente involucran un enfoque exclusivo sobre el amor de Dios como sentimiento. El primer sermón que Pedro predica luego del derramamiento del Espíritu Santo no fue "Dios es un Dios de amor, eso es todo lo que necesitan saber." En vez, escuchamos al discípulo insistiendo: "Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole" (Hechos 2:22-23).

El sermón de Pedro y la declaración de Pablo a Roma están en abierto contraste no sólo con la actitud de Jonás, pero también con la de muchos en la iglesia de hoy que tienden a referirse a la gran comisión de Cristo a la iglesia como una mera opción. Y creen acaso, que le hacen a Dios un favor si se involucran en el evangelismo. Dios ha dado a la iglesia una orden urgente. Él nos ha dicho "Id", como le dijo a Jonás:

"Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:18-20).

Deberíamos aprender de la experiencia de Jonás, que no debemos tomar livianamente los mandatos divinos. Nosotros también, al igual que Jonás, necesitamos aprender a ver el mundo a través de sus ojos: "Los hombres se jactan de su maravilloso progreso y de la iluminación que reina en nuestra época; pero Dios ve la tierra llena de iniquidad y violencia” [Elena G. de White; Profetas y reyes, p. 206]

Dios ha ordenado a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, como lo hizo con Jonás, para proclamar un mensaje de juicio, para que "las grandes cosas de su ley: los principios de justicia, piedad y amor” puedan ser establecidas en su verdadero esplendor [Ibíd.]. Dios es serio al respecto. En verdad, Dios está decidido a que su pueblo lleve a cabo la Gran Misión; un hecho que podemos aprender de la experiencia de Jonás.

Tal vez dudemos en proclamar tan austero mensaje de juicio. Tal vez nosotros, como Jonás, nos encontramos avergonzados de que la piedad de Dios haya postergado el juicio que hemos estado predicando por tanto tiempo; y al igual que Jonás, "celosos de [nuestra] reputación," nos hayamos "olvidado" del `'valor infinitamente mayor" que el ser humano posee.

Podría ser que a medida que hayamos estudiado la vida de Jonás presentada en estos cuatro capítulos no sólo hayamos visto un retrato de un profeta obstinado, sino más importante aún, que hayamos identificado una reflexión indeseable de nuestro ser.

¿Cuántos de nosotros hemos huido de Dios y de sus instrucciones explícitas? Existe un Jonás en cada uno de nuestros corazones. ¿Cuál es la orden divina que no queremos oír? ¿Cuáles de sus instrucciones nos molestan? ¿Qué tarea divina causa resistencia de nuestra parte? Y ¿qué nos lleva a decir: "Todo lo que quieras, Señor, menos eso"? ¿Nos hemos encontrado alguna vez privando a alguien de la misericordia de Dios? ¿Llegamos al punto de autorestringirnos de la piedad divina?

Muchos de nosotros poseemos nuestras "ciudades" de escape y evasión. Quizás nuestra propia `Nínive" sea una clara instrucción para nosotros acerca de la voluntad de Dios. O podría ser el Señor exhortándonos a que cambiemos cierto aspecto de nuestro comportamiento, o a que llevemos a cabo ciertas directivas que demandan más de lo que estamos dispuestos a dar. ¡Cuántos de nosotros oímos la encomienda del Señor y tomamos rumbos opuestos hasta que finalmente descubrimos, como Saulo de Tarso lo hizo, que "dura cosa... es dar coces contra el aguijón"! (Hechos 26:14).

Somos rápidos en notar en la iglesia cuando otros necesitan corrección. Pero, al igual que Jonás, somos ciegos a nuestros propios problemas. El hecho es que inclusive el más justo entre nosotros incluso el más dotado y educado-es pecador en necesidad de misericordia divina. "Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento" (Isaías 64:6).

"Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo" (Apocalipsis 3:17).

Y, a pesar de todas las buenas obras que podamos hacer por la iglesia, necesitamos aprender a cantar aquel gran spiritual tradicional: "No mi hermano ni mi hermana, sino yo, Señor, el que necesita orar"

La iglesia necesita más que habilidades naturales y lucidez intelectual. Todos nosotros, como Jonás, debemos obtener la gracia especial de Dios para que nos brinde amor para los perdidos y fervor hacia su misión. ¿Podría ser posible que algunos dentro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día ya no tomemos seriamente la proclamación del mensaje final de advertencia para un mundo perdido? Quizás algunos piensen que tenemos tal monopolio en lo que respecta a la verdad que nuestra falta de afán no es importante.

El libro de Jonás se transforma entonces en uno de los libros más relevantes de las Escrituras para este tiempo. Posee un mensaje profundo para la iglesia del siglo veintiuno. Cada uno de nosotros debe evaluar cuidadosamente si en realidad, al igual que Jonás, nos encontramos huyendo en dirección opuesta a la que Dios preparó para nosotros. ¿Estamos yendo hacia Tarsis en vez de Nínive? ¿Estarnos dormidos mientras el mundo se aventura en una confusión sin precedentes? Muchos en el mundo están atemorizados de la "tormenta venidera." ¿Estamos no obstante dormidos, como Jonás? Dios usa el capitán de la nave para despertar a Jonás. ¿Qué necesitará para levantarnos?

A veces nos preguntamos: si el Espíritu Santo se retirase de la iglesia, ¿sería esto acaso significativo? ¿Continuaría la iglesia su rumbo como que si nada hubiera ocurrido? ¿Está Jesús preguntándonos afligidamente: "¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!" (Lucas 19:42)? La narrativa del libro de Jonás parece extremadamente contemporánea, ¿no?

"Preferiríamos ser destruidos que cambiados. Preferiríamos morir en la temerosa expectativa antes que pasar la cruz del momento y dejar morir nuestras ilusiones"

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