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24 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (40)

Trasfondo teológico del genocidio católico.

Al repasar la historia medieval del papado romano y sus brotes de intolerancia imponentes en el S. XX, se puede percibir una constancia que la marca indeleblemente en todo su recorrido. Siempre exigió tolerancia al principio, como lo hace aún hoy, en donde es minoría. Una vez que se siente fuerte, comienza a ejercer un ministerio represor y exclusivista, mediante influencias políticas y gubernamentales. Como último paso impone un sistema totalitario en donde no hay cabida alguna para otra religión u oposición. Para lograr imponerse en forma absoluta sobre todos los demás, no tiene reparos en recurrir incluso al genocidio, ya sea estimulándolo abiertamente o simplemente consintiendo con el silencio público.

Una política semejante se ve en un pájaro negro que existe en el litoral argentino. El tordo pone su huevo en nido ajeno. Una vez que nace el pichón, comienza a empujar a los otros pichones auténticos hasta que los tira abajo, y se apodera del nido y de la atención de los pájaros legítimos que no dan abasto con todas sus demandas de comida. Así hace el papado romano cada vez que logra poner su huevo en un estado ajeno. Una vez que se apodera del nido, no hay pájaro que lo pueda sacar, a no ser mediante una revolución violenta y sangrienta que traiga liberación al nido original, si es que ello es posible. Durante la Edad Media, el papado ponía el huevo en los palacios reales cuando lograba casarse con los reyes y príncipes de las naciones europeas. Siendo que hoy la mayoría de los países de la tierra son democráticos, está tratando de poner el huevo en las principales constituciones del mundo. Mientras anda de amoríos con los estados modernos tratando que le fecunden la cigota, promete muchas cosas bonitas. Una vez que nazca el pájaro dará los mismos resultados: intolerancia, violencia y muerte para apoderarse del nido. Ya las naciones no dan abasto con tantas demandas de reconocimiento, y que reclama mientras crece cada vez más.

Nuestra pregunta es la siguiente. ¿En dónde nace esa actitud tan constante y persistente del papado romano? Mientras que la Iglesia Católica suele justificar esa permanente actitud en la vocación o llamado divino que Dios dio a la Iglesia como Señora y Reina de todas las naciones de la tierra, otros invocan textos bíblicos que la vinculan con el ángel rebelde que quiso ocupar el lugar de Dios, y busca ejercer su dominio absoluto sobre los reinos de la tierra como “príncipe de este mundo”. Nuestra pregunta aquí apunta, sin embargo, a otro aspecto de la teología católica sobre el que no se suele prestar atención. En efecto, una conducta tan regular y constante a través de los siglos tiene que estar enmarcada en una creencia dominante. ¿Por qué nunca se contentó la Iglesia Católica, en toda la etapa de su desarrollo, con abocarse únicamente a su tarea espiritual?

La declaración del Generalísimo Francisco Franco para justificar su obra de “expiación” en España, puede ayudarnos a introducir el tema. Según sus palabras, la tremenda y sangrienta guerra civil española fue un “castigo espiritual, castigo que Dios impone a una vida torcida, a una historia no limpia”. Esas declaraciones se basan en el sacramento católico de la penitencia. Lo que la Iglesia Católica requiere en el plano individual para librarse del pecado, lo requiere también en el plano colectivo para librar a la sociedad de todo elemento que le impida lograr presuntamente la santidad. Un justificativo adicional para su carácter represor lo encuentra en la igualmente pagana doctrina del purgatorio y del infierno eterno.

1. El sacramento de la penitencia, el purgatorio y el infierno.

Según el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (puntos 1459-1460) y las homilías del papa Juan Pablo II en vísperas de su jubileo católico del 2000, no alcanza con la regeneración interior que el Espíritu de Dios obra en el pecador. Siempre quedan “penas” y “residuos” del pecado que hay que “expiar” o eliminar mediante un autocastigo o “satisfacción”, al que la doctrina católica llama también “penitencia”. ¿Sobre qué basa el papado esta doctrina? No cita ningún pasaje bíblico porque tal enseñanza no está en la Biblia. Recurre al rico legado de la tradición católica que suplantó las claras enseñanzas del evangelio.

Aunque la Iglesia Romana no impide la iniciativa personal del pecador en la decisión y elección del castigo que éste se autoinflige, suele aconsejar recurrir a un sacerdote no sólo para ser absuelto, sino también para recibir la receta adicional que le hará presuntamente repudiar el pecado. Las pobres miserables almas que recurren a ese método—como lo hizo Lutero al punto de casi morir antes de descubrir en la Biblia la esencia del evangelio—piensan que cuanto peor sea el castigo que se inflijan, tanto más libres van a estar de querer volver a cometer la falta. No saben que la única manera de librarse del pecado es dejando de mirarse a sí mismos, para apoyarse en las riquezas de la gracia divina que expía el pecado en forma libre y completa, y sin tener que pensar en compensaciones adicionales de manufactura humana (Rom 3:24-26; 5:1; Heb 12:1-2, etc). “El justo vivirá por la fe” (Rom 1:17), y obtendrá la justificación divina única y exclusivamente por la fe (Rom 3:22-28).

Para no perder los réditos y beneficios materiales que los penitentes le devuelven a la Iglesia Católica por esa dispensación de bienes que ostenta poseer, inventó el papado romano otra creencia que tampoco está en la Biblia, llamada “purgatorio”. Si los que en vida fueron negligentes en su deber de hacer “satisfacción” mediante las penitencias y de tantas otras maneras, tendrán que terminar de purgar esos residuos en un lugar de castigo temporario llamado “purgatorio”. Para acortar tal período de tiempo en ese lugar de sufrimiento, otras personas piadosas podrán hacer “satisfacción” no sólo mediante penitencias, sino también mediante indulgencias y pagos compensatorios hechos a la Iglesia.

¿De qué manera estas creencias (de la penitencia y del purgatorio), afectan el comportamiento social de la Iglesia Católica? Así como además de la regeneración interior, la Iglesia Católica requiere que los pecadores sufran con penas impuestas por ella o por los pecadores mismos, así también requiere, una vez que se vuelve mayoritaria y se siente fuerte, librar la sociedad de todo “residuo” de mal que persista en ella. Esto es lo que entendió Franco en España, y lo condujo a sacrificar en plena época moderna y democrática, a más de medio millón de vidas con tal de fundir otra vez la sociedad con la Iglesia Católica. Arrianos, cátaros, valdenses, protestantes, musulmanes, judíos, comunistas, todos ellos fueron considerados como esos “residuos” de mal que había que extirpar para poder purificar en forma completa la sociedad en que se encontraban.

Así como el catolicismo no cree en la completa suficiencia del Espíritu de Dios para regenerar al ser humano, sino que debe agregarse una compensación o “satisfacción” humana por la falta cometida; así también el papado romano jamás creyó que debía contentarse con cumplir un papel puramente espiritual en la sociedad, sino que debía recurrir también al brazo político y legal para expurgar los males que la aquejan. Siendo que estas creencias forman parte del fundamento mismo de la fe católica, se puede afirmar sin temor a equivocarse que la Iglesia Católica no cambiará jamás, sopena de dejar de ser ella misma.

El sacramento de las penitencias y la doctrina del purgatorio y del infierno eterno no están en la Biblia, sino que provienen del paganismo y constituyen una afrenta al carácter divino. El genocidio inspirado y producido por la Iglesia Católica proviene igualmente del paganismo y se nutre de sus mismos principios, tan contrarios al evangelio de Jesucristo. Y si Dios—como lo presume la Iglesia de Roma—castiga eternamente en el infierno a la gente por sus pecados, ¿por qué no había la Iglesia de adelantarse a ese castigo que de todas maneras no va a cesar jamás en el fuego eterno?

¿Cuál es el pecado más intolerable para la Iglesia Católica? La herejía. Por tal razón, los más perseguidos por el papado romano a lo largo de su historia fueron los grupos religiosos que se opusieron a sus demandas arrogantes, anteponiendo la Palabra de Dios. Esto no es sólo cuestión del pasado, sino también del presente, ya que forma parte del pensamiento católico tradicional. Basado en ese pensamiento católico tradicional, una obra apologética sobre la Inquisición, editada en el año 2000, argumenta lo siguiente:

“Los dogmas católicos son expresiones de” la “Voluntad Divina, no de la libre elección de unos hombres… Por eso jamás podrá tolerar ni la herejía que niega las verdades reveladas [entiéndase enseñanzas del Magisterio de la Iglesia Católica], ni que se las someta… al progreso… de los razonamientos humanos y de las experiencias religiosas” [F. Ayllón, El Tribunal de la Inquisición. De la leyenda a la historia (Fondo Editorial del Congreso del Perú, Lima, 2000), 162-163]. “Vista en su complejidad, la herejía posee una triple naturaleza: desde el punto de vista político, es un acto subversivo...; desde una óptica jurídica, constituye un delito de lesa majestad, cometido contra Dios, la sociedad y el estado; y, desde una visión teológica, es el más grande pecado cometido contra Dios mismo” (ibid, 342). Lo que este autor moderno comenta aquí no es otra cosa que lo que el papa Gregorio XIII afirmó en siglos pasados. Para ese papa como para el papado en toda su historia, “el crimen de la herejía es el más grave de todos” (ibid, 621), “mucho más grave que los otros” (ibid, 622), razón por la cual negaba a los confesores la facultad de absolver los herejes, ni siquiera en el jubileo católico.

2. Lo que muchos no captan.

Si a las doctrinas de la penitencia, del purgatorio y del infierno eterno que están en el fundamento mismo de la Iglesia Católica, se suma el de la pretendida infalibilidad del papado y de su Magisterio Eclesiástico, ¿quién le podrá creer a la Iglesia de Roma cuando promete hoy respetar los derechos individuales de las minorías. ¿Acaso no está buscando afanosamente el consenso de las iglesias mayoritarias y tradicionales para imponer sobre el mundo los dogmas que tienen en común? ¿No serán capaces de captar los gobernantes de las naciones todo lo que involucra el permitirle al papado un reconocimiento tan especial en la Constitución Europea y en las Naciones Unidas?

En 1888, con más de un siglo de antelación, E. de White describió el papel que están cumpliendo ya muchos dirigentes políticos de hoy. “El movimiento dominical está avanzando en la oscuridad. Los líderes encubren el verdadero problema, y muchos que se unen al movimiento no ven hacia dónde tiende la corriente oculta… Están trabajando a ciegas. No ven que si un gobierno… sacrifica los principios que lo han hecho una nación libre e independiente y mediante leyes incorpora en la Constitución principios que propagarán las falsedades y los engaños papales, se hundirán en los horrores del romanismo y de la Edad Oscura” (EUD, 128-9).

Una vez que Roma logre sus objetivos de predominio político y religioso, de ser reconocido otra vez como el alma del cuerpo civil, aparecerá el último intento de genocidio humano. Ese intento diabólico se desatará contra “los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc 12:17; 13:15). “Se demandará con insistencia que no se tolere a los pocos que se oponen a una institución de la iglesia y a una ley del Estado; pues vale más que esos pocos sufran y no que naciones enteras sean precipitadas a la confusión y anarquía. Este mismo argumento fue presentado contra Cristo… por los ‘príncipes del pueblo'… Este argumento parecerá concluyente” (CS, 673 [1911]).

Los Protestantes son vulnerables de caer en la trampa del Vaticano por compartir con la Iglesia Católica la doctrina dualista de alma y cuerpo, que contradice las claras enseñanzas de la Biblia. Además, comparten también un día de fiesta semanal que es el domingo, y una misma preocupación porque ese día se lo está dedicando a cualquier cosa menos a la religión. A menos que logren imponerlo en la sociedad moderna, no podrán nunca volver a ser el alma del cuerpo social. De allí que la marca de autoridad mayor que tanto católicos como protestantes están tratando de imponer se centra en esos dos aspectos. Esto lo anticipó admirablemente E. de White al comenzar el S. XX. “Merced a los dos errores capitales, el de la inmortalidad del alma y el de la santidad del domingo, Satanás prenderá a los hombres en sus redes” (CS, 645). [La doctrina de la inmortalidad natural del alma, por otra parte, ha abierto las puertas también para que el espiritismo esté penetrando notablemente el mundo católico y protestante, tal como lo predijo en la misma ocasión E. de White (ibid)].

3. La carencia de arrepentimiento en los genocidas católicos.

Siendo que la herejía es el peor pecado de todos y digno de ser “expiado” en la sociedad, a través del ministerio de muerte de una religión que procura establecerse en forma teocrática (o más bien autocrática), ¿debía sorprendernos que los más grandes genocidas católicos durante y después de la Segunda Guerra Mundial, no manifestasen señal alguna de arrepentimiento? En efecto, los más grandes criminales nazis, ustashis, falangistas y fascistas, muchos de ellos sacerdotes católicos, vindicaron hasta su muerte su papel represor.

Videla, el general argentino que inició la represión en Argentina, expresó sin ambagues que obró a conciencia como fiel y devoto católico. Tampoco dieron muestras de arrepentimiento los sacerdotes y capellanes que participaron en la tortura y condena de los subversivos. Los peores criminales nazis negaron culpa alguna en el juicio que se les hizo después de la guerra, así como tantos otros criminales de guerra a quienes se condenó después. Todos ellos declararon hasta el final de sus vidas que no tenían nada de que arrepentirse. El cuerpo político entero de criminales ustashis, con sus sacerdotes, tampoco se arrepintió jamás. Por el contrario, continuó ese tal cuerpo con su ministerio asesino en los países que los acogieron después de la guerra, y su memoria está siendo honrada por el nuevo estado croata de mayoría católica.

Entre las varias razones que podemos entresacar para entender esa falta de arrepentimiento ante tamaños crímenes cometidos contra la humanidad, sobresale la que invocaron los militares y sacerdotes católicos mismos para vindicarse de la condenación mundial en la que incurrieron. Tenían un enemigo que vencer contrario a la santa religión que profesaban, y contaban con la bendición y aliento de los líderes más grandes de la Iglesia Católica. ¿De qué tendrían, pues, que arrepentirse? ¿Acaso la historia de la Iglesia no les había dado suficientes ejemplos de heroísmo al torturar y exterminar durante tantos siglos a tantos millones de herejes protestantes, judíos y musulmanes? Era la misma Iglesia la que los empujaba a la acción, y les tomaba juramento de lealtad a Dios y a la patria antes de salir a la guerra para exterminar a sus “enemigos”, esto es, a los que no concordaban con sus ideas religiosas y represoras. Amparados y adoctrinados por la Iglesia Católica para ser cruzados y soldados de Cristo, con el propósito de exterminar a los opositores del predominio espiritual del papado, ¿de qué iban a tener que pedir perdón los hijos criminales de la Iglesia a los que ni el mismo papa condenaba?

Otra razón no siempre expresada por la que la mayoría de los criminales oficialistas del catolicismo romano jamás se arrepintieron, se da en la misma sustancia de la religión católica. Los laicos no tienen derecho a pensar por sí mismos en materia religiosa. Según se ve confirmado en el nuevo catecismo romano, el Magisterio de la Iglesia y el Papa son los únicos infalibles en materia de fe y práctica. Por lo tanto, el fiel católico libra su conciencia en la del sacerdote que representa a la Iglesia. Todo crimen que comenten tiene que ver con un principio de “obediencia debida” a la Santa Madre Iglesia que los amamanta. En este contexto, el alma—el clero—requiere en nombre de Dios un baño de sangre para limpiar la sociedad. El cuerpo—el ejército católico—ejecuta esa voluntad superior sin dilación. Es así como la Madre Iglesia se hace responsable de todos esos crímenes, aunque después pretenda lavarse las manos cuando la reacción internacional se levanta indignada en su contra, echándole la culpa a sus hijos. Aún así, los hijos no tienen por qué afligirse, porque tampoco serán condenados por su Madre Iglesia que como la virgencita querida todo lo entiende de sus hijos y todo lo perdona. Después de todo, el terrible crimen de esos hijos revela a su vez, un amor muy grande por su Iglesia.

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