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1 de octubre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (17)

Complicidad Vaticana en el genocidio nazista de los judíos.

Todas estas calumnias y acusaciones de la Iglesia Católica durante la Edad Media y aún en el S. XIX y comienzos del XX, que no se encuentran ni remotamente en los evangelios, culminaron con la represión y genocidio nazis de las tercera y cuarta décadas del S. XX. De hecho, formaron la base de las acusaciones políticas y económicas de Hitler contra los judíos. Mientras que en lo económico los acusó de usureros y explotadores, en lo político los inculpó por la revolución bolchevique comunista en Rusia, y por buscar introducir esa revolución en Alemania y en el resto del mundo.

Las encíclicas papales que antes y durante la década de 1930, atacaron la usura y la concentración de la riqueza en manos de poca gente, avivaron más la chispa que Hitler había vuelto a encender en su ataque a los judíos. Hitler agregó otro ingrediente, sin embargo, que tomó de la doctrina de la evolución. Los judíos, concluyó, poseían un gene inferior y, por consiguiente, debían ser eliminados para que la humanidad pudiese continuar evolucionando mediante la super raza.

El obispo austríaco Johannes Liner de Linz, escribió el 21 de enero de 1933, una carta pastoral antisemita que refleja el pensamiento muy extendido del clero romano para ese entonces. Según él, los judíos miserables “ejercen una influencia completamente dañina sobre casi todas las áreas de la vida cultural moderna. Infiltran y destruyen de muchas maneras la industria y el comercio, las empresas y las finanzas, la ley y la medicina, las agitaciones sociales y políticas, mediante los principios materialistas y liberales que se originan en el judaísmo”. También acusó a los judíos de alimentar los temas de la prensa y el cine con tendencias frívolas y cínicas que envenenan el alma del cristiano. “El judaísmo degenerado, en liga con la masonería internacional, es también el primer portador de ese becerro de oro capitalista” responsable del socialismo y del comunismo, “el mensajero y el promotor del bolchevismo”.

a. Inicio de las hostilidades. Aunque Hitler ya había estado manifestando verbalmente su odio contra los judíos, el ataque contra ellos comenzó en marzo de 1933, cuando 30 camisas marrones cayeron repentinamente en los hogares judíos de dos pequeñas ciudades al suroeste de Alemania, arreando a sus ocupantes hasta el municipio, para luego golpearlos. El 1 de abril comenzaba el boycott nazi a los negocios judíos por todo el país, así como su exclusión de todo oficio público, incluyendo la enseñanza en las universidades. Ninguna protesta hubo de los católicos de Alemania ni de Roma, a pesar de que la medida afectaba también a los judíos que se habían convertido al cristianismo, y algunos de éstos solicitaron la intervención católica en su favor al mismo papa. Por el contrario, arguyeron los cardenales que “los judíos se ayuden a sí mismos” (Cardenal Faulhaber de Munich). Había cosas “de mucha más grande importancia”, declaró también el Cardenal Bertram en Berlín, como por ejemplo “las escuelas y el mantenimiento de las asociaciones católicas...” (HP, 140).

El 25 de abril Hitler dio un paso más al hacer pasar su Ley Contra la Atestación de las Escuelas y Universidades Germanas, con el propósito de reducir el número de alumnos judíos permitidos en esas instituciones. Esto se dio al mismo tiempo que Pacelli estaba negociando con él los beneficios educacionales que Alemania debía dar a los católicos, logrando su apoyo para la expansión de las escuelas católicas de parte del estado (artículo 23 del concordato [HP, 153]). ¿Quién podía negar el trueque, esto es, una complicidad entre el catolicismo romano y el nazismo alemán, con el propósito de favorecer la enseñanza católica a expensas de una minoría judía?

También comenzó en ese 25 de abril otra prueba de complicidad católico-nazi con respecto a la segregación judía. Miles de sacerdotes por toda Alemania formaron parte del complot antisemítico al requerir testimonios de pureza de sangre (sin contaminación judía), mediante actas matrimoniales y registros de bautismo. Esto era un requisito para poder ser admitidos en las universidades y ejercer la profesión, en especial de abogacía y medicina. La cooperación de la Iglesia en este respecto iba a continuar durante toda la guerra, cuando el precio de ser judío iba a implicar más que perder el trabajo. Iba a significar también la deportación y la exterminación en los campos de muerte (HP, 154).

b. ¿Intercesión católica? Para Agosto de 1933, la jerarquía alemana sintió la necesidad de pedirle a Pacelli, para entonces Secretario de Estado del Vaticano, que ratifique el concordato con Hitler pero que interceda al mismo tiempo en favor de los judíos convertidos al catolicismo. Esto hizo el Vaticano sin éxito, ratificando aún así el concordato (HP, 160-161).

El cardenal Faulhaber de Munich, por cuenta propia, preparó para el año siguiente cinco sermones defendiendo el Antiguo Testamento que los nazis estaban condenando por ser un testamento judío. “No somos salvos por la sangre alemana”, concluyó, sino “por la sangre preciosa de nuestro Señor crucificado”. No obstante, en esos sermones Faulhaber no defendía a todos los judíos, sino sólo a los que habían aceptado el cristianismo. El mismo aclaró que su única intención era defender el Antiguo Testamento, no tomar una posición con respecto al problema judío del momento (HP, 162).

El 15 de septiembre de 1935, Hitler decretó las Leyes de Nurenberg, que definían la ciudadanía germana como paso previo a la exclusión judía en base al parentesco y el matrimonio (HP, 179-180). Tampoco reaccionó la Iglesia Católica ante esas leyes discriminatorias. La actitud de muchos en el catolicismo con respecto a la situación judía suscitada por Hitler, se ve reflejada en el primado de Polonia, Cardenal Hlond, quien en 1936 declaró que “el problema judío va a durar tanto tiempo como existan los judíos”. Los obispos católicos eslovacos, bajo el dictador Tito quien era al mismo tiempo sacerdote católico, emitieron una carta pastoral en donde repetían las acusaciones tradicionales contra los judíos de ser deicidas.

Al comenzar el año 1937, Pío XI emitió dos encíclicas, Mit Brennender Sorge (Con Profunda Ansiedad), y cinco días más tarde, Divini redemptoris. Mientras que en la primera lamenta el sufrimiento de la Iglesia en Alemania y condena veladamente la discriminación racial, en la segunda se dedica a atacar simplemente el comunismo. Debe admitirse, sin embargo, que en ninguna de las dos encíclicas el papa condena expresamente el antisemitismo nazi. Hitler se indignó, de todas maneras, y Pacelli optó por una política de apaciguamiento que dejase conforme a las dos partes.

El 25 de mayo de 1938, un año antes de ser nombrado papa, Pacelli fue a Budapest para asistir a un congreso eucarístico internacional. Acababa de ser nombrado primer ministro de Rumania un fanático antisemita que insistía en que todo aquel que no pudiese probar que sus antepasados habían nacido en Rumania, eran judíos. El parlamento húngaro estaba discutiendo para entonces una propuesta ley antijudía, y el regente de Hungría se sentía cometido a transformar su país en un satélite de Alemania. Ninguna palabra salió de Pacelli para atenuar esos sentimientos.

c. La encíclica perdida. Para el verano de ese mismo año (1938), el papa Pío XI encomendó a los jesuitas preparar una encíclica contra el racismo y antisemitismo nazi. Pero estaba en su lecho de muerte y esa encíclica nunca fue publicada. El nuevo papa la guardó en los archivos secretos del Vaticano, y en su lugar publicó otra en 1950 con un título semejante, Humani generis, que revela otro propósito. El borrador de la encíclica de Pío XI que no fue publicada revela, a pesar de las buenas intenciones, el pensamiento tradicional católico antijudaico. Arguye que son los judíos los responsables de su propia suerte.

“Cegados por sus sueños de ganancia mundana y éxito material”, declara el borrador de esa encíclica, los judíos terminaron mereciendo la “ruina mundanal y espiritual” que cayó sobre ellos. Y advierte los peligros a los que se exponen los judíos mientras mantengan su incredulidad y enemistad contra el cristianismo. De allí que la Iglesia Católica está obligada “a advertir y apoyar a los que son amenazados por los movimientos revolucionarios [comunistas y socialistas ateos], a los que se han unido esos desafortunados y desviados judíos para romper el orden social”. “La Iglesia se interesa únicamente en mantener su legado de la Verdad... Los problemas puramente mundanales en los que los judíos puedan verse involucrados no le interesan”. Aunque por “principios cristianos y humanidad” pueda defender a los judíos, eso lo sería sin involucrarse en compromisos inaceptables con ellos, como el de trabar la lucha de las naciones cristianas de Europa que combaten el comunismo bolchevique.

Esta era la creencia que Pacelli compartía ya con los nazis por los años 20. Los judíos habían sido los instigadores de la revolución comunista bolchevique, según Pacelli, y buscaban hacer lo mismo en Alemania (HP, 75,78). Aún así, al abrir esa encíclica la puerta a cierto grado de misericordia para con los judíos, podía herir al führer, y era mejor guardarla, aprovechando que el viejo papa que debía emitirla acababa de morir. No fue sino hasta que Juan XXIII apareció en escena y revertió la política rígida de Pío XII que se supo de esa carta.

d. La “solución final”: 1941-1945. Siete meses antes de comenzar la guerra (el 3 de Enero de 1939), Hitler declaró: “Si el judaísmo internacional triunfase en Europa o en cualquiera otra parte, precipitando a las naciones a una guerra mundial, no se tendrá como resultado la bolchevización de Europa ni una victoria del judaísmo, sino el exterminio de la raza judía”. Dicho y hecho, un mes después de atacar a Rusia el 22 de junio de 1941, ordenó a Reinhard Heydrich hacer todo lo necesario para preparar “una solución completa” del asunto judío. Esa “solución final” se desarrolló durante los primeros tres años de la guerra, coincidentes con los primeros tres años de pontificado de Pío XII.

¿Cuál fue la solución? El exterminio de más de once millones de judíos (de los cuales logró matar sólo seis millones y medio). ¿De dónde pudo provenir semejante brutalidad y salvajismo? De la antipatía acumulada contra el judaísmo por dos milenios de influencia romana y católico-romana. ¿Podía el papado condenar a Hitler, después de haberle dejado como herencia, un legado criminal y genocida de tal magnitud? El anti-judaísmo, así como muchas de las doctrinas católicas, no proviene de la Biblia, sino de un sincretismo pagano-cristiano. Por más que un sincretismo tal se lo quiera pintar hoy de regios colores en otros temas, continuará escondiendo el mismo espíritu genocida. Para que reaparezca, bastará con otorgarle otra vez el respaldo civil del que dispuso durante todo el medioevo para imponer sus dogmas.

Para septiembre de 1939, Hitler decretó que todos los judíos germanos debían llevar la Estrella Amarilla que ya era obligatoria en Polonia. ¿Quién puede negar que la fuente de su inspiración para esa orden haya sido una orden equivalente del papa Pablo IV en el S. XVI, según ya vimos, quien obligó a los judíos a vestirse con una insignia amarilla? Los obispos católicos de Alemania reclamaron, sin éxito, que esa medida fuese quitada, no por supuesto de todos los judíos, sino de los judíos católicos.

Las primeras deportaciones masivas de judíos hacia el Este tuvieron lugar en octubre de ese año. En ese mismo mes de 1941, los alemanes decidieron usar gas venenoso para exterminarlos en los campos de concentración. Se nombró como comandante del campo de extermino en Treblinka (Polonia), a Franz Stangl, donde 900.000 víctimas, mayoritariamente judías, fueron desnudadas para morir en las duchas de gas (UT, 26). Walter Rauff, por otro lado, quien ya había presenciado una ejecución masiva de judíos en Minsk, fue encargado de inspeccionar el desarrollo del programa de vanes móbiles con gas. El plan consistía en conectar los tubos de escape de los motores diesel a cabinas herméticas para que el humo terminase asfixiando a los judíos mientras los llevaban directamente para enterrarlos. Por fallas técnicas, muchos murieron no por el gas del motor, sino simplemente asfixiados por falta de aire. Una vez que se perfeccionó el sistema, 100.000 murieron por efecto del gas en esas vanes (UT, 33).

Goebbels declaró en noviembre que “ninguna compasión y de hecho ninguna disculpa se dio sobre la suerte de los judíos... Todo judío es nuestro enemigo”. El 20 de enero de 1942, quince oficiales de alto rango estuvieron reunidos para escuchar la solución de Heydrich cuyo borrador había sido preparado por Eichmann. Mientras se preparaba la solución final, los judíos debían trabajar separados por sexo, en grandes columnas en la preparación de caminos, lo que iba a permitir que muchos fuesen diezmados ya en forma natural. Eichmann dio estadísticas de once millones de judíos que esperaban exterminar, incluyendo muchos que vivían en los países que faltaba conquistar todavía. Eichmann—quien después de la guerra encontraría refugio en el Vaticano, de donde recibiría también documentos falsificados para escapar a Argentina—sería el encargado de dirigir la operación desde Berlín.

El 9 de febrero de 1942, Hitler propagó un mensaje salvaje diciendo que “los judíos serán liquidados por a lo menos mil años”. Esa noticia se publicó en todo el mundo, inclusive en Roma. El 18 de Marzo de 1942, el Vaticano recibió un memorandum con la noticia de las atrocidades antisemíticas que se daban en todos los países de mayoría católica. Las presiones comenzaron para entonces a multiplicarse en torno al papado, de los representantes de los países Aliados en el Vaticano, para que se uniese en la condenación universal de esa política genocida nazi.

Aún los protestantes en los países aliados veían la necesidad de una definición del papa Pío XII, para que tanto judíos como cristianos en los países ocupados por el Tercer Reich, creyesen y estuviesen así, advertidos. Siendo que casi todos los países en donde se practicaba el genocidio eran católicos, o estaban bajo un gobernante católico, era necesario que la voz moral máxima del catolicismo se expresase. Pero para sorpresa de todos, el mundo entero condenaba abiertamente esa política genocida nazi, menos el papado.

Al concluir el mes de junio de 1942, todo el mundo sabía que un millón de judíos ya había sido exterminado, y que para ello usaban gas venenoso. También era voz pópuli que los nazis se proponían “borrar la raza [judía] del continente europeo”. Pero en lugar de acceder a pronunciarse, apoyando los pronunciamientos que ya habían hecho los aliados, Pío XII rogaba que no se bombardease Roma, para que no se dañasen los santos lugares.

Las deportaciones judías a los campos de concentración y muerte comenzaron en marzo de 1942 y continuaron hasta 1944. En Francia y Holanda se iniciaron a mediados de junio de 1942. Los obispos católicos y protestantes se unieron allí para amenazar al régimen nazi de difundir una protesta cristiana por toda Europa. En respuesta, los nazis eximieron a los judíos cristianos que se habían convertido antes de 1941, a condición de que las iglesias guardasen silencio. Siendo que algún que otro obispo aislado no aceptó el negocio, los nazis deportaron a todo judío católico que encontraron en su zona de influencia.

Llama la atención también, que Pío XII respondiese al reclamo de los obispos de Holanda para que interviniese, argumentando que su posición era neutral, y que la neutralidad no es lo mismo que “la indiferencia y apatía en donde las consideraciones morales y humanas exigen franqueza”. ¿Quiere decir que el genocidio de millones no está involucrado en ninguna expresión franca de consideración moral y humana? Lo que el resto del mundo no podía entender ni puede entender aún hoy, porque quiere imaginar al papa al menos como alguien que pretende representar a Dios y a su Hijo, es que esta indiferencia papal estaba enmarcada en una concepción histórica que reivindicaba los genocidios del medioevo que sus antecesores habían llevado a cabo. Por consiguiente, la muerte de miles o millones no ligados a la Santa Madre Iglesia no contaba ni cuenta aún tanto para los papas, como el avance y supremacía de la iglesia bajo el presunto primado de Pedro. El cardenal Eugene Tisserant escribió ya en 1940 al cardenal Emmanuel Suhard de París: “Temo que la historia reprochará a la Santa Sede por haber practicado una política de conveniencia propia y poco más” (HP, 262).

En febrero de 1943 se dio otra protesta, esta vez en Berlín, de las mujeres casadas con los judíos que habían logrado sobrevivir en trabajos menores. Cientos de mujeres se juntaron fuera de la cárcel gritando, más que cantando, “devuélvannos nuestros maridos”. La manifestación pública continuó por una semana, día y noche. Fueron amenazadas repetidas veces por la policía con balearlas, pero se rejuntaban y avanzaban en falange, haciendo frente al ejército. Bajo esa presión, la Gestapo decidió liberar los 2.000 judíos que quedaban allí. Esa fue la única demostración gentil para liberar judíos en toda la guerra, y tuvo éxito (HP, 196). [Una réplica se dio con las madres de mayo, en Argentina, durante la guerra sucia efectuada bajo otro gobierno dictatorial y militarizado, en la década de los 70].

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