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1 de octubre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (15)

Complicaciones nazi-vaticanas durante la guerra. Sería faltar a la verdad si se dijese que la persecución nazista contra los sacerdotes católicos, especialmente en Polonia y Ucrania, se debió a su apoyo humanitario de los judíos. Aunque algunos sacerdotes y monjas fueron perseguidos por esa razón, la mayoría fue perseguida por otras razones. Por un lado, Hitler veía el doble juego papal que obraba públicamente en su favor al mismo tiempo que se involucraba diplomáticamente con los Aliados. Por el otro, el pedido del Vaticano a través de su excanciller alemán, von Papen, de aprovechar su invasión a Rusia para convertir el mundo ortodoxo a la fe católica comenzó a irritarlo más.

Para ese entonces Hitler estaba enterado de las masacres que los católicos croatas estaban perpetrando contra los ortodoxos en Croacia, y no quiso que su campaña militar a Rusia se complicase mediante una confrontación religiosa similar en el Este. Reinhard Heydrich, a cargo de la oficina de seguridad principal del Reich, le había advertido al führer el 2 de julio de 1941 sobre la planificación del Vaticano que había podido detectar para infiltrar las tropas nazis para invadir Rusia con la fe católica. Heydrich se oponía igualmente a la idea de permitirle a la Iglesia beneficiarse de las conquistas logradas por la sangre alemana.

Hitler captó así, más que nunca, la problemática religiosa que se escondía detrás de su invasión al mundo comunista y ortodoxo, y creyó que la política del papado podía terminar afectando el éxito de su empresa. A mediados de julio de 1941, en respuesta a esos pedidos de involucramiento católico en su campaña de conquista (algo que el Vaticano ya había hecho con Mussolini en su invasión a Etiopía), declaró que si permitiese al catolicismo introducirse en Rusia “iba a tener que permitirles lo mismo a todas las denominaciones cristianas para que se aporreasen las unas a las otras con sus crucifijos”. Posteriormente se enfureció más al enterarse que el Vaticano seguía adelante con sus planes, proyectando enviar sacerdotes misioneros disfrazados de Polonia, Ucrania y Croacia. Por esta razón, su furia principal se dio contra los católicos polacos y ucranianos, a quienes comenzó a matar en gran escala y a destruirle sus iglesias.

“El cristianismo es el golpe más duro que alguna vez golpeó a la humanidad”, concluía Hitler para julio de 1941. “El bolchevismo es un hijo bastardo del cristianismo. Ambos son la descendencia monstruosa de los judíos”. En diciembre de ese mismo año prometió que, una vez concluida la guerra iba a terminar con el problema de la Iglesia, como única alternativa para lograr que la nación alemana estuviese completamente segura (HP, 261).

Pero las cosas se le comenzaron a complicar a Hitler en Ucrania cuando Stalin procuró congraciarse con los ortodoxos para lograr la resistencia de la población contra la ocupación Nazi. Para desbaratar los planes de Stalin, el führer intentó representar al nazismo como “protector de la religión”. Para ello, quiso unir a los ortodoxos y a los católicos bajo el arzobispo Szepticky, quien aunque fiel a Roma, formaba parte del rito oriental característico del mundo ortodoxo y permitido por Roma únicamente a los católicos de esa región. En total, Szepticky lideraba a unos cinco millones de Uniates que conformaban esa característica intermedia entre los católicos y los ortodoxos. Pero Hitler no iba a poder lograr esa unión sin contar con el apoyo del papa. ¿Cómo podía lograrlo sin dejar de ser él mismo el amo de la situación? En otras palabras, ¿cómo podía recibir el apoyo papal sin terminar siendo permeado por la Santa Sede?

Hitler decidió extorsionar al papa y, para ello, comenzó a perseguir dramáticamente a los católicos en Ucrania. Era la manera más dramática y autoritaria que podía escoger para apurar a Pío XII a apoyarlo en su campaña militar en Ucrania, o sufrir la destrucción de la Iglesia Católica en ese lugar. ¿Qué alternativas tenía Pío XII, ante semejante amenaza? No había dudas de que se trataba de un arreglo sucio e inmoral. Ya habían muerto 200.000 judíos en Ucrania, y “cientos de miles de cristianos”, y un pacto tal era puramente político y villano. Pero, ¿acaso la Providencia no estaba dirigiendo las cosas para que en sus días, se pudiesen cumplir los sueños papales de casi un milenio, con la unión de las dos iglesias más tradicionales de Europa? Con el debilitamiento militar, moral y político de los dos grandes colosos del momento, el comunismo y el nazismo, ¿no podría aparecer al final él mismo, Pío XII, como el verdadero líder moral y ganador de la contienda?

Para octubre de 1942, Pío XII enviaba a Ucrania al cardenal Lavitrano, arzobispo de Palermo, encabezando una misión a pedido de los nazis para estudiar la posible unificación de la Iglesia Católica Romana con la Iglesia Ortodoxa. Al mismo tiempo, daba luz verde al mantenimiento de una oficina apostólica para Ucrania en Berlín. Esa perspectiva explosiva alarmó a los EE.UU. y Gran Bretaña. Los rusos también se alarmaron y fueron logrando dividir, a través de sus espías, a los ortodoxos y a los mismos Uniates para evitar ese arreglo.

A pesar de los obstáculos, los Uniates lograron formar un ejército católico con capellanes, que organizaron una cruzada contra los “impíos bolcheviques” para conquistarlos al mismo tiempo al catolicismo. El Vaticano, por su parte, quedó más comprometido a no hablar contra el régimen nazista ni mencionar siquiera el nombre “judío” por el resto de la guerra. En su lugar, tres meses después de completar su misión el cardenal Lavitrano, el Vaticano comenzó a hablar de una confederación anticomunista de estados católicos de Europa que se extendería desde el báltico hasta el Mar Negro (lo que incluía Ucrania). Pero la Providencia, la verdadera Providencia divina, no le iba a permitir lograr sus sueños.

Conclusión.

El director del museo de la Inquisición de Lima y autor de un libro apologético sobre la Inquisición, me dijo en la capital peruana al concluir el milenio , que desde hace cincuenta años—después de la Segunda Guerra Mundial—se está quitando de la historia de la Inquisición todo aspecto religioso, en búsqueda de objetividad. Esa es la tendencia también de la mayoría de los estudios hechos sobre la Segunda Guerra Mundial. El único interés para muchos es considerar los factores económicos, sociales y políticos que estuvieron involucrados en ambos eventos, el de la Inquisición durante la Edad Media, y el de las dictaduras nazistas y fascistas durante el S. XX. Pero, como le dije al director del museo de la Inquisición entonces, ¿cómo puede pretenderse objetividad histórica quitándole a la historia un ingrediente esencial como lo es el religioso? O se ponen todas las cartas sobre la mesa, o la objetividad pretendida se vuelve una farsa. Hoy las Naciones Unidas piden el concurso de las religiones para establecer la paz, reconociendo que la mayoría de las confrontaciones humanas continúa basándose en conflictos religiosos. ¿Por qué eliminar su papel tan dramático y fundamental de la historia?

¿Cuál es el problema de fondo? Fundamentalmente uno. Tiene que ver con la lucha denodada y tenaz de la Iglesia Católica por defender una presunta infalibilidad papal que está tan en contradicción con tantos hechos históricos medievales y modernos. La Iglesia vive procurando por todos los medios reivindicarse del veredicto histórico que la culpó y sigue culpando de falsedad, hipocresía y genocidio tanto medieval como moderno. ¿Qué es lo que busca ocultar el Vaticano, cuando es el único gobierno que permanece sobre la tierra opuesto categóricamente a revelar los archivos secretos que lo comprometieron en los genocidios del S. XX?

¿Cuántos siglos tuvieron que demorar—se preguntan muchos autores—para que el Vaticano terminase liberando los archivos secretos de la Inquisición? Puede hacerlo hoy porque ha logrado convencer a mucha gente de que la culpable de los crímenes de entonces no fue la Iglesia, sino la época (¡como si ésta se gestase sola!). ¿Cuánto tiempo más deberá pasar—se preguntan nuevamente los críticos—hasta que la Santa Sede libere los documentos que posee de la Segunda Guerra Mundial? ¿A qué se debe tanto afán por esconder tantos hechos de la historia en los que estuvieron involucrados los sumo-pontífices? Se ha podido probar ya que los pocos documentos que el Vaticano liberó sobre la Segunda Guerra Mundial, han sido seleccionados o colados en un intento de ocultar su papel comprometedor en los eventos cuestionados (HP, 259,377).

Los archivos secretos del Vaticano son, al mismo tiempo, un arma que le sirve al papado no sólo para esconderse cuando le conviene, sino también para infundir temor (Mega..., 10-11). Muchos, en efecto, prefieren no meterse con el papado por temor a faltarle, tal vez, un último elemento de la historia que pueda estar escondido en esos archivos herméticos y que contradiga algún punto que afirmen en sus investigaciones científicas. Al mismo tiempo, prefieren no verse confrontados con ese esfuerzo de reivindicación católica. Otros, en cambio, captan las ambiciones de supremacía de Roma y el engaño que encierran, y se esfuerzan por demostrar con todos los elementos disponibles por el hombre en la actualidad, esa falsedad y distorsión de la historia que provienen del Vaticano.

La liberación reciente de los archivos secretos de todos los países involucrados en la Segunda Guerra Mundial han venido a respaldar la labor tan esmerada y científica que varios autores de diversas corrientes de pensamiento, inclusive católicas, han reemprendido al concluir el S. XX. Gracias a esa liberación de los archivos secretos se ha suscitado un renovado interés en sus estudios históricos. Para sorpresa de muchos, la implicación del Vaticano con los gobiernos dictatoriales de entonces, y su complicidad con el genocidio nazi y clero-fascista, es contundente y va más allá de lo que se había supuesto. Aunque el Vaticano quiera continuar negándose a liberar sus archivos secretos de la historia, no podrá negar nunca los testimonios abrumadores que lo comprometen en los grandes hechos políticos y criminales del S. XX. Ni Hitler, ni tantos gobiernos fascistas, hubieran logrado levantarse ni prevalecer en Alemania sin el apoyo velado y abierto papal.

Es lamentable que todas las cortinas de humo que lanza el Vaticano para cubrirse de su complicidad con el fascismo y el nazismo, encuentren a los protestantes sin capacidad de reacción debido a que se vieron arrastrados por la diplomacia católica a pactar también con el nazismo. Al encontrarse luego de la guerra igualmente manchados, los protestantes no sólo han pedido perdón y han damnificado muchas víctimas, sino que también han perdido el valor moral para denunciar el papel protagónico que le cupo al papado en ese genocidio. Lamentablemente, el protestantismo de hoy no ha aprendido la lección, y está apoyando al Vaticano nuevamente en sus esfuerzos por lograr tantos concordatos como sean posibles en el mundo entero. Al mismo tiempo se unen al papado en exigir que se reconozcan las tradiciones cristianas medievales en la constitución europea, y eventualmente en el resto del mundo.

El problema de los protestantes modernos es que juzgan al papado como se juzgan a sí mismos, esto es, dispuestos a reconocer sus faltas y a enmendarlas para que no vuelvan a repetirse. Pero no perciben que los sentimientos en la cúpula de la Iglesia Católica son muy diferentes. No prestan atención al verdadero problema de fondo, que tiene que ver con la pretensión de infalibilidad de parte del Magisterio de la Iglesia romana, y su típica “doble moral” en relación con sus políticas religiosas y económicas internacionales. La culpa del protestantismo moderno es doble. No sólo han perdido la visión profética de la Biblia que nos advierte sobre el papel final del anticristo romano, sino que se han negado también a aprender de la historia misma. Como resultado, volverán a caer en la trampa. Nadie puede despreciar la historia sin terminar siendo condenado, tarde o temprano, por ella misma.

Otra acusación seria que se ha hecho al Vaticano ha tenido que ver con su “involucramiento moral selectivo” o parcialidad política comprometida, con una doble moral que sigue conformando el sistema operacional de la Santa Sede. El papa Pío XII guardó silencio con respecto al genocidio nazi, lo que para muchos fue un acto de cobardía. Los hechos, sin embargo, prueban que hubo mucho más que cobardía. Tuvo que ver con convicciones políticas sobre el sistema de gobierno que apoyaba (dictatoriales fascistas que reconocían la autoridad del papado), o rechazaba (democracias occidentales que no le reconocían la supremacía reclamada). También tuvo que ver con su preocupación de no perder todo el enorme capital que había invertido en el gobierno nazista alemán. Su deseo de imponerse sobre el bloque oriental y lograr el reconocimiento general de toda Europa es otro aspecto indiscutible que pesó en las decisiones del papado.

Aún Juan Pablo II ha estado valiéndose de una doble moral. Reclamó protección inmediata sobre los croatas católicos de la venganza ortodoxa serbia en la guerra de los Balcanes al finalizar el S. XX, mientras que Pío XII había dado durante la guerra oídos sordos, como veremos luego, a un mismo reclamo yugoeslavo por las masacres croatas de los serbios. Juan Pablo II apoyó igualmente a los anticomunistas polacos pero guardó silencio sobre la ocupación indonesa de Timor Oriental que tenía que ver con otro Holocausto (UT, 281). Esa moral doble, sumada a su presunción de infalibilidad, llevan a muchos a negar que el papado, a pesar de su elasticidad mayor actual, haya realmente cambiado.

Si su apoyo velado o silencioso a Hitler tenía como propósito evitar males peores, como se adujo después, ¿por qué atacó en forma tan resoluta y riesgosa al comunismo, en forma frontal, antes, durante y después de la guerra, sin importarle las consecuencias tan dramáticas que podía eso producir en pérdidas humanas para los mismos católicos? De los estudios históricos resulta claro que participaba de las creencias discriminatorias nazistas y fascistas, y soñaba con poder lograr imponerse en el mundo a través de los triunfos de tales gobiernos, conquistando incluso a Rusia y al mundo oriental con el evangelio católico romano.

Hay más acusaciones contra el Vaticano, por supuesto, que refuerzan las ya expuestas de complicidad con el nazismo y el fascismo del S. XX. Esto lo veremos seguidamente en nuestro estudio del genocidio judío y ortodoxo, así como en la protección fraudulenta de los genocidas mismos después de la guerra. Anticipemos algunas de esas acusaciones. Se inculpa al papado de “crímenes contra la humanidad”, “obstrucción de la justicia”, complot homicida para derrocar gobiernos, “complicidad de robo” (referente al oro quitado a las víctimas) y lavado de dinero en el único banco del mundo que es inmune a toda auditoría exterior (el del Vaticano). Su apoyo velado a Hitler hasta el último momento tenía que ver también con el deseo de no perder tanto dinero que había invertido el Vaticano en los bancos alemanes. Nido de corrupción, “línea de ratas”, en relación con su contrabando de criminales nazis y ustashis, son otros de los tantos epítetos empleados para describir esa “obra gigantesca de engaño”.

Todas estas acusaciones, que con justicia el veredicto de la historia había terminado haciendo caer sobre el papado medieval, son las que el veredicto de la historia moderna ha retomado al concluir el S. XX para volver a inculpar la Santa Sede por sus implicaciones en los genocidios perpetrados por los gobiernos nazis y fascistas. El sistema papal vuelve a revelar lo que los antiguos videntes de la Biblia profetizaron de él: “un rey altivo de rostro, maestro en intrigas...” Los profetas y apóstoles del Señor destacan, además, “su sagacidad” para hacer “prosperar el engaño en su mano” (Dan 8:23,25), “con todo engaño de iniquidad” (2 Tes 2:10). “Colma de honores a quienes lo reconocen, y les da dominio sobre muchos, repartiéndoles la tierra como recompensa” (Dan 11:39). ¿Cómo es posible que, a pesar de tantas pruebas incontrovertibles de la profecía bíblica y confirmadas tan abundantemente por la historia, siga el mundo y cada vez más, honrando una institución tan llena de infamia? La única explicación que encontramos es la que da la Biblia por anticipado. Se trata del “misterio de la iniquidad” (2 Tes 2:7).

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