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2 de octubre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (8)

Una primera señal de restauración.

Apenas comenzada la tercera década del S. XX, una nueva esperanza nació para el papado. En su primer discurso ante la Cámara de Diputados, el 21 de junio de 1921, un año antes de llegar a ser Il Duce, Benito Mussolini declaró que “la tradición latina e imperial de Roma está representada por el catolicismo”, y “que la única idea universal que todavía existe en Roma es la que brilla del Vaticano...” En esa oportunidad abogó por un concordato con el Vaticano en donde el papado renunciase legalmente a sus reclamos temporales [por largo tiempo ya perdidos sobre la ciudad de Roma] y recibiese, en cambio, ayuda material de parte del gobierno civil. En las palabras mismas de Mussolini, “el desarrollo del Catolicismo en el mundo... nos interesa y enorgullece a nosotros que somos italianos”.

Pocos meses después, Mussolini volvió a ponderar la Iglesia Católica. “Es increíble”, fueron sus palabras, “que nuestros gobiernos liberales no hayan sido capaces de ver que la universalidad del papado, heredero de la universalidad del Imperio Romano, representa la más grande gloria de la historia y tradición italianas”. Siete años más tarde, el arreglo de Mussolini con la Santa Sede se hizo realidad en el Concordato Laterano de 1929, mediante el cual el estado italiano se reconciliaba con la Iglesia Católica.

¿En qué consistió el tratado Laterano de Mussolini con el Vaticano? Por un lado, el estado italiano reconocía el estatus extraterritorial del Vaticano y al catolicismo como la única “fe dominante” o reconocida en Italia. Por el otro, la Iglesia Católica se comprometía a colaborar con el régimen fascista.

Así, y por primera vez en Roma desde que el Código de Ley Canónica se había editado, el estado Italiano reconocía el derecho de la Santa Sede de imponer ese Código en Italia. De acuerdo con la Ley Canónica, el Estado terminaba reconociendo la validez de los casamientos efectuados en la iglesia. El papado, además, era galardonado con la soberanía del pequeño estado llamado hasta hoy Ciudad del Vaticano. También obtenía soberanía sobre varios edificios e iglesias de Roma, y el palacio de verano de Castel Gandolfo sobre el Lago Albano. En compensación por los territorios que había perdido, el Estado le pagó al Vaticano el equivalente para la época de 85 millones de dólares.

Una vez reestablecida la autoridad política del papado de esa manera, el Vaticano la usó para apoyar al gobierno de Musolini. En las elecciones de Marzo que tuvieron lugar después de haberse firmado el Tratado Laterano, el Vaticano animó a los sacerdotes católicos por toda Italia a apoyar a los fascistas. El papa mismo habló repetidamente de Musolini como “un hombre enviado por la Providencia”. Y esto, a pesar de comprometer al clero y a las organizaciones religiosas, según el artículo 43 del Código de Ley Canónica, a no enrolarse en ningún partido político. La Acción Católica sería reconocida siempre que desarrollase “su actividad fuera de todo partido político y en directa dependencia de la jerarquía de la Iglesia para la diseminación e implementación de los principios católicos”.

Después que Mussolini ganó las elecciones, se entrevistó con el papa Pío XI, y reportó las palabras del pontífice que no fueron desmentidas por el Vaticano. Según Mussolini, el papa le había dicho que estaba feliz de que “se había reestablecido la compatibilidad entre el partido fascista y la Acción Católica... No veo”, continuó el papa, “en lo entero de la doctrina fascista—con su afirmación de los principios de orden, autoridad y disciplina—nada contrario a las concepciones católicas”. En efecto, como se ha hecho notar vez tras vez, el dogma fascista que concebía “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado”, más la centralización del gobierno en una sola persona, y la afirmación de que la Iglesia era la única religión del Estado, cuadraba perfectamente con la visión y sueños papales.

3. La campaña imperialista católico-fascista contra Etiopía.

Aparte de su apoyo a los demás regímenes fascistas de Alemania y Croacia en especial, y de su carácter dictatorial en Italia, se destaca Mussolini en forma especial por las masacres espantosas que efectuó en su campaña contra Etiopía en los años 30 (1935-1936). El papado apoyó abiertamente a Mussolini en esa campaña imperialista, a pesar de las barbaridades y brutalidades tan flagrantes que ejecutó contra tantos civiles no armados. Públicamente aplaudió el papa el deseo imperialista expansivo de esta “nación pacífica” (Italia).

Altos prelados italianos reclutaban sargentos para esa guerra expansionista. El clima final cruento de la guerra que se vio marcado con asesinatos masivos de miles de primitivos desarmados, fue celebrado por orden del papa mediante servicios de agradecimiento y sonido de campanas en las iglesias de Italia. En esto no hizo el papa del S. XX otra cosa que repetir las escenas medievales de regocijo papal por la masacre de San Bartolomé, el 24 de Agosto de 1572. En aquella ocasión, los católicos cometieron uno de sus peores genocidios en la historia medieval, al dar muerte en una noche a decenas de miles de protestantes franceses (Hugonotes), cifra que en los días sucesivos superó los 100.000.

¿Por qué apoyó el papado la campaña fascista de Mussolini contra Etiopía? Hasta el S. VIII, la tradición cristiana se había visto libre en Etiopía de muchas de las desviaciones del cristianismo que se habían introducido en occidente, y que se habían extendido a todo el antiguo mundo romano durante ese primer milenio cristiano. La Iglesia de Roma no pudo dar otro legado a la Europa Medieval que ese producto híbrido pagano-cristiano que se había gestado en ella durante los primeros siglos de apostasía imperial. Cuando los papas se hicieron fuertes en la segunda mitad del primer milenio, y descubrieron que en Etiopía no se respetaba el domingo, quisieron prohibir que se guardara el sábado. Hubo guerras con ese fin, y a través de diferentes estratagemas, el papado terminó finalmente logrando imponer la cultura cristiana medieval en esa relativamente lejana tierra africana.

Sin embargo, los focos antipapales nunca se apagaron del todo en Etiopía. En efecto, la Iglesia Cóptica de ese país siempre resistió el imperialismo eclesiástico Católico-Romano. En el S. XVII, los jesuitas fueron expulsados de Etiopía. Ahora, en pleno S. XX, Mussolini lograba otra vez, mediante opresiones de estilo medieval y genocidios brutales, traer a una iglesia y pueblo presuntamente rebeldes, bajo la tutela de la Iglesia de Roma. ¿Cómo no iba a ser el hecho festejado por orden papal, en todo Roma y en toda Italia, sin importar que se viviese ya en plena época moderna? Bastaba simplemente con recibir un reconocimiento político e iniciarse la restauración así, de su herida mortal, como para que en el acto resurgiese el espíritu perseguidor y asesino que siempre tuvo para con los que se negaban a reconocer la autoridad política y espiritual del papado.

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