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3 de octubre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (4)

Sueños papales en vísperas del S. XX.

Desde que se inició la época moderna y fue suprimida la autoridad política del papado, el pontificado romano nunca dejó de soñar con recuperar, algún día, esa autoridad que había ejercido durante 1260 años. En este respecto, sus sueños para el S. XX estuvieron tan en contradicción con la época como las predicciones de los observadores del sábado acerca de esa recuperación política del papado que se daría al final, y que se basaban simple y puramente en la Palabra de Dios.

En la mayoría de los pronunciamientos y encíclicas papales que se dieron a partir de la segunda mitad del S. XIX, la iglesia de Roma no ocultó su aversión hacia los regímenes democráticos y republicanos que requieren la separación de la iglesia y el estado. Una autoridad que emana del pueblo, es decir, de la base, era vista por los obispos romanos como demasiado nefasta para un sistema monárquico-papal cuya autoridad se encuentra en la cúpula. Si el poder descansa en las masas, ¿quién o qué podrá controlarlas?

1. Fundamento papal para el ejercicio del poder. Siendo que todo gobierno debe buscar la paz de sus súbditos, y siendo que no puede haber paz sin unidad, el “mejor” sistema de gobierno—según argumentó Tomás de Aquino en el S. XIII—“es el gobierno de una persona”. ¿Por qué? Porque la unidad se obtiene en forma más eficaz por uno que por varios o muchos (cf. John W. Robbins, Ecclesiastical Megalomania. The Economic and Political Thought of the Roman Catholic Church, 129). Lo que Tomás—quien puso el fundamento del sistema de gobierno absolutista papal—parecía ignorar es que, al razonar así, estaba promoviendo un sistema de gobierno pagano, con sus características tendencias a la centralización del poder en una sola persona.

Llámese monarquía, fascismo, nazismo, lo que sea, tal filosofía que busca centralizar el ejercicio del poder en forma absoluta en una persona, forma la base para todo poder autoritario que logre apoderarse de cualquier sociedad. Esa filosofía pagana fundamenta no solamente el absolutismo papal, sino también toda monarquía o dictadura que pretenda acapararse de la autoridad civil.

Contrastes con la Biblia. La Biblia menciona a “Nimrod”, el fundador de Babilonia, Nínive, y otros grandes imperios antiguos, como siendo “el primer hombre poderoso de la tierra” (Gén 10:8-11). Sus descendientes intentaron, poco después, centralizar la acción gubernamental de todos esos reinos del mundo en Babel. Dios, en cambio, los dispersó al confundir el lenguaje común que se habían fabricado (Gén 11). En su lugar, llamó a Abraham, y a través de él dio a luz un pueblo al que le ofreció un sistema de gobierno diferente, una especie de república constitucional orientada por Dios, y basada en las leyes que le transmitió mediante Moisés (Ex 19:6-8; 24:1; Núm 11:16,25,29). El pueblo de Israel, en cambio, prefirió para su propia desgracia, el sistema pagano de gobierno que poseían todos los demás pueblos de la tierra, con la plenitud del poder centralizada en una persona (1 Sam 8:5ss).

Cuando vamos al Nuevo Testamento, vemos de nuevo el intento divino de fundar la iglesia sobre un sistema de gobierno diferente al sistema centralizado en una persona de los gobiernos de la tierra, y en donde la Iglesia y el Estado estarían separados (Mat 22:21). “Los gobernantes de las naciones”, declaró Jesús, “se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellas. Pero entre vosotros, no será así” (Mat 20:25-26). La autoridad que Dios designó para su iglesia en la tierra descansaría en Dios, y en el sacerdocio de todos los creyentes (1 Ped 2:5,9; cf. Hech 15:22,28), no en el de un presunto vicario impostor que ostentase una preeminencia que el Señor nunca legó a nadie sobre la tierra.

“Al contrario”—advirtió el Señor—“el que desee ser grande entre vosotros, debe ser vuestro servidor. Y el que quiera ser el primero entre vosotros, deberá ser vuestro siervo” (Mat 20:26-27), como lo fue Jesús cuando estuvo sobre la tierra, antes de su exaltación final a la diestra de Dios (v. 28). Por esta misma razón, el único sucesor que dejó el Señor en la tierra fue el Espíritu Santo (Juan 14:26; 15:26; 16:7-15), quien obraría a través de una constitución establecida por Dios mismo mediante el testamento dejado por los profetas y apóstoles del Señor, esto es, mediante la Palabra de Dios (Ef 2:19-22; 1 Ped 2:4,7-8).

2. Fundamento democrático de los gobiernos protestantes.

Lutero probablemente jamás percibió toda la dimensión de sus descubrimientos bíblicos. Los principios de libertad que extrajo de la Biblia e introdujo en medio de un mundo monárquico y absolutista como lo fue el de la Edad Media, estaban destinados a ir produciendo mutaciones asombrosas en el ejercicio de la autoridad aún en la esfera civil. La “libertad de conciencia” por la que abogó sentó las bases para regímenes que respetasen las minorías, trajesen dignidad a la persona humana al hacerla honorable y responsable por sí misma ante Dios y el mundo, y se fundasen en la autoridad que emanase libremente del pueblo. La democracia misma tiene sus raíces en la creencia en el sacerdocio de todos los creyentes, no controlada por un poder autoritario, sino por una constitución.

3. La primacía papal mediante gobiernos absolutistas.

Volvamos al criterio tomista-católico de centralizar el poder en una persona para poder afianzar la paz y la unidad en la sociedad. El modelo medieval sobre el que se construyó esta teoría no fue el de una sola persona gobernando el mundo. Era obvio que dos poderes gobernaban el mundo, el rey (o emperador) y el papa. ¿Cómo explicar tal dualismo, dentro del criterio de unidad mediante el gobierno de una sola persona? Para ello, el astuto teólogo de la Iglesia romana encontró un soporte en otra doctrina errónea, no fundada en la Palabra de Dios, sino en la filosofía dualista pagana griega.

Así como el alma es superior al cuerpo—concluyó Tomás, y junto con él tantos papas en el futuro, hasta en los tiempos modernos—así también la autoridad espiritual debe estarlo sobre la temporal. Si sumamos este enfoque al anterior de la unidad en una persona, vemos que por encima de todos los gobiernos absolutistas y autoritarios de la tierra, debe estar el Sumo Pontífice romano, garantizando la unidad, sin la cual no podrá haber paz.

Siendo que el poder espiritual está por encima del temporal, según el pensamiento papal, se requiere unidad eclesiástica para poder lograr la unidad política. De allí que se vio al papado procurar la unidad eclesiástica en el S. XX aún por la fuerza de las armas y aperturas ecuménicas sin precedentes. Mediante acuerdos ecuménicos y concordatos políticos, en donde se reconoce una cabeza suprema, la del pontífice romano, busca el papado incansablemente lograr la unidad y la paz mundial.

Roma siempre creyó que sólo en la persona del papa se junta tanto el poder secular como el espiritual. De allí que se lo representó durante la Edad Media tan a menudo con una llave (símbolo de la autoridad espiritual), y una espada (símbolo de la autoridad civil). El es sacerdote y rey, rey de reyes y Dominus Dominantium. Como único Vicario de Cristo, todos los gobernantes seculares pasan a ser vasallos del papa, quien a su vez, posee toda autoridad para interferir en los gobiernos temporales (cf. Megalomanía, 130-131). Su triple corona lo designa como rey del cielo, de la tierra, y de los mundos inferiores. Cuando asume el poder, se le entrega esa corona con las siguientes palabras: “Toma la tiara adornada con la triple corona, y conoce que eres el Padre de los príncipes y reyes, y el Gobernador del mundo” (ibid, 132).

4. Contra el capitalismo protestante.

De la misma manera en que el papado romano se opuso a las democracias durante el S. XIX y la mayor parte del XX porque, en su criterio, se vuelven ingobernables y no pueden por naturaleza lograr la unidad que conduce a la paz, también se opusieron los papas al capitalismo democrático, tomando como fuente de inspiración a Marx. Esto podían hacerlo entonces porque el marxismo estaba en sus comienzos, y sus principios de solidaridad proletarial no se habían probado todavía. Todo lo que necesitaba el papado por el momento era una argumentación adecuada para oponerse al capitalismo protestante con sus proclamas de libertad, aún para comerciar.

Diez años después que Marx escribiera su libro Das Kapital (1881), el papa León XIII publicaba su encíclica Rerum Novarum [“De Cosas Nuevas”]. Sobre la Condición de las Clases Trabajadoras (1991), que en muchos respectos parece una copia de Marx. Hasta el día de hoy esa encíclica es citada y a menudo, por el papa de turno. Aunque se otorga cierto grado de libertad a individuos y familias para comerciar, debe haber controles, aseguró el papa entonces, para que las riquezas persigan un fin común, la necesidad y el bien de todos. Es así como nace la doctrina político-social de la Iglesia Católica.

Según Rerum Novarum, y tantas otras encíclicas después de ella, ¿quién está a cargo de controlar el comercio? El Estado. ¿Bajo qué principios? Bajo los que dictaminan la necesidad y el “bien común” de todos. Así, el Estado no sólo tiene el derecho, sino también el deber de intervenir en la sociedad, para asegurar una justa distribución de los bienes de este mundo. Pero, ¿quién determina lo que es “necesidad” y “bien común”? ¿Quiere decir que, si tengo necesidad, tengo derecho de quitarle la propiedad a otro que tiene más que yo? ¿Es eso moral superior?

Por otro lado, ¿quién controla al Estado? ¡Por supuesto, el poder espiritual, así como el alma lo hace al cuerpo! No es el cuerpo quien juzga al alma, sino el alma al cuerpo. De allí que la curia romana está constantemente interfiriendo en los asuntos de Estado, y de las naciones en una dimensión internacional, denunciando, advirtiendo, fiscalizando la labor comercial, jurídica y estatal en general.

Estas demandas de interferencia estatal por parte de la Iglesia, sin embargo, no tocan a la Iglesia Católica en sí, ya que sus propiedades pertenecen constitucionalmente al papa, símbolo de la unidad de la Iglesia y de los gobiernos de la tierra. Mientras que el Estado tiene derecho para interferir en la acción empresarial y privada, no puede hacerlo en lo que se refiere a las propiedades de la Iglesia, porque esos bienes les fueron concedidos por Dios. Y, así como “el espiritual juzga todas las cosas y no es juzgado de nadie” (1 Cor 2:15), tampoco nadie tiene derecho de juzgar a la Iglesia ni intervenir en sus bienes. Según este criterio, nadie puede, como ella, tener la justa dimensión de las necesidades y bienes de todos.

En su encíclica Quadragesimo Anno, Pío XI confirmó los principios de León XIII diciendo que “es Nuestro derecho y Nuestro deber tratar con toda autoridad los problemas sociales y económicos”, algo que fue ratificado a su vez en la revisión de la Ley Canónica de 1983 en los siguientes términos: “Le pertenece a la Iglesia el derecho de anunciar siempre y dondequiera sea, los principios morales, incluyendo los que tienen que ver con el orden social, y hacer juicios sobre todos los asuntos humanos...” (Canon 747).

Hasta hoy, el papa Juan Pablo II ha insistido en que la Iglesia tiene la visión moral necesaria para determinar los límites que los gobiernos no pueden sobrepasar en relación con la distribución de los bienes y del comercio. De allí tanto interés que ostenta en la causa de los pobres, y de los países menos desarrollados. Todo entra dentro de la escala piramidal que caracterizó al papado siempre durante la Edad Media, cuando la Iglesia se fue apropiando de todas las tierras de Europa para distribuir los bienes de acuerdo a su criterio “espiritual” superior. Con criterios semejantes pretendió recibir de Constantino el continente entero que había pertenecido antiguamente a los césares durante el imperio romano. Ahora busca lograr el control de los asuntos humanos mediante la constitución de un gobierno mundial por el que tanto están abogando desde la última parte del S. XX los pontífices romanos.

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