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10 de noviembre de 2009

Consenso en Cuanto a Daniel 2

Daniel 2 ha sido catalogado a través de los siglos como el abecé de los grandes esquemas proféticos. Como es la primera profecía que se explica, se la ha considerado como la base de las cuatro profecías subsiguientes de Daniel. Hacia el comienzo de la era cristiana, los judíos fueron sus primeros expositores. Creían que presentaba la secuencia de los cuatro imperios desde el tiempo de Daniel, seguidos por el reino mesiánico. Basados en declaraciones del mismo profeta (2: 38-39; 5: 28; 8: 20-22), concluyeron correctamente que el primer imperio era Babilonia, Medo-Persia el segundo, y el tercero Grecia, o sea el imperio grecomacedónico de Alejandro y sus sucesores.

En los comienzos de la era cristiana, Flavio Josefo, notable historiador y sacerdote judío del siglo I, contemporáneo de los últimos apóstoles, reitera la reconocida interpretación judía de los cuatro imperios. Para no ofender a Roma, que no toleraba rivales, fue muy cauto en cuanto a nombrar al reino de "hierro" que sería destruido y sustituido por el de "piedra" que llenaría el mundo. Vaciló aún más en identificar la piedra, o sea el reino mesiánico que pondría fin al Imperio Romano. Pero el judío Johanán ben Zakkai, también del siglo I d. C., explícitamente identificó a Roma- entonces en su máximo poderío- con el cuarto imperio de la profecía.

El Talmud, los tárgumes y la Midrash concordaban en que Roma era el cuarto imperio de la serie profético. La Midrash y el Talmud también incluían la fase eclesiástica posterior de Roma. Después los rabinos Eliezer, Saadía, Jefet ibn Alí, Rashi, Abrahán ibn Ezra, Maimónides Gersónides (o Leví Ben Gersón), Abravanel, Josef ben David y, especialmente, Manasés ben Israel, situados en los siglos IX-XVII, concordaron con los escritores cristianos de esos siglos en identificar a los cuatro imperios de Daniel, y la piedra como el reino mesiánico venidero. Varios, como Abrahán ibn Ezra, Jefet ibn Alí e Isaac Abravanel, pensaron que el hierro mezclado con barro podría ser el cristianismo y el mahometismo. Pero el reino de piedra no había llegado todavía, y es obvio que para ellos no era la iglesia cristiana, como sostenía la mayoría de los católicos. El más explícito de todos fue Manasés ben Israel (murió en 1657), que estableció la primera imprenta judía y también sirvió como principal rabino en Amsterdam. Presentaba los cuatro imperios en la secuencia reconocida. Para él las dos piernas eran el romanismo y el mahometismo, los diez dedos de los pies, las divisiones de Roma, y "la quinta monarquía de Dios" completaba la serie.

Los cristianos primitivos esperaban la división de Roma.

Entre los primeros escritores cristianos, Ireneo de las Galias (siglo II), recurriendo a la profecía para demostrar la veracidad de las Escrituras, enseñaba la misma secuencia de los cuatro reinos y la división del cuarto reino -el romano- en diez partes. Para él, Cristo era la "piedra" profética que descendía del cielo y que hería a la imagen después de la división de Roma. Tertuliano de Cartago (siglo III) también enseñaba que, en su segunda venida, Cristo destruirá los reinos seculares de la imagen de cuatro partes, y declaraba que lo que se había cumplido en el pasado aseguraba la certeza de los sucesos futuros.
Un clásico expositor primitivo, Hipólito (muerto c. 236), obispo de Puerto Romano, y autor de un notable comentario de Daniel, afirmaba que los cuatro poderes mundiales eran Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Declaraba que su generación vivía en el período de este último reino. También afirmaba que los dedos de los pies de hierro y de barro "que han de venir", en sus días todavía eran futuros, e interpretaba que la piedra que golpeaba a la estatua era Cristo, "quien viene del cielo y trae el juicio del mundo".

Eusebio Pánfilo (siglo IV) obispo de Cesarea y famoso "padre de la historia eclesiástica", también enumeraba los cuatro imperios generalmente reconocidos, y añadía que "después de esos cuatro se presenta al reino de Dios como una piedra que destruye toda la imagen" mediante la intervención divina. Así también su contemporáneo Afraates, el sabio persa, enseñaba lo mismo: que la piedra destructora de la imagen era el reino de Cristo, todavía futuro y eterno.

Se reconoció la división mientras se estaba efectuando.

Después, mientras Roma estaba en el proceso de dividirse, Sulpicio Severo (siglo V) de Aquitania, se convirtió en el heraldo de un nuevo cumplimiento: que en sus días el barro ya se estaba mezclando con el hierro. "Esto también se ha cumplido", declaraba. Jerónimo (c. 340-420), el ilustre doctor de la iglesia latina, también enseñaba la división progresiva del Imperio Romano en fragmentos, como algo "muy manifiestamente reconocido" en su tiempo, y nombra los primeros invasores bárbaros que dividieron a Roma. Teodoreto (c. 386-457), obispo de Ciro en el siglo V, también afirmaba que la fuerza férrea de Roma ya se había debilitado por la mezcla de barro; y que la piedra eterna (Cristo) estaba destinada a destruir a las naciones en su segundo advenimiento.

San Agustín aplica a la iglesia la piedra que se transforma en una montaña.

Luego aparece San Agustín (354-430), quien erróneamente enseñaba que el profetizado reino eterno de Cristo era el reino de la Iglesia Católica, la cual, según él, se hallaba en un claro proceso de transformarse en una montaña que llenaría el mundo.

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