31 de julio de 2009

Los Milagros



Una cantidad de palabras heb., arm., y gr. se usan en la Biblia para hacer referencia a la actividad del Dios vivo en la naturaleza y en la historia. Se traducen diversamente como “milagros”, “maravillas”, “señales”, “poderosas obras”, “poderes”. Así, por ejemplo, la palabra heb. mofet_, de etimología incierta, se traduce en °vrv2 como “milagro” (Ex. 7.9; Dt. 4.34), “maravilla” (p. ej. Ex. 7.3; Sal. 78.43) y “señal” (p. ej. 1 R. 13.3, 5).

Las palabras empleadas por los traductores preservan en general, si bien no siempre en casos particulares, los tres énfasis distintivos de las palabras originales. Ellas caracterizan la actividad de Dios como:

1. Distintiva, maravillosa; expresada mediante derivados heb. de la raíz pl<, ‘ser diferente’, particularmente el participio nifla ot (p. ej. Ex. 15.11; Jos. 3.5), mediante el arm. temah (Dn. 4.2–3; 6.27), y mediante el gr. teras (p. ej. Hch. 4.30; Ro. 15.19).

2. Portentosa, poderosa; expresada por el heb. gbura (Sal. 106.2; 145.4) y el gr. dynamis (p. ej. Mt. 11.20; 1 Co. 12.10; Gá. 3.5).

3. Significativa; expresada por el heb. ot (p. ej. Nm. 14.11; Neh. 9.10), por el arm. at (Dn. 4.2–3; 6.27), y por el gr. semeion (p. ej. Jn. 2.11; 3.2; Hch. 8.6).

Los milagros y el orden natural

Una buena parte de la confusión en torno al tema de los milagros ha sido ocasionada por no haberse comprendido que las Escrituras no distinguen netamente entre la permanente y soberana providencia de Dios y sus actos particulares. La creencia en los milagros está encuadrada en el contexto de una cosmovisión que considera que la totalidad de la creación depende en forma constante de la actividad sostenedora de Dios y que está sujeta a su voluntad soberana (cf. Col. 1.16–17). Tres aspectos de la actividad divina—maravilla, poder, significatividad—están presentes no sólo en actos especiales sino también en todo el orden creado (Ro. 1.20). Cuando el salmista celebra los portentosos actos de Dios pasa fácilmente de la creación a la liberación de Egipto (Sal. 135.6–12). En Job 5.9–10; 9.9–10 la palabra niflaot se refiere a lo que llamaríamos “acontecimientos naturales” (cf. Is. 8.18; Ez. 12.6).

Así, cuando los escritores bíblicos se refieren a los portentosos actos de Dios no se puede suponer que los distinguen del “curso de la naturaleza por su peculiar causación, ya que piensan en todos los acontecimientos como causados por el poder soberano de Dios. Los actos individuales de Dios realzan el carácter distintivo de su actividad, que es distinta de la de los hombres y superior a ella, y, más particularmente, de la de los dioses falsos; es todopoderosa y reveladora de Dios en la naturaleza y en la historia.

El descubrimiento de, pongamos por caso, conexiones causales entre las diversas plagas de Egipto, la repetición de la detención del Jordán, o el aumento del conocimiento de la medicina psicosomática no podrían en sí mismos contradecir la afirmación bíblica de que la liberación de Egipto, la entrada en Canaán, y las obras de curación de Cristo fueron obras portentosas de Dios. Las “leyes naturales” son descripciones de un universo en el que Dios obra continuamente. Sólo mediante una argucia filosófica inaceptable se las puede presentar como el obrar autosustentante de un sistema cerrado, o los decretos rígidos de un Dios que ha puesto al universo en movimiento como si fuese una máquina.

Algunos filósofos y teólogos han sostenido que la realización de milagros no concoce con la naturaleza y los propósitos de Dios. El es el Alfa y la Omega, conoce el fin desde el principio; es el Creador que hizo todas las cosas, sin impedimento alguno impuesto por una materia preexistente; es el Inmutable. ¿Qué necesidad tendría, entonces, de “entorpecer’ el desenvolvimiento del orden natural?

Esta objeción basada en el carácter de Dios surge porque no se comprende el concepto bíblico de Dios como un ser vivo y personal. Su inmutabilidad no es la de una fuerza impersonal sino la fidelidad de una persona: su acto de creación dio vida a criaturas responsables con las que alterna, no como si fuesen marionetas sino como personas distintas de sí mismo. Los milagros son acontecimientos que revelan en forma dramática esta naturaleza viva, personal de Dios, que está activo en la historia no como mero “destino” sino como un Redentor que salva y guía a su pueblo.

Un conocimiento más completo de los caminos que sigue el obrar de Dios podría demostrar que ciertos acontecimientos supuestamente únicos formaban parte de un esquema regular. Jamás puede, empero, excluir lógicamente lo excepcional y lo extraordinario. Si bien no hay una discontinuidad radical de este tipo entre los milagros y “el orden natural”, como lo han supuesto los que han sentido con más fuerza las dudas modernas en torno a este tema, está claro que las Escrituras hablan de muchos acontecimientos que aparecen como extraordinarios o, incluso, únicos, dada la experiencia general que de la naturaleza tenemos.

Milagros y revelación

Si se acepta que las objeciones a priori a los relatos milagrosos no tienen validez, todavía hay que averiguar qué función precisa tienen estos acontecimientos extraordinarios en la autorrevelación total de Dios en la historia. Los teólogos ortodoxos se han acostumbrado a considerarlos en primer lugar como marcas que autentican a los profetas y apóstoles de Dios, y particularmente a su propio Hijo. Más recientemente se ha afirmado por los críticos liberales que los relatos milagrosos del AT y el NT tienen el mismo carácter que los relatos fantásticos que se cuentan de las deidades paganas y sus profetas. Ninguna de estas dos perspectivas hace justicia a la relación integral entre los relatos milagrosos y la autorrevelación total de Dios. Los milagros no tienen como fin la simple autenticación externa de la revelación sino que forman parte esencial de la misma, de la que el propósito verdadero fue y sigue siendo el de alimentar la fe en la intervención salvífica de Dios en beneficio de los que creen.


Milagros falsos

Jesús se negó sistemáticamente a ofrecer una *señal del cielo, a realizar maravillas inútiles y espectaculares, destinadas simplemente a garantizar su enseñanza. Es evidente que la simple capacidad de obrar maravillas no hubiera proporcionado dicha garantía. Hay frecuentes menciones tanto en las Escrituras como en otras obras de hechos maravillosos realizados por personas que se oponían a los propósitos de Dios (cf. Dt. 13.2–3; Mt. 7.22; 24.24; 2 Ts. 2.9; Ap. 13.13ss; 16.14; 19.20). La negación a realizar maravillas por el solo hecho de hacerlas caracteriza claramente a los relatos de milagros en la Biblia frente a los Wundergeschichten corrientes.

Es de notar que la palabra teras, que de todos los términos bíblicos es el que más se acerca a lo que se entiende con la palabra “portento”, siempre se usa en el NT en combinación con seµmeion a fin de destacar que se trata únicamente de portentos significativos. La única excepción es la cita del AT en Hch. 2.19 (pero cf. Hch. 2.22).

El mero portento o falso milagro se distingue del verdadero por el hecho de que el milagro verdadero es congruente con el resto de la revelación. Armoniza con el conocimiento que el creyente ya posee con respecto a Dios, incluso cuando contribuye a ampliar y profundizar dicho conocimiento. Por lo tanto, Israel debe rechazar a todo obrador de milagros que niega al Señor (Dt. 13.2–3), y, de la misma manera, nosotros podemos discernir correctamente entre los relatos milagrosos de los evangelios canónicos y los cuentos románticos o las estupideces risibles de los escritos apócrifos y de la hagiografía medieval.

Los milagros y la fe

La realización de milagros está orientada a la profundización de la comprensión que el hombre tiene de Dios. Es el modo en que Dios habla dramáticamente a los que tienen oídos para oír. Los relatos milagrosos están íntimamente relacionados con la fe de los que observan o participan (cf. Ex. 14.31; 1 R. 18.39), y con la fe de los que habrán de oírlos o leerlos posteriormente (Jn. 20.30–31). Jesús consideraba que la fe era la respuesta adecuada ante su presencia y sus obras salvíficas; era la fe lo que “hacía salvos”, lo que marcaba !a diferencia entre la mera creación de una impresión y la comunicación salvífica de su revelación de la persona de Dios.

Es importante observar que la fe por parte de los participantes humanos no es condición necesaria para el milagro, en el sentido de que Dios sea incapaz de actuar por sí mismo sin que medie la fe humana. Mr. 6.5 se cita con frecuencia en apoyo de este punto de vista, pero la verdad es que Jesús no pudo hacer obras portentosas en Nazaret, no porque la incredulidad del pueblo limitara su poder—Marcos cuenta que sanó a unos cuantos enfermos allí—, sino más bien porque no podía proseguir con su predicación, ni con las obras que proclamaban su evangelio en acción, en un lugar donde los hombres no estaban dispuestos a recibir las buenas nuevas, como tampoco su propia persona. La realización de maravillas para beneficio de las multitudes o de los escépticos no concordaba con su misión, y es en este sentido que no pudo hacerlas en Nazaret.

Los milagros y la Palabra

Rasgo notable—en algunos casos el rasgo principal—de los milagros es el hecho de que, incluso cuando el carácter del acontecimiento es tal que puede ser asimilado al esquema ordinario de los acontecimientos naturales (p. ej. algunas de las plagas de Egipto), su realización está predicha por Dios o por medio de su agente (cf. Jos. 3.7–13; 1 R. 13.1–5), o se lleva a cabo ante el mandato o la oración del agente (cf. Ex. 4.17; Nm. 20.8; 1 R. 18.37–38); algunas veces se registra tanto la predicción como el mandato (cf. Ex. 14). Este rasgo destaca nuevamente la relación entre los milagros y la revelación, y entre los milagros y la Palabra creadora divina.

Las crisis de la historia sagrada

Otra conexión entre milagros y revelación es la de que se agrupan alrededor de los momentos críticos de la historia sagrada. Los hechos portentosos de Dios que se destacan en forma preeminente son la salvación ante el mar Rojo y la resurrección de Cristo, el primero de ellos como coronación del conflicto con Faraón y los dioses de Egipto (Ex. 12.12; Nm. 33.4), y el segundo como coronación de la obra redentora de Dios en Cristo, y del conflicto con todo el poder del mal. También hubo milagros frecuentes en la época de Elías y Eliseo, cuando Israel parecía estar más propensa a caer en la apostasía total (cf. 1 R. 19.14) ; en la época del sitio de Jerusalén bajo Ezequías (2 R. 20.11); durante el exilio (Dn. pass.); y en los primeros tiempos de la misión cristiana.

Los milagros en el Nuevo Testamento

Algunos análisis liberales de la cuestión de los milagros trazan una distinción neta entre los milagros del NT, particularmente los de nuestro Señor mismo, y los del AT. Tanto críticos más bien radicales como otros más conservadores han señalado que en principio los relatos se sostienen o caen en conjunto.

La afirmación de que los milagros neotestamentarios son más aceptables a la luz de la psicología o la medicina psicosomática modernas no toma en cuenta el carácter de los milagros, como, por ejemplo, el que se manifestó en las bodas de Caná o en el sosegamiento de la tormenta, las curas instantáneas de enfermedades orgánicas y las deformaciones, o la resurrección de muertos. No existe razón a priori para suponer que Jesús no se valió de los recursos de la mente y el espíritu humanos que en la actualidad usan los psicoterapeutas; pero otros relatos nos trasladan a ámbitos donde la psicoterapia no se hace sentir, y donde las afirmaciones de los sanadores espirituales encuentran poco apoyo de parte de observadores médicos autorizados.
Hay, sin embargo, indicaciones que permiten considerar que los milagros de Cristo, y los que se hacían en su nombre, eran diferentes de los del AT. Donde antes Dios hizo obras portentosas con su poder trascendente y las reveló a sus siervos, o se valió de sus siervos como agentes circunstanciales de dichos actos, en Jesús nos vemos frente a Dios mismo encarnado, obrando libremente con autoridad soberana en ese mundo que es “suyo”. Cuando los apóstoles hacían obras parecidas en su nombre actuaban con el poder del Señor resucitado, con el que estaban en íntimo contacto, de modo que el libro de Hechos prolonga la historia de las mismas cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar durante su ministerio terrenal (cf. Hch. 1.1).
Al destacar la presencia y la acción directas de Dios en Cristo no negamos la continuidad de su obra con el curso anterior de las relaciones de Dios con el mundo. De la lista de obras que enumera nuestro Señor al contestar la pregunta del Bautista (Mt. 11.5), las que más se destacan, la curación de leprosos y la resurrección de los muertos, tienen paralelos en el AT, especialmente en el ministerio de Eliseo. Lo que resulta notable es la relación integral entre las obras y las palabras de Jesús. Los ciegos reciben la vista, los cojos andan, los sordos oyen, y esto al tiempo que se predica el evangelio a los pobres, evangelio por el que se otorga a los espiritualmente necesitados visión y oído espirituales, y poder para andar en el camino de Dios.

Además, la frecuencia de los milagros de curación es mucho mayor en la época del NT que en cualquier período del AT. El AT registra sus milagros uno por uno, y no ofrece ninguna indicación de que haya habido otros que no se registran. Los evangelios, y el NT en general, afirman repetidamente que los milagros descritos en detalle no eran sino una fracción de los que ocurrieron.

Las obras de Jesús se distinguen claramente de otras por su modo o manera. Cuando Jesús se ocupa del enfermo y el poseído por demonios hay una nota de autoridad inherente a su persona. Donde los profetas obraban en el nombre de Dios, o después de dirigirse a él en oración, Jesús saca los demonios y sana con el mismo aire de poder legítimamente suyo como cuando le otorga el perdón al pecador; más aun, deliberadamente vinculó ambos tipos de autoridad (Mr. 2.9–11). Al mismo tiempo, Jesús recalcó el hecho de que sus obras las hacía en permanente dependencia del Padre (p. ej. Jn. 5.19). El equilibrio entre autoridad inherente y humilde dependencia es la marca misma de la unidad perfecta entre su deidad y su humanidad.

La enseñanza neotestamentaria sobre el nacimiento virginal, la resurrección y la ascensión, manifiestan la novedad de lo que Dios hizo en Cristo. Nace de una mujer de la genealogía de Abraham y David, pero de una virgen; otros han sido levantados de los muertos, pero sólo para volver a morir; él “vive siempre”, y ha ascendido para estar a la diestra del poder. Más todavía, resulta cierto de la resurrección, y de ningún otro milagro individual, el que en ella hace descansar el NT toda la estructura de la fe (cf. 1 Co. 15.17). Este acontecimiento fue único, en cuanto significó el triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte.

Los milagros de los apóstoles y los otros líderes de la iglesia neotestamentaria surgen de la solidaridad de Cristo con su pueblo. Son obras realizadas en su nombre, como continuación de todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar, en el poder del Espíritu que él envió del Padre. Hay una relación íntima entre estos milagros y la obra de los apóstoles, en cuanto testimonio a la persona y la obra de su Señor; constituyen parte de la proclamación del reino de Dios; no son un fin en sí mismos.

El debate continúa en torno a la cuestión de si esta función del milagro está necesariamente limitada a la era apostólica. Pero por lo menos podemos decir que los milagros neotestamentarios son diferentes de cualquier milagro posterior en virtud de su conexión inmediata con la plena manifestación del Hijo encarnado de Dios, con una revelación que entonces se dio a conocer en plenitud. Por consiguiente, no ofrecen en sí mismos apoyo para suponer que los milagros deben acompañar la subsiguiente diseminación de la revelación de la que eran parte integrante.

Bibliografía

A. Richardson, Las narraciones evangélicas sobre milagros, 1974; X. Léon-Dufour, Los milagros de Jesús según el Nuevo Testamento, 1979; A. Mora, Los milagros del Nuevo Testamento, s/f; J. Jeremías, Las parábolas de Jesús, 1970, pp. 274–276; id., Teología del Nuevo Testamento, 1977, pp. 107–115; K. H. Schelkle, Teología del Nuevo Testamento, 1977, t(t). II, pg. 114–141; W. Mundle, O. Hofius, “Milagro, °DTNT, t(t). III, pp. 85–94.

Es imposible enumerar aquí aun una selección representativa de la muy extensa literatura sobre los diversos aspectos del tema de los milagros. Los siguientes trabajos representan puntos de vista discutidos arriba, y además proveen referencias para estudio adicional: D. S. Cairns, The Faith that Rebels, 1927; A. Richardson, The Miracle Stories of the Gospels, 1941; C. S. Lewis, Miracles, A Preliminary Study, 1947; E. y M.-L. Keller, Miracles in Dispute, 1969; C. F. D. Moule (eds.), Miracles: Cambridge Studies in their Philosophy and History, 1965.

30 de julio de 2009

La bestia que sube del mar



Pr. Ahmed Nahr Wadi
Doctor en Teología

Quienes planean hacerle la guerra a alguien generalmente buscan apoyo adicional, particularmente si el enemigo que enfrentan tiene la reputación de ser poderoso. Eso explica por qué Jesús nos dijo que sin él no podemos hacer nada (Juan 15:5). Las fuerzas del mal son demasiado poderosas para que cualquier ser humano se atreva a confrontarlas con su propia fuerza, sin la ayuda de la verdadera fuente del poder: Jesucristo, quien siempre las ha vencido. Solamente nuestra unión con Cristo nos capacita - por medio del poder del Espíritu- para vencer así como él venció. Todos los creyentes han formado una alianza, un pacto con el Señor. Ellos se han comprometido a depender de él en sus luchas y conflictos con el mal, sabiendo que el Señor los fortalecerá y apoyará durante los momentos más difíciles.

En su guerra contra el remanente, el dragón se da cuenta de que frente a él hay un enemigo temible y que necesita formar una alianza con los poderes religiosos falsos y con las agencias políticas para lograr sus propósitos. Apocalipsis 13 describe esa alianza o coalición. El dragón intenta unir al mundo contra el pueblo remanente de Dios como parte de su último intento por convertirse en el único y exclusivo gobernante de nuestro mundo. Sabiendo que Cristo lo venció en el cielo y en la cruz, y que no ha podido destruir a la mujer, el dragón ahora es más cuidadoso al planear su última batalla contra el remanente.

En lugar de lanzar un ataque masivo de manera inmediata, el dragón "se fue" , es decir, fue a prepararse para hacer guerra contra el remanente (Apoc. 12:17). ¿Adónde fue? Apocalipsis 12: 18 [en algunas versiones], que debiera ser parte del capítulo 13, nos dice que se fue a la orilla del mar para coordinar sus planes con una bestia que sube del mar y otra que surge de la tierra. Juntos formarán una poderosa coalición para pelear contra el remanente. Por ahora nos concentraremos en la bestia del mar (Apoc. 13:1-10).

Estructura del pasaje

Los escritores bíblicos -en su afán de comunicarse eficazmente con su audiencia, organizaban de diversas maneras sus ideas o el mensaje que recibían. Al estudiar cómo estructuró el autor su pasaje bíblico evitamos malinterpretarlo y estamos en condiciones para seguir la corriente de su pensamiento sin grandes dificultades. Apocalipsis 13:1-10 parece estar organizado de la siguiente manera:

Descripción de la bestia 13:1-2a

Experiencia de la bestia 13:2b-4 Recepción del poder 13:2b

Pérdida del poder 13:3a

Restauración del poder 13:3b-4


Obra de la bestia Blasfema 13:5a

Ejerce autoridad 13 :5b

Blasfema 13:6

Ejerce autoridad 13:7


Experiencia futura de la bestia 13:8-10a Restauración del poder 13:8

Pérdida del poder 13:9 - 10b

Exhortación - Descripción de los santos 13:10b


Vamos a seguir este bosquejo en nuestra exposición del pasaje.

Descripción de la bestia

La primera bestia se levanta de lo profundo del mar, símbolo de caos y reino de lo demoníaco y malo que el Señor eliminará en el futuro (Apoc. 2 1: 1). La descripción de la bestia indica que es en realidad la representante del dragón. Al igual que él, tiene diez cuernos y siete cabezas; pero ahora los cuernos tienen diez "diademas" o coronas, un detalle que sugiere que el reino simbolizado por esta bestia es ya un reino dividido. La descripción posterior clarifica nuestra identificación de este poder. Su cuerpo era semejante a un leopardo, los pies eran como los de un oso y la boca como la de un león. Estos detalles llevan al lector a Daniel 7, en donde encontramos los mismos símbolos personificando a reinos diferentes. El león representaba a Babilonia, el oso a Medo-Persia y el leopardo a Grecia. Apocalipsis los menciona invirtiendo su orden; no sólo porque tales reinos pertenecen al pasado, sino también porque Juan quiere que entendamos que la bestia del mar es la misma que la cuarta bestia de Daniel 7: Roma pagana y eclesiástica. El hecho de que los cuernos tienen coronas indica que la obra de la bestia del mar ocurre después de la división del Imperio Romano pagano. Por lo tanto, la bestia del mar simboliza a la Roma eclesiástica.

Experiencia de la bestia (Apoc. 13.2b-4)

Recepción del poder Al salir la bestia del mar, el dragón la comisiona como su representante concediéndole su poder, trono y gran autoridad. Éste es básicamente un ritual de entronización durante el cual el dragón designa a la bestia como su corregente. En cierta forma esto es paralelo a la entronización de Cristo descrita en Apocalipsis 5. De hecho, a través del libro de Apocalipsis Juan describe a Satanás y a la bestia tratando de imitar a Dios y a Cristo. Los paralelos son impresionantes:


Lo divino contrastado con lo demoníaco en el libro de Apocalipsis

DIOS
DRAGÓN / SATANÁS


1. Santa Trinidad: el Padre, Cristo y el Espíritu Santo (Apoc. 1:4, 5)
1. Falsa trinidad: el dragón, la bestia y el falso profeta (Apoc. 12:13; 16:13,19)

2. Dios se sienta sobre un trono (Apoc. 4:9)
2. Satanás tiene un trono (Apoc. 2:13)

3. Dios es adorado por los habitantes del universo (Apoc. 4: 10; 5:13)
3. Satanás es adorado por los habitantes de la tierra (Apoc. 13:4)

4. La ciudad de Dios es la Jerusalén celestial (Apoc. 21:2, 10)
4. La ciudad de Satanás es Babilonia (Apoc. 14:8; 18:10)

5. Dios sella a su pueblo (Apoc. 7:4)
5. Satanás pone una marca sobre sus seguidores (Apoc. 13: 16)

6. El pueblo de Dios está representa do por una mujer pura (Apoc, 12: 1)
6. Los seguidores de Satanás están representados por una ramera (Apoc. 17:2)

7. Dios se llena de ira contra sus enemigos (Apoc. 11: 18; 19:15)
7. Satanás se llena de ira contra la iglesia (Apoc. 12:12)

8. Dios tiene tres mensajeros angélicos (Apoc. 14:6-11)
8. Satanás tiene tres mensajeros demoníacos (Apoc. 16:13, 14)

9. Dios le da autoridad a Cristo (Apoc. 2:27)
9. Satanás le da autoridad a la bestia (Apoc. 13A).

También encontramos algunos paralelos entre Cristo el Cordero, y la bestia del mar.

Lo divino y lo demoníaco
EL CORDERO DE DIOS
LA BESTIA DEL MAR


1. Cristo recibe autoridad del Padre (Apoc. 2:27)
1. La bestia recibe autoridad del dragón (Apoc. 13:2,4)

2. Cristo se sienta en el trono con el Padre (Apoc. 3:21)
2. El dragón le da su trono a la bestia (Apoc. 13:2,4; 16:10)

3. Cristo es a orado por el universo (Apoc. 5:13, 14)
3. La bestia es adorada por los habitantes de la tierra (Apoe. 13:4, 12)

Como podemos ver, el libro de Apocalipsis usa casi los mismos términos e imágenes para describir tanto la actividad de Dios como la de Satanás; la de Cristo, como la de la bestia que surge del mar. Por medio de este recurso literario Apocalipsis procura revelar la verdadera naturaleza del engaño satánico: Satanás quiere ocupar el lugar de Dios en nuestro planeta, y planea lograr su objetivo mediante la falsificación de lo divino. Con ese fin le dio poder a la bestia.

Pérdida del poder. Sin embargo, una herida mortal amenazó seriamente el poder de la bestia (Apoc. 13:3a), evento que ocurrió al Final de los 1260 días en 1798, durante la Revolución Francesa, cuando el general Alexander Berthler tomó prisionero a Pío VI y el prelado murió en prisión. En ese tiempo "muchos pensaron que la destrucción de la Santa Sede por fin se había logrado, y la posición del papado ciertamente había alcanzado su nadir bajo él".[2] El arresto y muerte de Pío VI "marcó un punto bajo en la fortuna papal al cual no se había llegado por siglos y dio origen a la profecía de que la sucesión apostólica había llegado a su fin con el fallecimiento de 'Pío el último'",[3] gobierno francés esperaba destruir al gobierno pontificio después de la muerte del papa al no permitir la elección de otro papa. El heridor esperaba acabar con el sistema.

Restauración del poder La profecía declaraba que la herida sería sanada de modo que lo que parecía imposible iba a ocurrir. De hecho, el proceso de restauración comenzó durante la Revolución Francesa misma con la elección de un nuevo papa, Barnabas Chiaromonti, llamado Pío VII quien entró en diálogo con el gobierno francés. Como resultado, un concordato emitido en 1801 estableció legalmente la religión católica romana en Francia. Desde entonces la restauración de la influencia y el poder de la iglesia ha sido constante, pero alcanzará su clímax en el futuro cercano cuando la humanidad adore al dragón y a la bestia. Este poder político y religioso será tan poderoso que nadie se atreverá a enfrentarlo. ¡Excepto el Cordero!

Obra de la bestia (Apoc. 13:5-7)

Los siguientes versículos describen cómo la bestia usó el poder que recibió del dragón. Un resumen de su obra aparece en Apocalipsis 13:5, y los dos versículos siguientes la desarrollan más ampliamente. La bestia abrió su boca y habló palabras insolentes v blasfemas, pero Juan no nos dice aún lo que ella dijo. La bestia también tenía autoridad, dada por el dragón, y la ejerció por 42 meses. Apocalipsis describe la obra de la bestia aquí en términos del cuerno pequeño de Daniel 7, donde nos dice que hablaba palabras contra Dios y ejercía autoridad por 1260 años (Dan. 7:25). El período de 42 meses es el mismo que el de los 1260 años. Para propósitos simbólicos, el escritor bíblico consideró a cada mes como de 30 días, que al ser multiplicados por 42 dan un total de 1260 días. El mismo período profético mencionado en Apocalipsis 12:6, 14, sugiere que Apocalipsis 13:1-10 es un desarrollo de Apocalipsis 12:6, 13:16.

Luego el texto regresa al tema de la blasfemia a Fin de expandirlo un poco más (Apoc. 13:6). La Biblia usa con frecuencia la frase "abrir la boca" para introducir un discurso solemne y resuelto como, por ejemplo, cuando Jesús abrió su boca para predicar el Sermón del Monte (Mat. 5:2) o como la introducción a un sermón (Hech. 10:34). "El uso de esta frase en Apoc. 13:6 sugiere que la bestia está hablando en una manera oficial y formal".[4]

En la Biblia "blasfemar" designa un tipo de expresión que desprecia a otra persona o cosa y que revela arrogancia humana. La bestia blasfema contra Dios, robándole su gloria y honor a fin de construir su propia gloria y honor. En el Nuevo Testamento blasfemar contra Dios es atribuirse uno mismo prerrogativas divinas; por ejemplo, la capacidad de perdonar pecados (Mar. 2:7). La bestia también blasfema el nombre de Dios al dañar su reputación. La conducta de quienes pretenden ser siervos de Dios podría dañar la reputación de él si no demuestra obediencia por amor a la voluntad expresada de Dios (e.g., 1 Tim. 6: 1). Los actos de apostasía también son blasfemias contra Dios (Hech. 26:11). Pero obviamente la blasfemia más seria contra Dios y su nombre es aceptar la adoración que sólo él merece (Apoc. 13:8).

La bestia blasfema contra el tabernáculo de Dios. Cristo ministra en nuestro favor en el santuario celestial, aplicando a nuestras vidas los beneficios de su muerte expiatoria. Blasfemar contra esto es disminuir su singularidad e importancia dentro del plan de salvación. Eso es precisamente lo que hace el cuerno pequeño en Daniel 8:9-12 al echar por tierra el santuario y quitar el continuo del Príncipe de los ejércitos. Cuando negamos la realidad del santuario celestial y lo sustituimos por una iglesia y un sistema humano de sacerdotes, disminuimos y dañamos la importancia del tabernáculo de Dios.

La conexión entre la frase "blasfemar... de los que moran en el cielo" y la anterior ("blasfemar.. de su tabernáculo") no es clara en el griego, como quisiéramos que fuera. Note las diferentes formas en que los traductores han puesto este pasaje: "maldecir.. su morada y a los que viven en el cielo" (Nueva Versión Internacional); "blasfemando... su morada, es decir, a quienes habitan el cielo" (Revised Standard Version). La segunda traducción iguala el tabernáculo de Dios con los que moran en el cielo, mientras que la primera los considera como objetos separados contra los cuales blasfema la bestia. La interpretación que ve aquí dos asuntos diferentes es apoyada por Apocalipsis 12:12 en donde los cielos y quienes habitan en ellos son invitados a regocijarse por la victoria de Cristo sobre el dragón. Además, Juan nos dice varias veces que vio el santuario celestial donde los seres celestiales adoran a Dios (Apoc. 4:5; 11:19; 14:17).

¿Quiénes son los moradores del cielo? Quizá podemos responder con la pregunta: ¿Quiénes son los moradores de la tierra? En el libro de Apocalipsis los moradores de la tierra son quienes adoran al dragón y a la bestia, es decir, los que no tienen sus nombres escritos en el libro del Cordero (Apoc. 13:8; 17:8). Como enemigos de Dios y de su pueblo (Apoc. 6: 10) matan a los dos testigos de Dios (Apoc. 11:10). Los siervos de Dios no son parte de los habitantes de la tierra; ellos ya pertenecen al reino de Dios y son hablando espiritualmente moradores del cielo. Blasfemar contra ellos significa que se convierten en el objeto de persecución de la bestia, como lo indica el siguiente versículo (cf. Hech. 13:45; 18:6).

El concepto de autoridad que Apocalipsis 13:5 introduce es desarrollado un poco más en el versículo 7. La bestia se convierte en un poder perseguidor que se opone a Dios y a sus siervos, repitiendo de esta manera lo que encontramos en Daniel 7:25. La bestia es un poder religioso y político que lanza un ataque contra el pueblo de Dios e intenta tener hegemonía universal.


Experiencia futura de la bestia (Apoc. –13:8-10a)

Restauración del poder . Si usted observa cuidadosamente su Biblia [si es una de las versiones más modernas como la Nueva Reina Valera 2000, Nueva Versión Internacional, Dios habla hoy, y otras] notará que mientras que los verbos en los versículos anteriores hablan de algo en el pasado, en Apocalipsis 13:8 los verbos miran hacia el futuro, sugiriendo que los eventos narrados todavía no han ocurrido.[5] Este pasaje describe la restauración futura de la bestia, lo cual ocurrirá después de ser sanada (vers. 4). El lenguaje usado sugiere que los eventos todavía se hallan en el futuro: "Y la adorarán todos los habitantes de la tierra" (NRV-2000). Esto se refiere al tiempo cuando toda la raza humana se habrá polarizado en dos grupos: los que siguen al Cordero de Dios y los que siguen al dragón. Los habitantes de la tierra son quienes apoyan el programa global del dragón, descrito más detalladamente en los siguientes capítulos.

La adoración juega un papel central en la guerra entre el bien y el mal. Tal como lo hemos sugerido, Satanás y sus aliados quieren ocupar el lugar de Dios en nuestro planeta y convertirse en los objetos exclusivos de adoración. Apocalipsis 13:8 indica que sólo lograrán esa meta en forma limitada. Quienes se les unen son sólo aquellos cuyos nombres no aparecen en el libro de la vida del Cordero. El libro de la vida contiene los nombres de los ciudadanos del reino de Dios, quienes tienen el derecho de entrar en la nueva Jerusalén (Apoc. 21:27). Ese privilegio les pertenece gracias al Cordero "inmolado desde el principio del mundo". La sangre del Cordero sola es la que hace posible que seamos ciudadanos de la ciudad celestial y que venzamos al dragón y sus aliados.

Pérdida del poder. La profecía apocalíptica anuncia el momento cuando la bestia perderá permanentemente su poder. El libro de Apocalipsis con frecuencia usa la frase "si alguno tiene oído, oiga", para introducir una exhortación importante (Apoc. 2:11, 17; 3:6). Algunas evidencias sugieren que Apocalipsis 13:10 describe la experiencia de los creyentes. En tal caso, estaría diciendo que algunos de ellos irán a la cautividad y otros serán muertos, pero que todos deberían permanecer fieles al Señor (cf. Jer. 15:2). Pero también podría estar describiendo el destino Final de los que persiguieron y mataron a los siervos de Dios (Mat. 26:52). Éste será el tiempo cuando el Señor vindicará a su pueblo, vengando su sangre según se lo pidieron previamente (Apoc. 6: 10). Es reconfortante saber que el mal no durará eternamente, sino que es el plan de Dios exterminarlo para siempre del universo. Mientras tanto, sus siervos deben permanecer Fieles a él.


Exhortación - descripción de los santos

La exhortación final describe a quienes resistirán la persecución y la opresión de la bestia y del dragón en el fin. Los victoriosos son "los santos", otro nombre del remanente mencionado en Apocalipsis 12:17. Son santos porque se identificaron con el Santo (Apoc. 16:5) y por lo tanto le pertenecen. Y son santos porque están totalmente consagrados al Señor y lo manifiestan a través de una vida de oración. La obra sacerdotal de Cristo hace sus oraciones aceptables ante Dios (Apoc. 5:8; 8:3, 4). Los santos son el objeto de¡ ataque enemigo (Apoc. 13:7) y algunos de ellos morirán como mártires (Apoc. 16:6; 17:6; 18:24), pero no traicionarán a su Salvador (Apoc. 14:12). Como justos (Apoc. 19:8), anhelan la recompensa que recibirán de Dios (Apoc. 11:18). En el juicio Final se regocijarán con el resto del universo proclamando la justicia de Dios al tratar con el mal (Apoc. 18:20). Su destino final es la nueva Jerusalén, donde residirán por siempre (Apoc. 20:9).

Apocalipsis exhorta a los santos a ser pacientes y fieles, dos características fundamentales de la vida cristiana. Paciencia significa perseverar con fe, rehusándose a ceder o rendirse aun bajo las circunstancias más angustiosas. Pero también expresa la idea de mirar hacia el momento de la liberación. La esperanza precede a la paciencia pero la paciencia, hace posible que resistamos. Fidelidad implica un objeto particular de devoción y compromiso, un nivel profundo de lealtad basado en una respuesta de gratitud a Dios por los muchos beneficios que ha derramado sobre nosotros. El objetivo M compromiso es Dios y el Cordero a quienes los santos nunca traicionarán. El lazo de unión entre ellos y su Salvador es tan fuerte que nada será capaz de apartarlos. Seguros al estar en las manos de Dios, ellos saben que nada puede arrebatarlos de su asimiento (Juan 10:28). Los victoriosos en el conflicto Final tienen una conexión personal con su Salvador, y a través del poder del Espíritu no permitirán que nadie los arranque de él.
Sin embargo, el conflicto todavía no ha terminado; aún hay más.

[1] Asociación Publicadora Interamericana. Miami, 2002.

[2] J. N. D. Kelly, The Oxford Dictionary of Popes (Oxford: Oxford University Press, 1986), pág. 302.

[3] J. E Broderick, "Papacy", New Catholic Encyclopedia, vol. 10, pág. 965.

[4] David E. Aune, Revelation 6-16 (Nashville: Thomas Nelson, 1998), pág. 744.

[5] Id., pág. 746.

La bestia que sube de la tierra



El mapa político ha cambiado radicalmente desde la Edad Media. Después de la guerra fría la libertad y la democracia se están convirtiendo en el fundamento de más y más sistemas políticos alrededor del mundo. A Fin de que la unión de la iglesia y el estado que predice la profecía tenga lugar a escala global, se requiere de una serie de eventos extraordinarios que precipiten dicho cambio. Pero la profecía indica que la transformación ciertamente ocurrirá y que la segunda bestia que surge de la tierra (Apoc. 13:11-18), jugará un papel importante en la producción de un cambio radical en el pensamiento de las naciones, el cual conducirá a la confrontación Final entre Dios y las fuerzas del mal. Por lo tanto, es de suma importancia para el pueblo de Dios de hoy tener una clara comprensión de esta profecía apocalíptica a fin de evitar el engaño y desenmascarar el plan del enemigo de Dios. Es posible que no seamos capaces de entender cada detalle de dicha profecía, pero muchos d e sus elementos son suficientemente claros como para que anticipemos lo que ocurrirá.


Origen y aparición de la segunda bestia (Apoc. 13.11)
El origen de esta bestia no tiene paralelo en ninguna de las profecías apocalípticas previas, en las cuales la mayoría de las bestias surgen del mar. El verbo anabáino, traducido como "salir", significa entre otras cosas "subir, ascender, crecer". El contexto determina el matiz particular expresado por él. En Apocalipsis 13:11 el verbo está seguido por la preposición ek ("de, desde"), traducida al español como "de". Ésta señala el lugar de donde surge la bestia: la tierra. Generalmente son las plantas las que surgen de la tierra, y la Biblia usa el verbo para describir a una planta en crecimiento (Mar. 4:7, 8, 32; Mat. 13:7). También describe a un pez sacado del agua, o sea, pescado (Mat. 17:27). Apocalipsis nos confronta con una bestia (Gr., theríon) que surge o crece como una planta de la tierra: una imagen extraña. ¿Existe algún antecedente bíblico de este fenómeno extraordinario? Sí.

En Génesis 1 la historia de la creación de nuestro planeta el Señor ordenó y las aves volaron por los aires y las aguas produjeron peces. Pero con respecto al ganado y los animales salvajes, él dijo: "Produzca [yatsa’] la tierra seres vivientes..." (Gén. 1:24). El verbo yatza', "producir", tiene diferentes usos en el Antiguo Testamento, pero a veces se refiere al crecimiento de una planta, el producto que sale de la tierra (e.g., Isa. 11: 1; Deut. 14:22). Obviamente, la idea en Génesis 1:24 no es que los animales son un tipo de planta, sino que Dios ordenó que la creación de los animales saliera de la tierra. El término hebreo traducido seres vivientes" o "animales" en Génesis 1:24 es equivalente al griego theríon usado en Apocalipsis 13:11.

Así que ciertamente tenernos un paralelo bíblico de la imagen simbólica de la bestia que sale de la tierra. Pero, ¿qué significa esto? De acuerdo con Génesis, traer a la existencia una bestia del suelo o la tierra es un acto divino de creación, una manifestación del poder divino. Siendo que éste es el único paralelo de Apocalipsis 13:11, concluimos que la segunda bestia surge como resultado de un acto divino de creación y que Dios estuvo involucrado en su origen. No surgió espontáneamente de las fuerzas del caos: el mar. Dos piezas más de información confirman esta postura.

En primer lugar, la bestia que surge de la tierra tiene dos cuernos similares a los de un cordero. En Apocalipsis el símbolo de un cordero siempre designa el instrumento redentor de salvación de Dios: Cristo. Al conectar un elemento del símbolo del cordero con esta bestia, Juan nos dice que la criatura tiene cierta asociación con Dios al salir de la tierra y que no era necesariamente una enemiga de Dios. únicamente después, cuando es capaz de hablar, se convierte en un agente del dragón, que habla como él. En segundo lugar, el resto del libro (i.e. Apocalipsis llama a la segunda bestia "falso profeta" (Apoc. 16:13; 19:20; 20:10). En el Nuevo Testamento ese título generalmente designa a individuos dentro de la comunidad de creyentes que se convierten en agentes de engaño al proclamar profecías falsas. En un sentido, podríamos comparar a la segunda bestia, o falso profeta, con Balaam, quien originalmente parecía ser un verdadero profeta de Dios, o al menos usado por el Señor, pero que apostató y se convirtió en un agente de engaño (Núm. 22-24; Jos. 24:9-10; Apoc. 2:14). Ésa parece ser la experiencia de la bestia que surgió de la tierra.

Relación con la primera bestia (Apoc. 13.12)
La autoridad de la segunda bestia se deriva de la primera y, en última instancia, del dragón. La conexión es con la autoridad de la primera bestia, porque de esa manera somos capaces de entender la naturaleza de la autoridad de la bestia de la tierra. Es el mismo tipo de autoridad que el de la bestia del mar. Como ya hemos notado, la autoridad de la bestia del mar consistía en oponerse a Dios y en perseguir a su pueblo. El poder representado por la segunda bestia hará lo mismo, pero lo hará "en favor de" la primera. Una traducción literal de la frase "en favor de" sería "ante/en presencia de", que significa "por su autoridad", sugiriendo que la segunda bestia actúa como representante de la primera; o aún mejor, "comisionada por la bestia".[2] El falso profeta está al servicio de la bestia que sube del mar.

La tarea más importante de la bestia que surge de la tierra es lograr la sanidad completa de la primera bestia. Ya vimos que la bestia herida será totalmente sanada al convertirse en un objeto de adoración mundial. Apocalipsis nos dice que el falso profeta será un instrumento para lograr ese fin. "Y hace que la tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia, cuya herida mortal fue sanada" (Apoc. 13:12). El resto del capítulo 13 explicará el proceso a través del cual el falso profeta conduce a la gente a adorar a la bestia.


Se identifica a la segunda bestia
Estamos listos para identificar a la segunda bestia -el falso profeta-, mencionada en Apocalipsis 13:11. La primera cosa que debiéramos notar es que el falso profeta adquiere poder en algún momento después de la herida de la primera bestia, pero antes de su sanidad total. Basamos esta conclusión en el hecho de que la bestia de la tierra ayuda a sanar a la primera bestia. Esto también nos indica que hay un tiempo durante el cual ambas bestias coexisten y trabajan juntas hacia una meta común. Siendo que la primera bestia recibió su herida mortal en 1798, la bestia de la tierra adquiere poder alrededor de ese año.

En segundo lugar, también hemos indicado que la segunda bestia es, al menos inicialmente, un instrumento divino o una agencia para promover ideales compatibles con los principios bíblicos. Esto sugiere que por un tiempo la bestia de la tierra no se opone al pueblo, de Dios, o al menos no tiene el deseo de perseguirlo. Por lo tanto, podemos concluir que la segunda bestia representa a un poder que reconoce la libertad religiosa.

La bestia de la tierra representa a un poder que adquirió fuerza alrededor del año 1798, que al principio era manso como un cordero y que promovió la libertad religiosa. La única posibilidad histórica es los Estados Unidos de Norteamérica como nación protestante. Esa tierra se convirtió en un refugio para los protestantes que querían vivir en un ambiente donde pudieran estar a salvo de la persecución por causa de sus creencias religiosas. Al parecer el Señor tenía algunos planes específicos para la América protestante. Elena de White escribió: "Estados Unidos es un país que ha estado bajo el escudo especial del Omnipotente".[3] A él llegaron exiliados cristianos buscando "asilo contra la opresión real y la intolerancia sacerdotal" y "resolvieron establecer un gobierno sobre el amplio fundamento de la libertad civil y religiosa".[4] Ella añade: "El Señor ha favorecido a los Estados Unidos más que a cualquier otra nación... En esa nación el cristianismo ha prosperado conservando su pureza... Era propósito divino que en esta nación siempre hubiera libertad para que las gentes pudieran adorarlo de acuerdo con los imperativos de su conciencia. Era su intención que las instituciones civiles manifestaran en su expansión y desarrollo la libertad que otorgan los atributos del evangelio... Pero el enemigo de toda justicia ha trazado sus proyectos con respecto a los planes que Dios tiene para esta nación. Introducirá actividades que harán que los hombres se olviden de la existencia de Dios".[5] La bestia de la tierra hablará finalmente como dragón: "La profecía representa al protestantismo con cuernos semejantes a los de un cordero, pero que habla como dragón".[6]


Un mundo engañado (Apoc. 13:13-15)
Apocalipsis 13:11 nos dice que la bestia que surge de la tierra hablará como dragón, y el versículo 12 aclara que ello significa que hará que "1a tierra y los moradores de ella adoren a la primera bestia". La pregunta obvia es: ¿cómo ocurrirá tal cosa? La respuesta aparece en Apocalipsis 13:13-17, que describe el plan mundial de la segunda bestia, el falso profeta. El falso profeta usará el engaño y la persecución o coerción para lograr su propósito. Engañará al mundo entero excepto al remanente, que todavía tiene que sufrir persecución.

Engaño (Apoc. 13:13, 14). Aquí el carácter de la segunda bestia como falso profeta surge a la superficie con todo su poder engañador. A través del fenómeno del espiritismo, el protestantismo apóstata se convertirá en una influencia engañosa. Los milagros se producen para validar las pretensiones del falso profeta de ser un agente divino. El falso profeta incluso "hace descender fuego del cielo".

El libro de Apocalipsis en algunos casos asocia el fuego con la Deidad. Por ejemplo, Juan vio "siete lámparas de fuego", identificadas como un símbolo del Espíritu (Apoc. 4:5). De hecho, el Espíritu descendió sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego (Hech. 2:3). Juan también vincula el fuego con Cristo, cuyos ojos eran "como llama de fuego" Apoc. 1: 14), y sus "pies como columnas de fuego" (Apoc. 10: 1).

La Biblia considera frecuentemente el fuego como un símbolo divino. Nosotros nos referimos al fuego como un motivo teofánico; es decir, cuando Dios se manifestaba a los humanos, el fuego lo acompañaba. La aparición (teofanía) más importante de Dios en el Antiguo Testamento a los humanos ocurrió en el Sinaí: "Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego" (Éxo. 19:18). Pero posiblemente el mejor paralelo de la obra del falso profeta es el incidente de Elías y los profetas de Baal. El profeta confrontó al pueblo con la necesidad de escoger entre Dios y Baal como el verdadero objeto de adoración. A fin de ayudarlos a decidir, iba a ocurrir un milagro: el verdadero Dios haría descender fuego del cielo (1 Rey. 18:20-39). Pero Baal no pudo hacer tal milagro. Sólo el Señor se manifestó como el verdadero Dios a través del fuego que cayó del cielo. El libro de Apocalipsis dice que llegará el tiempo cuando los poderes del mal serán capaces de imitar a Dios, haciendo descender fuego del cielo, invirtiendo así la alusión al monte Carmelo.

Apocalipsis 13:13 describe un intento de los poderes malignos de falsificar la presencia de Dios. A través de actividades milagrosas buscan persuadir a la humanidad de que representan al Dios verdadero. Como resultado de esa falsa teofanía, muchos adorarán al dragón y a la bestia (Apoc. 13:4, 12). Pero muy pronto ocurrirá la más grande y maravillosa teofanía: la "manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:13). La Escritura asocia ese evento con el fuego porque quien regresa es nuestro Dios y Salvador. El mejor ejemplo aparece en 2 Tesalonicenses 1:7, 8: "Cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego [énfasis añadido]". ¡El verdadero fuego que viene del cielo simboliza la presencia de Cristo en la segunda venida!

Cuando Apocalipsis 13:13 declara que el falso profeta hará descender fuego del cielo se está refiriendo a un intento por parte de Satanás para imitar la segunda venida de Cristo a ¡in de engañar al mundo. "Y no es maravilla, escribió Pablo, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz" (2 Cor. 11: 14). El diablo tratará de probar, más allá de cualquier duda razonable, que él es digno de adoración al pretender ser el Mesías. Ya hemos visto que Jesús nos alertó contra tal manifestación falsa de pretensiones mesiánicas.

Elena G. de White describió ese evento en un lenguaje vívido: "El acto capital que coronará el gran drama del engaño será que el mismo Satanás se dará por el Cristo... El gran engañador simulará que Cristo habrá venido... La gloria que le rodee superará cuanto hayan visto los ojos de los mortales. El grito de triunfo repercutirá por los aires: '¡Cristo ha venido! ¡Cristo ha venido!' El pueblo se postrará en adoración ante él."[7] Ella añade: "Se nos ordenará rendir culto a ese ser a quien el mundo glorificará como a Cristo. ¿Qué haremos? Debemos decirles que Cristo nos ha puesto en guardia precisamente contra semejante adversario, que es el peor enemigo del hombre aunque afirme ser Dios".[8] No hay razón para temerle porque él es un enemigo vencido, y el Señor nos fortalecerá para enfrentarlo.

Persecución (Apoc. 13:14b-15). Para engañar a la humanidad, los poderes malignos harán muchos milagros, incluyendo la imitación de la segunda venida de Cristo. Pero a fin de conseguir el apoyo del mundo para perseguir al remanente y matarlo, las fuerzas del mal le harán una imagen a la bestia y exigirán que todos la adoren. Éste es el tiempo cuando la raza humana se polarizará, revelando claramente quiénes siguen al Cordero.

La creación de tal imagen con la intención de adorarla viola el segundo mandamiento. Los israelitas en Babilonia enfrentaron el mismo desafío pero no temieron ser identificados como guardadores de los mandamientos de Dios y por lo tanto rehusaron adorar la imagen de Nabucodonosor (Dan. 3). Posiblemente el modelo de esa imagen provino del propio sueño del rey (Dan. 2).

La bestia de la tierra es capaz de engañar a sus habitantes y luego usar su influencia para ordenarles que le "hagan imagen a la bestia", la cual es también una "imagen de la bestia" (Apoc. 14:15). Es una imagen "a" la bestia ya que será puesta al servicio de la primera bestia para lograr su propósito, y es una imagen "de" la bestia ya que imita sus acciones; actúa como la bestia.

Una imagen es una copia de algo a lo cual representa en cualquier lugar donde el original no puede manifestarse. La bestia unió los poderes civil y religioso, se opuso al verdadero Dios y emprendió la guerra contra él y su pueblo. En consecuencia, la imagen de la bestia reproduce en una escala incluso mayor el espíritu y carácter de la bestia que sube del mar. Es en este punto donde la sanidad de la primera bestia será una realidad y todos aquellos que se dejen engañar por los milagros efectuados por el falso profeta adorarán al dragón y a la bestia (vers. 4, 8).

Apocalipsis ilustra cómo la bestia y el dragón ponen sus planes en acción por medio del simbolismo de infundir aliento a la imagen (vers. 15). La bestia de la tierra, la América protestante, iniciará un proceso que proveerá apoyo mundial al programa de la bestia. El simbolismo se deriva de Génesis 2:7 en donde Dios sopló el aliento de vida en Adán, su imagen quien lo representaría en el planeta. El acto de infundir aliento describe el poder divino de crear vida. Al darle vida a la imagen de la bestia las fuerzas del mal hacen una afirmación teológica de que tienen poder sobre la vida y la muerte para determinar quién debe morir o vivir. Cualquier negativa en apoyar la agenda de la bestia resultará en muerte. Esto es salvación mediante la obediencia a las demandas de los poderes malignos.

Apocalipsis 17:12-14 describe el mismo evento. Los líderes políticos del mundo, representados por los 10 reyes, "tienen un mismo propósito, y entregarán su poder y su autoridad a la bestia. Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá". Será la última fase del ataque contra el remanente mencionado primero en Apocalipsis 12:17. La profecía predice un tiempo cuando la América protestante se unirá con la Roma eclesiástica en un esfuerzo mundial para promover el programa del dragón y de la bestia en oposición al mensaje del Cordero.


Marca de lealtad (Apoc. 13:16-18)
La bestia de la tierra controlará totalmente el comercio por medio de su poder para excluir personas de participar en la economía mundial. La lealtad a la bestia y al dragón será un prerrequisito para la estabilidad financiera y el intercambio comercial. El destino de todos dependerá de su devoción a la bestia del mar, una lealtad evidenciada mediante la posesión de una marca equivalente al nombre de la bestia o al número de su nombre. Estamos tratando con la misma naturaleza de la bestia: su carácter, lo que representa. La marca es una característica exterior que expresa el espíritu de ese poder, con lo cual hace posible que otros identifiquen a quienes lo apoyan. El resultado de la marca tiene que ser visible de alguna manera, de otro modo no podría funcionar como una indicación de lealtad.

El espíritu de rebelión y oposición a Dios del dragón se ha manifestado de manera particular en su ataque contra la ley de Dios, un punto que es bastante claro en Daniel 7:25. El pasaje profetiza el intento de cambiar la ley de Dios, y la historia nos dice que esto ocurrió en el cambio de la observancia de¡ sábado por la observancia del domingo. En el libro de Apocalipsis, como ya lo hemos indicado, la ley de Dios juega un papel significativo. Juan describe al pueblo de Dios como quienes guardan sus mandamientos. Así que lo que realmente distingue a los seguidores de Cristo de los del dragón es la obediencia a la ley divina, incluyendo el cuarto mandamiento. Bien podría ser que el asunto crítico al final del conflicto no sólo sea admitir que Cristo es nuestro Salvador sino también demostrar que él es nuestro Señor siendo fieles a él y a su ley. Siendo que Satanás intentará hacerse pasar por Cristo, se esperaría que todos lo reconocieran como Salvador. Quienes sigan al verdadero Cristo se darán a conocer mediante la obediencia a su ley y no a las reglas impuestas sobre la humanidad por el dragón y sus asociados. El asunto de la observancia del domingo será de importancia crucial para identificar a quienes no se sometan al Señor. Sin embargo, la observancia del domingo no es todavía la marca de la bestia. Lo será tan sólo cuando sea impuesta mediante la ley, bajo la amenaza de persecución y muerte.

Juan dice que el número de la bestia es el 666. Éste es uno de esos casos en los que los intérpretes debieran ser muy cuidadosos y evitar la especulación tanto como sea posible. Los adventistas han seguido tradicionalmente a otros intérpretes protestantes al encontrar ese número en la suma de las letras del título papal VICARIVS FILII DEI ("Vicario del Hijo de Dios"). El escritor protestante alemán Andreas Helwig parece haber sugerido esto originalmente alrededor del año 1611 d. C.[9] Urías Smith aceptó esa interpretación y la difundió entre los adventistas por medio de su libro sobre Apocalipsis. De manera interesante, Elena de White, quien escribió extensamente sobre los eventos finales, nunca usó ese título papal para explicar el número 666.[10]

Al evaluar tal interpretación del número simbólico 666 debemos mantener en mente que no es cierto que "Vicario del Hijo de Dios" fue siempre un título oficial del papa. Segundo, si el número está de algún modo relacionado con el valor numérico de las letras del nombre, nos enfrentamos al problema de determinar qué lenguaje usar. El texto bíblico no especifica algún lenguaje particular; por lo tanto, cualquiera que elijamos será un asunto de opinión personal. Finalmente, la frase griega traducida "es número de hombre", también podría traducirse "es el número de la humanidad". En tal caso, no se está refiriendo a una persona en particular sino a una característica de la humanidad separada de Dios, Siendo que Dios creó a los seres humanos durante el sexto día, podría ser un símbolo de la humanidad, pero de una humanidad que todavía no ha descansado con Dios y sin el gozo de una relación armoniosa con él durante el séptimo día.[11]10 El número revela la naturaleza rebelde de los enemigos de Dios y de su remanente. Esa parece ser la mejor interpretación disponible.

[2] H. Kraemer, "Enopion (in the presence of) before", Horst Balz y Gerhard Schneider, eds., Exegetical Dictionary of the OT (Grand Rapids: Eerdmans, 1990), torno 1, pág. 462.

[3] Comentarios de Elena G. de White en el Comentario bíblico adventista (Bolse, Id.,: Publicaciones Interamericanas, 1990), tomo 7, pág. 986.

[4] El conflicto de los siglos, pág. 494.

[5] ¡Maranata: el Señor viene!, pág. 191.

[6] Comentarios de Elena G. de White en el Comentario bíblico adventista, tomo 7, pág. 986.

[7] El conflicto de los siglos, pág. 682.

[8] ¡Maranata: el Señor viene!, pág. 204,

[9] LeRoy E. Froom, Prophetic Faith of Our Fathers (Washington, D. C.: Review and Herald Pub. Assn., 1984), tomo 2, págs. 605-608.

[10] Véase "Number oí the Beast" en The Seventh-day Adventist Encyelopedia (Wáshington, D. C.: Review and Herald Pub. Assn., 1976), págs. 1008- 1011.

[11] Véase Beatrice S. Neall, The Concept of Character in the Apocalypse (Washington, D. C.: Universitv Press of America, 1983), pág. 154, donde ella describe: “Seiscientos sesenta y seis, sin embargo, representa la negativa del hombre de avanzar al siete, de dar gloria a Dios como Creador y Redentor. Representa la fijación del hombre consigo mismo, buscando la gloria en sí mismo y en sus propios poderes creativos sin Dios.

29 de julio de 2009

Empresas Del Vaticano



Aqui esta una lista, vigente en 2009, de las empresas las cuales el vaticano es dueño o accionista.

BANCOS
Banco Di Roma
Banco Dil Santo Spiritu
Credito Centrale Di Lazio
1era. Centrale di Credito
Banco Catolico Veneto
Banco Comerciale Italiano
Cassa di Risparmio di Roma
1er. Bancario Italiano

ORO DEPOSITADO EN:
Credit Suisse (Genova)
Hambros Bank (Londres)
Morgan Bank (N.Y.)

EMPRESAS
Alitalia
Instituto Opere Religiose
Sogene (Constructora)
Montecatini
Selt-Vaticano
Olivetti
Ferrosmatto
Vittorio Olcelse (Textiles)
Sanitplastica
Shell
New york Time
Canal Fox
Lancia (Automoviles)
Franco Tosi
Soc. Italiana Peril
SAMA
Grupo Pesenti (Cemento)
Progredi
Pibigas
Pantanella (Pastas)
Efim
Rca Victor
SME (Financiera)
1er. Romano de Beni Stabili
Invest
Cisa-Viscosa
Vianini (Constructora)
Antonio Biondi (pastas)
Condotte D'Aqua (constructora)
Hilton Di Roma (Hotel)

MAS ACCIONES EN:

General Motors
Betlehem Steele
Bankers Trust Co.
Gulf Oil
Shell
Fiat
General Electric
Casino de Montecarlo
Beretta
TWA
Chase Manhattan Bank
Rostchild Bank

El día de la expiación escatológico



La ciencia ficción nos ha transportado a galaxias lejanas para visitar incontables planetas habitados por una gran diversidad de vida inteligente. Nos cuenta historias de conflictos cósmicos entre diferentes fuerzas del universo y su amenaza potencial para la vida humana en nuestro planeta. Los escritores de ciencia Ficción han extendido al universo el angustioso problema que experimentamos en nuestro pequeño planeta. La mayoría de esos escritores rechazan implícitamente una concepción cósmica de la realidad en la que Dios pudiera tener alguna función. En sus imaginaciones el universo pertenece solamente a fuerzas naturales.

La Biblia nos transporta al cielo de los cielos, aunque a lugares que sólo podemos esperar visitar en el futuro. Nos lleva hasta el mismo centro del cosmos, al segmento más importante del espacio universal. La Escritu ra nos lleva a la morada de Dios en el reino de sus criaturas: el templo celestial. No podemos exagerar la importancia de ese lugar incomparable. Lo que allí ocurre determina el futuro y la seguridad del resto del universo. Fue allí donde el cielo confrontó el mal por primera vez en la historia del cosmos, y es allí donde el problema será resuelto en forma permanente, resultando en la purificación del universo de su fuente infecciosa y en la restauración de la creación de Dios a su armonía original.

Los santuarios terrenal y celestial
A través del santuario israelita y sus servicios Dios reveló su plan para resolver el problema cósmico del pecado. Aunque era sólo una débil sombra de lo que ocurría en el cielo, todavía revelaba lo suficiente como para que pudiéramos entender mejor lo que Dios hacía y sigue haciendo en nuestro favor en el santuario celestial. Al examinar lo que ocurría en el santuario terrenal, podemos obtener una idea del celestial.

La Escritura aclara que el santuario terrenal no era más que un pálido reflejo del celestial, mucho más glorioso (Éxo. 25:9; Heb. 8:5). En el terrenal Dios se encontraba con su pueblo (Éxo. 25:8; Sal. 26:8) y en el celestial Dios se sienta entronizado entre seres celestiales (Sal. HA; Dan. 7:9-10; Sal. 89:5-7). Ambos lugares son centros de adoración (Sal. 138:2; 103:19-22) y juicio (Sal. 96:7-10; Heb. 11:4-6; 33:13-15); centros de los cuales Dios trae liberación para su pueblo (Sal. 31:20; Heb. 18:6-9, 16, 17), les otorga el perdón (Lev. 4:35; 1 Rey. 8:30), revela su voluntad (Éxo. 25:22; Sal. 103:19-21) y los bendice y confiere justicia (Sal. 24:3, 5; Deut. 26:15; 1 Rey. 8:32). Indudablemente existía una relación funcional entre ambos santuarios, que garantizaba así la efectividad de lo que se hacía simbólicamente en el terrenal.

La idea fundamental trasmitida por el santuario terrenal era la de un Dios amante dispuesto a morar con su pueblo. El santuario terrenal era en ese respecto una ilustración microcósmica de la realidad macrocósmica del deseo amoroso de Dios de morar entre todas sus criaturas del universo. Pero, ¿cómo podía habitar el Creador dentro del espacio que él creó para sus criaturas? Salomón fue el primero que levantó esta importante pregunta teológica durante la dedicación del templo que él construyó para el Señor: "Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?" (1 Rey. 8:27). El rey reconoció que la creación no podía contenerlo o limitarlo; que el espacio creado por Dios no puede abarcarlo, porque él no es una criatura sino Dios Todopoderoso. Sin embargo, el Dios que por naturaleza no puede hallarse dentro de la creación decidió situarse dentro de sus límites a fin de hacerse accesible a sus criaturas. ¡Esto sí que es condescendencia divina! Por lo tanto, el santuario celestial es el espacio particular desde el cual se hace sentir la presencia de Dios a través del cosmos. De una manera misteriosa él ubica dentro de ese cosmos. El santuario celestial une al Dios infinito con sus criaturas finitas, lo eterno con lo temporal. Ese templo, localizado en algún lugar del universo, nos informa que nuestro Dios quiere estar tan cerca como sea posible de todas sus criaturas.

La naturaleza del templo celestial escapa a nuestra total comprensión. Ningún edificio humano puede representarlo apropiadamente. Pero el hecho de que el santuario terrenal fue hecho según el modelo celestial señala la realidad de este último (Apoc. 11:19; 14:17; 15:5). El templo celestial no está vacío. Adentro encontramos el trono más majestuoso que podamos imaginarnos: el trono de Dios y de Cristo (Apoc. 4:2). El trono de Dios no es simplemente un símbolo de su poder real, sino un lugar donde Cristo, quien ascendió al cielo con nuestra naturaleza humana (1 Tim. 2:5), se sienta con su Padre (Apoc. 7:17). Sin embargo, el santuario celestial también tiene lugares para que los seres celestiales se sienten alrededor del trono divino (Dan. 7: 10; Apoc. 4:4).

La Escritura usa las imágenes del santuario terrenal para indicar que el celestial también tiene divisiones. Dios se mueve de un lugar a otro y lo mismo hace Cristo nuestro Mediador (Dan. 7:9). Juan vio un ser angelical ministrando frente al altar del incienso en el lugar santo del santuario celestial (Apoc. 8:3, 4), y también observó el arca del pacto en el lugar santísimo (Apoc. 11:19). Siendo que es imposible comprender completamente la naturaleza del templo, Dios nos ha permitido referirnos a él usando el lenguaje y las imágenes de su paralelo terrenal. Al permitirnos usar esa terminología, él puede enfatizar la realidad del templo celestial, así como también su diversidad de espacio y mobiliario sin igualar las realidades celestiales con las del santuario terrenal. Rechazar el lenguaje y las imágenes del santuario terrenal podría resultar en la espiritualización y el rechazo de la realidad de la morada celestial de Dios.


Sacrificio y sacerdocio
El santuario terrenal no sólo apuntaba hacia la realidad de un Dios que mora entre sus criaturas en el santuario celestial, sino también ilustraba de qué manera se encargaba él desde allí del problema del pecado en el universo. El sistema de sacrificios, con su diversidad de actos sacrificiales (Lev. 1-5), representaba, como lo hemos indicado, el sacrificio de Cristo sobre la cruz, en la cual él cargó los pecados del mundo y pagó la penalidad de ellos. Es gracias a ese sacrificio que podernos ser contados como justos ante Dios por la fe en Cristo (Rom. 3:21-25; 2 Cor. 5:2 1).

En el sistema de sacrificios terrenal los pecadores venían al templo trayendo su pecado (Lev. 5: l); es decir, asumiendo la responsabilidad por él y por su castigo correspondiente; pero también traían consigo una víctima sobre la cual era transferido el pecado, muriendo ésta en su lugar (Lev. 5:5, 6). La víctima para el sacrificio cargaba su pecado (Lev. 10: 17), y a través de la sangre era transferido al santuario. En realidad Dios estaba asumiendo la responsabilidad por esos pecados. Los pecadores abandonaban el santuario limpios de su pecado y bendecidos por el Señor, porque una víctima había muerto por ellos y Dios había asumido la responsabilidad por el pecado de ellos.

A través de los servicios diarios el sacerdote realizaba una obra de mediación que consistía en representar a Dios ante el pueblo y al pueblo ante Dios. A través del sistema de sacrificios y los rituales específicos asociados con él ocurría algo asombroso: lo impuro entraba en contacto con lo puro, lo profano con lo santo; y, sin embargo, lo santo permanecía santo. Fuera del sistema de sacrificios, siempre que lo impuro tocaba a lo puro o lo santo, contaminaba a esto último. Pero ese principio no operaba en el sistema de sacrificios. El animal para el sacrificio cargaba el pecado del pueblo; y, sin embargo. su carne permanecía santa. El sacerdote comía la carne y cargaba el pecado y todavía permanecía santo (Lev. 10:17). Ese traslado del pecado/impureza no destruía la santidad de la víctima para el sacrificio, el sacerdote o el santuario. ¡El resultado de ese encuentro entre lo santo y lo impuro era la expiación! Ciertamente es asombroso que en el contexto de la expiación, la santidad y el pecado, la vida y la muerte, la pureza y la impureza son reunidos en una relación insondable y paradójica. El Señor los reunía y de este encuentro surgían la expiación y el perdón. El instrumento santo entraba en contacto con lo impuro; y, sin embargo, permanecía santo. Podemos ilustrar el proceso (le la siguiente manera:

Pero mientras ese proceso continuaba efectuándose, la solución del problema del pecado no era definitiva, porque el problema era transferido de la esfera del pecador al reino de Dios. En algún punto era necesario terminar con el proceso y restablecer el orden cósmico que Dios quería para la gente. El Señor representó simbólicamente esa restauración a través del ritual del Día de la Expiación. En esa ocasión se invertía el proceso diario de la expiación: poner lo santo en contacto con el pecado y lo impuro. En lugar de ello, tanto Dios como el lugar de su morada, se apartaban de la presencia de lo profano.


El Día de la Expiación (Lev. 16)
Durante el Día de la Expiación la purificación diaria de la gente alcanzaba su clímax e introducía un nuevo comienzo que restablecía el orden de Dios en el mundo de su pueblo. La purificación del santuario completaba la purificación del pueblo (Lev. 16:33). Cristo se ofreció a sí mismo como nuestro sustituto, muriendo en nuestro lugar, pero después de su resurrección ascendió al cielo, entró en el santuario celestial y comenzó su obra de mediación en nuestro favor (Heb. 8:2; 9:12). Allí él aplica los beneficios expliatorios de su sacrificio a quienes creen en él como Salvador y Señor. Esa obra de salvación se encamina hacia su consumación y resultará en la purificación Final del universo. El Día de la Expiación ilustra cómo iba a ocurrir eso.

La actitud del pueblo de Dios. El Día de la Expiación no era una fiesta sino un tiempo de renovación espiritual durante el cual el pueblo se acercaba al Señor más que en cualquier otro momento. De hecho, era el día cuando el sumo sacerdote que los representaba, entraba en la misma presencia de Dios: el lugar santísimo del santuario. El Señor esperaba que el pueblo descansara y afligiera sus almas ante él.

El Día de la Expiación era un tiempo de descanso durante el cual "ningún trabajo" debía hacerse (Lev. 23:28). Durante los sábados ceremoniales el Señor ordenó al pueblo no hacer "ningún trabajo de siervos" (Lev. 23:7, 21, 25, 36), implicando que era permitido cierto tipo de trabajo. El descanso absoluto del sábado semanal (Éxo. 31:14) era aplicado al descanso del Día de la Expiación, enfatizando la necesidad del pueblo de encontrar descanso total y dependencia sólo en Dios. El estado de reposo del pueblo contrastaba con la actividad constante del sumo sacerdote durante el día. Ellos eran capaces de encontrar descanso y de disfrutarlo porque su sumo sacerdote estaba trabajando en su favor. Lo que ellos no podían hacer él lo hacía por ellos ante el Señor. Durante el Día de la Expiación antitípico el pueblo de Dios debe encontrar descanso en Cristo, nuestro Mediador en el santuario celestial. Debemos vivir la vida cristiana descansando sólo en su gracia y no en nuestras obras. Al aproximarnos al Final de la gran controversia seremos desafiados a encontrar seguridad en los planes humanos, pero Dios nos llama a seguir descansando en el Señor a pesar de cualquier presión humana de hacer lo contrario.

Durante el Día de la Expiación Dios también le dijo al pueblo: "Afligiréis vuestras almas" (Lev. 16:29). El verbo "afligir" (Heb. 'anab) significa "humillarse sugiriendo una disposición a someterse a la voluntad de Dios. No sabemos lo que involucraba esta autohumillación, pero probablemente incluía el ayuno, según lo sugiere Isaías 58:3, 5. Ayunar era un acto religioso a través del cual los adoradores expresaban su total dependencia del Señor para la preservación de sus vidas. Dios les ordenó a los humanos trabajar y comer a fin de colaborar con él en la preservación de sus vidas (Gén. 1:29; 2:15; cf. 2 Tes. 3: 10). Pero el Señor usó el Día de la Expiación para enseñarle a su pueblo su necesidad de confianza plena en su poder para sostenerlos. Ellos practicaban el ayuno para mostrar que habían puesto sus vidas en las manos de él, y que sólo Dios podía guardarlos.

El día del juicio. El Día de la Expiación era un tiempo de juicio para Israel. La obra del sumo sacerdote dentro del santuario, purificándolo de los pecados del pueblo, tenía su contraparte el proceso del juicio de Dios. No podemos separar esos dos aspectos durante nuestra búsqueda del significado del ritual. El Señor evaluaba si la gente se humillaba delante de él, si confiaban completamente en su amorosa gracia, y si descansaban de sus obras y dependían de lo que él hacía por ellos. Si el Juicio mostraba que alguien no se había humillado o no descansaba en el Señor, era "cortado" del pueblo. Dios mismo lo destruiría (Lev. 23:29, 30). Durante ese día ocurría un Juicio que incluía una evaluación de la posible evidencia, un veredicto y la ejecución del veredicto.

Daniel 7:9-10, 13, 14 registra la visión del profeta del inicio del juicio final por parte de Dios. El evento ocurre en el santuario celestial, donde Dios tiene su trono y donde él actúa como Juez. Los eruditos han tratado de identificar los materiales bíblicos que proveyeron el trasfondo de la escena en la cual el Hijo del Hombre comparece ante la presencia de Dios con las nubes. Algunos han sugerido que el mejor paralelo posible es la entrada del sumo sacerdote al lugar santísimo una vez al año.2 Al entrar en el segundo departamento del santuario, él es el único personaje del Antiguo Testamento que se aproxima a Dios en una nube de incienso (Lev. 16:2, 12, 13). "De esa manera llegamos a concluir que Daniel 7:9-14 describe el Día de la Expiación escatológico (quizás un jubileo), cuando el verdadero Sumo Sacerdote vendrá al Anciano de días rodeado por nubes de incienso".3 Daniel usa esta imagen para indicar que el Hijo del Hombre no es sólo una figura real sino un Mediador sacerdotal, quien en un determinado momento de la historia de la salvación se aproxima a Dios en el lugar santísimo del santuario celestial para llevar a cabo una obra de Juicio que le concede el reino a él y a su pueblo.

La purificación del santuario. Tal como se señaló arriba, durante los servicios diarios el sistema de sacrificios a través de la mediación de los sacerdotes llevaba el pecado a la misma presencia de Dios. Pero en el Día de la Expiación el ritual se invertía, removiendo el pecado del santuario. Podemos ilustrar el proceso de la siguiente manera:

El Día de la Expiación era un momento en el ritual de los servicios cuando Dios se revelaba a sí mismo como un Dios santo que entra en contacto con el pecado por un período específico, con la intención de proveer perdón y expiación para los pecadores arrepentidos. Por naturaleza él no tenía nada en común con el pecado y su impureza. Sin embargo, el servicio vindicaba a Dios, identifícaba la verdadera fuente del mal, y expulsaba el pecado de la presencia de Dios de manera permanente.

Azazel, un rito de eliminación. Después de purificar el santuario el sumo sacerdote regresaba al atrio, transfería todos los pecados de Israel al macho cabrío que representaba a Azazel, y lo enviaba al desierto (Lev. 16:20-22). El simbolismo es muy rico. Azazel es una figura demoníaca contrastada con el Señor y el macho cabrío que representaba a Dios (vers. 8). El macho cabrío para Azazel no llevaba el pecado y la impureza a fin de expiarlos. No era un sacrificio, simplemente llevaba el pecado del pueblo al desierto (vers. 22). El desierto con frecuencia simbolizaba caos y muerte en la Biblia (e.g., Job 6:18; Isa. 34:11) y representa el lugar donde moran los poderes impuros Osa. 13:21; 34:14; Lev. 17:7). Hablando espiritualmente, es allí donde mora Azazel, y el macho cabrío le lleva los pecados de la gente. Este acto del ritual removía simbólicamente el pecado del campamento y lo regresaba a su lugar de origen.

La eliminación del mal a través de este rito ocurre en otras religiones del Cercano Oriente, aunque no encontramos un ritual tan similar como el de Levítico 16. La literatura babilónica habla de rituales para exorcizar a una persona enferma afligida por un demonio. Su propósito era enviar al demonio y a la enfermedad de regreso al infierno, el lugar de donde vinieron. Los hititas llevaban a cabo un ritual peculiar cuando el rey y su ejército regresaban de la guerra con una plaga. El rey escogía a un hombre, una mujer, un buey y una oveja de la tierra del enemigo para el ritual. Luego los presentaba ante el dios o diosa que supuestamente había causado la plaga. El rey o la persona designada por él, en representación del ejército, transfería la plaga a las víctimas, quienes se convertían así en portadoras del mal. El rey ora: "Dios, aplácate con e[ste a]taviado hombre. Pero con el rey, los [líderes], el ej[ército, y la] tierra de Hatti, s[é fi]el. Mas permite que este prisionero lleve (la plaga) y la re[grese a la tierra del enemigo."]

La idea de transferir un mal colectivo a un lugar fuera del campamento aparece en Levítico 16, pero no la idea de aplacar a una deidad. Esto es entendible porque la religión israelita prohibía la adoración o aplacamiento de los demonios. A través del ritual de Azazel el Señor identificaba la verdadera fuente del pecado y la impureza y lo hacía responsable de la presencia de éstos entre el pueblo de Dios. No se da ninguna excusa por los pecados de las personas, de allí la necesidad de que fueran perdonados durante los servicios diarios; pero el rito mostraba que la fuente última del pecado y la impureza residía en un poder demoníaco. De esta forma la ceremonia deslindaba a Dios de cualquier cargo levantado contra él sobre su relación con el fenómeno del pecado.

El menaje del Día de la expiación. El Día de la Expiación escatológico universalizó el significado ritual de la práctica israelita que anunciaba el tiempo cuando Dios resolvería para siempre el problema del pecado. Hebreos 9:23 declara que las cosas celestiales mismas necesitan ser purificadas, haciendo eco de la profecía de ese evento en Daniel 8:14. Daniel no usa la palabra hebrea común para "purificar" (tabar), sino tsadaq ("ser justo, recto, inocente; ser justificado") que expresa las ideas de vindicación (1 Rey. 8:32; Isa. 50:8), limpieza (Sal. 18:20; Isa. 53:11) y juicio (Sal. 7:8). El verbo tsadaq combina conceptos legales y de purificación, proveyendo así una comprensión del Día de la Expiación que iba más allá de la dimensión puramente ceremonial presente en el ritual israelita y contenida en la palabra hebrea tabar ("purificar"). El tipo no podía expresar en su totalidad la plenitud del antitipo.

Daniel 8 resume la obra de Cristo en el santuario celestial al ser presentado realizando los servicios diarios (Dan. 8:1 l), una obra de mediación a favor de su pueblo y al anunciar el tiempo cuando Cristo comenzaría el segundo aspecto de su obra sacerdotal, el Día de la Expiación escatológico (vers. 14). El período profético de los 2300 años terminó en 1844 y luego Cristo comenzó el aspecto final de su ministerio sumo sacerdotal en el santuario celestial. El juicio final se halla ahora en progreso y el tiempo es corto pero la misericordia y el perdón todavía están disponibles para quienes quieren ser reconciliados con Dios. Es tiempo de caminar en estrecho compañerismo con el Señor y descansar en su maravillosa gracia.

La purificación del santuario celestial vindica al pueblo de Dios al acabar dicha obra en ellos. No quedará ningún registro de sus pecados en el cielo ni en la tierra. El perdón significa que no habrá un recordatorio de los pecados particulares de los justos, pero ellos recordarán por siempre que el poder del Cordero de Dios los redimió. En ocasión de la segunda venida su naturaleza pecaminosa será transformada en una naturaleza glorificada y el recuerdo de sus pecados será borrado de su memoria (1 Cor. 15:52-54). Luego la promesa del pacto de Dios llegará a su fin: "Nunca más me acordaré de sus pecados" (Heb. 8:12).

Apocalipsis 20:1-3 describe el cumplimiento tipológico del destierro de Azazel al desierto bajo la imagen de la atadura de Satanás, quien por mil años debe permanecer solamente con los ángeles malos en nuestro arruinado planeta. "Cuando el servicio de propiciación haya terminado en el santuario celestial, entonces, en presencia de Dios y de los santos ángeles y de la hueste de los redimidos, los pecados del pueblo de Dios serán puestos sobre Satanás; se le declarará culpable de todo el mal que les ha hecho cometer. Y así como el macho cabrío emisario era despachado a un lugar desierto, así también Satanás será desterrado en la tierra desolada, sin habitantes y convertida en un desierto horroroso". 5 El Día de la Expiación escatológico revelará claramente que Dios es en verdad justo y misericordioso y que las acusaciones hechas contra él por los poderes malignos no tienen fundamento en lo absoluto (Rom. 3:4). Es al final del conflicto cuando se tendrá la doxología del Juicio previamente discutida, y cada criatura inteligente en el universo, incluyendo Satanás y sus ángeles, reconocerá que Dios es justo. El verdadero y único originador del pecado y del mal en el universo quedará claramente identificado y asumirá la responsabilidad por sus acciones y por instigar a otras criaturas a rebelarse contra Dios. Cristo aceptó el castigo por los pecados de los pecadores arrepentidos, pero no la responsabilidad de Satanás como su instigador. Es ese elemento del pecado el que es puesto sobre Satanás. La obra de Cristo de purificar y juzgar al universo borrará toda duda acerca del carácter de Dios, haciendo posible que la gran controversia termine. Luego Dios restablecerá la armonía cósmica original que el pecado interrumpió.

28 de julio de 2009

¿Son la misma cosa las siete trompetas y las siete últimas plagas?



Nosotros hemos tomado nota de algunas de las semejanzas que existen entre las siete trompetas y las siete últimas plagas. Como consecuencia de estas semejanzas, algunos estudiosos han sugerido que las trompetas y las plagas son la misma cosa.
Pero a pesar de esas notables semejanzas, las trompetas y las plagas no pueden ser la misma cosa. Por lo menos cuatro diferencias incontestables las distinguen:

1. La amplitud de las regiones afectadas. La mayor parte de las trompetas afectan a la "tercera parte" de las zonas concernientes. (Véase Apocalipsis 8: 7-12.) No existe una restricción semejante en las plagas.

2. El tiempo correspondiente. En los capítulos relacionados con las trompetas nos encontramos con períodos relativamente largos: "cinco meses", "cuarenta y dos meses" y otros (Apocalipsis 9: 5, 15; 11: 2, 11). Por el contrario las siete plagas caen "en un solo día" e incluso "en una hora" (Apocalipsis 18: 8, 10).

3. Sus relaciones con el santuario. La escena del santuario que sirve de introducción a las trompetas revela que todavía prosigue el ministerio intercesor. Un ángel ofrece incienso. (Véase Apocalipsis 8: 2-5.) Por otra parte, en la escena que introduce las plagas el santuario está cerrado de manera que "nadie puede entrar" (Apocalipsis 15: 5-8).

4. Ubicación en el quiasmo .Las trompetas aparecen en la primera mitad del quiasmo apocalíptico, es decir, la mitad "histórica", mientras que las plagas se encuentran en la mitad escatológica, la del tiempo del fin.

Llegamos a la conclusión de que las plagas todavía están en el futuro. Caerán durante un corto período inmediatamente después de la clausura del tiempo de gracia para los seres humanos, cuando el arrepentimiento ya no sea posible, e inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo. Las trompetas, por otra parte, han estado resonando desde los días del apóstol San Juan. Representan reprensiones dadas con amor para que nos arrepintamos de nuestros pecados mientras todavía disponemos de tiempo para ello. Si los que vivimos en el tiempo del fin reaccionamos como corresponde a la amonestación de las trompetas, seremos librados del terrible castigo implícito en las siete plagas.

¿Están realmente vivas las "almas" que se encuentran debajo del "altar"?



Seguramente una buena cantidad de hermanos que siguen este blog ha supuesto que las almas de los mártires de Apocalipsis 6: 9-11 se encuentran vivas y están en el cielo. Las almas "gritan" y reciben "vestidos blancos", lo que parece probar que están vivas aunque fueron "degolladas" y se encuentran debajo de un "altar".

En nuestro análisis de este importante e interesante asunto nos convendrá reconocer, para comenzar, que todos nosotros usamos palabras que ahora tienen un significado que no tenían antes. "Conversación", por ejemplo, antes significaba "manera de conducirse", y no hablar con otra u otras personas. Se les daba el nombre de "hijos" incluso a los bisnietos. y aún hoy, no siempre las palabras tienen el mismo significado. "Vivo", por ejemplo, no sólo significa que alguien tiene vida, sino inteligente, astuto también. .

"Cementerio" es otra palabra interesante. Hoy la usamos para referirnos al lugar donde sepultamos a los muertos. Pero la palabra griega de la cual procede, koimaterion, era el lugar donde la gente se iba a dormir. Un cementerio, entonces, era un dormitorio. Si quiere ahondar en el tema, consulte su diccionario favorito.

"Alma" es una de esas palabras que tiene una historia interesante. En la actualidad la mayor parte de la gente usa la palabra "alma" para referirse a una entidad se- parada del cuerpo, inmortal, 'que sigue viviendo cuando morimos. Creen que las Escrituras usan esta palabra con ese sentido. Pero, por extraño que parezca, las Escrituras no dicen realmente que el alma es inmortal. Dicen que sólo Dios posee inmortalidad. (Véase 1 Timoteo 6: 16; compárese con 1: 17.) En cuanto al alma, las Escrituras se refieren a algo que los mortales somos, y no algo que tenemos.

Las versiones castellanas de las Escrituras son traducciones. En los manuscritos griegos del Nuevo Testamento la palabra "alma" es psujé. En los manuscritos hebreos del Antiguo Testamento es néfesh.

Esta última palabra es sumamente común. Aparece 755 veces en el Antiguo Testamento. La declaración clásica acerca del origen del alma (es decir, el origen de néfesh) la encontramos en el relato de la Creación. En la Biblia de Jerusalén -que es la que estamos citando en esta obra mayormente- Génesis 2: 7 reza así: "Entonces Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente". La palabra hebrea traducida por "ser" en este caso es néfesh. La traducción literal sería entonces "alma viviente".

Notemos, entonces, que Adán no recibió un alma viviente; en cambio, llegó a ser un alma viviente. El hombre vivo, Adán, era un alma viviente. Note los dos ingredientes que constituyeron esta alma viviente. Nuestro Padre celestial tomó 1) "polvo del suelo", y le añadió 2) "aliento de vida".

En la frase "aliento de vida", la palabra hebrea traducida por "aliento" es rúaj, que significa "aire" o "viento". En las Escrituras se la traduce a menudo por "aliento" o "espíritu". La palabra castellana "espíritu" procede de un término latino, spiritus, que también significa tomar y expulsar aire de los pulmones. En la raíz spir de esta palabra encontramos su antecedente: spiritus.

Tanto Adán como su esposa fueron creados "a semejanza" de Dios (Génesis 1: 27).
Este honor los ubicó muy por encima de los animales. Pero en el relato de la creación cada animal, lo mismo que Adán, recibe la designación de "ser viviente" (Génesis 2: 19). Los animales, lo mismo que los seres humanos, están constituidos por los dos mismos ingredientes: 1) el polvo de la tierra y 2) el aliento de vida. (Véase Génesis 1: 24, 30.) Su perro, su gato, o cualquier otro animalito que tenga en casa es un alma viviente. Los caballos también son almas vivientes. Lo mismo ocurre con los animales del zoológico.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando alguien muere? De acuerdo con las Escrituras cuan- do alguien muere los dos ingredientes: 1) el polvo de la tierra y 2) el aliento de vida se separan por el momento. Por un tiempo el polvo y el aliento regresan al lugar de donde vinieron.

Vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu (rúaj, el aliento) vuelva a Dios que es quien lo dio. Eclesiastés 12: 7.
¿Qué le ocurre entonces al alma (al néfesh) cuando alguien muere? Algo parecido a lo que le acontece al columpio de sus chicos cuando usted se tiene que mudar de casa. Al desarmarlo se convierte en una cantidad de trozos de madera o caños de metal, cuerdas, tornillos y tuercas: ya no es más un columpio; es sólo un conjunto de partes. Ha dejado de existir, y quedará en esa condición hasta que usted lo vuelva a armar en el patio de su nueva casa. Ya pesar de que no existe por el momento como columpio, usted se puede referir a él como "el columpio que puse en la caja de cartón".

Las almas debajo del altar. Todavía queremos saber algo más acerca de las almas que estaban debajo del altar. En Apocalipsis 6: 10 se nos dice que claman con fuerte voz: "¡Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?" Se dice que las almas están "debajo del altar" porque, como en el caso de los animales sacrificados, ellas también lo habían sido. Eran mártires. Fueron "degolladas" por la Palabra de Dios y por el testimonio que habían dado. Y sin embargo oran en alta voz. ¿Están vivas o están muertas?

El problema no está en las Escrituras. El pasaje que estamos examinando dice con suficiente claridad que esas almas fueron "degolladas" y que es necesario vindicar su "sangre". El problema radica en nuestra costumbre de pensar que el alma es inmortal.

Pero las Escrituras no dicen que el alma es inmortal. Como ya lo hemos visto, nos dicen que sólo Dios tiene inmortalidad. (Véase 1 Timoteo 6: 16; compárese con 1: 17.)

Cuando Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, su más profundo anhelo era que vivieran para siempre. No creó a los seres humanos para que murieran. Es el Autor de la vida, y nos creó para que viviéramos. Para que la vida sin fin estuviera disponible, Dios les dio a Adán y Eva el fruto del árbol de la vida. (Véase Génesis 2: 9, 16,17.) Pero ellos pecaron. Y el Señor, sabedor de los sufrimientos que el pecado iba a producir, acortó sus vidas impidiéndoles comer más del fruto del árbol de la vida. (Véase Génesis 3: 24.)

Si el árbol de la vida hubiera estado a su disposición, los seres humanos podrían haber sido inmortales. Sin él, todos debemos morir. El alma no es inmortal. El alma es lo que somos, y todos somos mortales. Cuando morimos, nuestras almas mueren. Y cuando eso sucede, todos nuestros pensamientos y planes y esperanzas llegan a su fin por el momento.

Que el Seol (la morada de los muertos, el sepulcro) no te alaba ni la Muerte te glorifica,
ni los que bajan al pozo esperan en tu fidelidad.
El que vive, el que vive, ése te alaba, como yo ahora,
El padre enseña a los hijos tu fidelidad.
Isaías 38: 18, 19.

No pongáis vuestra confianza en príncipes,
en hijo de hombre, que no puede salvar; su soplo exhala,
a su barro retorna,
y en ese día sus proyectos fenecen.
Salmos 146: 3, 4.

Si de acuerdo con versículos como éstos, las almas que están debajo del altar ni siquiera pueden pensar más, ¿cómo es posible que oren en alta voz? La respuesta es que claman por venganza en la misma forma como la sangre de Abel clamaba por venganza después de que su hermano Caín lo asesinó. Dios le dijo a Caín: "Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo" (Génesis 4: 10).

Así de sencillo es el asunto. Tan sencillo como la forma de expresarnos que usamos hoy comúnmente: "Un crimen grave -decimos- demanda un castigo ejemplar".

Los mártires, por sí mismos, no están pidiendo venganza. En la hora de su supremo sufrimiento posiblemente murieron perdonando a sus perseguidores tal como lo hicieron Jesús y Esteban. (Véase S. Lucas 23: 34; Hechos 7: 60.) Es la monstruosa falta de humanidad de sus asesinos la que demanda castigo, que "clama a Dios" por venganza. El mero hecho de que alguien obligó a esas almas a permanecer "bajo el altar" reclama justicia.

La palabra que usa Cristo para referirse a la muerte. Si usted ha experimentado últimamente el pesar de llevar al descanso a uno de sus seres amados, posiblemente le produzca una emoción desagradable enterarse de repente que el alma no es inmortal. Su pérdida le habría resultado más fácil de soportar al imaginarse que su ser amado estaba viviendo como los ángeles, contemplando a Jesús, gozando del cielo y cuidándolo a usted. En este momento le parece que no puede abandonar esos hermosos pensamientos.

Le puede resultar beneficioso pensar en María. El domingo de la resurrección María Magdalena vino a llorar junto a la tumba de Jesús. Se imaginó que podría recibir algún alivio sí podía llorar junto a su tumba. No había oído nada todavía acerca de su resurrección. Cuando descubrió que la piedra había sido retirada y que Jesús no estaba en la tumba, se sintió inconsolable.

Cuando poco después el Señor se le acercó quedamente, no podía creer lo que veían sus ojos, y pensó que se trataba del encargado. "Se han llevado a mi Señor -dijo mientras sollozaba- y no sé dónde le han puesto".

Entonces Jesús la llamó por su nombre y ella reconoció su voz. ¡Estaba vivo! (Véase S. Juan 20: 11-18.)

El Maestro todavía está vivo, aunque por el momento su ser amado no lo esté. Dejemos que Jesús le hable acerca de su dolor. Dejemos que El lo consuele. Usted sabe que El lo ama. Lea de nuevo lo que hemos dicho acerca del Señor como Dador de vida en las páginas 73-77. Vamos a hablar más acerca de este asunto cuando comentemos Apocalipsis 20.

Aunque nuestras almas perezcan por un tiempo cuando morimos, la muerte no es el fin de todo. Dios recuerda todo lo que nos concierne. (El sigue viendo el columpio en la caja de cartón.) Y el día de nuestra resurrección se acerca rápidamente.

Lo que necesitamos es una palabra que defina esta interrupción temporal de nuestras actividades. Jesús la proporcionó hace tiempo. Dijo al hablar de Lázaro: "Nuestro amigo Lázaro duerme". "Lázaro ha muerto" (S. Juan 11: 11, 14).

La gente estaba perpleja porque Jesús aparentemente no sentía la muerte de la hijita de jairo. Pero El dio una hermosa explicación: "No ha muerto -dijo-; está dormida". Y lo comprobó al ir al dormitorio (donde ciertamente la chica estaba muerta) para despertarla. Después de esto, nadie más hizo duelo por ella. (Véase S. Lucas 8: 49-56.) Anita Smith murió de tuberculosis cuando tenía 27 años. Esta enfermedad era terriblemente mortífera en aquellos días. En 1853, pocos años antes de su fallecimiento, compuso un poema para sus seres amados que estaban de duelo por la pérdida de un amigo común, Roberto Harmon, que también acababa de fallecer víctima de la tuberculosis a la edad de 27 años.
Duerme en Jesús: descansa en paz.
Nada perturba ya su solaz;
ni mal, ni duelo, ni ay, ni pena
pueden dañarlo con su condena.

Duerme en Jesús: no llores más.
Que esto te brinde una dulce paz;
libre por siempre de todo mal
allá en el cielo tú lo verás.

En la antigüedad los que no eran cristianos empleaban palabras como "sepulcro", "tumba" y otras, para referirse a los lugares donde sepultaban a sus muertos. Los autores humanos de las Escrituras también las usaron extrayéndolas de la cultura común de su tiempo. Pero en vista de lo que Jesús enseñó acerca de la muerte, los cristianos crearon una palabra propia para referirse a esos lugares. En la primera mitad del siglo III, si no antes, los cristianos le dieron a sus sepulturas el nombre de "cementerios", palabra que, como ya hemos visto, significa "dormitorios", lugares donde la gente se va a dormir. Los primitivos cristianos creían que sus amados fallecidos solamente estaban dormidos, por un tiempo. Se basaban en la autoridad de Cristo para afirmarlo.
Tenemos el maravilloso privilegio, como cristianos, de afirmar lo mismo.