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1 de febrero de 2010

Su Regreso como Rey y Amigo



En cierta ocasión, un pastor comenzó un hermoso sermón con una frase que, para mí, ya había valido los treinta minutos que siguieron. El dijo: “Tengo una noticia buena y una noticia mala para ustedes. La buena es que, si ustedes están preparados, ¡Jesús pronto volverá! La mala noticia es que, si no están preparados, ¡El volverá de todas maneras!”

Es un hecho que el regreso de Jesús es una “espada de dos filos” en términos calificativos. Ella puede ser, al mismo tiempo, algo maravilloso, o algo desesperanzador. Todo depende de la “manera” en como lo estemos esperando.

En la infancia, casi todos hemos conocido la experiencia de practicar alguna travesura y escuchar de nuestras madres la típica expresión: “¡Vas a ver cuando venga tu padre!”. Si la espera por el regreso de nuestro Padre celestial es algo placentero en los demás días, no lo será en el día de la desobediencia, pues sabemos las consecuencias que ello ocasionará.

¿Cómo esperar?

La Lección inicia correctamente recordándonos la aprensiva espera del pueblo en las cercanías del atrio en el Día de la Expiación y correlaciona esta imagen a nuestra condición. Al fin y al cabo, proféticamente hablando, desde 1844 estamos viviendo en el Día de la Expiación. Pronto, Jesús dejará el Santuario Celestial. ¿No debería la solemnidad del antiguo y tipológico Día de la Expiación de los hebreos enseñarnos algo acerca de la manera en cómo esperar a nuestro Señor?

Durante mucho tiempo, la predicación adventista pareció basada en demasía en las nociones del miedo y el terror al regreso de Cristo. Aquellos que son de cuna adventista anterior a los años 80 seguramente saben de qué estoy hablando. Aún hoy cantamos himnos de nuestro himnario como: Día grande viene, Cuando junte Jesús las naciones, Francas las puertas encontrará, o coritos con esa tónica. No podemos dejar de lado alguna versión infantil como “Cuidadito mis ojitos (piecitos, manitos, boquita) lo que ven (donde andan, lo que hacen, lo que hablan), que hay un Dios que mirándonos está, cuidadito mis ojitos lo que ven”.

No quiero ser apresurado al criticar este énfasis. Aún cuando la tónica de estas letras esté un poco por encima de lo que debería ser, formaron parte de una época en la cual se atrajo a muchas personas a los pies de Cristo a través de ellas. Tal vez alguien diga: “Es verdad, trajo almas, pero con algunos traumas”. Y puede ser verdad. Sin embargo, es importante mencionar que no solamente la generación pasada, sino la de hoy, es la que necesita la misma dosis de temperancia en anunciar los importantes eventos que pronto ocurrirán en este mundo.

Para escapar del extremo del temor que dominó el discurso del pasado, es muy probable que nuestra generación se haya refugiado en otro extremo igualmente peligroso, que es el de una completa relajación.
Hubo hermanos laicos de nuestra iglesia que tomaron la elogiable iniciativa de producir dos películas acerca de la venida de Jesús: Una, relativa al gran conflicto y otra, más reciente (“La última batalla”). Ambas tuvieron sus méritos y sus limitaciones, pero no es las películas donde me gustaría enfocarme, sino en la respuesta, más o menos generalizada, que produjeron en el público que las presenció.
El primero causó en muchas personas, en un grupo considerable diría yo, una sensación de interrogantes y preocupación con respecto al futuro y la prontitud de la segunda venida de Cristo.
Muchos jóvenes, al terminar la proyección, se preguntaban si habrían cometido o no el pecado contra el Espíritu Santo, si tendrían tiempo de contraer matrimonio antes del regreso de Jesús, si valdría la pena terminar la universidad, etc.
Con la segunda película, la reacción general fue sensiblemente diferente. No había tanto temor o expectativa como en la primera. Los comentarios, con loables excepciones, claramente giraban en torno a frases como “Es una buena película”, o “las alas del ángel podrían haber sido más realistas, parecía que eran de telgopor”.

Cuando me hice adventista, cualquier aparente rumor con respecto al decreto de la ley dominical o fin del tiempo de gracia, pasaba a ser tema de conversación en la puerta de las iglesias, o en las vigilias.
Hoy, sin embargo, la sensación causada por esta clase de temas parece haber disminuido. Tal vez la explicación está en un diálogo que tuve con un amigo a quien admiro mucho. Estábamos hablando con respecto a la tragedia del 11 de Septiembre y del escenario norteamericano actual. Él, un adventista de cuna, me comentó: “Ya no me conmueven esta clase de temas. Pasé mi infancia y juventud creyendo que Jesús volvería muy pronto. Cualquier rumor que provenía de los Estados Unidos era motivo de alboroto en mi iglesia. Después, todo se deshacía en la nada. Hoy ya estamos vacunados contra esta clase de cosas”.
Fue entonces que lo interpelé, con el argumento de que creo que es algo que deberíamos tener en cuenta en nuestros días.

“Razona conmigo –lo desafié– en la Biblia tenemos una pregunta retórica de Cristo que se responde a sí misma: ‘Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?’ Si los últimos eventos aparentemente amenazaron con ocurrir y la iglesia (y en algunos casos hasta el mundo) se despertaba y esos eventos obviamente no indicaban que ese era efectivamente el tiempo del fin, ahora dichos eventos están más inminentes que entonces. Pero las personas ya no se sienten tan conmovidas. Este cuadro corresponde mejor a la pregunta hecha por Cristo.

En relación al temor, aunque sepamos que el miedo es algo enfermizo, sería tropezar en lo obvio pronunciar cualquier discurso acerca de esto. Pero debemos recordar que la Biblia habla varias veces de “temer” a Dios. Además, es incluso posible escribir todo un tratado completo basado en la “teología del temor”.

Sólo para aclarar, la distinción moderna entre “tener miedo” y “temer” puede parecer interesante al describir la diferencia entre un sentimiento cauteloso y el enfermizo, pero que no viene de la Biblia.
El hebreo tiene varias expresiones para temor, pero la que más se reitera es la que tiene una connotación perfecta en el griego del Nuevo Testamento es el vocablo hebreo Yaré. Su significado básico es admiración, espanto, temblor, perplejidad, miedo, y aquí cito algunos pasajes en los que ella aparece:

Éxodo 15:11 ¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible(yaré) en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?

Deuteronomio 5:5 Yo estaba entonces entre Jehová y vosotros, para declararos la palabra de Jehová; porque vosotros tuvisteis temor (yaré) del fuego, y no subisteis al monte.

2 Samuel 14:15 Y el haber yo venido ahora para decir esto al rey mi señor, es porque el pueblo me atemorizó (yaré); y tu sierva dijo: Hablaré ahora al rey; quizá él hará lo que su sierva diga.

Un pasaje, para mí especial, es el de Salmo 119:120, cuya traducción literal sería “Mi carne siente escalofríos, se estremece de temor (pachad, terror) [ante] ti, y de tus juicios tengo miedo (yaré)”. Pero lo interesante es que esa sensación, aunque legítima e intencionada de parte de Dios, sea aliviada posteriormente en el creyente con la proximidad del amor divino que suaviza la sensación de temor. Entonces, el miedo pasa ser respeto, reverencia. Ejemplos:
Salmo 112:1 Bienaventurado el hombre que teme (yaré) a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera.

Eclesiastés 8:12 Aunque el pecador haga mal cien veces, y prolongue sus días, con todo yo también sé que les irá bien a los que a Dios temen (yaré), los que temen (yaré) ante su presencia.

En la Biblia, ¡temer es también un sinónimo de obedecer a Dios!

No obstante, parece surgir una contradicción al considerar textos como los siguientes:
Filipenses 2:12 Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor (phobos)y temblor.
Pablo incentiva aquí a desarrollar nuestra salvación “con temor y temblor”, pero dice el apóstol Juan en 1 Juan 4:18 En el amor no hay temor (phobos), sino que el perfecto amor echa fuera el temor (phobos); porque el temor (phobos) lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor.
En este pasaje el apóstol sugiere que descartemos el sentimiento del miedo, para que podamos ser perfeccionados en el amor.
En rigor de verdad, la contradicción es aparente y el equilibrio resuelve todo. Es imposible allegarse ante alguien tan poderoso como el Dios de Israel sin “perder el habla”. No hay manera que no tiemblen nuestras piernas ante la potencia de su Voz o la grandeza de su Luz enceguecedora.
Por otra parte, no hay manera de ignorar su cariño y amor. La voluntad que debemos tener es la de correr hacia Él, a pesar de la profundidad desconocida de su grandiosidad.

Los padres que tienen una buena relación con sus hijos tienen muchas experiencias hermosas que contar. Un pastor dijo, en cierta oportunidad, que fue sorprendido por su hijita de cuatro años cuando ambos estaban en una piscina. El estaba en la parte más profunda y ella, que no sabía nadar bien, en la parte de menor profundidad.
Al poco tiempo ella le dijo: “Papá, tengo miedo. Quiero ir donde estás tú”.
El padre encontró graciosa su ingenuidad y le respondió: “Hijita, ¡es más hondo aquí donde estoy!”.
“No importa –respondió la niña– quiero ir hasta donde estás tu”.
“Está bien –dijo el padre– ven hasta aquí que yo te tomaré”.
Inmediatamente, ella comenzó a nadar como un perrito, atravesó la pileta hasta donde él estaba y –al llegar cerca del padre– el pánico se transformó en alivio y seguridad.
Ella estaba junto a su padre, y no necesitaba temer la profundidad de la pileta.

¿Y con respecto al Juicio? Pues bien, he visto en la Internet una historia contada por la escritora norteamericana Astrid Lindgren que tal vez ilustre este aspecto de nuestra relación con Dios:
Una señora contó que, en cierta ocasión, su hijo de cinco años hizo algo que ella consideró que estaba muy mal y sintió que debía hacérselo saber a través de un castigo físico. Le ordenó que fuera hasta la quinta que estaba al fondo de la casa y trajera una vara de algún árbol para que ella pudiera aplicarle el castigo. El niño permaneció mucho tiempo fuera de la casa y, cuando volvió, estaba llorando y le dijo a su madre: “Mami, no pude encontrar una vara, pero encontré una piedra para que puedas pegarme”.
Inmediatamente, la madre comprendió cómo la situación es entendida desde el punto de vista de un niño: Si mi madre quiere pegarme, no importa cómo o con qué; ella puede hacerlo hasta con una piedra.
Lo que más le dolía era haberla decepcionado.

Para el verdadero creyente, el castigo no está en ser amenazado con el lago de fuego o las plagas del Apocalipsis. El castigo está en incurrir en el riesgo de decepcionar y herir a alguien a quien amamos mucho.

Analicemos bien esta comparación: Un joven puede tener miedo de que un pandillero lo asalte con una navaja pidiéndole que le entregue su billetera, pues necesita su dinero para comprar droga. El joven le daría su dinero porque tiene miedo de él, pero no porque lo respete. Si pudiera, acabaría con ellos.
Pero este mismo joven llega a su casa y su anciano abuelo, que él tanto ama, le pide dinero para poder comprar un medicamento para la presión alta. El muchacho preocupado vacía su billetera sin dudar y le entrega al abuelo más dinero del necesario.
¿Cuál es la diferencia entre estas dos situaciones? Notemos que el anciano no tenía manera de obligarlo físicamente como el pandillero, sino que el temor que el joven tenía era en relación al respeto y no a un chantaje.

¿Hasta cuándo esperar?

Muchos siglos han pasado desde la promesa que Cristo hiciera a sus discípulos en el Monte de los Olivos en Mateo 24:3-31.
Con toda esta demora, la impresión que se tiene es que Él nunca va a cumplir lo que ha prometido, o que la esperanza de que Él regrese no pasa de ser una fantasía infantil. Pero esto no es verdad. La Biblia dejó registrada bien claro de que se produciría larga espera.

Después de haber recibido una visión del Juicio Final, el profeta Habacuc escribió en un letrero lo siguiente: “Porque la visión es para el tiempo fijado. Llegará a su fin, y no fallará. Si tardare, espérala, que sin duda vendrá, y no fallará” (Habacuc 2:3).

El apóstol Pedro, antes de morir, también le dejó a la cristiandad una carta en la cual escribió: “Y dirán: ¿Dónde está la promesa de su venida? Desde que los padres durmieron todas las cosas siguen como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:4).

Puede ser que alguien pregunte: “¡Espera un poco! En la Biblia, Jesús dijo muchas veces que vendría en breve, pero dos mil años han pasado, y eso no es algo tan breve. ¿No se habrá equivocado Cristo en su promesa de volver a la tierra?”¡Lógicamente que no!
Para iniciar la conversación, la tónica del discurso de Jesús acerca de su Venida era que nadie podía saber cuándo ocurriría.

Cuando Él profetizó la destrucción de Jerusalén, por ejemplo, dijo: “Os aseguro que no pasará esta generación, sin que todo esto suceda”. Pero, no obstante, entretanto, sin embargo, aún (en el griego no hay una conjunción adversativa muy clara), “nadie sabe la hora, ni aún los ángeles del cielo, sino mi Padre solo” (Mateo 24:34, 36).

Jerusalén sería destruida en los tiempos de aquella generación, y así sucedió realmente. Cuatro décadas después de que Jesús había dicho esto, los romanos cercaron la ciudad y la quemaron completamente, incluyendo el Templo. Pero el día del Juicio Final, nadie sabría cuándo ocurrirá.

¿Y qué en cuánto a las promesas de brevedad? ¿Qué hacemos con aquella cita bíblica del apóstol Juan que dice “Ciertamente vengo en breve” en Apocalipsis 22:20?
La respuesta está en Apocalipsis 22.10-12 Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca. 11 El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.
Cuando leamos un versículo de la Biblia hay que leer el contexto y no el pasaje aislado. ¿De qué estaba hablando el apóstol Juan aquí? De que el tiempo estaba cerca. ¿Cuál era ese tiempo? El tiempo cuando terminaría el juicio investigador que comenzó al finalizar la profecía de Daniel 8:14 de los 2,300 días que fue el 22 de octubre de 1844, y cuya sentencia del cierre de la gracia está en el versículo 11: El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía; y el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía.
Aquí está hablando del destino de cada caso juzgado. ¿Qué vendría entonces inmediatamente después de esa sentencia? La expresión del versículo 12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.
¿Por qué vendría pronto? Porque entre el fin del juicio investigador y la segunda venida de Cristo en gloria será un período muy breve. De ahí que la palabra pronto, o la frase vengo en breve, hay que tomarlas en el contexto correspondiente.

El Maestro dejó bien clara la idea de que debemos estar preparados para encontrarlo como si Él viniera hoy mismo, porque hasta nos podría sorprender la muerte y el tiempo se detiene para los que están muertos. Aunque los apóstoles de Cristo tienen casi dos mil años de muertos, para ellos, como están muertos no saben el tiempo que ha transcurrido; pero cuando resuciten será como un abrir y cerrar de ojos. Será como si ellos hubiesen dormido un segundo.
Dice 1 Corintios 15:52En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

La palabra momento que usa San Pablo aquí en griego es átomos, y el valor con relación al tiempo de dicha palabra equivale a un 12 % de un segundo. ¿Entendió bien lo que acabo de decir? Para los muertos en Cristo, no importa el tiempo que haya transcurrido, ya sea un día o seis mil años. Para ellos la resurrección será de un 12 % de un segundo.

Por otro lado, debemos trabajar a favor de la comunidad y de nuestra propia vida como si Él fuera a demorarse en venir un poco más.

¿Y sabes por qué? Hay personas que, teniendo en cuenta la promesa de que Jesús va a volver, creen que los cristianos no tienen nada que hacer en el mundo a no ser que esperar el regreso del Señor. Piensan que las preocupaciones políticas, los programas para combatir el hambre y la pobreza, la toma de conciencia política y social son cosas que no merecen el más mínimo interés, pues sólo el regreso de Jesús corregirá el mundo.

De un modo más particular, hay fanáticos que no les importa lo que le pase a su país, ni participan de ninguna sociedad de beneficencia, ni se casan o si son casados, no permiten que sus hijos estudien porque “Jesús vuelve pronto, por lo que no hay tiempo para hacer una carrera”.

Algunos llegan a argumentar lo siguiente:“La Biblia previó que, antes del regreso de Jesús, el mundo estaría en un caos. Siendo así, si intentamos mejorar la sociedad estaríamos yendo en contra de la profecía de la Palabra de Dios”.
Las personas que actúan así, desgraciadamente no han entendido las orientaciones del Maestro.

En una de sus parábolas acerca de la Segunda Venida, Jesús pregunta: “¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien su señor puso sobre su familia, para que le dé el alimento a tiempo? Dichoso aquél siervo, a quien, cuando su señor vuelva, lo encuentre haciendo así. Os aseguro que lo pondrá sobre todos sus bienes” (Mateo 24:45-47).

¿A quién esperar?

Se cuenta que, cierta vez, una niña de seis o siete años le entregó a un hombre un folleto con estas palabras: “Jesús muy pronto volverá”. Sin el menor sentimiento por la niña, el adulto le devolvió el folleto soltando una irritante carcajada y diciéndole en son de burla: “¿Ah, sí? ¿Quiere decir que Jesús está por venir? Oye, cuando Él venga, dile que le dejé un abrazo, o sea, si es que realmente viene…”.
Con simplicidad, la niña respondió: “Si Jesús va a aceptar el abrazo de usted, no lo sé. Pero ahora recuerdo que el apóstol Pedro dijo que vendrían hombres como usted, burlándose de la promesa de Jesús. Ellos serán quemados y vendrán a ser cenizas en el día del Juicio. Deberá disculparme, señor, ¡pero creo que tiene usted un problema muy grande que resolver!”.

Según la Biblia, el regreso de Jesús es un evento que involucrará dos sentimientos al mismo tiempo. Para aquellos que están en paz con Dios y aman su Ley, será un momento de gozo y mucha expectativa. Aquel que está por venir no será un extraño ni un exterminador; El es su Salvador y vendrá a buscarlos, para que tú y yo vivamos en su reino eterno.

Por otro lado, hay una gran multitud que no demuestra la más mínima voluntad de estar con el Maestro. Estas personas han rechazado su Gracia y han cerrado sus ojos a las evidencias de su palabra profética. Éstos, según Apocalipsis, les pedirán a los montes que caigan encima de ellos y los libren de la visión de aquél día (Apocalipsis 6:15, 16).

Un romance de la Edad Media cuenta que, cierta vez, durante las cruzadas para conquistar a Jerusalén, un poderoso príncipe cruzado se enamoró de una joven otomana. Tomando a la muchacha, la llevó a un bello castillo que quedaba en un lugar seguro de la guerra. Ella, que había sido una joven pobre, acostumbrada a las privaciones y sufrimientos del desierto, apenas se podía contener ante la suntuosidad de aquél lugar que, para el príncipe, no pasaba de ser una simple casa de las afueras.
Por razones legales, el príncipe no podía llevarla todavía a su reino y por eso tuvo que dejarla provisionalmente en el castillo hasta que pudiera volver para oficializar su matrimonio con ella. Para que nada le faltase a su amada, hizo provisión para que un escudero fuera, de tiempo en tiempo, llevando todas las provisiones que eventualmente fueran necesarias. Al volver, el escudero traería noticias para el príncipe sobre aquella que en algún tiempo más compartiría con él el trono de su reino.
Al primer viaje del escudero, el joven regente casi no soportaba la ansiedad de su llegada. Quería saber cuál era el mensaje que su amada le enviaba. Como la muchacha no sabía escribir, fue el escudero quien debió relatar el contenido del mensaje.
“Majestad, dijo el escudero del rey, su amada novia se alegró mucho con los vestidos y demás regalos que su señoría le envió. Dijo que ha hecho muchas amistades con la gente que vive alrededor del castillo y que todas las noches da una fiesta para muchos invitados. Todo está bien”.

En el segundo viaje, el mensaje no había cambiado demasiado. El escudero dijo: “Majestad, su amada novia continúa muy feliz. Dijo que usó su vestido nuevo en la fiesta de bodas de una persona de la aldea. Comentó también que no ve la hora de participar en otras fiestas, aún mayores, que se celebrarán en los palacios de vuestro reinado. Finalmente, ha solicitado que le envíe más dinero para que ella pueda comprar especias de un comerciante que de vez en cuando aparece en la región ofreciendo productos de la India”.
Después de varias idas y venidas y siempre trayendo recados semejantes, el príncipe envió al escudero con un fuerte mensaje a la bella muchacha:
“Amada, esta es la última vez que envío a mi escudero con el fin de que me traiga noticias tuyas. Junto con él va un poco de oro y provisiones para que tú puedas dejar mi castillo y volver a tu tierra. Siento mucho tener que romper nuestro compromiso, pero no puedo tener como novia a alguien que no me extraña.

Pareces estar muy bien con los vestidos, joyas y otras cosas que hay en la región. Y mi persona parece no estar haciendo falta en tu vida, por lo que he llegado a la conclusión de que ya no me amas. Me hubiera gustado, por lo menos en una oportunidad, haber escuchado decir que me amas o que me extrañas. Daría mi reino para tener tu sonrisa, pero estoy descubriendo que no me amas. Por eso, adiós”.

Jesús también nos dejó provisoriamente en este mundo, hasta que Él pudiera volver a buscarnos para llevarnos a su Reino. Para que nada nos faltara, envió al Consolador que cuida de nuestra vida y eleva a Dios nuestros ruegos.
De manera semejante a la leyenda de la joven otomana, hay algunos que se deleitan en estar pidiendo cosas. Su gran deseo está basado en el materialismo y en los deleites que el mundo ofrece. En ningún momento echan de menos a Cristo. Su corazón no está pidiendo que Jesús vuelva.

Otros, sin embargo, actúan de manera diferente. No son desequilibrados y saben aprovechar bien la vida que Dios les ha otorgado. Sin embargo, sienten que su historia debe apuntar hacia el reino venidero.

Nuestra madurez espiritual debe enseñarnos que, por más buena que sea la vida, por más victoriosos o exitosos que seamos, nuestra existencia no tendrá sentido si, en la eternidad, no estamos con Jesús. Todo lo bueno que aquí experimentemos será nada, comparado con las sorpresas que nos están preparadas para aquél grandioso día.
San Pablo dice en 1 Corintios 2:9 Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.

Detengámonos algunos instantes para imaginar cuán estupenda será la ocasión en la que Jesús regrese. En la tierra, el caos habrá alcanzado su punto culminante. Las plagas apocalípticas estarán cayendo con furia, provocando las catástrofes más dramáticas de toda la Historia. El remanente fiel estará siendo perseguido por haber rechazado servir al gobierno del anticristo.
Todo parecerá no tener salida. Satanás comandará libremente el mundo como si fuera su verdadero dominio. El mal parecerá haber triunfado y el bien parecerá estar fracasando. Pero, en el momento de mayor oscuridad, romperá en el cielo la luz fulgurante de la intervención divina.
El reloj profético indicará la medianoche y la tierra comenzará a temblar ante la potente Voz que anunciará la llegada del Hijo de Dios.
Entonces, surgirá del oriente una pequeña nube del tamaño de la mitad de la palma de la mano de un hombre. Esta nube crecerá y comenzará a revelar su carácter sobrenatural. Junto a ella, surgirá una sombra de juicio que parecerá cubrir todos los pueblos. Los que estarán en falta sentirán que habrá llegado la hora del ajuste de cuentas y de que no habrá escapatoria alguna.
Fulgurante, en el medio del cielo, la nube se convertirá en un túnel desde donde saldrán miles de ángeles con sus trompetas dando sonido a la más melodiosa canción jamás ejecutada por orquesta humana alguna.
Volarán majestuosos por todos los rincones. Su brillo será superior al del sol al mediodía, y su número parecerá incontable.

De repente, en medio de la nube blanca, surgirá la figura majestuosa de nuestro Salvador. Su gloria es mayor que la de todos los ángeles reunidos. Levantará su mano y la tierra quedará en silencio. Entonces, con voz suave, comenzará a convocar ante su presencia a sus amigos, aquellas personas que decidieron amar su venida y prepararse para el gran Encuentro.

De las sepulturas se levantarán los santos que hace tiempo esperaban en el polvo la resurrección del día final. Algunos de ellos habrán estado muertos durante siglos y nada habrá quedado de ellos, salvo el polvo de sus huesos esparcidos a los cuatro vientos. Serán transformados en el aire y llevados ante la presencia del trono celestial.

Los que hayan quedado vivos (tal vez algunos de nosotros) también serán elevados en los brazos de los ángeles que los conducirán al encuentro con el Señor.

¡Imagínate a ti en medio de los redimidos! Parece increíble, pero tú estarás allí. El Maestro te llama por tu nombre y tú respondes. El te dirá entonces algo que parece resumir todo lo que siempre has deseado escuchar de la boca de Dios: “Valió la pena, hijo (hija). ¡Has vencido! Fue muy bueno para mí haberte creado. Ahora entra, y siéntete como en tu casa, porque ¡el cielo es todo tuyo!”

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