24 de mayo de 2010

Alzar las manos en adoración

¿Hay algún fundamento bíblico para la práctica cada vez más frecuente de alzar y mover las manos durante la alabanza congregacional?

Esta pregunta podría parecer trivial, pero revela que estamos muy interesados en una adoración que esté basada en la Biblia y que no transgreda sus instrucciones. Implica al mismo tiempo que esta actividad está creando algunas tensiones. Me ocuparé aquí de analizar la utilización de las manos durante los actos de adoración. Quedará claro que en la Biblia, el uso ritual de las manos se llevaba a cabo principalmente durante la oración.

1. Acciones no verbales: Los gestos corporales juegan una importante función en la expresión de ideas y emociones. Los estudios sobre la función de las acciones de adoración no verbales nos ayudan a entender un poco mejor su significación. En la Biblia, solo tenemos el lenguaje de las posturas, gestos, movimientos y expresiones faciales. El arte del Cercano Oriente en la antigüedad ilustra muchos de esos gestos, que a su vez se mencionan en la Biblia como una práctica común en la adoración y oración.

2. Alzar las manos: Las expresiones “alzar las manos [yādîm]” o “alzar las palmas [kappayim]” son prácticamente sinónimas. Son utilizadas en contextos diferentes y en algunos casos expresan diferentes significados. “Alzar las manos” es un gesto que expresa adoración en el contexto del culto. Se exhortaba a los que ministraban en el templo diciéndoles: “Alzad vuestras manos al santuario y bendecid a Jehová” (Sal. 134:2). El gesto indicaba que el objeto de las alabanzas era el Señor y que toda la persona participaba de la acción. También se utilizaba para presentar una oración de súplica al Señor (Sal. 28:2), como si la oración fuera colocada en la palma de la mano y elevada al Señor pidiéndole que la acepte (Sal. 141:2). En otros casos, el gesto expresa la disposición de la persona de recibir del Señor lo que fue solicitado (Sal. 63:4, 5; Lam. 2:19). Pero el 
alzar las manos también parece expresar algo más profundo, algo relacionado con el corazón humano: “Levantemos 
corazón y manos al Dios de los cielos” (Lam. 3:41). La 
acción de levantar las manos se corresponde con la elevación del ser interior del adorador hacia una comunión con Dios.

3. Extender las manos: En este caso el verbo es pārash (“extender”), y expresa la imagen de las manos que eran extendidas hacia la persona, no necesariamente hacia arriba. En ocasiones se dice que el adorador extendía sus manos hacia el templo y hacia los cielos (1 Rey. 8:38, 39, 54; Sal. 44:20), o al Señor (Éxo. 9:33). Esta acción se realizaba particularmente durante las oraciones de súplica (1 Rey. 8:54; Isa. 1:15; Éxo. 9:29; Lam. 1:17) o cuando existía la profunda necesidad de la presencia de Dios (Sal. 143:6). En Salmos 88:9 leemos: “Te he llamado, Jehová, cada día, he extendido a ti mis manos”. La necesidad del salmista era tan intensa que clamó al Señor para que lo ayudara. En su profunda necesidad, el adorador se dirige al Señor y extiende sus manos hacia él pidiendo ayuda. Este gesto más intenso era una expresión de la dependencia que tiene el ser humano de Dios (Sal. 44:20) y la devoción del corazón por el Señor (Job 11:13).

4. ¿Y entonces? Hasta donde puedo determinar, en la Biblia no se necesita agitar las manos durante la adoración. Era común, sin embargo, alzar las manos (1 Tim. 2:8). La Biblia no prescribe gestos de manos durante la adoración, pero describe las prácticas aceptadas. El arte cristiano primitivo indica que los cristianos solían orar con los brazos y las manos extendidas hacia los lados para representar con sus cuerpos la crucifixión. Hoy día solemos juntar nuestras manos por delante o por detrás de nuestro cuerpo, o simplemente las dejamos colgando a los lados. En ocasiones las juntamos cruzando los dedos, una práctica común entre los antiguos romanos y sumerios. Otras veces unimos las palmas y los dedos apuntan hacia arriba, una práctica común para los budistas e hinduistas. La introducción de cambios en nuestras iglesias, influidos por los movimientos carismáticos, podría perturbar el desarrollo de una adoración que debería estar centrada en el Creador y Redentor y en su Palabra. Acaso sea mejor seguir la práctica usual de la congregación donde como comunidad nos reunamos a adorar al Señor. 

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