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8 de julio de 2010

EMANUEL



1. El peligro real.
Cuando el profeta se dirigió al rey de parte de Dios, ofreciéndole una señal del cielo (Isa 7:11), no fue para que el rey pidiese cualquier cosa con tal de satisfacer su curiosidad, sino algo que respondiese a su problema. El rey estaba tremendamente angustiado por una invasión que tenía como propósito destruir su reino, el reino de Judá. Mientras que David y Salomón lograron mantener unidas las doce tribus de Israel, con Roboam, el tercer descendiente, el reino se había dividido y se habían establecido dos cultos y dos reinos rivales. ¿Cuál dinastía iba a prevalecer? (véase 2 Crón 13:5).
Judá tenía todo en su favor. Dios había escogido a Jerusalén como lugar de su reposo, y su gloria descansaba sobre el templo de esa ciudad. A David, su rey, le había prometido establecerlo “para siempre” en medio de su pueblo, mediante la promesa de proteger su descendencia hasta que llegase un hijo suyo que reinase para siempre. En otras palabras, su descendencia no podría ser jamás aniquilada. Muy diferente era el caso de Israel (o Efraín), que tenía todo en su contra.
Dios había dado la orden de que todas las tribus peregrinasen tres veces al año (en la Pascua, en el Pentecostés y en los Tabernáculos), al culto que Salomón había inaugurado en Jerusalén, y cuyo templo había sido santificado mediante un descenso visible de la gloria de Dios delante de todo el pueblo reunido. Esa orden debilitaba de antemano todo intento de división del reino, por lo que el rey de Samaria decidió establecer otro culto en un lugar histórico memorable, Betel (cf. Gén 28:19), así como en otros lugares históricos significativos también (1 Rey 12:26-33).
Ambas dinastías con ambos cultos se volvieron así, rivales desde el mismo comienzo. El mayor problema de la dinastía que se estableció en Samaria fue su autenticidad. Tanto los reyes y sacerdotes de Judá como los profetas de Israel negaban constantemente su validez y exhortaban al pueblo a volver al verdadero culto en Jerusalén (2 Crón 11:13-17; 13:6-10). Esto llevaba a los de Samaria a querer levantarse “contra el reino del Señor que está en mano de los hijos de David” (2 Crón 13:8), ya que “Dios dio el reino a David sobre Israel para siempre, a él y a sus hijos” (v. 5). Los de Judá, en cambio, podían afirmar con fe que “Dios está con nosotros” reinando a través de un hijo de David (v. 12).
El profeta Amós estaba anunciando también por esa misma época, la ruina del culto de Betel (Am 3:14; 5:5), así como del reino de Efraín (Am 7:9-11). Eso provocó una confrontación muy fuerte del profeta con el sacerdote de ese culto cismático y real de Betel (Am 7:10-13). De manera que el verdadero peligro que Acaz vio en esa coalición Siro-Efraimita para invadir Judá, tuvo que ver con la extinción de la casa de Acaz, descendiente de David. Por tal razón, “se estremeció el corazón de Acaz y de su pueblo, como se estremecen los árboles del monte a causa del viento” (Isa 7:2).
Cuando los reyes antiguos vencían a otros pueblos, si no hacían tributario al rey vencido, procuraban destruir la dinastía sin dejarles ningún sobreviviente. Esa era la manera más contundente de hacerles perder la esperanza de toda recuperación. ¡Qué oportunidad extraordinaria se le presentaba, pues, al rey de Israel para acabar de una vez con esa rivalidad que constantemente menoscababa su reino, exterminando todo descendiente de David para que no hubiese más rey en Jerusalén! Por eso dijeron los dos reyes que se complotaron contra Judá:  “pongamos sobre ella por rey al hijo de Tabeel”, quien no tenía nada que ver con la dinastía de David (Is 7:6). Pero Dios había empeñado su Palabra diciendo que no faltaría descendiente sobre la casa de David (2 Sam 7:16), y que, por lo tanto, su reino no tendría fin (Isa 9:7).

2. La “virgen”.
En medio de la angustia de Acaz, Dios manda al profeta presentarse ante el rey con su hijo Sear Jasub (“un remanente volverá”), que como sus demás hijos, servían con sus nombres simbólicos de “señales y prodigios en Israel” (Is 8:18). La presencia del profeta con su hijo, era un testimonio definido de la voluntad divina de proteger a su pueblo en medio de los tumultos de las naciones, así como su dinastía. A pesar del desaire del rey, Dios da una señal a “la casa de David” (Is 7:13), afirmando otra vez que su dinastía no desaparecería. Una joven de la familia de David tendría un hijo de quien vendría el Mesías. El rey no podría dejar de pensar, al ver ese niño, en la fidelidad de Dios quien prometió que no faltaría descendencia sobre la casa de David.
Por la misma época, Miqueas anuncia el lugar donde va a nacer el niño prometido. Cuando “la que ha de engendrar” lo de a luz, afirma, “el resto de sus hermanos volverá a juntarse” (Miq 4:2-3). Así como lo indicaba el nombre del hijo de Isaías, “un remanente” volvería a agruparse bajo un hijo de David (Miq 5:4). Pero, ¿quién sería esa “joven” que daría a luz? ¿Sería virgen? ¿Sería alguien recién casada? ¿Cómo entender la señal?
Es cierto que el Antiguo Testamento usa a menudo la palabra betulah para referirse a “virgen”, y que no aparece en Is 7:14. Betulah aparece a menudo en relación con na‘ara, “joven”. Pero también usa ‘almah, “joven” o “doncella”, en relación con na‘ara (Gén 24:43: ‘almah, v. 55,57:  na‘ara), y también en relación conbetulah (v. 16). El masculino de ‘almah es ‘alem:  “muchacho, adolescente, joven” (1 Sam 17:56; 20:22). De allí viene también ‘alumenu:  “juventud, vigor juvenil” (Sal 90:8; Isa 54:4; Sal 89:46; Job 20:11; 33:25). Resulta claro, así, que los tres términos, ‘almahna‘ara y betulah eran equivalentes, sinónimos.
Cabe destacar que nunca se usa el término ‘almah para referirse a una mujer casada (Ex 2:8; Prov 30:19 (discutible como ciertos pasajes que usan betulah sin referirse necesariamente a virginidad: Joel 1:8); Sal 46:1 (¿soprano?); Sal 68:26[25]; Cant 1:3; 1 Crón 15:20 (¿sopranos?); Cant 6:8. Los diccionarios teológicos y comentarios bíblicos que presumen el sentido de ‘almah como pudiendo implicar también una mujer casada, se basan en una interpretación que hacen de Isa 7:14, no en ningún otro pasaje de la Biblia. De manera que el rendimiento de Isa 7:14 por “virgen”, como lo entendieron los judíos que tradujeron el Antiguo Testamento al griego, está correcto. Parece obvio que tales traductores judíos tres siglos antes de Cristo, entendieron que para ser una señal, el niño debía nacer de una virgen, no de una mujer joven casada. Y al traducirlo así, estaban de acuerdo con el sentido implícito del término en el resto del Antiguo Testamento.

3. ¿Quién fue la virgen?
Siendo que el problema de fondo tenía que ver con la dinastía de David, la tendencia general ha sido la de presumir que el nacimiento de un hijo de Acaz, a su vez descendiente de David, iba a ser la señal de que la descendencia davídica se iba a perpetuar. Debido a que Ezequías fue hijo de Acaz, y Mat 1:9 certifica que formó parte de la genealogía que llegó hasta el hijo de María, se ha creido que el nacimiento de Ezequías cumplió con la señal indicada. Aunque para algunos, la cronología presenta ciertas dificultades, parece ser la respuesta más lógica al contexto inmediato del mensaje profético.
Pero, ¿quién fue la joven o virgen? ¿Sería una joven que no estaba casada aún con Acaz, o que estaba por desposarse con él, y que probaría no ser estéril una vez que se uniese con el rey? ¿Quién sería la señal? ¿La joven, el niño, o ambos? A menudo, encontramos que la tipología del Antiguo Testamento se refiere a algún evento futuro que sobrepasa el cuadro de la representación terrenal, con el propósito de que la gente mirase en aquellos días hacia un cumplimiento más vasto, que el momento presente sólo cumple en forma parcial. En este contexto, no habría necesidad de pensar que la palabra ‘almah debía implicar una mujer casada, sino que lo que una mujer casada iba a tener en los días de Acaz, iba a representar el nacimiento virginal de un niño en el futuro, un hecho mayor como lo fueron siempre las realidades en relación con los tipos o figuras o símbolos o representaciones.
Todo esto implica que mientras que en los días de Isaías, el nacimiento de un hijo de Acaz iba a ser la señal más específica, en los días de Mateo también la virginidad de la madre de Jesús lo sería (Mat 1:23). Esto puede ampliarse todavía, en la consideración del uso del término betulah, “joven” o “virgen”, en los días de Isaías y aún en el Apocalipsis.

4. La virginidad de Jerusalén y de otras ciudades.
Varias expresiones semejantes se usaban entonces para referirse a Jerusalén, e incluso a otras ciudades de otros reinos. “La virgen (betulah) hija de Sión..., hija de Jerusalén” (2 Rey 19:21; Isa 37:22) una referencia directa a la ciudad misma, capital del reino—desprecia al altivo invasor asirio en la época de Ezequías, porque “con nosotros está el Señor” (2 Crón 32:8: ‘imanu). Esa había sido la promesa que Dios había dado para cuando el reino de Asiria invadiese la tierra de “Emanuel” “hasta la garganta” (Is 8:7-8). Ezequías, como todos los hijos de David que se sentaban sobre el trono de Israel, era aquel a quien Dios se había escogido como “hijo” suyo al momento de coronarlo rey (cf. Sal 2:6-9). Ezequías y todo el pueblo tiemblan de angustia también, cuando “la virgen... de Jerusalén” en momentos tales, esto es, “la que da a luz, no tiene fuerza” ante el peligro inminente (2 Rey 19:3).
Más tarde, cuando está por caer bajo los babilonios, Jerusalén clama también “como mujer que está de parto”, con “angustia como de primeriza” (Jer 4:31). El Señor se refiere a ella como “la virgen hija de Judá” a quien la desprecia por su infidelidad (Lam 1:15), y a quien no puede curar. Parece extraño que a una mujer infiel Dios la continúe llamando betulah, el término que muchos consideran como expresando inequívocamente “virgen”, cuando su sentido no parece restringirse a ese significado, ya que para entonces se prostituía con otros reinos (Eze 16; 23). Aún de las capitales del reino de Egipto, de Sidón y de Babilonia, los pasajes se refieren como a una betulah (Jer 46:11; Is 23:12; 47:1).
De Samaria, la capital del reino del norte, también se refiere la Biblia como a una virgen (betulah) que ya había fornicado en Egipto, y que continuó prostituyéndose con los asirios hasta ser destruída (Eze 23:8-10). Cuando llega a su punto final, esa ciudad maldita anhela un remanente, con un descendiente de la casa real, para poder perpetuar su nombre. Le sobrevienen “dolores de mujer de parto”, pero para desilusión, da a luz “un hijo estúpido”, que hasta se retraza en el alumbramiento (Os 13:13). En cambio de Jerusalén se promete que al final se llenará repentinamente de hijos, tan rápido que los dará a luz aún “antes de estar de parto” y de “tener dolores” (símbolo de la resurrección final), porque el Señor la hará engendrar (Is 66:6-14).
Otros términos equivalentes se refieren a “la virgen (betulah) hija de mi pueblo” a quien Dios deshecha por su infidelidad (Jer 14:17), “la virgen de Israel” (31:4), a la cual Dios llama a volverse a su verdadero esposo (v. 21). El niño que iba a nacer en los días de Acaz no debía mirárselo, por consiguiente, como necesariamente nacido de una mujer virgen, sino de la ciudad de Jerusalén. A lo sumo, la “virgen” podría referirse a la esposa de Acaz o a Jerusalén como siendo fiel, ya que cuando Dios perdona, considera a su pueblo como si nunca hubiera pecado, pudiendo disfrutar de una relación conyugal con él como si fuesen vírgenes (Os 2:15úp; 2 Cor 11:2; Ef 5:25-27; Apoc 14:4,5; 19:7-8).
En síntesis, al usar el término “doncella” o “virgen” el profeta indicaba una señal mayor que la que se daría en los días de Acaz con el nacimiento de un hijo suyo. Nacería un hijo más lejano, descendiente de David, por una mujer auténticamente virgen, no solamente en una dimensión moral y/o espiritual, sino también carnal. Así lo entendieron los traductores de la LXX y posteriormente los evangelistas en la época de Jesús, puesto que así lo reveló el Señor mismo (Mat 1:20-22).

5. Dios con el remanente a través del rey
Cuando Dios nombró a David como su rey, lo engendró como hijo suyo (Sal 2:7; 89:26), y lo declaró en ese sentido “primogénito” (Sal 89:26-29), aunque según la concepción carnal era el menor de sus hermanos. Le prometió también, cerca de su muerte, que un hijo suyo edificaría una casa para el Señor. Ese hijo de David fue Salomón, aunque a través de esa instalación como rey, todo el mundo sabía que Salomón no era el hijo a quien Dios establecería “para siempre” sobre “su trono” (1 Crón 17:12-14). En él todos debían mirar algo más grande por venir, un hijo que al resucitar y sentarse a la diestra de Dios en el cielo, ninguna otra dinastía terrenal podría destruir (Hech 2:30-36).
¿Sobre qué trono se sentaban los hijos de David? Sobre “el trono del reino del Señor” (1 Crón 28:5). “Y se sentó Salomón por rey en el trono del Señor, en lugar de David su padre” (1 Crón 29:23; 2 Crón 9:8). “El reino del Señor”, sabían sus representantes terrenales, estaba “en mano de los hijos de David” (2 Crón 13:8). Ellos debían disponer el juicio y la justicia para siempre en medio de su pueblo (2 Crón 9:8). De allí que el niño que tendría nombres divinos podía ser anticipado en su obra que efectuaba a través de Ezequías y de los demás reyes de Judá (Isa 9:6-9:  “disponiendo y confirmando el reino del Señor en juicio y justicia desde ahora y para siempre”).
¡Cuánto no se esforzaría el diablo para hacer caer a tales representantes del trono del Señor! El trono de Babilonia y su rey (Is 14), así como el de Tiro y su rey (Ez 28), contrariamente, eran un símbolo del trono de Lucifer, del ángel rebelde que se estableció en forma impostora como “príncipe de este mundo”. A través del reino de Israel (la teocracia), Dios quería contrastar los principios de su reino con los del príncipe rebelde representado por los grandes imperios y ciudades impías de este mundo.
Por supuesto, los nombres divinos que Dios dio acerca de ese niño por nacer (Isa 9:6), no debían atribuirse al niño Ezequías. Pero a través de él y lo que representaba, debían todos mirar a Aquel niño futuro cuyos atributos divinos le calzarían a la perfección. Jesús se refirió a la obra de tales reyes y jueces de Israel que lo representaban como a “aquellos a quienes vino la palabra de Dios” (Juan 10:34-35; véase 2 Cor 5:20). Pero Juan aclaró que a Jesús no le vino la Palabra de Dios, porque él mismo “era la Palabra” que vino a los hombres (Juan 1:1ss). Al ver cómo Jesús resucitó y Dios lo sentó a su diestra sobre su trono en su templo celestial, Pedro y los demás apóstoles podían entender cómo es que se iba a cumplir la promesa de reinar para siempre en medio de su pueblo (véase Eze 34:23-24).

Conclusión.
La señal que Dios dio por boca de Isaías era doble. Debía cumplirse mediante el nacimiento virginal de un niño descendiente de la casa de David que sería equiparado, literalmente, a Dios mismo, porque Dios estaría en medio de su pueblo a través de él. Todos sabían que Ezequías no nació de una virgen, pero sabían que el hijo que iba a venir en el futuro, el descendiente final de David, nacería de una virgen, y debían esperar a que llegase ese tiempo para obtener una liberación más completa y definitiva.
De la misma manera, todos sabían que Jerusalén no era virgen, pero debían mirar en ella a la “santa ciudad” por venir, “la nueva Jerusalén” (Heb 11:10,13-16; 12:22; 13:14), sobre la cual reinaría un hijo de David para siempre en medio de su pueblo (Apoc 21-22). Y aunque un hijo de la Jerusalén terrenal de los días de Isaías se sentó sobre el trono del Señor para reinar sobre el antiguo Israel, la capital terrenal del reino divino, y Dios estuvo con su pueblo a través de él, ese hijo no iba a reinar para siempre. Todos debían mirar más allá de él, hacia un cumplimiento mayor que el Señor efectuaría “llegado el cumplimiento del tiempo” (Gál 4:4), cuando Jesús, el Hijo de Dios mismo, naciese de una virgen.

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