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25 de agosto de 2009

¿Están realmente vivas las "almas" que se encuentran debajo del "altar"?

Seguramente una buena cantidad de lectores ha supuesto que las almas de los mártires de Apocalipsis 6: 9-11 se encuentran vivas y están en el cielo. Las almas "gritan" y reciben "vestidos blancos", lo que parece probar que están vivas aunque fueron "degolladas" y se encuentran debajo de un "altar".

En nuestro análisis de este importante e interesante asunto nos convendrá reconocer, para comenzar, que todos nosotros usamos palabras que ahora tienen un significado que no tenían antes. "Conversación", por ejemplo, antes significaba "manera de conducirse", y no hablar con otra u otras personas. Se les daba el nombre de "hijos" incluso a los bisnietos. y aún hoy, no siempre las palabras tienen el mismo significado. "Vivo", por ejemplo, no sólo significa que alguien tiene vida, sino inteligente, astuto también. .

"Cementerio" es otra palabra interesante. Hoy la usamos para referirnos al lugar donde sepultamos a los muertos. Pero la palabra griega de la cual procede, koimaterion, era el lugar donde la gente se iba a dormir. Un cementerio, entonces, era un dormitorio. Si quiere ahondar en el tema, consulte su diccionario favorito.

"Alma" es una de esas palabras que tiene una historia interesante. En la actualidad la mayor parte de la gente usa la palabra "alma" para referirse a una entidad se- parada del cuerpo, inmortal, 'que sigue viviendo cuando morimos. Creen que las Escrituras usan esta palabra con ese sentido. Pero, por extraño que parezca, las Escrituras no dicen realmente que el alma es inmortal. Dicen que sólo Dios posee inmortalidad. (Véase 1 Timoteo 6: 16; compárese con 1: 17.) En cuanto al alma, las Escrituras se refieren a algo que los mortales somos, y no algo que tenemos.

Las versiones castellanas de las Escrituras son traducciones. En los manuscritos griegos del Nuevo Testamento la palabra "alma" es psujé. En los manuscritos hebreos del Antiguo Testamento es néfesh.

Esta última palabra es sumamente común. Aparece 755 veces en el Antiguo Testamento. La declaración clásica acerca del origen del alma (es decir, el origen de néfesh) la encontramos en el relato de la Creación. En la Biblia de Jerusalén -que es la que estamos citando en esta obra mayormente- Génesis 2: 7 reza así: "Entonces Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente". La palabra hebrea traducida por "ser" en este caso es néfesh. La traducción literal sería entonces "alma viviente".

Notemos, entonces, que Adán no recibió un alma viviente; en cambio, llegó a ser un alma viviente. El hombre vivo, Adán, era un alma viviente. Note los dos ingredientes que constituyeron esta alma viviente. Nuestro Padre celestial tomó 1) "polvo del suelo", y le añadió 2) "aliento de vida".

En la frase "aliento de vida", la palabra hebrea traducida por "aliento" es rúaj, que significa "aire" o "viento". En las Escrituras se la traduce a menudo por "aliento" o "espíritu". La palabra castellana "espíritu" procede de un término latino, spiritus, que también significa tomar y expulsar aire de los pulmones. En la raíz spir de esta palabra encontramos su antecedente: spiritus.

Tanto Adán como su esposa fueron creados "a semejanza" de Dios (Génesis 1: 27).
Este honor los ubicó muy por encima de los animales. Pero en el relato de la creación cada animal, lo mismo que Adán, recibe la designación de "ser viviente" (Génesis 2: 19). Los animales, lo mismo que los seres humanos, están constituidos por los dos mismos ingredientes: 1) el polvo de la tierra y 2) el aliento de vida. (Véase Génesis 1: 24, 30.) Su perro, su gato, o cualquier otro animalito que tenga en casa es un alma viviente. Los caballos también son almas vivientes. Lo mismo ocurre con los animales del zoológico.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando alguien muere? De acuerdo con las Escrituras cuan- do alguien muere los dos ingredientes: 1) el polvo de la tierra y 2) el aliento de vida se separan por el momento. Por un tiempo el polvo y el aliento regresan al lugar de donde vinieron.

Vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu (rúaj, el aliento) vuelva a Dios que es quien lo dio. Eclesiastés 12: 7.
¿Qué le ocurre entonces al alma (al néfesh) cuando alguien muere? Algo parecido a lo que le acontece al columpio de sus chicos cuando usted se tiene que mudar de casa. Al desarmarlo se convierte en una cantidad de trozos de madera o caños de metal, cuerdas, tornillos y tuercas: ya no es más un columpio; es sólo un conjunto de partes. Ha dejado de existir, y quedará en esa condición hasta que usted lo vuelva a armar en el patio de su nueva casa. Ya pesar de que no existe por el momento como columpio, usted se puede referir a él como "el columpio que puse en la caja de cartón".

Las almas debajo del altar. Todavía queremos saber algo más acerca de las almas que estaban debajo del altar. En Apocalipsis 6: 10 se nos dice que claman con fuerte voz: "¡Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?" Se dice que las almas están "debajo del altar" porque, como en el caso de los animales sacrificados, ellas también lo habían sido. Eran mártires. Fueron "degolladas" por la Palabra de Dios y por el testimonio que habían dado. Y sin embargo oran en alta voz. ¿Están vivas o están muertas?

El problema no está en las Escrituras. El pasaje que estamos examinando dice con suficiente claridad que esas almas fueron "degolladas" y que es necesario vindicar su "sangre". El problema radica en nuestra costumbre de pensar que el alma es inmortal.

Pero las Escrituras no dicen que el alma es inmortal. Como ya lo hemos visto, nos dicen que sólo Dios tiene inmortalidad. (Véase 1 Timoteo 6: 16; compárese con 1: 17.)

Cuando Dios creó al primer hombre y a la primera mujer, su más profundo anhelo era que vivieran para siempre. No creó a los seres humanos para que murieran. Es el Autor de la vida, y nos creó para que viviéramos. Para que la vida sin fin estuviera disponible, Dios les dio a Adán y Eva el fruto del árbol de la vida. (Véase Génesis 2: 9, 16,17.) Pero ellos pecaron. Y el Señor, sabedor de los sufrimientos que el pecado iba a producir, acortó sus vidas impidiéndoles comer más del fruto del árbol de la vida. (Véase Génesis 3: 24.)

Si el árbol de la vida hubiera estado a su disposición, los seres humanos podrían haber sido inmortales. Sin él, todos debemos morir. El alma no es inmortal. El alma es lo que somos, y todos somos mortales. Cuando morimos, nuestras almas mueren. Y cuando eso sucede, todos nuestros pensamientos y planes y esperanzas llegan a su fin por el momento.

Que el Seol (la morada de los muertos, el sepulcro) no te alaba ni la Muerte te glorifica,
ni los que bajan al pozo esperan en tu fidelidad.
El que vive, el que vive, ése te alaba, como yo ahora,
El padre enseña a los hijos tu fidelidad.
Isaías 38: 18, 19.

No pongáis vuestra confianza en príncipes,
en hijo de hombre, que no puede salvar; su soplo exhala,
a su barro retorna,
y en ese día sus proyectos fenecen.
Salmos 146: 3, 4.

Si de acuerdo con versículos como éstos, las almas que están debajo del altar ni siquiera pueden pensar más, ¿cómo es posible que oren en alta voz? La respuesta es que claman por venganza en la misma forma como la sangre de Abel clamaba por venganza después de que su hermano Caín lo asesinó. Dios le dijo a Caín: "Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo" (Génesis 4: 10).

Así de sencillo es el asunto. Tan sencillo como la forma de expresarnos que usamos hoy comúnmente: "Un crimen grave -decimos- demanda un castigo ejemplar".

Los mártires, por sí mismos, no están pidiendo venganza. En la hora de su supremo sufrimiento posiblemente murieron perdonando a sus perseguidores tal como lo hicieron Jesús y Esteban. (Véase S. Lucas 23: 34; Hechos 7: 60.) Es la monstruosa falta de humanidad de sus asesinos la que demanda castigo, que "clama a Dios" por venganza. El mero hecho de que alguien obligó a esas almas a permanecer "bajo el altar" reclama justicia.

La palabra que usa Cristo para referirse a la muerte. Si usted ha experimentado últimamente el pesar de llevar al descanso a uno de sus seres amados, posiblemente le produzca una emoción desagradable enterarse de repente que el alma no es inmortal. Su pérdida le habría resultado más fácil de soportar al imaginarse que su ser amado estaba viviendo como los ángeles, contemplando a Jesús, gozando del cielo y cuidándolo a usted. En este momento le parece que no puede abandonar esos hermosos pensamientos.

Le puede resultar beneficioso pensar en María. El domingo de la resurrección María Magdalena vino a llorar junto a la tumba de Jesús. Se imaginó que podría recibir algún alivio sí podía llorar junto a su tumba. No había oído nada todavía acerca de su resurrección. Cuando descubrió que la piedra había sido retirada y que Jesús no estaba en la tumba, se sintió inconsolable.

Cuando poco después el Señor se le acercó quedamente, no podía creer lo que veían sus ojos, y pensó que se trataba del encargado. "Se han llevado a mi Señor -dijo mientras sollozaba- y no sé dónde le han puesto".

Entonces Jesús la llamó por su nombre y ella reconoció su voz. ¡Estaba vivo! (Véase S. Juan 20: 11-18.)

El Maestro todavía está vivo, aunque por el momento su ser amado no lo esté. Dejemos que Jesús le hable acerca de su dolor. Dejemos que El lo consuele. Usted sabe que El lo ama. Lea de nuevo lo que hemos dicho acerca del Señor como Dador de vida en las páginas 73-77. Vamos a hablar más acerca de este asunto cuando comentemos Apocalipsis 20.

Aunque nuestras almas perezcan por un tiempo cuando morimos, la muerte no es el fin de todo. Dios recuerda todo lo que nos concierne. (El sigue viendo el columpio en la caja de cartón.) Y el día de nuestra resurrección se acerca rápidamente.

Lo que necesitamos es una palabra que defina esta interrupción temporal de nuestras actividades. Jesús la proporcionó hace tiempo. Dijo al hablar de Lázaro: "Nuestro amigo Lázaro duerme". "Lázaro ha muerto" (S. Juan 11: 11, 14).

La gente estaba perpleja porque Jesús aparentemente no sentía la muerte de la hijita de jairo. Pero El dio una hermosa explicación: "No ha muerto -dijo-; está dormida". Y lo comprobó al ir al dormitorio (donde ciertamente la chica estaba muerta) para despertarla. Después de esto, nadie más hizo duelo por ella. (Véase S. Lucas 8: 49-56.) Anita Smith murió de tuberculosis cuando tenía 27 años. Esta enfermedad era terriblemente mortífera en aquellos días. En 1853, pocos años antes de su fallecimiento, compuso un poema para sus seres amados que estaban de duelo por la pérdida de un amigo común, Roberto Harmon, que también acababa de fallecer víctima de la tuberculosis a la edad de 27 años.
Duerme en Jesús: descansa en paz.
Nada perturba ya su solaz;
ni mal, ni duelo, ni ay, ni pena
pueden dañarlo con su condena.

Duerme en Jesús: no llores más.
Que esto te brinde una dulce paz;
libre por siempre de todo mal
allá en el cielo tú lo verás.

En la antigüedad los que no eran cristianos empleaban palabras como "sepulcro", "tumba" y otras, para referirse a los lugares donde sepultaban a sus muertos. Los autores humanos de las Escrituras también las usaron extrayéndolas de la cultura común de su tiempo. Pero en vista de lo que Jesús enseñó acerca de la muerte, los cristianos crearon una palabra propia para referirse a esos lugares. En la primera mitad del siglo III, si no antes, los cristianos le dieron a sus sepulturas el nombre de "cementerios", palabra que, como ya hemos visto, significa "dormitorios", lugares donde la gente se va a dormir. Los primitivos cristianos creían que sus amados fallecidos solamente estaban dormidos, por un tiempo. Se basaban en la autoridad de Cristo para afirmarlo.
Tenemos el maravilloso privilegio, como cristianos, de afirmar lo mismo.

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