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27 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (37)

Fueron los curas los que, en la misma época en que gobernó Pinochet en Chile, arengaron a los militares para apoderarse de Argentina, eliminar la democracia y lanzar una cruzada que terminó llamándose “guerra sucia” por su carácter mentiroso y genocida. Ese carácter criminal de la dictadura militar argentina fue camuflado en aras de la patria y vergonzosamente santificada por la Iglesia Católica como siendo querida por Dios. En efecto, seis meses antes del golpe de estado, el Vicario General del Ejército, Monseñor Victorio Monamin dio su Homilía a las Fuerzas Armadas el 23 de Septiembre de 1975, en términos equivalentes a los que se usaron para justificar la guerra civil española iniciada por los falangistas y el ejército, que terminó elevando al poder al general Francisco Franco. Estas fueron sus palabras premonitoras. “¿No querrá Cristo que algún día las FF.AA. estén más allá de su función? El Ejército está expiando la impureza de nuestro país... los militares han sido purificados en el Jordán de la sangre para ponerse al frente de todo el país...”

a) Antes del golpe militar. Tres meses antes del golpe, más específicamente el 29 de diciembre de 1975, Monseñor Tortolo, Presidente C.E.A. Vicario FF.AA. profetizaría lo siguiente ante la Cámara Argentina de Anunciantes (en el Plaza Hotel): “se avecina un proceso de purificación”, lo que en esencia, tenía que ver con un nuevo holocausto (“ofrenda quemada” con propósitos purificatorios). Su discurso clérico-militar sería seguido por otra homilía de Monseñor Bonamin el 5 de Enero de 1976, en la Iglesia Stella Maris. “La Patria rescató en Tucumán su grandeza... Estaba escrito, estaba en los planes de Dios que la Argentina no podía perder su grandeza y la salvó su natural custodio: el Ejército...” Nuevamente Monseñor Tortolo, luego de entrevistarse con el General Videla y el Almirante Massera, declaró el día del golpe: “si bien la Iglesia tiene una misión específica, hay circunstancias en las cuales no puede dejar de participar así cuando se trata de problemas que hacen al orden específico del Estado...”

¿Qué es lo que encontramos en estas declaraciones? Que la Iglesia, en condiciones normales, no recurre al poder estatal y militar en esta era moderna para resolver los problemas políticos que la conciernen. Pero frente al peligro de perder la unidad con el estado, olvida todas sus proclamas de buena voluntad para con todos los ciudadanos por igual. Lejos de restringirse a su labor espiritual universal de salvación, se entromete en las cuestiones políticas y se muestra solidaria de la represión militar. ¿No hará lo mismo el papado con Europa y el mundo en general, luego que logre el reconocimiento por el que aboga la Iglesia Católica en la constitución europea? Será suficiente con que aparezca algo que atente contra la unidad que pretende representar (¿terrorismo?), como para justificar la negación de muchas de sus proclamas humanísticas actuales. Las “circunstancias” dan libertad a la Iglesia Católica para olvidar todas sus promesas de tolerancia anteriores.

b) La represión católico-militar. El 10 de abril de 1976, el coronel Juan Bautista Sassian declaró que “el Ejército valora al hombre como tal porque el Ejército es cristiano” [católico]. ¿Quién podía negar, a partir de entonces, que tanto el ejército como la Iglesia Católica eran dos caras de la misma moneda? Un pacto que involucraba a ambos había sido sellado, de tal manera que no podía morir ninguno sin que muriera el otro, ni triunfar uno sin que participase de su triunfo el otro. Por otro lado, ¿valoraron el Ejército y la Iglesia al hombre como tal, desde una perspectiva cristiana, con tantas torturas aplicadas, asesinatos y desapariciones producidas?

Así como en la Edad Media los sacerdotes inquisidores tenían la tarea de bendecir los instrumentos de tortura que aplicaban a sus víctimas—presuntos enemigos de la sociedad—así también las armas del Ejército debían ser bendecidas ahora por Monseñor Bonamin, el 11 de Mayo de 1976, en los mismos términos que la curia bendecía al ejército de Musolini en su campaña contra Etiopía. “Señor Dios de los ejércitos...”, rezaba Bonamin, “escucha la oración que te dirigimos implorando tu bendición sobre estos sables y estas insignias y, en especial, sobre los nuevos generales del Ejército que las reciben como signo de la función y el poder que hoy asumen. Saben que su vida de soldado en cumplimiento de sus funciones específicas no está ni debe estar separada de tu Santa Religión. Estos hombres comparten la misma fe de tu Iglesia y la quieren vivir a través de la actividad y el servicio propio de la vocación militar que les enseñaste. Como soldados del Evangelio..., a ejemplo de Cristo, están... comprometidos... a restablecer la armonía del amor... quebrantada... por quienes, según lamentaba el salmista, gritan ‘guerra' cuando todos decimos ‘paz'...”

Posteriormente, en la guerra que inició el general Galtieri contra Inglaterra por las Islas Malvinas, volvió a verse a los curas bendiciendo las armas de guerra, celebrando misas antes de librar las batallas, como lo habían hecho los curas españoles cuando se unieron al regimiento falangista que fue a apoyar a Hitler en su guerra contra Rusia. A esas islas fueron los militares y soldados argentinos cargados no sólo de armas y municiones, sino también de cruces y vírgenes. Pero por más oraciones que le hicieron a la virgen, tampoco en esa oportunidad pudo una idolatría tal por la madre de Dios hacer algo en su favor.

El Documento de la Conferencia Episcopal Argentina del 1 de mayo de 1976 justificaba las torturas, desaparición de personas y exterminio de ciudadanos en los campos de concentración como “cortes drásticos que la situación exige”, y que no permiten que “los organismos de seguridad actuaran con pureza química de tiempos de paz”. El Nuncio Papal para Argentina, Monseñor Pío Laghi declaró el 17 de junio de 1976 que “hay una coincidencia muy singular y alentadora entre lo que dice el Gral. Videla de ganar la paz y el deseo del Santo Padre para que la Argentina viva y gane la paz”. Volvía a declarar diez días más tarde desde Tucumán que “el país tiene una ideología tradicional y cuando alguien pretende imponer otro ideario diferente y extraño, la nación reacciona como un organismo con anticuerpos frente a los gérmenes generándose así la violencia”. La Iglesia, continuaba, “está insertada en el Proceso y acompaña a” las Fuerzas Armadas.

Nuevamente, nos encontramos con una institución religiosa que, lejos de ser una entidad que defiende la libertad de conciencia, la suprime cuando ve que peligra su “ideología tradicional”. En esta época de tolerancia—entiéndase bien, tolerancia, no libertad plena—cualquiera puede pensar como quiere a condición de que su pensamiento no altere la mayoría absoluta que ostenta la Iglesia tradicional. La tradición es una verdad absoluta en este concepto, y no se permite cuestionar los dogmas que acariciaron los padres, abuelos y visabuelos..

c) Contra la democracia y el judaísmo. El mismo nuncio, Pío Laghi, diría diez años más tarde en una misa en Córdoba, que “los pseudo héroes que encarnan la revolución francesa en nuestra patria desintegran la tradición hispanoamericana; la trilogía francesa de igualdad, libertad, fraternidad es totalmente subversiva”. Con esto revelaba estar de acuerdo con las encíclicas papales contra la democracia y la igualdad de fines del S. XIX, como Inmortale Dei y Sapientiae Cristianae, ambas promulgadas en 1885 por el papa León XIII, en donde condenaba la libertad de pensamiento y hasta la libertad de culto como “la peor de las libertades”, que “no puede ser suficientemente maldecida o aborrecida”, algo que también el papa Gregorio XVI en Mirari Vos (Agosto 15, 1832), ya había expresado. Esto nos muestra que en la actualidad, la Iglesia Católica tolera la democracia hasta que peligra su papel protagónico en la sociedad y el reconocimiento político privilegiado que exige y en el que está siempre involucrada.

d) El antisemitismo revivido. El mismo espíritu antijudaico genocida que alimentó a Hitler, a Musolini y a todos los gobiernos clero-fascistas de la Segunda Guerra Mundial, se apoderó también de la Junta Militar Argentina, aunque más contenida por la condenación universal que ese genocidio había tenido entonces. Los más grandes dignatarios de la Policía Federal recomendaban y comentaban obras de Adolfo Hitler y otros autores nazis y fascistas. De allí que la represión contra los judíos en Argentina fue a menudo más brutal, con insultos rascistas agregados. A algunos los pintaban con svásticas en el cuerpo muy difíciles de borrar para que, al descubrírselas los guardias en las duchas luego, volviesen a maltratarlos con golpes, patadas y puñetazos. Había represores que se hacían llamar “el gran führer” y ordenaban a los prisioneros gritar: “¡Heil, Hitler!” Era normal escuchar también grabaciones de sus discursos por las noches. Al torturar los judíos les decían: “¡Somos la Gestapo!”

También les gritaban “‘moishe' de mierda, con que harían jabón”, en referencia a los jabones que hacían los nazis con el cuerpo de los judíos muertos en las cámaras de gas. A algunos de los judíos a quienes interrogaban sobre los asentamientos judíos en Palestina y los nombres de otros de sus congéneres, les decían mientras los torturaban con una picana eléctrica que “el problema de la subversión” izquierdista era el que más les preocupaba por el momento, pero que el “problema judío” le seguía en importancia y estaban archivando información” para el futuro. Los obligaban a levantar la mano y a gritar: “¡yo amo a Hitler!”. A un judío lo sacaban del calabozo y le hacían mover la cola, exigiéndole que ladrara como un perro, que le chupara las botas al guardia, pegándole hasta que lo hiciera a la perfección. Luego le hacía hacer como gato.

Muchos judíos desaparecieron, aunque otros milagrosamente lograron salvarse sin poder ver más a hermanos o hermanas a quienes escucharon gritar por las torturas que les aplicaban en cuartos contiguos. Los guardianes decían a los judíos apresados que “el único judío bueno es el judío muerto”. Los acusaban de subvencionar la subversión y les aplicaban torturas especiales como el rectoscopio que consistía en un tubo que se introducía en el ano de la víctima o en la vagina de las mujeres para introducir una rata que mordía los órganos internos de la víctima buscando una salida. A mujeres embarazadas les ponían una cuchara en la vagina a la que conectaban con una picana eléctrica para torturar su feto, con el propósito de que delatase a otros.

e) Estadísticas y conciencia papal de los hechos. Las estadísticas de desaparecidos y muertos en Argentina también varían dependiendo de la fuente. Los que escapaban de Chile caían en Argentina. Los que escapaban de Argentina caían en Uruguay, y así interconectadamente. La única solución, imposible para muchos, era huir a Europa. Por tales razones, se hace difícil hacer una estadística exacta de desaparecidos. En general, se ha avalado como en 30.000 el número de personas desaparecidas, muchas más encarceladas, torturadas y exiliadas. Esta cifra fue repetida por Estela Carlotto, una de las principales Abuelas de Mayo en una entrevista que le hizo CNN, como Embajadora de los Derechos de la Mujer del gobierno argentino ante la ONU, en Marzo de 2004

Durante el tiempo que duró la represión, el episcopado argentino aprobó el maltrato físico y participó aún activamente en las torturas sicológicas de diferentes maneras como algo lícito y querido por Dios para sanear la sociedad. Una vez que la Iglesia Católica logró sus objetivos, comenzó a condenar los actos de barbarie cometidos por el régimen militar, y a llamar al perdón y a la reconciliación nacional. Esto lo hizo por la presión internacional ante la cual los dignatarios de la Iglesia en Argentina se enfurecían durante el régimen. Muchos sacerdotes declararon luego que no sabían lo que realmente estaba pasando. Pero los datos históricos son demasiado contundentes para negar su concurso en la masacre.

Al igual que los obispos y sacerdotes croatas durante y después de la Segunda Guerra Mundial, “la Jerarquía [Católica] negó la ‘desaparición' de personas, la existencia de centros clandestinos y se unió a la mentira oficial sobre la existencia de una campaña internacional antiargentina. Cuando ya no fue posible ocultar esta verdad, trató de minimizarla y de que no tuviesen lugar los juicios contra los culpables”, en aras de la reconciliación (Ruben Dri, Teología y Dominación, cap 5).

El papa Juan Pablo II estaba también al tanto de todo lo que pasaba, ya que su nuncio apostólico en Argentina, el cardenal italiano Pío Laghi, compartía con él regularmente todo lo que allí ocurría. Ese cardenal admitió más tarde a la prensa Argentina que tenía conocimiento directo de casi 6000 casos de personas desaparecidas. En 1995 se supo también que tanto su oficina en Bs. As., como la Iglesia Católica en Argentina y el mismo papado en el Vaticano, conservaban listas secretas de muchas de las miles de personas que murieron o desaparecieron en los campos de concentración argentinos. El Ejército Argentino—como los inquisidores de Lima a la Suprema de España durante los S. XVI al XVIII—reportaba regularmente toda la información tan rápido como podía a la Embajada del Vaticano. Esa “oficina del Excelentísimo y Reverendísimo Pío Laghi sabía exactamente quién estaba vivo y quién estaba muerto”.

También existían otras listas secretas que llevaba la oficina del vicariato castrense. Monseñor Grasselli, secretario del obispo Tortolo, confeccionaba las listas marcando con una cruz los nombres de los infelices que morían. Admitió luego haber anotado en esas listas unos 2.000 nombres. Al mismo tiempo atormentaba sicológicamente a los padres y familiares de los desaparecidos que recurrían a él por información acerca del paradero de sus seres queridos. Ni el mismo papa, enterado de tantas desapariciones, dio audiencia a grupos de padres católicos que recurrieron a él en el Vaticano por ayuda. Pero sí recibió, comulgó y bendijo a los jerarcas militares y religiosos que lo visitaron en Roma, y que él mismo se dio el trabajo de visitar personalmente en Argentina.

f) Ideología y función de los capellanes confesores. El Vicariato de las Fuerzas Armadas mantuvo 250 sacerdotes y 130 capillas a disposición de la cruzada antimarxista desatada por los militares argentinos. Esos capellanes servían como instructores espirituales de los cruzados militares, alentándolos en la “noble” tarea que emprendían “por Dios y por la patria”. Instruían a los ejecutores del plan militar diciéndoles que la “serpiente antigua” actuaba mimetizándose en diversas encarnaciones. Gracias al predominio de la Iglesia Católica durante todo el medioevo, pudo mantenérsela alejada en occidente. A partir del renacimiento comenzó, sin embargo, la apostasía. Le siguió la Reforma, el Racionalismo, la Revolución Francesa, y el Liberalismo Socialista y Comunista. El mensaje obvio que se escondía detrás de esta teología era que había que aplastarle la cabeza a la serpiente en cualquiera de esas formas. ¡Pero el método sugerido para hacerlo era tan diferente al que empleó el Señor al vencerla mediante la abnegación y muerte vicaria en la cruz!

También Descartes, el padre del pensamiento científico moderno desde la perspectiva filosófica, fue otra manifestación de ese mal—según aducían los instructores—que amenazó mediante la duda metódica, con destruir los mismos fundamentos sapienciales de la tradición. En armonía con las encíclicas papales del S. XIX y primera mitad del S. XX, consideraron los obispos argentinos que el mal se apodera de la historia cuando se rompe el dualismo del orden espiritual sobre el material. La reversión de ese correcto ordenamiento social, (según el pensamiento tomista de los pontífices y obispos de la Iglesia), culmina en la violencia y ruptura de la sociedad, impidiendo la paz. De allí que el héroe militar siga al santo sacerdote en la escala de valores, y sin que por ello todo santo o sacerdote no sea considerado también como héroe o militar.

Hay así, en esta concepción neo-medieval, una unidad perfecta entre el sacerdote y el militar, el santo y el héroe, la cruz y la espada, la Iglesia y el Estado. “El sacerdote u hombre de Iglesia es un santo-héroe y el militar un héroe-santo... con hegemonía del santo pero que sólo puede hacerla valer con la fuerza del héroe”. “Los capellanes militares eran la cruz junto a la espada, el espíritu que animaba a la materia, lo sagrado que daba sentido a lo profano, es decir, a los secuestros, torturas y desapariciones” (ibid). De allí que muchos militares granulaban sus rosarios en los centros clandestinos, proclamando constantemente “los valores occidentales y cristianos” por los que luchaban.

Los capellanes que apoyaban al ejército tenían como misión—semejante a lo que hicieron los sacerdotes durante toda la Edad Media en los centros secretos de la Inquisición—obtener la confesión de la víctima mientras era torturada. Hasta participaban en la inflixión de la tortura pateando a los estaqueados y ordenándoles que hablasen. Los curas amenazaban a las víctimas con hablar o, de lo contrario, llamar a los torturadores que mencionaban por nombre y cuya fama se había dado a conocer entre las víctimas. Año tras año las Madres y después Abuelas que desfilaban por la plaza de Mayo pedían audiencia ante los obispos que nunca se dignaban a recibirlas, porque hubiera significado un reconocimiento a su gestión que la Dictadura no había dado.

¿Qué hizo el papa que culminó el S. XX para detener esas masacres que se llevaban a cabo sin escrúpulo alguno bajo la condenación internacional? Su Santidad Juan Pablo II rechazó las fotos de una niña desaparecida y de Azucena de De Vicenti, madre desaparecida, aduciendo que “desaparecidos hay en todas partes del mundo. Hasta niños, hay en todas partes”. Negó audiencias a familiares católicos angustiados que procuraban por todos los medios tener alguna información de sus seres queridos. Y visitó la Argentina para permitir comulgar con él a los jerarcas militares y eclesiásticos cuando se hizo evidente el desprestigio militar y católico en que iban a caer luego de haber emprendido la guerra contra un país protestante.

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