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30 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (19)

Después de la guerra. Cuando se anunció la muerte de Adolf Hitler, Adolf Bertram, cardenal arzobispo de Berlín, ordenó que todos los curas párrocos “participasen de un solemne requiem en memoria del führer y de todos los miembros del Wehrmacht que habían caido en la lucha por nuestra patria alemana, junto con las más sinceras oraciones por el pueblo y la Patria y el futuro de la Iglesia Católica en Alemania”.

No fue sino hasta el 3 de Agosto de 1946, bastante después que había terminado la guerra, que Pío XII se expresó en forma definida, diciendo que condenaba el recurso a la fuerza y a la violencia, “como condenamos en varias ocasiones las persecuciones que un antisemitismo fanático infligió al pueblo Hebreo”. A la luz de todo lo visto, este testimonio posterior lo revela como falso e hipócrita.

Por su parte, la única mujer sobreviviente de ese primer tren fatídico de Roma declaró a la BBC de Londres en 1995: “Volví [a Roma] de Auschwitz por mi cuenta. Perdí a mi madre, mis dos hermanas, una sobrina y un hermano. Pío XII podía habernos advertido acerca de lo que estaba pasando. Hubiéramos podido escapar de Roma... El jugaba bien en las manos de los alemanes. Todo ocurrió bajo sus narices. Pero era un papa antisemítico, un papa progermano. No arriesgó nada. Y cuando dicen que el papa es como Jesucristo, no es verdad. No salvó a ningún niño. Nada”.

Cuando Pacelli visitó Argentina, en calidad de Secretario de Estado del Vaticano, el presidente y general Agustín Pedro Justo Roca, salió a su encuentro en el barco militar 25 de Mayo para saludar a Pacelli con las siguientes palabras: “Vuestra Eminencia, lo saludo en la persona de un legado papal como al más grande soberano del mundo, ante cuya autoridad espiritual todos los otros soberanos se postran en veneración”. Al regresar, Pacelli visitó Río de Janeiro, y desde entonces comenzó a pararse ante las multitudes con los brazos extendidos en una imitación exacta de la posición que vio en la estatua del Cristo Redentor. Esa postura continuó usándola ante las masas durante todo su pontificado. Al ser poco después elegido papa, y en armonía con sus convicciones de pasar a ser el Vicario del Hijo de Dios, se atribuyó el título de “Pastor angelicus”. Pero, ¿qué es lo que dijo Jesús del verdadero pastor? Arriesga todo por salvar hasta la oveja más descarriada (Luc 15:4-5). Incluso, “da su vida por sus ovejas” (Juan 10:11).

En el año santo de jubileo católico de 1950, el 24 de Junio, Pío XII canonizó a María Goretti, una mujer que estuvo dispuesta a dar su vida antes que condescender a ser víctima del sexo. El papa preguntó a la multitud que se juntó para la ceremonia: “Quieren tomarla como ejemplo?” Era ya tiempo de paz, y se sentía libre de aconsejar el martirio para los que eran provocados sexualmente, antes de ceder en su moralidad. ¿Por qué no hizo lo mismo durante la guerra, donde aconsejó “neutralidad” y “silencio” ante el genocidio nazi de millones de inocentes, con el presunto propósito de evitar represalias para los católicos?

Mientras que el Vaticano siguió apoyando a gobiernos fascistas católicos en el Asia y en América Latina después de la guerra, siguió soñando con el derrocamiento del comunismo en los países del Este. Para ello trató de organizar a los criminales nazis y fascistas que habían sobrevivido, de los países católicos en donde habían actuado, para infiltrarlos en forma organizada en los gobiernos comunistas que habían ocupado su lugar, con el propósito de derrocarlos. Con tal propósito, puso todo su peso político en rescatar y esconder a los principales genocidas de la guerra que habían sido leales a la Iglesia Católica, para que pudiesen escapar al juicio que les esperaba. Al mismo tiempo, logró camuflar con nombres y documentación falsa a 30.000 criminales de guerra para que se fugasen, en su mayor parte a Argentina, aunque también lograron ir a Australia, Canadá, EE.UU., Inglaterra y otros países de latinoamérica.

Indudablemente, un cuerpo tan leal a la Iglesia, aunque criminal, debía ser mantenido para frenar el comunismo en otros lugares, y conformar centros de apoyo a su política expansionista en Europa y el resto del mundo. Lo que no hizo en favor de los judíos apresados y deportados para su exterminio durante la guerra, trató de hacerlo en favor de los fascistas y militantes nazis y ustashis una vez que cayeron bajo la condenación mundial. Hay más, sin embargo, para decir con respecto al papel cómplice e inmoral del Vaticano y la Iglesia Católica en materia de genocidios en otros países de Europa durante la guerra, antes de ocuparnos del papel post-guerra del papado y de sus políticas de gobierno actuales.

i. Estadísticas del genocidio ejecutado por los nazis. En casi igual proporción al genocidio nazi de los judíos, murieron como “enemigos del estado” alemán los gitanos, los discapacitados, los crimninales y renegados sociales, los enfermos mentales, homosexuales, Testigos de Jehová, y criminales políticos como los comunistas y socialistas. Los gitanos terminaron siendo considerados como no asimilables socialmente, y entraron dentro de la solución final de exterminio de los judíos. Entre 200.000 y 500.000 gitanos murieron, según las estimaciones propuestas. Algunos creen que decidieron exterminarlos, además, por razones equivalentes a las que llevaron a los nazis a querer destruir finalmente a todos los polacos, esto es, por no pertenecer a una raza pura.

Mientras que los judíos llevaron la peor parte, con un saldo de alrededor de seis millones y medio de víctimas, todos los otros grupos juntos que fueron muertos llegaron a ser unos cinco millones y medio, totalizando doce millones de personas masacradas en los actos de barbarie más grande conocidos en la historia de la humanidad. A esto se suman los millones que murieron de europeos, civiles y soldados, durante la guerra y por efecto mismo de la guerra.

j. Posición actual del Vaticano. El Concilio Vaticano II (1962-1965), reconsideró la acusación histórica hecha en contra de los judíos como asesinos de Cristo, declarando que esa acusación no puede caer indiscriminadamente sobre todos los judíos, ni sobre los judíos de hoy. Así terminaron rechazando en ese concilio, el antisemitismo y toda otra acción genocida de la humanidad. Pero los católicos tradicionalistas no están de acuerdo con esa decisión liberal de ese concilio, convocada por el papa Juan XXIII, quien cambió aún la política intransigente del Vaticano para con los países comunistas y entabló relaciones diplomáticas con ellos.

Al terminar el S. XX, Juan Pablo II pretendió “purificar la historia” criminal de la Iglesia Católica en relación no sólo con el Holocausto del S. XX, sino también y mayormente con la obra de la Inquisición durante toda la Edad Media. Quería cerrar la historia del milenio y del siglo para festejar su año santo de jubileo. Juan Pablo II lamentó lo sucedido y rechazó nuevamente la mala interpretación que muchos hicieron durante la historia del cristianismo sobre lo que el Nuevo Testamento dijo de los judíos. Pero negó categóricamente que la Iglesia Católica hubiese estado involucrada en esa mala interpretación, en la típica actitud apologista que busca, contra toda evidencia, mantener la infalibilidad del Magisterio de la Iglesia. Los que erraron fueron, en sus palabras, los hijos de la Iglesia a quienes la Santa Madre Iglesia Católica Romana perdona también, por haber obrado con los mejores intereses para expandir su reino. Claro está, lamenta sus excesos aunque, termina arguyendo el papa, no se los puede condenar tampoco porque el juicio le corresponde a Dios (cf. A. R. Treiyer, Jubilee and Globalization, 127-129).

El 12 de marzo de 1998, Juan Pablo II escribió una carta pública al Cardenal Edward Idris Cassidy, presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, con un documento que tituló: “Recordamos: Una reflexión sobre la Shoah”. Así como culpó a la mentalidad de la época medieval por los crímenes de la Inquisición (impersonalizando las masacres católicas medievales), así también culpó la mentalidad de las fuerzas destructoras de la época que produjeron el Holocausto en el S. XX. Sus condolencias se dieron por “la mentalidad prevaleciente a lo largo de los siglos” por los “sentimientos anti-judaicos en algunos rincones cristianos”, pero rechazando nuevamente que la Iglesia Católica hubiese justificado esa actitud malinterpretando el Nuevo Testamento. Siendo que el énfasis de la carta fue puesto sobre el genocidio judío de la Segunda Guerra Mundial, la reacción negativa judía no se dejó esperar, ya que no pidió perdón, ni reconoció la implicación de la Iglesia Católica en el genocidio. Su carta fue “recordamos”, no “pedimos perdón”.

Durante el mes de septiembre y octubre, el órgano informativo del Vaticano por internet, Zenit, así como L’Osservatore Romano, estuvieron tratando de defenderse del libro de John Cornwell, Hitler’s Pope. The Secret History of Pius XII (1999). Para ello trataron por todos los medios desprestigiar esa obra, pero sin ofrecer argumentos sustanciales en su contra. Malinterpretando el propósito del periodista católico (Cornwell), la Santa Sede declaró que esa obra buscaba difamar la institución papal. ¿Por qué? Porque demostraba cuán lejos estaba el papa Pío XII de la infalibilidad que reclama el papado hasta el día de hoy. Buscando salvar sus apariencias, la Iglesia sacrifica la honestidad de uno de sus hijos. Es más, el mismo papa Juan Pablo II, con el apoyo cardinalicio del Vaticano, terminó canonizando a Pío XII. [Mientras discutían los cardenales sobre su canonización, uno de ellos intervino argumentando que era ridículo discutir en la tierra si canonizarlo o no, cuando Pacelli debía estar ya en la misma gloria disfrutando de la compañía de los benditos. Ese argumento fue decisivo en el voto que lo hizo santo].

En la actualidad, la Santa Sede busca ignorar los crímenes que la comprometen y resaltar todo acto positivo que puedan encontrar del catolicismo durante la Segunda Guerra Mundial, en su típico esquema compensatorio que piensa que con buenas obras se pueden purgar las malas obras, y sin reconocer su propia falta como institución papal en esas malas obras. Es tal vez para evitar confrontaciones con esa clase de vindicación del Vaticano que el museo del Holocausto en Washington DC no vincule al papado con los crímenes nazis y clero-fascistas, sino errónea e injustamente con las víctimas.

Esta actitud papal de intentar limpiarse del veredicto de la historia pidiendo perdón por los hijos de la Iglesia y lamentando la mentalidad de la época, es otro testimonio claro de falacia y doble moral del Vaticano, que mantiene a las puertas mismas del S. XXI. Durante la Edad Media eran los papas quienes determinaban lo que los sacerdotes inquisidores debían hacer. Estos, a su vez, luego de torturar sus víctimas horriblemente, los entregaban al brazo secular para que los ejecutasen, procurando de esa manera lavarse las manos y terminar negando participación en el genocidio. Hoy, ya entrando en el tercer milenio cristiano, vuelve el papado a hacer lo mismo, negando todo cargo y echando la culpa a las ideologías seculares y cristianas descarriadas, a la mentalidad de la época, o a cualquier cosa que pueda levantar como cortina de humo para esconder su complicidad y responsabilidad en el crimen.

Siempre dentro del mismo contexto de descaro y falsedad, está el reclamo que el papado hace hoy a los poderes seculares de reconocimiento, como forjadora de los derechos humanos de los que gozan hoy los países democráticos occidentales. Esos derechos humanos fueron logrados por el protestantismo y el secularismo, anteponiéndolos a los abusos tan despiadados que caracterizaron a las monarquías europeas en comunión con el papado romano, durante toda la Edad Media. En otras palabras, lo que la Santa Sede está haciendo ahora es pretender y sin vergüenza alguna, que las libertades que hoy se gozan provinieron del cristianismo medieval y papal. Esto es lo que hace al requerir a la comunidad europea no olvidar las tradiciones cristianas que la forjaron, a la hora de establecer los principios fundamentales de la Constitución Europea. Esa tradición tiene que ver con la Iglesia de Roma involucrada en los gobiernos europeos en una relación de alma y cuerpo. ¿Cuántos papas medievales, aún los del S. XIX y la primera mitad del XX que ya vimos, negaron y condenaron esos derechos humanos que garantizan la libertad en las constituciones modernas?

Asimismo pretende el papado, y sin inhibición alguna, negar su participación velada y abierta—con su típica doble moral—en los genocidios del S. XX de judíos, ortodoxos, y socialistas de izquierda. De esta manera, la Santa Sede pretende ser reconocida también como gestora y partícipe de la liberación que los Aliados mayormente protestantes trajeron a Europa en la Segunda Guerra Mundial. Mientras que el papado mismo inspiró los gobiernos fascistas mediante sus encíclicas de comienzos del S. XX, los apoyó e hizo concordatos con ellos, pretende hoy desprenderse de sus crímenes en los que participaron los prelados papales en forma abierta y violenta. ¿Cómo? De la misma manera en que lo hizo luego de la Edad Media, al echarle la culpa a los poderes civiles a quienes no les daba otra chance que obedecer sus mandatos presuntamente divinos.

Los sueños papales de expandir su poder e influencia, así como su predominio político-religioso final sobre toda la tierra, permanecen intactos, junto con la presunción de poseer la infalibilidad. ¡Bendita farsa y santa mentira del Vaticano! ¡Maldita ingenuidad y profana ceguera de quienes están dispuestos a creerla!

Conclusión.

En todo esto debemos aclarar lo que dijimos al principio. Muchos católicos hicieron lo que pudieron, a título personal, por salvar a tantos judíos como les fuese posible, y arriesgaron su vida en la empresa. Todos esos ejemplos nobles individuales, inspirados sin duda por Dios, más algunos testimonios aislados del papado de apoyo a esos actos humanitarios, los usa hoy el Vaticano como cortina de humo para cubrir su complicidad con el nazismo y la exterminación de los judíos, comunistas y ortodoxos que se llevaron a cabo en los países católicos fascistas. El Vaticano da publicidad, por ejemplo, al hecho de que la mayoría de los que rescataron a los judíos fueron católicos, pero no aclara que ese genocidio se efectuó en países mayormente católicos o dominados por católicos. ¿Había de extrañarnos, en ese contexto, que Dios hubiese tocado a cierto número de personas sinceras dentro de la gente que había allí, para hacer una obra humanitaria que debiera haber sido la tarea de la mayoría y todos los católicos?

Lo que el Vaticano no dice en toda esa cobertura política, es que inmensamente mayor fue también la proporción de religiosos católicos que participaron en la difusión de las ideas nazis y en el exterminio de pueblos enteros que no querían convertirse a la fe católica. También buscan ocultar el hecho de que todos esos criminales no recibieron durante la guerra la condenación de la Iglesia, sino por el contrario, su aprobación y estímulo en la catolización de los países a los que representaban y ocupaban. Y lo que es peor, según veremos más en detalle luego, recurrieron al fraude y al lavado de dinero para lograr sus objetivos, usufructuaron el oro quitado a las víctimas judías por los nazis, fraguaron documentos y dieron protección diplomática vaticana para lograr la fuga de todos esos criminales buscados por la justicia.

Tampoco dicen los que defienden al papado durante la guerra, que tanto en la época de la Reforma en los S. XVI y XVII, como en las décadas de los 30 y 40 del S. XX, los judíos buscaban refugio del genocidio nazi en los países protestantes, especialmente en los EE.UU. Los libertadores no fueron católicos, sino mayormente protestantes. Aunque esos países protestantes libertadores se opusieron en su momento, a la perspectiva de una inmigración repentina y masiva de millones de judíos a sus países, no debe pasarse por alto que los perseguidos por el nazismo no recurrían a los países católicos en busca de protección. En cambio los criminalis nazis y fascistas, aún los peores y que habían llevado la mayor parte de la responsabilidad en el genocidio nazi, sabían después de la guerra que el único camino de la liberación pasaba por Roma, lugar ineludible para poder evadir la justicia. ¿Dónde está la “Línea de Ratas”, término empleado para describir la fuga vía Vaticano de los criminales de guerra católicos, organizada por el papado para lograr el escape de los judíos a otros países? El caso aislado de unos pocos judíos de Roma que lograron refugiarse en el Vaticano con la ayuda de los italianos y el apoyo de algunos clérigos, no tiene parangón alguno con esa Ratline creada después para salvar sus verdugos.

El Vaticano se expresó claramente contra el exterminio nazista de los discapacitados, a pesar de oponerse con ello a las políticas nazistas de Alemania. Y en ese respecto tuvo ciertos logros. ¿Por qué no hizo lo mismo para oponerse al exterminio de los judíos? Si pretendía evitar males peores (represalias contra los católicos), como adujo después, ¿por qué condenó el comunismo y exigió la oposición determinada de los católicos en los países que ocupaban los rusos, a costo de tantas vidas católicas? ¿No convenía también, en esos casos, guardar silencio con respecto a los gobiernos comunistas, y mantenerse por encima de toda entidad política, esto es, sin intervenir? Esa moral selectiva e interesada del papado es la que condenan los historiadores modernos, tan ajena a la moral de los evangelios que presume representar.

Mientras que las iglesias protestantes pidieron perdón después de la guerra, y trataron de indemnizar a los judíos que sobrevivieron, un problema mayor se levanta cuando se trata de la Iglesia Católica. Los protestantes no se creen ni nunca se creyeron infalibles. Por consiguiente no hacen ningún esfuerzo por justificarse. El Vaticano, en cambio, mantiene su pretensión de infalibilidad y terminó llevando al podio de la santidad al papa de Hitler. Eso significa que los católicos y el mundo en general, deben mirar a ese papa y a lo que hizo, según la Iglesia Católica, como ejemplo de cristianismo y de santidad.

La doble moral tantas veces representada en el papado—según la conveniencia del momento—más su presunción de infalibilidad, hacen de sus proclamas de buena voluntad y libertad una farsa. ¿Quién puede asegurar que no volverá a hacer lo mismo, si las condiciones vuelven a presentársele para cumplir con su papel añorado por siglos, de ser el primado de toda la tierra? Si la Iglesia Católica nunca erró ni puede errar, esto es, el Magistrado de la Iglesia Romana, ¿quién puede garantizar que no volverá a recurrir otra vez al uso del poder civil o militar para que se ejecuten sus dogmas y juicios políticos, pretendiendo que como ella no los ejecuta, no es la agencia criminal misma? ¿Podemos realmente creer que va a mantener todas sus proclamas actuales en favor de los derechos humanos, cuando esas dos caras se ven en las encíclicas y discursos que el papa de turno continua emitiendo? Nadie puede creer honestamente en las “buenas intenciones” y “perdones” papales pedidos por lo que hicieron otros, mientras continúe pretendiendo infalibilidad, un título que sólo le corresponde a Dios.

Corresponde ahora considerar el papel más directo que ejerció el papado romano en los genocidios efectuados por los gobiernos clero-fascistas, y en donde el clero que los llevó a cabo tuvo el pleno respaldo del papa Pío XII.

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