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28 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (32)

Vínculo con el Vaticano después de la guerra. En agosto de 1953, catorce años después de haber terminado oficialmente la guerra civil con un saldo de medio millón de vidas, el Vaticano firmaría un concordato con el gobierno de Franco en el que se reafirmaba la confesionalidad católica del Estado. Se daba, así, una verdadera hegemonía católica, un monopolio religioso, con dictadura de militares y clérigos para imponer la unidad de la fe y la nación. Durante toda su larga dictadura, Franco impuso “la más diversa y amplia serie de reglamentaciones religiosas que se había visto en cualquier Estado occidental del S. XX”. Allí se daría “la tragedia de decenas de miles de españoles asesinados (50.000), presos y humillados, sin contar los 100.000 “rojos” que Franco ejecutó durante la contienda y los cientos de miles que murieron en los enfrentamientos de la guerra civil. 450.000 hombres, mujeres y niños buscarían refugio en Francia, con todas las penurias adicionales que les tocarían vivir posteriormente con la invasión nazi a Francia. 200.000 de esos fugitivos volverían a los meses siguientes para ser perseguidos, encarcelados, torturados y muertos.

En esa España surgida de una “guerra civil” y seguida por una “paz incivil”, se vería también “la comedia del clero paseando a Franco bajo palio y dejando para la posteridad un rosario interminable de loas y adhesiones incondicionales a uno de los muchos criminales de guerra que se han paseado victoriosos por la historia del S. XX” (Julián Casanova). Poco después de muerto Franco se levantaría un gobierno otra vez democrático y socialista que establecería el texto constitucional de 1978. ¡Tanta represión, tantos derechos humanos violados para presuntamente “recristianizar” a España! ¿Para qué? ¿Para que medio siglo después, cuando por primera vez desde la guerra civil, se diese otra oportunidad al pueblo de expresarse y volviese a hacerlo en favor del socialismo? ¡Tanto crimen! ¡Tanta miseria! ¡Tanta represión y guerra para volver a lo mismo! Era evidente que la hegemonía militar fascista y clerical del gobierno represor anterior no había logrado “recristianizar” totalmente a España, según la interpretación franquista, y que el pueblo estaba cansado otra vez de tal mixtura.

Nueve obispos destacados, dirigidos por Monseñor Marcelo González Martín, atacarían la mueva constitución de 1978 por cinco razones básicas que, en esencia, son las mismas que invoca actualmente el Vaticano contra la Constitución Europea que se está por votar. Una de ellas tiene que ver con la exclusión del nombre de Dios. También se quejaron por la falta de garantías en la formación religiosa de las instituciones educativas nacionales. En la típica hipocresía católica que defiende el derecho del niño por nacer pero mata a mansalva al ya nacido que no la reconoce, esos obispos condenaron también la aprobación del divorcio y la omisión del veto al crimen del aborto. Los nueve obispos no estuvieron sólos. El papa Juan Pablo II apoyó posteriormente esa reacción en 1995, declarando que “nunca es lícito” someterse a “una ley intrínsecamente injusta” como la que tolera el aborto y la eutanasia.

c) Declaraciones de papas y obispos. Además de la bendición del papa Pío XI al régimen franquista, el siguiente papa, Pío XII, en el año de su ascensión al pontificado romano que coincidió con el año que concluyó la guerra civil y se inició la Segunda Guerra Mundial (1939), declaró que “España... acaba de dar a los profetas del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores de la religión y del espíritu”. Ya terminada la Segunda Guerra Mundial y caídos todos los fascismos europeos, menos el español, Monseñor Vicente Enrique y Tarancón evocó en 1946, el levantamiento religioso militar diciendo que “cuando sonó en nuestra patria el clarín llamando a la Cruzada... vimos a nuestros jóvenes empuñar el fusil con ilusión en sus ojos y la fe en el corazón... con espíritu de verdaderos cruzados de la religión”. “En nuestra patria, la orientación del Estado no puede ser más hermosa, ni más avanzada, ni más cristiana”.

Pío XII es considerado por muchos como el último papa de corte medieval, por su postura intransigente, beligerante y antidemocrática que sostuvo antes y durante todo su pontificado en la Santa Sede. De sus palabras se inspiró Monseñor Tarancón al referirse a los falangistas con el término de “verdaderos cruzados de la religión” católica. Según ya vimos, en octubre del año anterior (1945), el papa había expresado por radio en relación con las ceremonias de la virgen de fátima y su presunta profecía para vencer a Rusia: “No habrá neutrales... Alístense como cruzados”. El pobre papa Pío XII, conocedor de la historia papal más que de cualquiera otra historia, pensaba que podía hacer todavía como tantos antecesores suyos durante la Edad Media, que lanzaron cruzadas contra los cátaros, contra los musulmanes y contra los protestantes. Ahora le había llegado el turno al comunismo, según creía, más definidamente de la Unión Soviética.

Con el papa siguiente, Juan XXIII, se inicia en la opinión de muchos, una tendencia más liberal o que comercia, al menos, con la realidad del mundo en el que le toca vivir. ¿Qué dijo, sin embargo, Juan XXIII de la dictadura fascista de Franco en España, en una época en que el fascismo había caído en descrédito casi universal? “Franco da leyes católicas, ayuda a la iglesia, es un buen católico. ¿Qué más se quiere?” (1960).

En su típica hipocresía de siempre, previendo el fin ya cercano del largo gobierno del dictador, la Asamblea Episcopal aprobará en 1971, una resolución de solicitar un perdón público por la “parcialidad de la Iglesia” durante la guerra civil. No obstante, el clero español y el mismo papado continuarían ponderando el gobierno de Franco. En 1973 diría Monseñor José Guerra Campos, que “en ninguna otra nación de las que yo conozco... supera la iglesia y no siempre la iguala el nivel de independencia y sana cooperación mantenido en España en los últimos decenios”. En 1975, el siguiente papa, Pablo VI, confirmaría la opinión de sus tres papas predecesores sobre el dictador. “Ha hecho mucho bien a España”, según su opinión, “y ha proporcionado un desarrollo extraordinario, y una época larguísima de paz. Franco merece un final glorioso y un recuerdo digno de gratitud”.

Juan Pablo II subió a la sede romana después de la era franquista. Pero fue a México para tratar de revertir el cuadro de separación de Iglesia y Estado que la política de cuatro papas anteriores no había podido cambiar. Algo deslucidos en su vestimenta civil se vio a los principales políticos frente a la regia pompa blanca papal. Pero sus discursos ante el papa fueron expresados con claridad. Le hicieron ver que por razones históricas debía mantenerse la separación de poderes. Lo que pone nervioso al papa que cerró el segundo milenio cristiano, es el crecimiento irrefrenable de las iglesias evangélicas y adventistas en latinoamérica. Amparadas en ese principio de separación logran esos movimientos religiosos un grado de igualdad ante la ley civil para con la Iglesia Católica, que ni los presuntos papas más “humanizados” y presuntamente abiertos pueden tolerar.

d) El apoyo falangista y clerical a Hitler. Aunque Franco procuró mantener cierta independencia del nazismo alemán, su partido falangista se identificó casi sin reservas al sistema de gobierno de Hitler. Los periódicos y revistas falangistas publicaban proclamas antibolcheviques y antijudías. También se hacía la guerra a la masonería y a toda forma de manifestación democratizante y secular.

Una División Azul formada por 18.000 fanáticos voluntarios y otros trabajadores se enroló en España para unirse al ejército alemán en su invasión a Rusia. Muchos otros voluntarios debieron ser despedidos. Su misión fue entendida como una cruzada católica contra el comunismo. Antes de partir, esos cruzados pro-nazis oraron a la Virgen del Pilar, la virgen patrona de España, para triunfar contra el ateísmo. Esa virgen así endiosada probó no tener poder para responder tales oraciones, ya que la campaña nazista a Rusia terminó en el fracaso, y con los insignificantes sobrevivientes de esos voluntarios falangistas destrozados moralmente.

La División Azul de militares voluntarios falangistas—conviene repetirlo—fue una verdadera cruzada católica contra el comunismo. ¿Acaso el papa no estaba promoviendo y esperando anhelante una invasión a Rusia para acabar con el comunismo ateo? Los divisionarios grababan cruces en sus equipos y vehículos de guerra, así como nombres de santos y otros símbolos religiosos. Llevaban capellanes militares católicos prominentes (unos 20 en total), que celebraban misas y otras ceremonias religiosas antes de la batalla. En ese respecto se diferenciaban de los escuadrones de guerra alemanes que lo único que llevaban era la cruz vástica. Aún así, los cruzados católico-falangistas españoles consideraban a Hitler como el dirigente cristiano de Europa contra el ateísmo de la Unión Soviética (Spaniards and Nazi Germany..., 111-112).

Otras unidades más pequeñas de españoles se unieron a los nazis para pelear contra los Aliados en el norte de Italia y en otros lugares (Spaniards..., 210). Para Franco y los falangistas, la intromisión de los Aliados mayoritariamente protestantes en la guerra (EE.UU. e Inglaterra), era ir contra los designios divinos que pretendían ser los de destruir el comunismo ateo y catolizar toda Europa. Tales designios divinos implicaban también, en su entender, la eliminación de la democracia típicamente protestante y secular. Lo que querían Franco y la Iglesia era un retorno absoluto a los principios político-religiosos que marcaron a Europa durante toda la Edad Media.

Cuando Hitler murió en 1945, la prensa española lo homologó: “Adolfo Hitler, Hijo de la Iglesia Católica, ha muerto defendiendo el cristianismo. Es entendible que nuestra pluma no encuentre las palabras con las que deplorar su muerte, y ser capaz de exaltar su vida. Por encima de sus restos mortales se levanta su victoriosa figura moral. Con la corona del martirio, Dios le da a Hitler los laureles de la victoria”. Ecclesia, el órgano oficial de la Acción Católica Española, ponderó orgullosamente a Pío XII en 1950 por su apoyo a los regímenes fascistas, refiriéndose a “Su Santidad”, como al “mejor antidemócrata del mundo”.

Conclusión.

La España del S. XXI continúa debatiéndose entre los intentos de avanzada secular y reivindicación clerical. La Iglesia Católica no quiere perder sus privilegios, esto es, su poder en la sociedad. Se resiste a la imposición de leyes que la igualen a las demás iglesias, negando al parlamento europeo toda intervención con el argumento de que la realidad española es diferente a la de otros estados europeos. Mientras la realidad siga siendo mayoritariamente católica, aduce que no corresponde cambiar la situación actual. No puede perseguir a las otras iglesias y religiones como en la época franquista que la gobernó por cuatro décadas, porque hay un gobierno democrático y en gran medida secular que la gobierna. Pero exige reconocimientos y “libertades” que pasan por encima de las libertades de otros, argumentando conformar la mayoría.

Para muchos españoles, el legado de Franco que se hizo realidad gracias al apoyo militar nazista alemán y fascista italiano, y al estímulo y respaldo político mancomunado del Vaticano, sigue siendo interpretado como ejemplar. “Franco, héroe cristiano en la guerra”, era el título de un libro escrito en 1985. “Francisco Franco, cristiano ejemplar”, etc. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que España se libre de una religión arrogante y opresora, y esté dispuesta a vestirse con las verdaderas armaduras espirituales de Cristo como única fuente de su legitimidad, sin recurrir a las armas de este mundo? Una nación se purifica no por las armas de una guerra civil y militar, sino por su conversión pura y límpida—esto es, sin compulsiones políticas de ninguna clase—a la cruz del Hijo de Dios.

En la historia de España en el S. XX, encontramos otra vez las tantas veces repetida doble moral del papado. Mientras que por un lado pretende reconocimientos políticos y privilegios exclusivos, basándose en la mayoría de la población de confesión católica, por el otro pisotea la voluntad de esa mayoría cuando su voto le es adverso. Esa misma doble política la vemos en la actualidad, en el mismo S. XXI. Requiere los mismos derechos que las demás religiones mayoritarias en los países donde es minoría, pero no está dispuesta a conceder la misma igualdad donde ella es mayoría. En su habitual doble lenguaje, declara no requerir en Europa y en América Latina “privilegios que no le sean propios”. ¿Cuáles privilegios no le son propios? O mejor aún, ¿cuáles le son propios? Los que le dan un reconocimiento oficial en las constituciones de los países y continentes (lo que implica la imposición de sus días de fiesta por ley), el apoyo que siempre exigió a su sistema de enseñanza y aún el pago del clero por parte del Estado. En otras palabras, esos privilegios que le pertenecen por voluntad divina, según lo entiende, tienen que ver con la confesionalidad del Estado.

Independientemente de qué clase de gobierno se levante en cualquier país, el Vaticano quiere obtener los mismos derechos que siempre exigió la Iglesia Romana como señora de los reinos cristianos que la cortejaban durante los siglos de opresión religiosa medieval. Si en la actualidad busca asociar a sus reclamos a las iglesias tradicionales mayoritarias en otros países de Europa, es porque capta que no tiene el poder político que aspira a tener todavía, y necesita el apoyo de esas otras iglesias estatales como el Protestantismo europeo y la Ortodoxia oriental. Una vez que logre el reconocimiento religioso y político que busca, ¿qué impedirá que intente otra vez hacer lo que hizo a través de Franco en España, con sus típicos métodos de represión contra todo lo que no se ajuste a los dogmas respaldados por ley de los estados que la sostengan?

España está otra vez bajo un líder socialista (2004), quien es acusado indirectamente por los obispos católicos de haber cedido al chantaje del terrorismo. Su abuelo fue fusilado por Franco como militante socialista. El papa le notificó que la Iglesia iba a orar por él como lo hace por cada gobierno. Esa última aclaración no hubiera sido necesaria en el caso de que el partido más conservador anterior hubiese ganado las elecciones. Es de imaginarse la preocupación de Juan Pablo II por semejante cambio de gobierno en España, en momentos en que se apresta a dar su último golpe de gracia para que la Comunidad Europea termine mencionando las “raíces cristianas” medievales en su Constitución. Aznar había dado ya su consentimiento a un reconocimiento tal, pero no es seguro que el nuevo jefe de gobierno lo haga. De todas maneras, el recientemente reelecto Putin de Rusia ha tranquilizado al Vaticano haciéndole ver que va a apoyar la unión de las iglesias—principalmente ortodoxa y católica—así como a la inclusión de esas “raíces cristianas” en esa Constitución, querida también por la Iglesia de Rusia (Zenit, 19 de marzo, 2004).

El Generalísimo Francisco Franco tuvo en Sudamérica otros admiradores que buscaron seguir su ejemplo y encontraron, en su momento, protección en su gobierno. Esto es lo que corresponde ahora considerar, para ver hasta qué punto la Iglesia volvió a militarizarse y a buscar la supremacía en el nuevo continente, más definidamente hacia el final de la década de los 70, cuando la era franquista llegaba a su fin en el viejo continente.

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