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24 de octubre de 2009

El Negocio del Halloween



En otro tiempo era simplemente “cosa de niños”, pero hace unos años, “HALLOWEEN” se ha convertido en un poderoso negocio que entre bromas y dulces, mueve en Estados Unidos la friolera de $2,500 millones.

El motivo de este dispendio, como cada 31 de octubre, es la fiesta de las ánimas y la celebración de “All Hallows Eve”, es decir, la víspera de “Todos los Santos”; el día que los pueblos celtas empezaban su año nuevo y su invierno.

Coincidía con la cosecha de calabazas, con el acortamiento de los días, con la caída de las hojas y con el comienzo del frío así como con el inexcusable recordatorio de los muertos que siempre llegan con noviembre.

Por esas fechas, los antiguos celtas celebraban ritos satánicos, invocaban a los muertos para que sus almas errantes dejaran de vagar por la tinieblas y al menos un día al año, el 31 de octubre, volvieran a su hogar.

Allí mezclados con espiritismo, nacieron los disfraces, el antifaz y la máscara, los muñecos de trapo con vocación de espanta espíritus.

Luego vinieron los dulces, las calabazas y el “Trick or Treat”, “Obsequio o Travesura”, con el que los niños, disfrazados, toman por asalto todas y cada una de las casas que estén iluminadas y tengan en la puerta una calabaza.

Aquellas pillerías infantiles en la que los niños recolectaban de puerta en puerta caramelos y dulces varios para una buena temporada, fue degenerando año tras año hasta convertirse en todo un acontecimiento comercial.

Antes, “Halloween” era un día o mejor una noche. Hoy es casi todo un mes de ornamentación en los colores anaranjado y negro, calabazas y muertos, telas de araña, brujas que se ríen, fantasmas que tiemblan y se les encienden los ojos y lápidas del doctor Frankenstein recubiertas de polvo y podredumbre.

Y claro está, cientos de disfraces que harán las delicias de los pequeños y de los comerciantes porque el más sencillo de los trajes ya preparados vienen a ser una especie de pijamas de punto de seda barato sobre el que se han dibujado los distintos motivos que cuesta la nada desdeñable cantidad de $20 dólares.

Además del obligado disfraz, todos los niños deben ir disfrazados ese día al colegio. Está el negocio del dulce, que venderá un arsenal de caramelos y chocolatinas con las que calmar a las docenas de niños traviesos que tocarán el timbre de la casa durante esa noche y, por su puesto, hay que decorar cuando menos la casa para tal ocasión.

Es decir, el gasto de quienes no quieran aparecer como parias (inferiores) oscila entre los $15 ó $20 de gasto en dulce, hasta un término medio de $50 para familias con niño disfrazado hasta lo que uno quiera gastar porque en estos momentos, existen ya, por ejemplo, lucecitas con forma de calabaza para adornar la entrada de la casa.

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