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3 de octubre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (7)

El concordato del Vaticano con el régimen fascista de Mussolini.

Para entender la desesperación que tenía el Vaticano por firmar acuerdos con los poderes políticos del S. XX, tenemos que ubicarnos en el contexto del S. XIX y la dramática lucha por la supervivencia del pontificado romano. No sólo había perdido el papado toda autoridad política, sino que también corría el riesgo de ser aniquilado o, en los términos comunistas, “ahogado”. Las democracias, con el traspaso de la autoridad al pueblo, no le reconocían ninguna autoridad para intervenir en la sociedad. El grito
de liberté, fraternité y egalité, que hacían sonar las masas, era un grito de guerra contra todo gobierno autoritario, inclusive el del papado. Todo era del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

1. El siglo de muerte política papal.

El golpe de muerte que recibió el papado en 1798 en manos de las autoridades seculares francesas que apresaron al papa y declararon que nunca más se levantaría un reino tal, marcó todo el espíritu del S. XIX.
El papado fue repetidamente humillado con Napoleón, quien tomó como prisioneros a Pío VII y a Pío VIII. Pío IX debió escapar el 16 de Noviembre de 1849, vestido con una sotana de sacerdote común y un par de grandes gafas o anteojos, cuando fue saqueado su palacio de verano Quirinal que estaba sobre la ciudad de Roma. Huyó a la fortaleza de Gaeta en el reino de Nápoles, para no volver al Vaticano sino un año más tarde gracias a la ayuda de las bayonetas francesas. Algo semejante ocurría con el predominio papal que, en mayor o menor intensidad, continuaba quitándosele a la Iglesia Católica en los demás países de Europa.

Inclusive en la misma Italia, le fueron quitando al papa su dominio territorial en su confrontación con las fuerzas que luchaban por la unidad y modernización de la nación. Esto desembocó en su pérdida definitiva sobre la ciudad de Roma y el centro de la península, bajo un gobierno independiente conducido por Vittorio Emanuele que confiscó el patrimonio papal.[1] Pío Nono rehusó llegar a un acuerdo con el nuevo
estado italiano, y se encerró en su palacio apostólico. Ya había prohibido con la amenaza de la excomunión en 1868, la intervención de los católicos en las políticas democráticas. Es en ese contexto que logra la proclamación de la infalibilidad papal en el Concilio Vaticano I que tuvo lugar en 1870.

La Iglesia corría el riesgo de ser desalojada completamente de Roma, y debía permitírsele al papa emitir decretos para los católicos desde cualquier lugar de la tierra al que fuese eventualmente arrojado. Esos decretos o encíclicas papales debían tener la misma autoridad conciliar de los siglos precedentes que ostentó siempre en forma infalible el Magisterio de la Iglesia. Todo este régimen jerárquico centrado en el papa se completó con la publicación del Código de Ley Canónica que se puso en vigencia para toda la Iglesia Católica desde 1917. Pero tales leyes eclesiásticas se verían muy recortadas o limitadas mientras no hubiese gobiernos seculares que estuviesen dispuestos a reconocerlas y respaldarlas.

En la última parte del S. XIX, las típicas procesiones católicas, así como sus servicios externos, fueron proscritos de Italia como consecuencia en parte, de la proclamación de la infalibilidad papal. A consecuencia de la misma infalibilidad proclamada, los católicos comenzaron a ser perseguidos también en Alemania en lo que se conoció como Kulturkampf (“cultura de lucha”). Sus comunidades religiosas fueron siendo dispersadas en Italia y en toda Europa, inclusive en la tradicional católica Austria, y confiscadas las propiedades de la iglesia. Se requirió que los sacerdotes se enrolasen en el ejército.
Leyes sobre divorcio fueron aprobadas, se secularizaron las escuelas, y se disolvieron numerosos días santos.

Un monumento a Emanuele comenzó a levantarse en 1885 “para glorificar la unificación del país bajo su primer rey”. También se levantó otra estatua de Garibaldi montado sobre su caballo en el lugar más alto de la colina de Janiculum. Esa imagen podía verse no sólo desde la nueva capital, sino también desde el Vaticano. Sólo un contingente de la milicia italiana logró que el cadáver de Pío Nono se salvase de un último insulto cuando una turba anticlerical intentó arrojarlo al río Tíber, mientras el cortejo fúnebre se dirigía hacia la tumba de San Lorenzo.[2]

Apenas comenzado el S. XX, el gobierno francés de Waldeck-Rousseau prohibió enseñar a las órdenes religiosas (1901). Los jesuitas cerraron sus escuelas y se dedicaron a otras actividades. Comunidades enteras de religiosos emigraron a Inglaterra, Bélgica, Holanda y los EE.UU. Emile Combes, sucesor de Waldeck-Rousseau, ostentaba en septiembre de 1904, haber cerrado 13.904 escuelas católicas. Actitudes semejantes tenían otros gobiernos europeos. El golpe de muerte sobre la autoridad política
del papado profetizada en Apoc 13:3 estaba durando ya más de un siglo, y ningún gobierno ni país salía en defensa de la Iglesia Católica.[3]



[1] A través de un documento falsificado, como la Donación de Constantino, había pretendido el papado apoderarse de toda Europa a partir del S. XVIII. Pero la falsedad de ese documento fue demostrado ya en el S. XV. Poco a poco fue perdiendo su dominio de los países protestantes que comenzaron a levantarse a partir del S. XVI. Finalmente, su autoridad política sobre toda Italia le fue quitada al formarse un nuevo Estado italiano que le quitó aún la ciudad de Roma en 1870. Lo único que le quedó fueron los pocos edificios que forman parte de lo que hoy se conoce como Ciudad del Vaticano, de apenas 108.7 acres. Pero el papa Pío Nono se negó a dialogar con la nueva autoridad civil establecida, así como había prohibido a los católicos tomar parte en las
políticas democráticas, Hitler’s Pope, 13. De manera que ni siquiera logró un reconocimiento público, del nuevo estado laico, de sus edificios en el Vaticano mismo.
[2] Hitler’s Pope, 14,16.
[3] Ibid, 45-47. Manning, el arzobispo de Westminster, se refirió en 1876
a la “oscuridad, confusión, depresión..., inactividad y enfermedad” de la Santa Sede. John Cornwell mismo se pregunta si “el oscurantismo del avejentado Pío Nono, en conflicto con la imparable corriente de modernidad, volvía al papado—la más longeva institución humana que sobrevivía sobre la tierra—moribundo?”, ibid, 15.

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