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5 de octubre de 2009

Las Fortificaciones en el Antiguo Testamento - Parte 1

I. La defensa en el mundo antiguo
a. Ubicación y tamaño de la fortaleza

En el curso de casi todo el período bíblico las palabras “ciudad” y “fortaleza” (mib_sar, y otras) fueron virtualmente sinónimas en Palestina. A veces “ciudad amurallada” realza este aspecto normalmente defensivo de una ciudad, en contraste con las aldeas que carecían de murallas. El relato de la reconstrucción de Jerusalén bajo Nehemías demuestra claramente que la edificación de murallas era índice de una ciudad debidamente constituida.

Siempre que fuera posible se elegía para la edificación de una ciudad un sitio defendible en forma natural, aunque también resultaba esencial que hubiera una fuente de agua. Una colina empinada y aislada, como el caso de Samaria, o una estribación inexpugnable de un monte tal como Ofel, el sitio de la Jerusalén de David, constituían lugares excelentes para el fin señalado. Algunas ciudades, sin embargo, eran elegidas teniendo en cuenta una planificación estratégica regional, carreteras protectoras, y comunicaciones, o como Bet-el, en razón de una buena provisión de agua. Estos sitios, y las ciudades más bajas que surgían cuando la población sobrepasaba la ciudad existente en el monte mismo, necesitaban un sistema artifical de defensa.

Generalmente el término “fortaleza” configura un perímetro defensivo limitado. En Palestina la ciudad tipo cubría una superficie de alrededor de 2–4 hectáreas. Algunas cubrían la mitad de dicha superficie, otras más. Por ejemplo, Meguido y la Jerusalén del tiempo de David ocupaban entre 4, 5 y 5, 3 hectáreas, mientras que la Hazor cananea cubría unas 81 hectáreas. Las capitales de Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, y Roma eran de un tamaño excepcional, a la vez que diferían de las ciudades normales en otros aspectos también (p. ej. Nínive; Cala; Babilonia).

Los muros de las ciudades variaban considerablemente en espesor, altura, y forma. Los muros sólidos eran de un promedio de 3 m de espesor, pero en su base podían llegar a tener dos a tres veces más de espesor. Los muros de casamata, sistema de muros dobles, tenían un promedio de 1, 5 m cada uno. En altura los muros variaba de unos 6 m hasta por lo menos 9 m. Generalmente los cimientos eran de piedra y los muros mismos de piedra, ladrillo de barro, o ladrillo sobre varias hiladas de piedra. Podía lograrse una mayor capacidad defensiva agregando un muro exterior distante un tiro de flecha del muro principal.

b. La construcción de defensas en las ciudades

Aun cuando se prefería la lucha a campo abierto, un ejército a la defensiva podía retirarse a su ciudad en caso necesario. Los muros y las fortificaciones correspondientes eran necesarios tanto para impedir la entrada del enemigo como para proveer una plataforma de tiro protegida para los defensores. En épocas diversas se emplearon muros y terraplenes, independientes o adheridos al muro, bastiones, torres, y parapetos almenados.

Las excavaciones han permitido descubrir restos de muros de ciudades en Siria y Palestina desde el 3º milenio a.C., probablemente construidos bajo influencia mesopotámica. Existe un espacio de tiempo bastante largo que separa a estos últimos de las fortificaciones más antiguas que se conocen. En la Jericó neolítica de la era anterior a la de la alfarería se encontraron varios muros de piedra sin labrar, como también una torre circular de 13 m de diámetro, con 22 escalones en su interior. Estos escalones y un foso de 9 m de ancho cortados en roca sólida se remontan al 7000–6000 a.C., más de 4000 años antes de Abraham. Las aldeas abiertas, desprovistas de fortificaciones, fueron seguidas alrededor de 3000 a.C. por algunas ciudades fortificadas: Jericó, Meguido, Gezer, Hai, etc. Se construían distintas clases de muros de piedra y/o ladrillo, algunos con bastiones y terraplenes. También se han descubierto torres semicirculares y cuadradas ubicadas en las esquinas.

Durante el período siguiente, la edad del bronce media (desde los patriarcas hasta José), se hicieron algunos cambios importantes en cuanto a muros y puertas, relacionados en parte con el uso de carros de guerra, y posiblemente el ariete. Alrededor del 1700 a.C., cuando los hicsos penetraron en Egipto ( Cronología del AT), se agregaron sólidos bancos de tierra apisonada a los muros o terraplenes existentes. A veces se edificaban muros encima de los terraplenes. Más tarde, también, se construyeron sólidos muros de piedra ( Siquem). El baluarte o “glasis”—revestimiento especial consolidado sobre un terraplén o ladera de tell—, a menudo cubierto con revoque o tiza a modo de impermeabilización, puede haber sido introducido para hacer frente al ariete (EAEHL, pp. 113). Protegía, no un campamento para carros de guerra y sus guerreros, sino las ciudades bajas extendidas alrededor ( Hazor). Los hicsos fueron, aparentemente, los responsables de este nuevo sistema de defensa, aunque los cananeos todavía ocupaban las ciudades. Finalmente, con frecuencia había una zanja o foso frente al terraplén, y el material excavado formaba el banco circundante (CAH, 2, 1 , pp. 77–116).

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