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21 de septiembre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (43)

La ostentación de santidad a la luz del evangelio.

La pretensión de santidad e infalibilidad hace arrogante, falsa e hipócrita a la jerarquía romana. La profecía decía que el papado se engrandecería a sí mismo (Dan 8:10,11), sería “altivo de rostro” (v. 23), “se ensoberbecerá y se exaltará” (Dan 11:36), y hasta se haría “pasar por Dios” (2 Tes 2:4). Con su boca hablaría “grandes cosas”, es decir, hablaría “con gran arrogancia” (Dan 7:8,11,20; Apoc 13:5-6). No de valde Lutero, el gran reformador alemán, incluyó en el “estercolero romano” a toda esa presunta riqueza de santidad que ostenta la cúpula romana. ¿Por qué razón? Porque los que se creen santos e infalibles, o se presentan como tales ante los demás, si quieren que los demás les crean tienen que buscar tapar por todos los medios posibles la gran inmundicia que se esconde detrás de tales pretensiones.

El siguiente paso es el homicidio (cf. Juan 8:44). Cuando la arrogancia e hipocresía se desenmascara, aparece el alma criminal que vuelca toda su furia contra todo aquel que se atrevió a exponer su falsedad. Así mandó el papado a la hoguera a cátaros, valdenses y protestantes que se atrevieron a enrostrarle su carácter presumido. Tanto Daniel como el vidente del Apocalipsis destacaron igualmente sus cualidades intolerantes y homicidas (Dan 7:25; 8:24; Apoc 13:7). Así también fue crucificado el Señor, luego de descubrir la inmundicia que se escondía detrás de tanto alarde de justicia y santidad farisaica en los líderes de la nación Judía.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque limpiáis el exterior del vaso y del plato; y por dentro estáis llenos de robo y desenfreno. ¡Fariseo ciego! ¡Limpia primero el interior del vaso y del plato, para que el exterior también quede limpio! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera se ven hermosos, y por dentro están llenos de huesos de muertos y de inmundicia. Así también vosotros, por fuera os mostráis justos a los hombres, y por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mat 23:25-28).

Un enfoque torcido.

El problema que yace en la ostentación de santidad e infalibilidad es que atrae la atención del mundo hacia el hombre, en lugar de centrarla en Dios. Esto está en clara contradicción con la esencia misma del evangelio. Tanto Jesús como los apóstoles procuraron quitar la atención de la gente sobre los fariseos, para ponerla en la redención que Dios efectúa a través de su Hijo. El apóstol Pablo fue, entre los apóstoles, quien más captó el abismo que hay entre el evangelio de Jesús y el fariseísmo que busca la ostentación propia, porque había sido un celoso “fariseo”. Todo eso que antes de su conversión al evangelio consideraba como “ganancia”, terminó considerándolo Pablo como “pérdida” y “basura” ante el conocimiento de Cristo (Filip 3:5-9). ¿Por qué razón? Porque los que así obran, buscan una “justicia propia” (v. 9). Algo equivalente experimentaría el gran reformador alemán en el S. XVI, al descubrir el verdadero evangelio de Jesucristo.

Siendo que la humanidad tiende a venerar y honrar aún a los hombres que Dios usa para proclamar el evangelio, se vio al apóstol Pablo tratando también de quitar la atención de la gente de sí mismo, para ponerla en el Señor. “Porque no nos predicamos a nosotros mismos”, declaró a los corintios, “sino a Jesucristo el Señor” (2 Cor 4:5). Aunque tuvo siempre en alta estima el llamamiento divino de su apostolado, y no permitió que rebajaran su ministerio mediante comparaciones necias, terminó declarando, con toda sinceridad: “Soy menos que el menor de todos los santos” (Ef 3:8). A su discípulo Timoteo le abrió también su alma diciéndole lo que constituye la esencia de su evangelio. “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Tim 1:15).

La fortaleza del creyente está en Dios.

Nadie llega a conocer realmente el poder de Dios hasta que es puesto en una situación en la que percibe con claridad sus propios límites, su propia incapacidad e impotencia para obrar. Es entonces que mediante la fe puede ver la obra divina, el brazo omnipotente de Dios resolviendo lo que humanamente se es incapaz de hacer. Si todo lo que Pablo o cualquiera de nosotros hubiese hecho o haga, fuese el resultado de nuestra propia sabiduría, capacidad o fortaleza, ¿qué lugar quedaría para la fe? ¿Es la fe el producto de nuestra voluntad e imaginación? Si alguna vez llegamos a esa convicción, habremos dejado de ver la justicia de Dios para resaltar nuestra propia justicia, y la verdadera religión se habrá transformado en una religión inútil, hecha a nuestra propia imagen y semejanza.

¿Por qué dijo Pablo que a Dios le agradó salvar al mundo “por la locura [o necedad] de la predicación”? (1 Cor 1:21). Porque descubrió que lo único que como ministros del evangelio podemos hacer es testificar, pero somos por nosotros mismos impotentes para convertir las almas. A menos que el Espíritu de Dios obre, y reproduzca nuestra experiencia espiritual en los que nos escuchan, nuestro testimonio se volverá incomprensible, ineficiente, inútil y hasta ridículo (Juan 3:3-8). Por eso agregó el apóstol que “lo necio del mundo eligió Dios para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo eligió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado eligió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es; para que nadie se jacte en su presencia” (1 Cor 27-29). En este contexto puede verse mejor también cuán ridículo es pretender llamarse “padre” en las cosas espirituales, algo contra lo cual nos advirtió el Señor (Mat 23:11). Porque los que son engendrados por el Espíritu de Dios no nacen “de sangre, ni por el impulso de la carne, ni por deseo de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).

Aún los milagros que Dios pueda hacer rebasando nuestra capacidad, jamás podrán ser contados para glorificarnos a nosotros mismos, sopena de volvernos más necios todavía. Contrariamente a la teología de la Iglesia popular, nadie se vuelve santo porque Dios haga un milagro a través de él. Esto lo entendió claramente el apóstol de los gentiles cuando contó su experiencia personal con Dios. “Para que la grandeza de las revelaciones no me exalte desmedidamente”, declaró a los corintios, “me fue dada una espina en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetea, para que no me enaltezca sobremanera. Tres veces rogué al Señor que quite ese aguijón de mí. Y me dijo: ‘Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad'. Por eso, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo. Por eso, por causa de Cristo, me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12:7-10).

Cómo obtener la santidad.

Ningún pecador que se esfuerce por hacer buenas obras para ser santo va a lograr la santidad de esa manera. Por el contrario, ese esfuerzo conduce a la justicia propia, que hace nula la justicia de Dios. “Porque por las obras de la Ley ninguno será justificado ante él” (Rom 3:20), “sino por la fe de Jesucristo” (Gál 2:16). “Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no ante Dios” (Rom 4:2). Es el Señor quien nos justifica y nos hace santos, y como resultado de la fe que ponemos en él, podemos crecer en la santidad. Esto es lo que expresó el apóstol Pablo cuando dijo que una vez que hemos sido “librados del pecado y hechos siervos de Dios”, tenemos como “fruto la santificación, y como fin la vida eterna” (Rom 6:22). “De él [Dios] viene que vosotros estéis en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención, para que, como está escrito: ‘El que se gloría, gloríese en el Señor'” (1 Cor 1:30-31).

“Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el Nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6:11). Por tal razón, continuó el apóstol, “el que se gloría, gloríese en el Señor. Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba” (2 Cor 10:17-18). ¿Dónde dice la Biblia, que el que hace milagros es santificado en el cielo? Todo hijo fiel de Dios, haya hecho milagros o no en su vida terrenal, será igualmente glorificado en el día del Señor (Filip 3:21). Por lo tanto, no debemos preocuparnos en esta vida por hacer milagros, o probar que se dieron en nuestro ministerio, porque no es de esa manera que lograremos la santificación o glorificación final.

En su preocupación porque la gente no ponga su mirada en sí misma para obtener la santificación, el apóstol declaró que “ni aun yo me juzgo a mí mismo. Aunque mi conciencia de nada me acusa, no por eso quedo justificado. El que me juzga es el Señor” (1 Cor 4:3-4). Con esto quiso manifestar su plena confianza en el juicio divino. Al haber remitido sus pecados al Señor por la fe en el pago que efectuó de su sangre, sabía el apóstol que Dios mismo se haría cargo de defenderlo en el día del juicio (Rom 8:31-34). Por consiguiente, su alma no debía continuar atormentada por ver cómo haría entonces para justificarse ante Dios. “El justo vivirá por la fe”, fue su grito de victoria, una fe que se aferra a las promesas de Dios y le permite caminar seguro (Rom 1:17). “Una cosa hago”, volvió a decir a los filipenses, “olvido lo que queda atrás, me extiendo a lo que está delante, y prosigo a la meta, al premio al que Dios me ha llamado desde el cielo en Cristo Jesús” (Filip 3:13-14). Y mientras eso hacía, obtenía la santificación.

Santidad en la verdad.

¿Puede un atleta superar su valla, si no ve claramente la meta que se ha puesto? De igual manera, para poder avanzar en la santidad, se requiere que conozcamos la verdad, porque el error siempre detendrá el progreso, en alguno u otro punto de la carrera cristiana. “Guardaos”, advirtió el apóstol Pedro, “para que no seáis arrastrados por el error de los inicuos y caigáis de vuestra firmeza. Antes creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Ped 3:17-18).

“Ninguna iglesia puede progresar en santidad si sus miembros no buscan ardientemente la verdad como si fuera un tesoro escondido” (CS, 576). El Señor “sostiene ante nosotros el más alto ideal, el de la perfección. Nos pide que nos manifestemos absoluta y completamente a favor de él en este mundo, así como él está siempre a favor nuestro en la presencia de Dios” (HA, 452). “¡Gloriosa es la esperanza del creyente mientras avanza por fe hacia las alturas de la perfección cristiana!” (HA, 425).

“A nadie se le impide alcanzar, en su esfera, la perfección de un carácter cristiano. Por el sacrificio de Cristo, se ha hecho provisión para que los creyentes reciban todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad. Dios nos invita a que alcancemos la norma de perfección y pone como ejemplo delante de nosotros el carácter de Cristo. En su humanidad, perfeccionada por una vida de constante resistencia al mal, el Salvador mostró que cooperando con la Divinidad los seres humanos pueden alcanzar la perfección de carácter en esta vida. Esta es la seguridad que nos da Dios de que nosotros también podemos obtener una victoria completa” (HA, 424).

El problema de la justicia propia.

Toda vez que la mirada se aparta del Señor, el esfuerzo por hacer buenas obras será desviado a un intento de presentar delante del mundo una fachada de santidad que glorifica al hombre, pero que Dios no puede aprobar. “Guardaos de ejercer vuestros actos de justicia ante los hombres”, advirtió el Señor, “para ser vistos por ellos. De esa manera no tendréis merced de vuestro Padre celestial. Así, cuando des limosna, no toques trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Os aseguro que tienen su recompensa. Pero cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto. Y tu Padre que ve en secreto, te recompensará. Cuando ores, no seas como los hipócritas, que gustan orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. Os aseguro que ya tienen su recompensa. Cuando tú ores, entra en tu aposento, cierra tu puerta, y ora a tu Padre que está en secreto. Y tu Padre que ve en secreto, te recompensará” (Mat 6:1-6).

Los que se esfuerzan por demostrar santidad ante el mundo caen en la trampa en la que cayeron los fariseos. Jesús dijo de ellos que hacían “todas sus obras para ser vistos por los hombres” (Mat 23:5), “porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios” (Juan 12:43). “Aman los primeros asientos en los banquetes, y las primeras sillas en las sinagogas, quieren ser saludados en las plazas, y ser llamados rabí. Pero vosotros, no queráis que os llamen... padre, porque uno es vuestro Padre, el que está en el cielo” (Mat 23:6-11).

En marcado contraste el Señor declaró: “Gloria de los hombres no recibo” (Juan 5:41). Y a los líderes que buscaban rebajar el carácter sagrado de su misión les repochó: “buscáis la gloria los unos de los otros” (v. 44). Para que sus discípulos no cayesen en la misma necedad y desgracia les ordenó: “el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mat 23:12).

La justicia propia conducirá siempre a la jactancia o glorificación personal. Pero en el plan de salvación, Dios vio necesario hacer resaltar la justicia divina, no la del hombre. Por eso insiste varias veces el apóstol Pablo en que “Dios puso [a Cristo] como medio de perdón... para demostrar su justicia..., con el fin de mostrar su justicia..., para ser a la vez el justo, y el que justifica al que tiene fe en Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia?”, pregunta seguidamente. “Queda eliminada... por la ley de la fe” (Rom 3:25-27).

Es cierto también que “la fe sin obras es muerta”, y que la fe se perfecciona cuando actúa juntamente con las obras (Sant 2:17-22). Pero todas esas obras “hechas en Dios” (Juan 3:21), nunca conducirán al hombre a glorificarse a sí mismo, ni a alardear santidad. Por el contrario, si esas obras son genuinas, llevarán a glorificar al “Padre que está en el cielo” (Mat 5:16). Así, la santidad se la obtiene no buscando hacer buenas obras, sino buscando a Cristo. Mientras “contemplamos como en un espejo la gloria del Señor, vamos siendo transformados de gloria en gloria, a la misma imagen, por el Señor” (2 Cor 3:18). En lugar de figurar nosotros mismos, reluce cada vez más admirablemente la gloria del Señor. “Con Cristo estoy crucificado”, declaró feliz el apóstol Pablo, “y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó, y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2:20).

¿Quiénes están más cerca de la santidad?

El rey Saúl no tuvo todas las mujeres que tuvo David. Pero David fue justificado porque se humilló ante el Señor e imploró su perdón, mientras que Saúl fue condenado por ensoberbecerse, y considerar demasiado humillante hacer la voluntad de Dios (1 Sam 15:11,22-23). “Oh Dios”, fue el clamor de David. “El sacrificio que tú aceptas es el espíritu quebrantado. Tú no desprecias al corazón contrito y humillado” (Sal 51:17). “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu” (Sal 34:18).

“Porque así dice el Excelso y Sublime”, habló también el profeta Isaías por boca de Dios. “El que habita la eternidad, y cuyo Nombre es Santo [dice]: ‘Yo habito en la altura y en la santidad, y con el contrito y humilde de espíritu, para reanimar el espíritu de los humildes y dar vida al corazón de los contritos” (Isa 57:15). “Mi mano hizo todas las cosas, por eso existen—dice el Señor—Y estimo al humilde y contrito de espíritu, que se estremece ante mi Palabra” (Isa 66:2).

Algo semejante vemos en los evangelios. A los orgullosos fariseos el Señor les aseguró “que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios” (Mat 21:31). No porque eran estafadores o inmorales, sino porque al estar desposeídos de toda justicia propia, podían apreciar mejor la justicia que Dios ofrece al pecador. La oración del fariseo era: “‘Dios, te doy gracias, que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, y doy el diezmo de todo lo que gano'. Pero el publicano quedando lejos, ni quería alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: ‘Dios, ten compasión de mí, que soy pecador'. Os digo que éste descendió a su casa justificado”, declaró el Señor, “pero el otro no. Porque el que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido” (Luc 18:11-14).

“Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos ante los hombres. Pero Dios conoce vuestro corazón. Lo que los hombres tienen por sublime, para Dios es abominable” (Luc 16:15).

No es castigándonos como obtenemos la santificación.

Cuando pretendemos que logramos la santidad expurgando mediante autocastigos todos los presuntos “residuos” de pecado que quedan en nuestros miembros, y presumimos en consecuencia merecer el reconocimiento divino mediante tal sufrimiento forzado, podemos estar seguros de no haber logrado la santidad. “¿Con qué me presentaré al Señor, y adoraré al excelso Dios?”, pregunta Miqueas. “¿Se agradará el Señor de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi promogénito por mi rebelión, el fruto de mi seno por mi pecado? Oh hombre, el Señor te ha declarado qué es lo bueno, y qué pide de ti. Sólo practicar la justicia, amar la bondad y andar humildemente con tu Dios” (Miq 6:6-8).

“¿Quién subirá al monte del Señor?”, pregunta el salmista. “¿Quién estará en su Santuario? El limpio de manos y puro de corazón, el que no eleva su alma a la vanidad, ni jura con engaño. Este recibirá la bendición del Señor, y la justicia de Dios, su Salvador” (Sal 24:3-4). “Todo el que tiene esta esperanza en él”, declara el apóstol, “se purifica [no mediante la contemplación de sus propias faltas y flagelaciones recetadas, sino contemplando al Señor], así como él es puro” (1 Juan 3:3).

La misión de la Iglesia.

Nunca podrá la verdadera Iglesia de Cristo alardear santidad ante el mundo. Si en algún momento de su historia cree que ése es el camino para atraer a la gente al mensaje que posee, caerá en la trampa en que cayó la Iglesia Católica Romana desde que pasó a ser la iglesia imperial. Tarde o temprano se descubrirá la flaqueza humana en su interior, con toda su corrupción y miseria de pecado (véase Apoc 18:1-3).

¿Cuál es, entonces, la misión de la Iglesia del Señor? Su misión consistirá siempre en llamar y exortar a sus miembros y al mundo a la santidad, levantando al Hijo de Dios en su medio y delante de la humanidad. El es la Roca, él es el Modelo, él es “el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre”, dijo Jesús, “sino por mí” (Juan 14:6). “‘Y cuando yo sea levantado de la tierra, a todos atraeré hacia mi'. Esto dijo para dar a entender de qué muerte había de morir'” (Juan 12:31-32).

“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”, volvió a decir el Señor. “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto. Porque separados de mí, nada podéis hacer” (Juan 15:5). En la medida en que la verdadera Iglesia del Señor se esfuerza por exaltar al Señor en su medio, sin jactancia alguna, sin mirarse a sí misma, hará que el mundo y el universo entero capte la diferencia que se da entre “aquel que sirve a Dios, y el que no le sirve” (Mal 3:18). “Porque por gracia habéis sido salvos por la fe. Y esto no proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que anduviésemos en ellas” (Ef 2:10).

“Aunque existen males en la iglesia, y continuarán existiendo hasta el fin del mundo, la iglesia en estos últimos días debe ser la luz del mundo que está contaminado y desmoralizado por el pecado. La iglesia, debilitada y defectuosa, en necesidad de ser reprobada, amonestada y consejada, es el único objeto en la tierra sobre el cual Cristo otorga su suprema consideración. El mundo es un taller de trabajo en el cual, mediante la cooperación de las agencias humanas y divinas, Jesús está haciendo experimentos por su gracia y misericordia divina sobre los corazones humanos. Los ángeles se asombran al contemplar la transformación de carácter que se opera en aquellos que se rinden a Dios, y expresan su gozo en cantos de alabanzan arrobadora a Dios y al Cordero” (TM, 49).

Conclusión.

¿Cambiará el Vaticano su nombre? ¿Dejará de llamarse “Santa Sede”, y su príncipe “Papa” y “Santo Padre”? Al comenzar el S. XX se nos aseguró que “la iglesia papal no abandonará nunca su pretensión a la infalibilidad” (CS, 620). Por consiguiente, jamás renunciará a sus pretensiones arrogantes, ni a todos sus títulos blasfemos (Apoc 13:1; 17:3), incluído el de “Vicario del Hijo de Dios”. Esto implica que su carácter déspota y opresor, que hoy permanece latente, despertará otra vez en cuanto se le presente la oportunidad.

Antes de los genocidios efectuados por los gobiernos fascistas católicos a los que el papado alentó y apoyó durante el S. XX, E. de White escribió: “todo lo que ha hecho al perseguir a los que rechazaban sus dogmas lo da por santo y bueno; ¿y quién asegura que no volvería a las andadas siempre que se le presentase la oportunidad? Deróguense las medidas restrictivas impuestas en la actualidad por los gobiernos civiles y déjesele a Roma que recupere su antiguo poder y se verán resucitar en el acto su tiranía y sus persecuciones” (CS, 260).

Si esa “Santa Sede” y “Santo Padre” estuviesen realmente cerca de Dios, rechazarían con horror que se los llame así, que la gente se postre delante de ellos, le besen los pies y les confiesen sus pecados (véase Hech 14:11-15; Apoc 19:10). En lugar de eso, la cúpula o jerarquía romana no sólo acepta ese ceremonial tan vergonzoso, sino que también lo requiere de los fieles. “Curamos a Babilonia, y no sanó. Dejadla” (Jer 51:9), es la orden del cielo.

Empero hay mucha gente sincera dentro de la Iglesia Católica Romana y a quien Dios reconoce como su pueblo. Es hacia esa gente que debe dirigirse el mensaje: “¡Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados, y no recibáis de sus plagas! Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo, y Dios se acordó de sus maldades” (Apoc 18:4-5). Ese pueblo de Dios que todavía está en Babilonia, la confusión religiosa reinante de los últimos días, saldrá del engaño ante este llamado final, para engrosar el “remanente” que Dios se habrá escogido de “toda nación y tribu, lengua y pueblo” (Apoc 14:7; cf. 12:17). A todos ellos el Señor los quiere en su gloria.

Una pregunta más. ¿En qué irá a parar todo ese alarde blasfemo y arrogante de santidad que Dios anticipó del anticristo romano? ¿Qué pasará al final con los que se glorifican a sí mismos a la imagen y semejanza del papado? Ya sea individualmente como corporalmente (la Iglesia del mundo), todo lo que alardee santidad y grandeza humana será abatido en el día del Señor.

“Entra en la peña, escóndete en el polvo, de la temible presencia del Señor y del resplandor de su majestad. La altivez de los ojos del hombre será abatida, la soberbia de los hombres será humillada; y sólo el Señor será exaltado en aquel día. Porque el día del Señor Todopoderoso vendrá sobre todo soberbio y altivo, y sobre todo ensalzado y serán abatidos... Sólo el Señor será exaltado en aquel día” (Isa 2:11-12,17). “Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz, porque, ¿de qué vale realmente?” (v. 22).

“Pero se sentará el tribunal en juicio, y le quitarán su dominio, para que sea destruido por completo y para siempre” (Dan 7:26). “Sin mano humana será quebrantado” (Dan 8:25). “Pero llegará a su fin, y no tendrá quien le ayude” (Dan 11:45). “Entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida” (2 Tes 2:8). “Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta... Los dos fueron lanzados vivos en el lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca” del Hijo de Dios (Apoc 19:20-21). En cuanto a su ciudad, “la dejarán desolada y desnuda; devorarán su carne y la quemarán a fuego” (Apoc 17:16; cf. v. 18). “Babilonia [Roma], esa gran ciudad, será derribada, y nunca jamás será hallada” (Apoc 18:21).

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