23 de septiembre de 2009

La cauterización de la conciencia mediante la confesión auricular.

Durante la Edad Media el papado había dado la orden de que dos sacerdotes participasen en la aplicación de la tortura infligida por el Santo Oficio de la Inquisición. Cuando uno de los sacerdotes se sentía afectado en su conciencia por el dolor y la angustia que producía, el otro debía estar a su lado para absolverlo. En la confesión privada al sacerdote, los hijos—repitámoslo, criminales oficialmente reconocidos como católicos y jamás condenados por su Santa Madre Iglesia—liberaban su alma sin necesidad de cambiar de conducta. Lo que llevaban a cabo era terrible, sí, pero alguien tenía que hacer esa obra, un mal necesario con el fin de limpiar la sociedad y lograr un estadio mejor. Así pretendía la Iglesia cumplir con su misión de rectora del orden público y social, en su pretensión de lograr una sociedad perfecta y libre de “residuos” de pecado.

Algunos se sorprenden que en Madrid, bajo los momentos de mayor predominio de la Inquisición medieval, hubiese 800 burdeles o casas de prostitución. Los turistas y comerciantes de otros países europeos contemporáneos confirmaban que España revelaba la moral más baja del continente. ¿Cómo era posible eso? ¿Acaso no pretendían los Inquisidores ser los rectores y censores de la moral pública? Los especialistas del Santo Oficio han llegado a la convicción de que esa realidad se explica por el confesionario. Por contradictorio que parezca, para los Inquisidores no estaba mal ejercer la prostitución mientras se reconociese en la confesión privada que ese acto era malo. El problema comenzaba cuando las mujeres de mal vivir no se confesaban regularmente, despertando la sospecha inquisidora de pensar que lo que hacían estaba bien. Siendo que la confesión es privada, el mundo exterior no necesitaba enterarse de esas confesiones personales, y ellas podían continuar con su ministerio sexual cobrado con toda impunidad y libertad.

La Iglesia Católica es un mito. Rituales mágicos llevan a cabo los católicos constantemente como una especie de encomendación a Dios. Así, para cualquier cosa los fieles se santiguan con la señal de la cruz, desgranan rosarios repitiendo frases mecánicas, sin ser conducidos a una real contrición. La liberación del alma de la carga del pecado—si de liberación se trata—se resuelve mediante una transacción que le permite al pecador, aún al criminal, acabar con sus problemas recurriendo a la mentira, al fraude y también al asesinato. En lugar de restituir el crimen compensando a las víctimas o a sus parientes de alguna manera, con real dolor por el pecado, los criminales católicos pueden recurrir a tantos otros subterfugios como las indulgencias y penitencias que el sacerdote confesor les ofrece y encomienda en privado, para que no tengan mas nada que ver con el mal que causaron. Si para colmo de bienes, se es una autoridad política o militar reconocida y distinguida, podrá conseguirse fácilmente un confesor más benigno que le indique una penitencia más condescendiente y acorde a su elevada vocación.

E. de White escribió lo siguiente, antes de darse los genocidios clero-fascistas de los millones de inocentes que anticipó, según ya vimos, para el S. XX: “El reclamo de la Iglesia de tener autoridad para perdonar pecados conduce a los católicos a sentirse libres para pecar... Esta confesión degradante de hombre a hombre es la fuente secreta de la cual ha brotado la mayor parte del mal que está contaminando al mundo y preparándolo para la destrucción final. Aún así, para los que aman la complacencia propia les es más placentero confesarse a un compañero mortal que abrir el alma a Dios. Es más agradable para la naturaleza humana hacer penitencia que renunciar al pecado; es más fácil mortificar la carne con golpes, ortigas y cadenas mortificantes que crucificar los deseos de la carne. Pesado es el yugo que el corazón carnal está dispuesto a llevar antes que someterse al yugo de Cristo” (GC, 568-569).

Llama la atención también la mentira tan descarada de los jerarcas de la Iglesia Católica, aún de la Santa Sede, cuando aducen no haberse enterado de todos los crímenes que sus hijos cometieron. ¿Cómo no iban a enterarse de los crímenes que ella misma suscitó mediante sus representantes más elevados, si contaron además, con el sistema de espionaje internacional más grande de la historia que nace en el acto de la confesión? Ningún otro poder sobre la tierra cuenta con un método tan efectivo para enterarse de lo que ocurre en tantos lugares de la tierra como el que posee la Santa Sede en el Vaticano y en todas sus sucursales sobre toda la tierra.



El problema fundamental: la lucha por la supremacía.

Es cierto que ciertas creencias fundamentales de la fe católica, como el sacramento de la penitencia, el purgatorio y el infierno eterno han dado lugar, como acabamos de ver, a los más grandes genocidios de la historia. Pero hay una razón, una causa principal que la ha llevado siempre a la intolerancia. Se encuentra en la pretensión de haberle sido conferida al papa de Roma la primacía de Pedro. Esa primacía busca obtenerla, a su vez, sobre el mundo entero, ya que se considera a sí mismo como símbolo de la unidad que Cristo requirió de la Iglesia. De allí tantos títulos blasfemos que lo llevan a creer que ocupa el lugar de Dios hasta para perdonar pecados, poner y quitar reyes, cambiar la ley de Dios, etc.

Las mayores masacres promovidas y requeridas por el papado Romano en la Edad Media, se dieron contra todos los que no lo reconocieron como soberano del mundo. Esto se debe a que el afán de supremacía, de ser el más grande, es insaciable. Unicamente puede ser curado por la sangre del Cordero, a los pies de la cruz.

De una manera equivalente obraron también los emperadores que antecedieron al obispo de Roma. Así, de Nimrod se dice que fue el primer emperador del mundo (Gén 10:18). El construyó Babilonia, Asiria, y otros grandes imperios antiguos. Nabucodonosor, el gran emperador de la época neo-babilónica, declaró orgulloso antes de ser humillado por la Deidad: “¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con mi fuerza de mi poder... para gloria de mi grandeza?” (Dan 4:30).

Tanto el rey de Babilonia como Ciro, una vez que entró en Babilonia, fueron adorados como sumo pontífices (Deux Babilones..., 20, 320-321).

“El gran rey [persa] era el dueño absoluto del poder..., el sumo dios sobre la tierra... ante él se debía prosternar hasta los pies, poniendo el rostro contra la tierra” (A. Tovar, Historia del Antiguo Oriente).

Alejandro Magno, el famoso emperador de Grecia, también “se convirtió en la encarnación viviente de la divinidad..., y pretendió de los suyos la proskynésis...” (A. Concha, Alejandro el Grande (1985), 85). Cuando llegaron los romanos, los césares se apoyaron “en las auctoritas..., en su poder sacrosanto de pontíficex maximus... y en la ascendencia divina” (J. M. Solana, Gran Historia Universal, 174). “Situaron sus estatuas en

los templos y plazas de Roma, junto a las de los dioses...” (ibid,

176-177). Véase A. Diestre Gil, *

El primer emperador cristiano, Constantino, no abandonó las formulaciones gubernamentales de los césares que le daban honores divinos. Por el contrario, “reconstruyó el culto imperial” de tal manera que fuese aceptado nominalmente aún por el cristianismo romano (A. Kee, Constantino contra Cristo, 181). A los títulos ya usados por sus antepasados de Augusto, Pontíficex Maximus, Imperator perpetuo, Pater Patriae, Constantino agregó el de Vicario de Cristo, Obispo de los obispos, Representante del unigénito Logos. De esta manera llevó el absolutismo a su apogeo, implementándolo con un ceremonial tendiente a destacar el carácter divino del emperador. En ese ceremonial se destacaba su túnica de oro, la diadema y la proskynésis (adoración de rodillas).

El papado romano heredó, además de los títulos imperiales, ese ceremonial que requería que le besasen sus pies mediante la proskynesis. Sumó para sí también los títulos de Vicario de Dios, pero ahora aplicado en forma exclusiva a su cargo. Otros títulos blasfemos fueron el que usa aún hoy de Santo Padre (véase Mat 23:9; Jn 1:12-13), Su Santidad (Apoc 15:4; 1 Tim 1:15-16). No de balde la profecía apocalíptica anticipaba que el anticristo romano y medieval iba a usar “títulos blasfemos” (Apoc 13:7; 17:3).

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Una entidad que pretende imponerse sobre toda la tierra con semejantes títulos, y creyéndose aún infalible, no puede permanecer sin recurrir a la intolerancia, muerte y genocidio. ¿Por qué razón? Porque a nadie le gusta que lo atropellen, que le arrebaten su libertad. Y para poder imponer reconocimientos omnímodos de orden divino, tales poderes absolutistas deben recurrir a la fuerza.

¿Dónde se encuentra la fuente de semejante inspiración absolutista? En Lucifer. De allí que Jesús lo desenmascaró como siendo mentiroso y asesino desde el principio (Juan 8:44). Estas dos características iban a destacarse en el anticristo romano, según la predicción del apóstol Juan en el Apocalipsis (Apoc 13:7, véase 13-15). Esa será siempre la tendencia de todo aquel que busque reconocimientos humanos supremos (Apoc 13:3,8). La única forma de obtenerlos es a expensas de los derechos de los demás, mediante un dominio absoluto y opresivo sobre todos los que pueda poner bajo su autoridad.

Dice la Biblia que Lucifer, ese ángel exaltado, procuró ocupar el lugar de Dios y sentarse por encima de Dios mismo (Isa 14:12). Ese espíritu de supremacía lo transmite a todos los que procura engañar, no admitiendo sombra alguna, y pasando por encima de todos cuantos pueda someter bajo su yugo. Ya a nuestros primeros padres les hizo creer que iban a ser

“como Dios” (Gén 3:4-5). “El orgullo de su propia gloria le hizo desear la supremacía” (CS, 549).

- ¡Cuán diferente fue el espíritu del Señor! “Se vio que mientras Lucifer había abierto la puerta al pecado debido a su sed de honores y supremacía Cristo, para destruir el pecado, se había humillado y hecho obediente hasta la muerte” (CS, 557). Por tal razón, el apóstol Pablo exortó a poseer su mismo Espíritu, tan contrastante con el que dejó y continúa dejando su presunto Vicario romano aquí en la tierra. “Haya en vosotros el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Quien, aunque era de condición divina, no quiso aferrarse a su igualdad con Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres. Y al tomar la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filip 2:4-8).

Todo el que desee gloria y honra debe pasar por la experiencia de humildad y abnegación del Hijo de Dios. La exaltación de Jesús a la diestra del Padre pudo tener efecto gracias a que demostró su completa entrega para salvar al hombre, aún a costa del oprobio y la vergüenza a la que fue expuesto tan ingratamente en la tierra. “Por eso Dios también

lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un Nombre que es sobre todo nombre, para que, en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre” (Filip 2:9-11).

El que quiera gloria y honor debe aprender primero las lecciones de humildad del Hijo de Dios. Esa gloria y ese honor vendrán, pero en el mundo venidero, cuando el Señor llame a sus fieles a ser junto con su Hijo, “reyes y sacerdotes” para compartir con el universo entero su gratitud por la redención efectuada a tan alto costo. De allí que dice el canto que ya cantaban antiguamente en los días de Pablo: “Si morimos con él, también viviremos con él. Si sufrimos aquí, también reinaremos allá con él” (2 Tim 2:11-12). Reinaremos sobre el pecado que no se enseñoreará nunca más de nosotros (Rom 6:14). Recuperaremos nuestra soberanía y control gracias a la sangre preciosa de nuestro Señor que nos redimió.

“¡Oh, tú, torre del rebaño! A ti te será devuelto el dominio anterior” (Miq 4:8). “Y el reino, el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, serán dados al pueblo de los santos del Altísimo; cuyo reino [el del Altísimo] es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán” (Dan 7:27). “Reinarán para siempre” (Apoc 22:5).
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