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8 de septiembre de 2009

La Inquisición - 7ma. Parte



-Las confiscaciones y la hoguera.

Antes y después de la sanción legal pontifical de la tortura, se confiscaba a los acusados todas sus propiedades y tierras, las que eran repartidas entre el gobernador de la provincia y los obispos de la iglesia. En algunos lugares se daba un tercio al informante como en Italia, o se lo entregaba todo a la corona como en algunos lugares de Francia. En Nápoles, bajo el dominio español, hubo fricciones entre el papado y la corona de España debido a que el pontificado quería recibir su parte en la confiscación. Esto fomentó la cacería de los herejes de una manera impresionante. La gente, los obispos y el estado buscaban por doquier a quién acusar y condenar simplemente por codicia.

Esta es la razón por la cual el blanco de la Inquisición lo fueron casi siempre las clases más pudientes. Al someterlas a una permanente presión de esta naturaleza, el papado no sólo se aseguraba la obediencia de los más influyentes, sino que también podía incrementar más fácilmente su poder con los ingresos de la confiscación.

De esta forma, los tribunales de la muerte se multiplicaron en muchos países de Europa. Hasta había obispos y gobernantes que se apropiaban de los bienes del testador, aduciendo que había muerto en herejía, y de esta forma desheredaban a los hijos.

También sucedía que los frailes y monjes inquisidores corruptos contravenían las reglas de pobreza de su orden y se apropiaban de todas las confiscaciones, enriqueciéndose a sí mismos y a sus familias y amigos. Por esta razón, como se ha ya mencionado, las víctimas de la Inquisición eran mayormente personas ricas e influyentes, pues no veían luz en perseguir a los pobres que no les traían dividendos materiales.

La condena a la hoguera era un proceso público y terrible. Se hacía primero un auto de fe, en donde se predicaba un sermón, y se concedían indulgencias -perdones divinos por pecados cometidos durante años, o meses, o días, etc.- a los que asistían. Esta crueldad pública tenía como propósito amedrentar a la gente. Todos los gobernantes debían también darse cita. Si el hereje hacía una confesión de última hora durante el auto de fe, se le concedía "la gracia de ser estrangulado antes de quemarlo;" de lo contrario se lo quemaba vivo. En algunas ocasiones se le concedía "recibir la sagrada eucaristía antes de morir en la hoguera. "
Se ataba a los herejes a un poste con cadenas, y se lo rodeaba con leña hasta el cuello. A veces les quemaban primero la cara con fuego que ataban a la punta de un palo. Luego encendían la hoguera. A veces se encendían hogueras desde gran distancia, mientras los frailes instaban a las víctimas inocentes a retractarse de su fe, antes que las llamas los alcanzasen y devorasen. Finalmente, los sacerdotes los mandaban al diablo, y a sufrir no solo el tormento que les infligían ellos mísmós en esta vida, sino también a los tormentos eternos que, en la tradición católica, se aplícara a los que el Señor condene en el mas alla.

¿Qué actitud asumían los así llamados herejes? Muchos cantaban himnos mientras las llamas los abrazaban, y otros rogaban por sus enemigos como lo hizo Jesús sobre la cruz cuando exclamó:
Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23:34). Cuando los testimonios heroicos del hereje antes que las llamas lo devoracen, solían gritar para que la gente no pudiese escucharlo.

Contrariamente a las calumnias que muchos historiadores modernos repiten aún hoy de las acusaciones de los inquisidores, sin prestar atención a los hallazgos hechos en décadas recientes de las verdaderas creencias de los cátaros, estos mártires de Jesús decían que:
"Jesucristo, el Hijo fiel de nuestro Creador, no enseñó a los que siguen su ley, a exterminar a sus enemigos en este mundo temporal: al contrario, les ordenó hacer el bien, ...cómo deben perdonar a los que los persiguen y calumnian, orar por ellos, hacerles bien, jamás resistirlos por la violencia, como se ve que hacen únicamente los verdaderos cristianos que cumplen las Santas Escrituras por su bien y por su honor."

De esta forma se oprimió a millones, y el número de mártires muertos por su fe, ya fuesen cátaros, valdenses, o posteriormente luteranos, calvinistas, etc., se volvió innumerable. Los cátaros llegaron a ser más de un millón en Europa, y bajo la falsa acusación de que destruían la familia con creencias ascéticas acabaron con ellos y con todas sus familias.

Una cruzada enviada por el Papa Inocencio III contra los Albigenses de Alba, acabó con todos sus 20.000 habitantes. Para esta cruzada, el papa Inocencio III prometió, además de las acostumbradas indulgencias, un número de beneficios específicos para los que acudiesen de Europa contra ellos. Uno de estos beneficios fue el ofrecimientó de una amnistía de todas las deudas sobresalientes. De esta forma se consiguió la gente menós escrupulosa para acabar con los cátaros. Los niños y las mujeres murieron en una cruel e "índiscrimínada masacre, aún aquellos que habían buscado asilo en la iglesia." El prelado papal enviado con esta misión llegó a responder a los que le preguntaron si debían salvar a los católicos. "Mátenlos a todos, porque Dios conoce a los suyos."

Siempre en el S. XII, Simon de Montfort, presionado por el legado papal, fue tomando ciudad tras ciudad, devastándolas una por una, y exigiendo a la población elegir "entre jurar fidelidad a la fe romana o morir como herejes."Miles juraron fidelidad bajo la espada, así como miles prefirieron la muerte antes que renunciar a su fe. A menudo se hacían hogueras masivas, quemando de una sola vez a centenares de herejes por su fe. Su único delito consistía en anteponer la Biblia a la sumisión del pontífice romano.
Muchos ejemplos objetivos nos llegan de muertes en masa que el papado hizo infligir a los cátaros, valdenses y otros reformadores. Era común que los cátaros detenidos fuesen torturados y quemados en la hoguera. En Béziers, por el 1207, "siete mil personas fueron pasadas a cuchillo en la cruzada papal contra los albígenses, y la catedral fue destruída. En Italia, el primer holocausto de la Inquisición mediante quema de herejes tuvo lugar en Brescia, en 1231.

La crueldad y ferocidad fueron creciendo en los años siguientes, en los que más dirigentes cátaros fueron muertos. Juan de Vicenza mandó quemar en 1233 a 60 patarínos en Tréveris. En ese mismo año se llevaron a cabo otras quemas de herejes en diferentes ciudades como en Milán. También en 1233 fue asesinado el inquisidor alemán Conrado de Marhurgo, quien no vacilaba en condenar a los sospechosos e inocentes, aduciendo que Dios conoce quién es inocente y quién no lo es, y que el Señor sabría decidir cómo debían pasar la eternidad los que condenaban.

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