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2 de octubre de 2009

El Vaticano y los Grandes Genocidios del Siglo XX (11)

Apoyo Vaticano a Hitler antes de ser el Führer.

Para comienzos del S. XX, el Vaticano se estaba dando cuenta que mediante los partidos católicos no ganaba demasiado sino que, por el contrario, tendía a perder el control piramidal tradicional aún de la misma iglesia. Por un lado, como lo había argumentado Mussolini, las estadísticas demostraban que los partidos católicos no ganaban ningún converso. Por el otro, esos partidos tendían a aceptar el “modernismo” o “liberalismo” democrático que estaba en boga en los países protestantes y seculares, y buscaban formar pactos con otros credos y otros partidos políticos. Por consiguiente, el papado vio conveniente hacer arreglos políticos con gobiernos civiles que reconociesen la autoridad espiritual de la Iglesia, y desprenderse de los partidos católicos democratizados a los cuales le costaba poder controlar.

El caos social y económico en que había caído Alemania después de la primera guerra mundial, por otro lado, más la frustración de haber perdido tantas vidas inútilmente (dos millones), parecían reclamar un gobierno centralizado y fuerte que pusiese orden y restaurase el orgullo herido de la población. Esto concordaba con la convicción papal acerca de la necesidad de gobiernos en donde la autoridad se ejerciese desde la cima y estuviese encarnada en una persona que a su vez, reconociese la autoridad suprema de la Santa Sede.

Después de todo, era evidente que ningún Concordato iba a poder lograr el Vaticano con el Reich en Berlín, por la característica democrática del gobierno alemán (Weimar). Un gobierno pluralista tal tampoco iba a querer ajustarse al Códido de Ley Canónica que quería imponer el Vaticano. Al mismo tiempo, el gobierno débil que había quedado en Alemania dejaba aparecer el espectro comunista como una alternativa plausible que asustaba a muchos. En España y en México, además de Rusia, se estaban levantando gobiernos de izquierda que afectaban grandemente a los intereses de la Iglesia Católica. ¿Por qué no hacer en Alemania también, como siempre habían hecho los papas desde que recibieron el reconocimiento de Clodoveo en Francia en el 508, y del emperador Justiniano en el 533? Ambos monarcas habían emprendido batallas para defender la fe católica, que culminaron con la liberación de Roma y el comienzo del ejercicio del poder político del papado en el 538.

Las cosas comenzaban a ir mejor también en Italia para la Iglesia Católica. Al concluir la segunda década del S. XX, el papado había logrado por fin un acuerdo con Mussolini que reconocía la soberanía del papa sobre el Vaticano, y decretaba que la única religión de Italia era la Iglesia Católica. No era de sorprender que quien más se alegrase en Alemania con ese Concordato Laterano fuese Adolf Hitler. Pocos días después de ese acuerdo escribió, el 22 de febrero de 1929: “El hecho de que la Curia está ahora haciendo la paz con el fascismo muestra que el Vaticano confía mucho más en las nuevas realidades políticas que en las de la democracia liberal anterior con quien no pudo ponerse de acuerdo”.

Hitler no se quedó allí tampoco. Acusó al Partido Centrista Católico de estar en flagrante contradicción con el espíritu del tratado que firmó ese día la Santa Sede en Italia, por predicar ese partido católico alemán “que la democracia forma parte de los mejores intereses de los católicos alemanes”. “El hecho de que la Iglesia Católica llegó a un acuerdo con la Italia fascista”, insistió Hitler, “prueba fuera de toda duda que el mundo de las ideas fascistas está más estrechamente ligado al cristianismo que al del liberalismo judío o al marxismo ateo, a los cuales el así llamado Partido Centrista Católico se ve más estrechamente ligado en detrimento del cristianismo de hoy y de nuestro pueblo germano” (PH, 115).

No de gusto Pacelli, ahora obrando en calidad de cardenal Secretario del Estado Vaticano (el futuro Pío XII de la guerra), comenzó a insistir a los líderes del Partido Centrista Católico alemán en evitar al partido Social Demócrata y cortejar al partido Nacional Socialista de Hitler. Era conveniente, según Pacelli y el actual papa Pío XI, aprovechar tácticamente las ventajas de un pacto con Hitler que favoreciesen grandemente los intereses de la Iglesia Católica en su confrontación contra el comunismo.

Un año después que Heinrich Brüning, uno de los diputados más populares del Partido Centrista Católico, fuese nombrado canciller de Alemania, Pacelli comenzó a insistir de nuevo en un concordato entre Alemania y el Vaticano para que se impusiese la enseñanza de la religión bajo la autoridad del obispo local, y se subvencionasen las escuelas católicas. Cuando el canciller le hizo ver que debía hacerse un concordato en conjunto con los protestantes, mayoritarios en Alemania, Pacelli se opuso diciendo que un canciller católico jamás debía firmar un concordato protestante. La conclusión de Brüning, publicada más tarde, con respecto a Pacelli el futuro papa, fue la siguiente:

“Todo éxito [según Pacelli] puede obtenérselo únicamente mediante la diplomacia papal. El sistema de concordatos lo condujo a él y al Vaticano a despreciar la democracia y el sistema parlamentario... Gobiernos rígidos, centralización rígida, y tratados rígidos debían supuestamente introducir una era de orden estable, una era de paz y quietud” (PH, 124).

Para diciembre de 1931, el papa insistía al enviado de la Santa Sede en Baviera, sobre la necesidad de la Iglesia en Alemania de cooperar con el partido Nacional Socialista de Hitler “tal vez sólo temporariamente y por propósitos específicos” para “prevenir un mal aún más grande” (PH, 125). El 30 de mayo de 1932 Brüning era reemplazado por otro diputado del Partido Centrista Católico, Franz von Papen, quien disolvió el Reichstag y llamó a nuevas elecciones parlamentarias. Cansados por el aumento desorbitante de la desocupación y la inflación galopante, el pueblo alemán le dio la victoria al partido de Hitler. Alemania se volvía ingobernable, ya que los dos partidos que rechazaban la constitución y la democracia (el Nacional Socialista y el Comunista), sumados ocupaban ahora la mayoría de los puestos del gobierno. El Partido Centrista Católico aceptó entonces, bajo las constantes presiones de Roma, apoyar al partido Nacional Socialista de Hitler.

Ludwig Kaas—el actual líder del partido católico y más fiel amigo de Pacelli, quien jugó un doble juego leal a Roma pero traidor para el partido centrista católico de Alemania—escribió para entonces un ensayo sobre la bondad de hacer concordatos con regímenes fascistas, que reflejaban los puntos de vista del Secretario de Estado Vaticano (Pacelli). El tratado laterano con Musolini, arguyó, era un acuerdo ideal entre un estado totalitario moderno y una iglesia moderna. “La Iglesia autoritaria”, razonó, “debía entender al estado ‘autoritario’ mejor que otros. Por otro lado—argumentaba sin ambages Kaas—la concentración jerárquica del poder en Mussolini cuadraba perfectamente con la concentración jerárquica del poder en la Iglesia Católica, según se establecía en el Código de Ley Canónica de 1917”.

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