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16 de noviembre de 2009

Las 70 semanas de los primeros escritores cristianos.

Ireneo aludía al "sacrificio y la libación" quitados por el anticristo durante la "media semana". Tertuliano (m. 240) afirmaba que las 70 semanas se cumplieron con la encarnación y la muerte de Cristo. Sin embargo, comenzaba este período profético con el primer año de Darío y, curiosamente, lo continuaba hasta la destrucción de Jerusalén por . Declaraba que el período fue sellado con el primer advenimiento de Cristo al fin de 62 semanas y media.

Clemente de Alejandría (m.c. 220) también sostenía que las 70 semanas incluían el advenimiento de Cristo y que el templo fue construido dentro de las "siete semanas profetizadas". Judea quedó en paz durante las "sesenta y dos semanas", y "Cristo nuestro Señor, 'el Santo de los santos', habiendo venido y cumplido la visión de la profecía, fue ungido en su carne por el Espíritu Santo de su Padre". Cristo fue Señor durante las sesenta y dos semanas y más una semana, decía Clemente. Durante la primera mitad de la semana gobernó Nerón, y fue eliminado durante la otra mitad, y Jerusalén fue destruida al fin del período.

Hipólito interpretaba las 70 semanas proféticas como semanas de años literales, y hacía que los "434 años" (62 semanas) abarcaran desde Zorobabel y Esdras hasta el primer advenimiento de Cristo; pero separaba la 70.a semana de las 69 precedentes, introduciendo una brecha cronológica al colocar la última semana de años, dividida en segmentos iguales, al fin del mundo. Esta interpretación parece haber hallado poco eco en la iglesia primitiva.

Más tarde Julio Africano contó las 70 semanas desde Artajerjes I hasta la cruz. Decía:
Por lo tanto, calculando desde Artajerjes hasta el tiempo de Cristo es como se completan las setenta semanas, de acuerdo con la enumeración de los judíos.

Sin embargo, computaba 490 años lunares (que hacía equivaler a 475 años solares desde el 20 a año de Artajerjes (444 a. C.) hasta el 31 d.C. Después, Orígenes de Alejandría gran deformador de la interpretación de la Biblia-, extrañamente computó las 70 semanas por décadas, haciendo así un total de 4.900 años, que él afirmaba que se extendían desde Adán hasta el rechazo de los judíos con la destrucción de Jerusalén en 70 d.C. Después de que terminó el período de los mártires, Eusebio, obispo de Cesarea, claramente presentaba los 490 años desde Persia hasta Cristo, y añadía:
Es muy claro que siete veces [las] setenta semanas computadas en años dan un total de 490. Ese fue, pues, el período determinado para el pueblo de Daniel.

Extendiendo las 70 semanas desde Ciro hasta el tiempo de Cristo, Eusebio separaba sus partes componentes e introducía una brecha; pero ubicaba la crucifixión en la mitad de la 70.ª semana con estas palabras.

Una semana de años estaría representada por todo el período de su asociación [la de Cristo] con los apóstoles, tanto el tiempo antes de su pasión como el tiempo después de su resurrección. Pues está escrito que antes de su pasión se mostró durante tres años y medio a sus discípulos y también a los que no eran sus discípulos, al mismo tiempo que, por sus enseñanzas y sus milagros, revelaba los poderes de su Deidad a todos por igual, fueran griegos o judíos. Pero después de su resurrección lo más probable es que estuviera con sus discípulos un período igual a los años ... De modo que ésta sería la semana de años del profeta, durante la cual él confirmó "el pacto con muchos", es decir, confirmó el nuevo pacto de la predicación evangélica.

Los expositores medievales continúan las diferencias.

Hubo pocos cambios o debates en la primera parte de la Edad Media. Agustín computaba los 490 años hasta la cruz, declarando que la fecha de la pasión era mostrada por Daniel. La obra anónima Sargis d' Aberga también extendía las 69 semanas hasta Cristo. El Venerable Beda seguía la interpretación dada antes por julio Africano, quien colocaba las 70 semanas desde el 20 a año de Artajerjes hasta Cristo y su bautismo en la mitad de la 70 a semana. Los judíos medievales, Saadia, por ejemplo, entendían el período como 490 años. En una obra atribuida por muchos a Tomás de Aquino leemos que las 70 semanas eran 490 años lunares, desde el 20 a año de Artajerjes, con el bautismo de Cristo en medio de la 70.ª semana, y con la cruz cerca de la terminación del período. Arnoldo de Villanova, médico del siglo XIII, situaba la muerte de Cristo después de las 62 semanas. Claramente éste no era el suceso final, porque colocaba "la mitad de la semana" en el 4 a año después de la caída de Jerusalén (año 70), o sea el 46. año después de la crucifixión.

Discrepancia de los escritores norteamericanos sobre las 70 semanas


Por lo menos 14 expositores que no eran milleritas, o bien que eran anteriores a ellos -de 1800 a 1844- ubicaron las fechas del comienzo y la terminación de los 490 años en 457 a.C. y 33 d.C., respectivamente (con la crucifixión al fin de la 70.ª semana), o 453 a.C. y 37 a.C. (con la crucifixión en la mitad de la 70.ª semana). De modo que la fecha de la crucifixión era el meollo del problema y el factor determinante para ubicar cronológicamente las 70 semanas.

William Miller colocaba la cruz -que entonces generalmente se situaba en 33 d.C.- al fin de la 70.ª semana. Al principio sus primeros colaboradores también dieron esto por sentado, como lo, habían hecho la mayoría de los eruditos que no eran milleritas, tanto en Europa como en Norteamérica. Pero varios doctos escritores milleritas llegaron a comprender la inconsecuencia e inexactitud de esta posición. Basándose en un estudio hecho por William Hales y varios escritores en cuanto al calendario judaico, se dieron cuenta de que la crucifixión se efectuó en la primavera [entre marzo y junio] de 31 d.C., en la "mitad" de la 70.ª semana. De modo que la 70.a semana se extendía desde el otoño [entre septiembre y diciembre] del año 27 hasta el otoño del 34. Este fue un factor para trasladar la fecha terminal de los 2.300 años de 1843 a 1844. Además, por su estudio del simbolismo de las festividades judaicas, los milleritas llegaron a la conclusión de que los 2.300 años terminaban en el 7.º mes judaico, es decir en septiembre- octubre.

Este reajuste de 1843 a 1844 como el fin de los 2.300 años, se produjo porque se comprendió (1) que los 2.300 años completos debían extenderse desde 457 a.C. hasta 1844; (2) que, por lo tanto, las 70 semanas (490 años) debían terminar en 34 d.C.; (3) que la cruz debía ser ubicada en la "mitad" de las 70.ª semana (27-34 d.C.), es decir en 31 d.C. Ahora bien, si la "mitad" de la 70.ª semana era la primavera [entre marzo y junio] del 31 d. C., el fin de la 70.ª semana caía en el otoño [entre septiembre y diciembre] del 34 d.C. Por lo tanto, los 1.810 años que quedaban más allá de la terminación de los 490 años, que terminaron entre septiembre y diciembre del 34 d.C., necesariamente llevarían al otoño de 1844.

Respuesta frente a la crítica por fijar una fecha.

Si bien es cierto que ha habido muchísimas críticas y mofas debido al completo fracaso de la expectativa de los milleritas que aguardaban la segunda venida de Cristo en 1844, y una acre censura por el atrevimiento de fijar esa fecha, esta es una apreciación parcial. El error de ellos no fue mayor ni más digno de censura que la fijación de una fecha por muchos prominentes clérigos de diversas iglesias principales, de Europa y América, que creían firmemente que el año 1843, 1844 ó 1847 señalaría el comienzo de un milenio terrenal o de algún importante suceso que conduciría a él, tal como la caída del papa o de Turquía, el regreso de los judíos o la purificación de la iglesia.

Muchos fijaron aproximadamente la misma fecha de los milleritas, esperando que aconteciera algún suceso trascendental; y lo hicieron empleando como base la misma profecía inspirada de Dan. 8: 14: los 2.300 días o años hasta la purificación del santuario, confirmados por los acontecimientos de las 70 semanas. Sin embargo, todos estaban igualmente equivocados en cuanto a lo que debería acontecer.

Los que criticaban a los milleritas, pero al mismo tiempo abandonaban la antigua plataforma apostólica del premilenarismo, auspiciando la falacia del postmilenarismo de Whitby, del siglo XVIII -y sin embargo procuraban vincularla con una profecía cronológica invulnerable a fin de darle firmeza-, no debieran quedar ilesos. El registro histórico no permite que estos que fijaron fechas critiquen a otros que también lo hicieron, o asuman frente a ellos la actitud de ser mejores.

La cuestión en disputa era el significado de la expresión profético: "Luego el santuario será purificado" (Dan. 8: 14). Los primeros milleritas habían creído que la purificación del santuario equivalía a la purificación de la tierra con fuego, en el esperado regreso de su Señor en 1843. Por el contrario, los expositores no milleritas, por lo general habían considerado el santuario como la iglesia, destinada a ser purificada de las contaminaciones de la apostasía, falsas doctrinas y apartamiento de Dios o como la tierra santa, que debía ser liberada de los mahometanos para permitir la restauración de los judíos. Muchos de ellos pensaban que esa purificación comenzaría en torno de 1843, 1844 0 1847, y que se propagaría triunfalmente durante el milenio. Pintaron así en cuadro brillante.

El sueño de los postmilenaristas que fijaron fechas, su acariciada esperanza de la conversión y transformación pacífica de toda la humanidad, no se realizó, y desde entonces esperanzas similares han sido destruidas por los indecibles horrores de dos guerras mundiales y los paralizantes temores de una tercera. Así también fueron chasqueados los que esperaban que Cristo viniera al comienzo del milenio y estableciera un reino terrenal. El completo fracaso de esos fijadores de fechas no milleritas debiera silenciar las críticas dirigidas a un grupo que creía en las Escrituras, y que salió de una verdad parcial para llegar a una luz mayor acerca de la purificación del santuario celestial.

Tanto los milleritas como los que no lo eran estuvieron equivocados en cuanto a la naturaleza del acontecimiento que sucedería. Y sólo podría entenderse el verdadero significado del movimiento de 1844 como heraldo del juicio, a medida que brillase mayor luz sobre la fase final del ministerio de Cristo como sumo sacerdote en el verdadero santuario celestial, y sobre la profetizada purificación de ese santuario en el verdadero día de la expiación. La expectativa de los milleritas era defectuosa en cuanto a la naturaleza del suceso anticipado. Pero ciertamente algo trascendental ocurrió en el otoño (septiembre-noviembre) de 1844.

En la fase final o del "séptimo mes" del movimiento millerita de 1844, se aclaró en el entendimiento de los milleritas un nuevo concepto de la purificación del santuario (Lev. 16: 29-30). Un estudio más detenido de los símbolos mosaicos de las ceremonias del santuario terrenal les hizo ver que eran la sombra de las realidades celestiales (Heb. 8-9). Este fue un gran adelanto. En esta fecha del movimiento de 1844, los milleritas vieron a Jesucristo como divino Sumo Sacerdote -ministrando en el lugar santísimo celestial, el cielo de los cielos, como al principio comenzaron a concebirlo-, quien según creían ellos, saldría del cielo al terminar su servicio de expiación en el día décimo del séptimo mes, para bendecir a su pueblo que lo aguardaba. Y esto implicaría y constituiría su segundo advenimiento, pues aparecería "por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan" (Heb. 9: 28).

El concepto del "séptimo mes" fue un paso de transición esencial para la verdad más plena que alboreó después del gran chasco del 22 de octubre: que en vez de que Jesucristo viniera del cielo en ese día para bendecir en su segundo advenimiento a su pueblo que lo esperaba, el Señor se había ocupado por primera vez de la segunda fase de su ministerio como Sumo Sacerdote simbolizado por el servicio en el lugar santísimo-, y que él tenía que realizar la obra de la hora del juicio antes de venir a esta tierra en su segundo advenimiento.

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