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19 de mayo de 2010

Israel en la Profecía del Antiguo Testamento


I. Introducción


ESTE artículo estudia el problema fundamental de la interpretación de las porciones proféticas del AT en lo que atañe a su mensaje al antiguo Israel y a la iglesia de hoy. Se considera el papel asignado al Israel literal como pueblo escogido de Dios, la manera en que el plan divino había de cumplirse y el resultado que finalmente tuvo ese plan, así como también la transferencia final de los privilegios y responsabilidades del Israel histórico al Israel espiritual, es decir, a la iglesia cristiana. Para llegar a una interpretación válida de los mensajes de los profetas del AT es esencial comprender claramente los diversos aspectos de este problema. Cualquier interpretación que no tome debidamente en cuenta estos asuntos, viola los principios de la interpretación bíblica.

Pocos pasajes bíblicos son tan comúnmente mal entendidos, o tal vez interpretados en formas tan dispares, como los que contienen las promesas divinas formuladas por medio de los profetas del antiguo Israel. Es un hecho histórico innegable que hasta hoy la mayor parte de estas predicciones no se ha cumplido. A fin de explicar este aparente enigma, los comentadores de la Biblia han propuesto diversas explicaciones:

1. La escuela modernista de interpretación bíblica niega totalmente la posibilidad de una profecía que se proyecte hacia el futuro, y afirma que las "predicciones" fueron escritas después de haberse realizado lo que se había "predicho", o que tales "predicciones" sólo reflejaban las esperanzas que el profeta y su pueblo acariciaban para el futuro.

2. La escuela futurista de interpretación bíblica afirma que muchas de las promesas de restauración y liderazgo mundial que le fueron formuladas al antiguo Israel, están aún por cumplirse en relación con el establecimiento del Estado moderno de Israel.

3. El movimiento anglo-israelita enseña que los pueblos anglosajones son los descendientes de las así llamadas "tribus perdidas" del reino del norte, y que las promesas se cumplirán en buena medida en favor de sus descendientes actuales.

4. Una escuela menos definida basa su interpretación de las partes proféticas del AT en la teoría de que el profeta, si bien presentaba mensajes a la gente de su época, también a veces se trasladaba a un futuro distante, de modo que muchas de sus predicciones no se aplicaban en absoluto al pueblo literal de Israel, sino que eran exclusivamente para el Israel espiritual o sea la iglesia de hoy. Siguiendo esta interpretación, algunos han llegado al extremo de proponer una migración cristiana a Palestina.

5. Por lo general, los adventistas del séptimo día creen que las promesas y las predicciones dadas por medio de los profetas del AT originalmente se aplicaron al pueblo de Israel literal, y que éste habría visto su cumplimiento si hubiera obedecido a Dios y le hubiera sido leal. Pero las Escrituras, en cambio, registran el hecho de que Israel desobedeció a Dios y le fue desleal. Por lo tanto, lo que Dios se había propuesto hacer en favor del mundo por medio del antiguo Israel finalmente lo realizará por medio de la iglesia que tiene en el mundo hoy, y muchas de las promesas que originalmente fueron dadas al Israel literal se cumplirán en su pueblo remanente al final del tiempo.

Los intérpretes modernistas basan su posición en la suposición a priori de que no es posible conocer el futuro y desatienden toda evidencia que demuestre lo contrario. Los futuristas pasan por alto tanto el elemento condicional que se advierte en la profecía, elemento que fue clara y enfáticamente proclamado por los profetas mismos, como las declaraciones del NT que afirman que los privilegios y las responsabilidades del antiguo Israel fueron transferidos a la iglesia por medio de Cristo. La exposición bíblica que hacen los que apoyan la teoría anglo-israelita consiste en una mezcla de textos bíblicos, con leyendas, narraciones folklóricas y especulaciones.

La cuarta escuela de interpretación puede, a veces, aplicar correctamente a la iglesia de hoy y del futuro algunos pasajes proféticos del AT, pero no toma en cuenta la aplicación primaria de estos mensajes a la situación histórica existente entonces, y de modo muy arbitrario determina que ciertos pasajes escogidos fueron escritos más o menos exclusivamente para la iglesia de hoy. De un modo u otro, cada uno de estos intentos de interpretar los mensajes de los profetas del AT soslaya algunas enseñanzas bíblicas importantes, pasa por alto principios fundamentales de exégesis y proporciona un cuadro distorsionado de las secciones proféticas.

En la sección siguiente se presentan los principios de interpretación profético que corresponden al número 5, junto con las bases bíblicas en las cuales se apoyan. Esta es la posición adoptada por este Comentario.

II. Israel como pueblo escogido de Dios

Al llamar a Abrahán, Dios puso en operación un plan definido para que el Mesías viniera al mundo y para presentar la invitación evangélica a todos los hombres (Gén. 12:1-3; PP 117; PR 273). Dios encontró en Abrahán a un hombre dispuesto a obedecer sin reservas la voluntad divina (Gén. 26: 5; Heb. 11: 8) y a cultivar en su descendencia un espíritu similar (Gén. 18: 19). Por eso, de un modo especial, Abrahán llegó a ser "amigo de Dios" (Sant. 2: 23) y "padre de todos los creyentes" (Rom. 4: 11). Dios hizo con él un solemne pacto (Gén. 15: 18; 17: 2-7), y su descendencia, el pueblo de Israel, heredó el sagrado privilegio de ser el representante escogido por Dios en la tierra (Heb. 11: 9; PP 117) para salvar a toda la raza humana. La salvación vendría "de los judíos", pues el Mesías sería judío (Juan 4: 22), y vendría por medio de los judíos, pues ellos serían los mensajeros de salvación a todo el género humano (Gén. 12: 2-3; 22: 18; Isa. 42: 1, 6; 43: 10; Gál. 3: 8, 16, 18; PVGM 228).

Dios celebró en el monte Sinaí un pacto con Israel como nación (Exo. 19: 1-8; 24: 3-8; Deut. 7: 6-14; PP 310; DTG 56-57). Las bases del pacto y sus propósitos finales eran los mismos que los del pacto con Abrahán. El pueblo voluntariamente aceptó a Dios como su soberano, con lo cual la nación se transformó en una teocracia (PP 397, 653). El santuario se convirtió en la morada de Dios entre ellos (Exo. 25: 8); sus sacerdotes fueron consagrados para ministrar delante de él (Heb. 5: 1; 8: 3); sus servicios proporcionaron una lección objetiva del plan de salvación, y simbolizaron la venida del Mesías (1 Cor. 5: 7; Col. 2: 16-17; Heb. 9: 1-10; 10: 1-12). El pueblo podía acercarse a Dios personalmente y por medio del ministerio de un sacerdocio mediador que los representaba ante Dios. Dios dirigiría a la nación mediante el ministerio de los profetas, sus representantes designados. Estos "santos hombres de Dios" (2 Ped. 1: 21), de generación en generación instaron a Israel a arrepentirse y a practicar la justicia, y mantuvieron viva la esperanza mesiánica. Por orden divina, se conservaron siglo tras siglo los sagrados escritos, e Israel llegó a ser custodio de esos oráculos (Amós 3: 7; Rom. 3: 1-2; cf. PP 118).

El establecimiento de la monarquía hebrea no afectó los principios básicos de la teocracia (Deut. 17: 14-20; 1 Sam. 8: 7; PP 653). El Estado todavía había de administrarse en el nombre de Dios y por su autoridad. Aun durante el cautiverio, y más tarde bajo el dominio extranjero, Israel siguió siendo en teoría una teocracia, si bien en la práctica no lo fue plenamente. Sólo cuando sus dirigentes formalmente rechazaron al Mesías y declararon ante Pilato que no tenían "más rey que César" (Juan 19: 15), la nación de Israel se retiró irrevocablemente de los alcances del pacto y de la teocracia (DTG 686-687).

Por medio del antiguo Israel, Dios tenía el plan de proporcionar a las naciones de la tierra una revelación viviente de su propio carácter santo (PVGM 228; PR 272-273), y una muestra de las gloriosas alturas que el hombre puede alcanzar cuando coopera con los infinitos propósitos de Dios. Al mismo tiempo permitió que las naciones paganas anduvieran "en sus propios caminos" (Hech. 14: 16), para proporcionar un ejemplo de lo que el hombre puede lograr sin Dios. De este modo, durante más de 1.500 años se llevó a cabo delante del mundo un gran experimento que tenía el propósito de probar los méritos relativos del bien y el mal (PP 324). Finalmente quedó demostrado "ante el universo que, separada de Dios, la humanidad no puede ser elevada", y que "un nuevo elemento de vida y poder tiene que ser impartido por Aquel que hizo el mundo" (DTG 28).

III. El ideal: Cómo había de funcionar el plan

Dios colocó a su pueblo en Palestina, en la encrucijada del mundo antiguo, y le proporcionó todo lo necesario para que pudiera llegar a ser la mayor nación sobre la faz de la tierra (PVGM 230-231). Se había propuesto exaltarlo "sobre todas las naciones de la tierra" (Deut. 28: 1; PR 272-273), como resultado de lo cual "todas las naciones" reconocerían su superioridad y los llamarían "bienaventurados" (Mal. 3:10, 12). Como recompensa por practicar la justicia y los sabios principios celestiales se les prometió prosperidad sin par, tanto temporal como espiritual (Deut. 4: 6-9; 7: 12-15; 28: 1-14; PR 272-273, 519). Esta prosperidad resultaría de la plena cooperación con la voluntad de Dios revelada por medio de los profetas, y de la bendición divina añadida a los esfuerzos humanos (DTG 751-752; cf. PP 215).

El éxito de Israel debía basarse en lo siguiente:

1. Santidad de carácter .

(Lev. 19: 2; Mat. 5: 48). Sin esto, el pueblo de Israel no estaría en condiciones de recibir las bendiciones materiales que Dios deseaba concederle. Sin esta santidad, las muchas ventajas sólo resultarían en perjuicio para ellos y para otros. Su propio carácter progresivamente debía ser más noble y más elevado y reflejar siempre más perfectamente los atributos del perfecto carácter de Dios (Deut. 4: 9; 28: 1, 13-14; 30: 9-10; PVGM 230-231). La prosperidad espiritual había de preparar el camino para la prosperidad material.

2. Las bendiciones de la salud.

La debilidad y la enfermedad habrían de desaparecer enteramente de Israel si el pueblo se adhería estrictamente a los principios del sano vivir (Exo. 15: 26; Deut. 7: 13, 15; etc.; PP 396-397; PVGM 231).

3. Intelecto superior.

La cooperación con las leyes naturales que rigen el cuerpo y la mente daría como resultado una fuerza mental siempre creciente, y el pueblo de Israel recibiría la bendición del vigor intelectual, de una aguda perspicacia y de un sano juicio. En cuanto a sabiduría y entendimiento estarían muy por encima de las otras naciones (PR 272). Debían transformarse en una nación de genios intelectuales, y al fin la debilidad mental no se conocería entre ellos (PP 396; cf. DTG 767; PVGM 230-231).

4. Habilidades para la agricultura y la ganadería.

Al cooperar el pueblo con las instrucciones que Dios le daba en cuanto al cultivo del suelo, la tierra paulatinamente volvería a la fertilidad y la hermosura edénica (Isa. 51: 3); se transformaría en una lección objetiva de los resultados que se alcanzan al actuar en armonía con las leyes morales y naturales. Finalmente desaparecerían pestes y enfermedades, inundaciones y sequías, y no habría fracasos en las cosechas (cf. Deut. 7: 13; 28: 2-8; Mal. 3: 8-11; PVGM 231-232).

5. Artesanía excepcional.

Los hebreos habrían de adquirir sabiduría y habilidad en todo tipo de artesanía. Demostrarían un elevado grado de genio inventiva y habilidad como artesanos para fabricar todo tipo e utensilios y aparatos mecánicos. Los conocimientos técnicos permitirían que los productos fabricados en Israel fueran superiores a los de todos los otros (Exo. 31: 2-6; 35: 33, 35; PVGM 230-231).

6. Prosperidad sin par.

"Su obediencia a la ley de Dios había de presentarlos como maravillas de prosperidad delante de las naciones del mundo", testigos vivientes de la grandeza y la majestad de Dios (Deut. 8: 17-18; 28: 11-13; PVGM 230-231; DTG 530).

7. Grandeza nacional.

Dios deseaba proporcionar a cada individuo y a la nación todas las facilidades para que llegaran a ser la mayor nación de la tierra (PVGM 230; Deut. 4: 6-8; 7: 6, 14; 28: 1; Jer. 33: 9; Mal. 3: 12; PP 279, 324; Ed 37; DTG 530). Se proponía hacer de ellos una honra para su nombre y una bendición para las naciones que los rodeaban (Ed 37; PVGM 228).

Cuando las naciones de la antigüedad vieran el progreso sin precedentes de los israelitas, se suscitarían su atención y su interés. "Aun los paganos reconocerían la superioridad de los que servían y adoraban al Dios viviente" (PVGM 232). Deseando obtener para sí las mismas bendiciones, preguntarían cómo podrían adquirir también ellos esas evidentes ventajas materiales. Israel les respondería: "Aceptad a nuestro Dios como vuestro Dios, amadle y servidle como lo hacemos nosotros, y él hará lo mismo en favor de vosotros". "Las bendiciones así aseguradas a Israel se prometen, bajo las mismas condiciones y en el mismo grado, a toda nación y a todo individuo debajo de los anchos cielos" (PR 367; ver Hech. 10: 34-35; 15: 7-9; Rom. 10: 12-13; etc.). Todas las naciones de la tierra habían de compartir las bendiciones tan generosamente prodigadas sobre Israel (PR 274). Este concepto del papel de Israel se reitera vez tras vez en todo el AT. Dios había de ser glorificado en Israel (Isa. 49: 3) y su pueblo debía ser testigo suyo (cap. 43: 10; 31 44: 8), a fin de revelar a los hombres los principios de su reino (PVGM 228). Ellos habían de publicar sus alabanzas (cap. 43: 21) y declarar su gloria entre los gentiles (cap. 66: 19), para ser "luz a las naciones" (cap. 49: 6; 42: 6-7). Todos los hombres reconocerían que Israel tenía una relación especial con el Dios del cielo (Deut. 7: 6-14; 28: 10, Jer. 16: 20-21). Al contemplar la "justicia" de Israel (Isa. 62: 1-2), los gentiles reconocerían que aquéllos eran "linaje bendito de Jehová" (Isa. 61: 9-10; cf. Mal. 3: 12), y que su Dios era el único y verdadero Dios (Isa. 45: 14; PP 324). Ante la pregunta de Israel "¿Qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová?", los gentiles responderían: "Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta" (Deut. 4: 7, 6). Al oír hablar de todas las ventajas con las cuales el Dios de Israel los había bendecido, y "todo el bien" que les había hecho (Jer. 33: 9), las naciones paganas admitirían: "Ciertamente mentira poseyeron nuestros padres" (cap. 16: 19).

Las ventajas materiales gozadas por Israel tenían el propósito de atraer la atención y captar el interés de los paganos, para quienes las ventajas espirituales menos evidentes no tenían atractivo natural. Ellos se reunirían y vendrían "de lejos" (Isa. 49: 18, 12, 6, 8-9, 22; Sal. 102: 22), "desde los extremos de la tierra" (Jer. 16: 19), a la luz de la verdad que resplandecería desde el "monte de Jehová" (Isa. 2:3; 60:3; 56:7; cf. cap. 11:9-10). Las naciones que no habían sabido del verdadero Dios correrían a Jerusalén por causa de la manifiesta evidencia de las bendiciones divinas que acompañarían a Israel (cap. 55: 5). De un país extranjero tras otro vendrían embajadores para descubrir, de ser posible, el gran secreto del éxito de la nación de Israel, y sus dirigentes tendrían la oportunidad de dirigir los pensamientos de sus visitantes a la Fuente de todo lo bueno. Su mente debía ser orientada de lo visible a lo invisible, de lo material a lo espiritual, de lo temporal a lo eterno. Para una representación gráfica de lo que hubiese sido la respuesta de un pueblo a la irresistible atracción que hubiera irradiado de un Israel fiel a Dios, ver Isa. 19: 18-22; Sal. 68: 31.

Los embajadores gentiles, al regresar a sus países habrían aconsejado a sus compatriotas: "Vamos a implorar el favor de Jehová, y a buscar a Jehová" (Zac. 8: 21-22; cf. 1 Rey. 8: 41-43). Habrían enviado mensajeros a Israel para decirles: "Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros" (Zac. 8: 23). Nación tras nación se habría unido con ellos (Isa. 45: 14), juntándose con la "familia de Jacob" (cap. 14:1). Finalmente la casa de Dios en Jerusalén habría llegado a llamarse "casa de oración para todos los pueblos" (cap. 56: 7), "y . . . en aquel día . . . muchos pueblos y fuertes naciones" habrían venido "a buscar a Jehová de los ejércitos en Jerusalén, y a implorar el favor de Jehová" (Zac. 2: 11; 8: 22). Los "hijos de los extranjeros" (1 Rey. 8: 41; ver com. Exo. 12: 19, 43) habrían seguido a Jehová "para servirle" y amar su nombre (Isa. 56: 6; Zac. 2: 11). Las puertas de Jerusalén habrían estado siempre abiertas para recibir "las riquezas" entregadas a Israel para ayudar a convertir a otras naciones y pueblos (Isa. 60: 1-11; Sal. 72: 10; Isa. 45: 14; Hag. 2: 7). Finalmente todas las naciones habrían llamado a Jerusalén: "Trono de Jehová", y habrían venido a ella para no andar "más tras la dureza de su malvado corazón" (Jer. 3: 17). "Todos los que . . . se volvieran de la idolatría al culto del verdadero Dios, habrían de unirse con el pueblo escogido. A medida que aumentara el número de los israelitas, éstos habían de ensanchar sus fronteras, hasta que su reino abarcara al mundo" (PVGM 232-233; cf. Dan. 2: 35). De este modo Israel habría de florecer, echar renuevos y llenar de fruto la faz del mundo (Isa. 27: 6).

Estas promesas de prosperidad y éxito debían haber hallado su cumplimiento "en gran medida durante los siglos que siguieron al regreso de los israelitas de las 32 tierras de su cautiverio. Dios quería que toda la tierra fuese preparada para el primer advenimiento de Cristo, así como hoy se está preparando el terreno para su segunda venida" (PR 519). A pesar del fracaso final de Israel, cuando el Salvador nació (ver com. Mat. 2: 1) se había extendido por todas partes un conocimiento, si bien limitado, del verdadero Dios y de la esperanza mesiánica. Si la nación hubiese sido fiel a su cometido y valorado bien el excelso destino que Dios le había reservado, toda la tierra hubiera aguardado la venida del Mesías con intenso deseo. El Mesías habría venido, muerto y resucitado. Jerusalén se hubiera convertido en un gran centro misionero (PVGM 184), y la tierra se habría iluminado con la luz de la verdad para realizar así una última y espectacular exhortación a los que aún no habían aceptado la invitación de la misericordia divina. La invitación de Dios a las naciones habría sido: "Mirad a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra" (Isa. 45: 22; ver com. Zac. 1: 7).

"Si Jerusalén hubiese conocido lo que era su privilegio conocer, y hecho caso de la luz que el cielo le había enviado, podría haberse destacado en la gloria de la prosperidad, como reina de los reinos.... como poderosa metrópoli de la tierra" (DTG 529-530), y como noble vid habría llenado de fruto la faz de la tierra (Isa. 27: 6). "De haberse mantenido Israel como nación fiel al cielo, Jerusalén habría sido para siempre la elegida de Dios" (CS 21; cf. PR 32; Jer. 7: 7; 17: 25).

Después de la última gran exhortación al mundo para que reconociera al verdadero Dios, los que persistieran en negarse a ser leales a Jehová concebirían el "mal pensamiento" de sitiar la ciudad de Jerusalén y tomarla por la fuerza, para apoderarse de las ventajas materiales que Dios había derramado sobre su pueblo (Eze. 38: 8-12; Jer. 25: 32; Joel 3: 1, 12; Zac. 12: 2-9; 14: 2; cf. Apoc. 17: 13-14, 17). Durante el sitio, los israelitas réprobos habrían sido muertos por sus enemigos (Zac. 13: 8; 14: 2). En el cuadro profético se representa a Dios como el que convoca a las naciones en Jerusalén (Joel 3: 1-2; Sof. 3: 6-8; cf. Eze. 38: 16, 18-23; 39: 1-7). El tiene juicio contra ellas porque se han rebelado contra su autoridad (Jer. 25: 31-33). Dios las juzgaría (Joel 3: 9-17) y las destruiría allí (Isa. 34: 1-8; 63: 1-6; 66: 15-18). Cualquier nación o reino que no sirviera a Israel, perecería (cap. 60: 12). "Habían de ser desposeídas las naciones que rechazaran el culto y el servicio al verdadero Dios" (PVGM 232), e Israel heredaría "naciones" (Isa. 54: 3).

De este modo la tierra sería limpiada de los que se oponían a Dios (Zac. 14:12-13). Jehová sería "rey sobre toda la tierra" (vers. 3, 8-9) y su dominio se extendería de "mar a mar, y. . hasta los fines de la tierra" (cap. 9: 9-10). En ese día, dice el pasaje, "todos los que sobrevivieron de las naciones que vinieron contra Jerusalén, subirán de año en año para adorar al Rey, a Jehová de los ejércitos" (Zac. 14: 16; cf. cap. 9: 7; Isa. 66: 23)

IV. El fracaso de Israel en realizar el plan de Dios

Dios proporcionó a los israelitas "toda clase de facilidades para que llegaran a ser la más grande nación de la tierra" (PVGM 231). Cuando produjo "uvas silvestres" en vez de los frutos maduros del carácter, Dios preguntó: "¿Qué más podía hacer a mi viña que yo no haya hecho en ella?" (Isa. 5: 1-7). No había otra cosa que Dios pudiera haber hecho en favor de ellos; pero a pesar de todo fracasaron. Por no "someterse a las restricciones y mandamientos de Dios", no pudieron "llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzasen", ni recibieron "las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles" (PP 396).

Aquellos israelitas que se esforzaron por cooperar con la voluntad revelada de Dios, recibieron personalmente una medida de los beneficios que Dios había

EXCAVACIONES ARQUEOLÓGICAS EN PALESTINA

LUGARES ARQUEOLÓGICOS EN EL CERCANO ORIENTE

prometido a la nación. Esto ocurrió en el caso de Enoc (Gén. 5: 24), Abrahán (cap. 26: 5), y José (cap. 39: 2-6; PP 215). Así sucedió con Moisés, de quien se dice que hasta el día de su muerte "sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor" (Deut. 34: 7). Lo mismo aconteció con Daniel, "un ejemplo brillante de lo que el hombre puede llegar a ser, aun en esta vida, si hace de Dios su fuerza y aprovecha sabiamente las oportunidades y los privilegios que están a su alcance" (4T 569; ver Dan. 1: 8, 20; PR 360; cf. DTG 767). Semejantes fueron los casos de Samuel (PP 619-620), Elías (PVGM 242), Juan el Bautista (ver com. Mat. 3: 4), Juan el discípulo amado, y muchos otros. La vida de Cristo es el ejemplo perfecto del carácter que Dios quiere que se reproduzca en su pueblo. "El ideal que Dios tiene para sus hijos está por encima del alcance del más elevado pensamiento humano. El blanco a alcanzarse es la piedad, la semejanza a Dios" (Ed 16).

La gloriosa era de David y Salomón señaló lo que podría haber sido el comienzo de la edad de oro de Israel (PR 22- 23). Un visitante real exclamó en Jerusalén: "Ni aun se me dijo la mitad" (1 Rey. 10: 1-9). La gloria que caracterizó la primera etapa del reinado de Salomón se debió en parte a su fidelidad durante ese tiempo, y en parte, al hecho de que su padre David apreció plenamente los excelsos privilegios y las responsabilidades de Israel (ver Sal. 51: 10-11; Isa. 55: 3; cf. Hech. 13: 22).

Antes de que los israelitas entraran en la tierra prometida, Dios les advirtió que no olvidaran que las bendiciones que recibirían si cooperaban con él, serían regalos divinos (Deut. 8: 7-14), y que no serían, en primera instancia, el resultado de su propia sabiduría y habilidad (vers. 17-19). Salomón cometió un gran error cuando no comprendió cuál era el secreto de la prosperidad de Israel (ver la Introducción al Eclesiastés), y salvo unas pocas y notables excepciones, tanto los dirigentes como el pueblo se fueron hundiendo más y más, generación tras generación, hasta sumergirse en la apostasía (Isa. 3: 12; 9: 16; Jer. 5: 1-5; 8: 10; Eze. 22: 23-31; Miq. cap. 3).

El reino se dividió después de la muerte de Salomón (1 Rey. 11: 33-38). Esa división, aunque trágica, sirvió para aislar por un tiempo al reino de Judá de la marea de idolatría que pronto cubrió al reino del norte, a Israel (Ose. 4: 17). A pesar de los osados y celosos esfuerzos de profetas como Elías, Eliseo, Amós y Oseas, el reino del norte se deterioró en forma rápida, y finalmente fue llevado al cautiverio asirio. A los habitantes de esa nación "no se les prometió una restauración completa de su poder anterior en Palestina" (PR 222).

Si Judá hubiese permanecido leal a Dios, su cautiverio no hubiera sido necesario (PR 413). Vez tras vez Dios advirtió a su pueblo que la desobediencia daría por resultado el cautiverio (Deut. 4: 9; 8: 19; 28: 1-2, 14, 18; Jer. 18: 7-10; 26: 2-6; Zac. 6: 15; etc.). Les anunció que progresivamente disminuiría su fuerza y su prestigio como nación, hasta que todos fueran llevados cautivos (Deut. 28: 15-68; 2 Crón. 36: 16-17). El propósito de Dios era que el ejemplo de Israel sirviera como advertencia para Judá (Ose. 1: 7; 4: 15-17; 11: 12; Jer. 3: 3-12; etc.); pero no aprendió la lección, y poco más de un siglo después su apostasía fue completa (Jer. 22: 6, 8-9; Eze. 16: 37; 7: 2-15; 12: 3-28; 36: 18-23). El reino fue destruido (Eze. 21: 25-

), y sus habitantes arrancados de la tierra que había sido de ellos sólo en virtud de los alcances del pacto (Ose. 9: 3, 15; Miq. 2: 10 cf. Ose. 2: 6-13). Aprenderían en la adversidad, en el cautiverio en Babilonia, las lecciones que no habían asimilado durante los años de prosperidad (Jer. 25: 5-7; 29: 18-19; 30: 11-14; 46: 28; Eze. 20: 25- 38; Miq. 4: 10-12; DTG 20). También impartirían a los paganos babilonios un conocimiento del verdadero Dios (PR 217-218, 275-276). Con referencia a la dirección profética durante el cautiverio, ver la p. 599. 34

Dios no abandonó a su pueblo ni aun durante el cautiverio. Quiso renovar su pacto con él (Jer. 31: 10-38; Eze. 36: 21-38; Zac. 1: 12, 17; 2: 12), incluyendo las bendiciones respectivas (Jer. 33: 3, 6-26; Eze. 36: 8-15). Todo lo que se había prometido aún podría cumplirse, si tan sólo le amaban y le servían (Zac. 6: 15; cf. Isa. 54: 7; Eze. 36: 11; 43: 10-11; Miq. 6: 8; Zac. 10: 6). Conforme a su magnánimo propósito, las promesas del pacto habrían de cumplirse "en gran medida durante los siglos que siguieron al regreso de los israelitas de las tierras de su cautiverio. Dios quería que toda la tierra fuese preparada para el primer advenimiento de Cristo, así como hoy se está preparando el terreno para su segunda venida" (PR 519).

Es importante observar que todas las promesas del Antiguo Testamento que anticipaban el tiempo de la restauración de los judíos fueron dadas antes de su regreso del cautiverio (Isa. 10: 24-34; 14: 1-7; 27: 12-13; 40: 2; 61: 4-10; Jer. 16: 14-16; 23: 3-8; 25: 11; 29: 10-13; 30: 3-12; 32: 7-27, 37-44; Eze. 34: 11-15; 37; Amós 9: 10-15; Miq. 2: 12-13; etc.). Así comprendió Daniel estas promesas (Dan. 9: 1-8). Reconoció que el cautiverio confirmaba la "maldición" que había caído sobre ellos por su desobediencia (vers. 11-12), y que por eso Jerusalén estaba desolada (vers. 16-19). Entonces vino Gabriel para asegurarle que su pueblo sería restablecido y que finalmente vendría el Mesías (vers. 24-25). Pero el ángel dijo que el Mesías sería rechazado y que se le quitaría la vida por causa de las abominaciones de Israel, y Jerusalén y el templo una vez más quedarían en ruinas (vers. 26-27). Israel, como nación, tendría su segunda y última oportunidad de cooperar con el plan divino en el lapso comprendido entre el retorno de Babilonia y el rechazo del Mesías (Jer. 12: 14-17). "Setenta semanas"-O sea 490 años literales- fueron determinadas para los judíos, "para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable" (Dan. 9: 24).

Sin embargo, finalmente se hizo evidente que los judíos nunca alcanzarían la norma que Dios requería de ellos, lo cual Malaquías hace notar con toda claridad (cap. 1: 6, 12; 2: 2, 8-9, 11, 13-14, 17; 3: 7, 13-14; PR 520). El culto rutinario suplantó a la religión sincera (DTG 21; cf. Juan 4: 23-24; 2 Tim. 3: 5). Se respetaban las tradiciones humanas en lugar de la voluntad revelada de Dios (ver com. Mar. 7: 6-9). Lejos de transformarse en la luz del mundo, el pueblo judío "se encerró en sí mismo y se aisló del mundo para salvaguardarse de ser seducidos por la idolatría" (PR 523; cf. Deut. 11: 26-27; Mar. 7: 9). Perdieron de vista el espíritu de la ley por su minucioso apego a la letra de la misma. Olvidaron que Dios aborrece la multiplicación de las formas religiosas externas (Isa. 1: 11-18; Ose. 6: 6; Miq. 6: 7; Mal. 2: 13), y que sólo pide del hombre que haga justicia, ame la misericordia y se humille ante Dios (Miq. 6: 8; cf. Mat. 19: 16-17; 22: 36- 40).Pero en su misericordia, Dios todavía soportó a su pueblo, y a su debido tiempo vino el Mesías (Mal. 3: 1-3; DTG 28). "Si el pueblo le hubiese recibido, Cristo habría evitado a la nación judía su condenación" (PR 526) aun en el último momento. Cuando terminó el período de prueba de los 490 años, la nación judía aún permanecía obstinada e impenitente, y por eso perdió su papel de privilegio como representante de Dios en la tierra.

V. Por qué fracasó Israel

Los israelitas "no quisieron someterse a las restricciones y a los mandamientos de Dios, y esto les impidió, en gran parte, llegar a la alta norma que él deseaba que ellos alcanzasen, y recibir las bendiciones que él estaba dispuesto a concederles" (PP 396). Albergaban la idea de que eran los predilectos del cielo (PVGM 236-237), y eran ingratos frente a las oportunidades que tan bondadosamente Dios les proporcionaba 35 (PVGM 243; cf. 322). Perdieron el derecho a las bendiciones de Dios porque no cumplieron el propósito divino para el cual los había convertido en su pueblo escogido, y así se acarrearon su propia ruina (PVGM 227, 232-233; PR 520).

Cuando vino el Mesías, los judíos, su propio pueblo, "no le recibieron" (Juan 1: 11). Ciegamente "habían pasado por alto aquellos pasajes que señalaban la humillación de Cristo en su primer advenimiento y aplicaban mal los que hablaban de la gloria de su segunda venida. El orgullo oscurecía su visión [ver Luc. 19: 42]. Interpretaban las profecías de acuerdo con sus deseos egoístas" (DTG 22; cf. 183, 222), porque sus ambiciosas esperanzas estaban fijas en la grandeza mundana (DTG 20). Esperaban que el Mesías reinaría como príncipe temporal (DTG 383; cf. Hech. 1: 6), que sería libertador y vencedor y que exaltaría a Israel para que dominase a todas las naciones (PR 524; ver com. Luc. 4: 19). No querían tener parte en nada de lo que Cristo patrocinaba (ver Mat. 3: 2-3; Mar. 3: 14; DTG 210, 355). Afanosamente buscaron el poder del reino de Cristo, pero no estuvieron dispuestos a dejarse guiar por sus principios. Se aferraban a las bendiciones materiales que tan generosamente les ofrecía, pero rehusaron aceptar la gracia espiritual que habría transformado sus vidas y los hubiera capacitado para ser representantes de Cristo. Produjeron "uvas silvestres" y no la buena fruta de un carácter semejante al de Dios (Isa. 5: 1-7; cf. Gál. 5: 19-23); y porque no produjeron el fruto que de ellos se esperaba, perdieron el derecho de ocupar su puesto en el plan divino (ver Rom. 11: 20).

Como declinaron rendirse a Dios para ser sus agentes y llevar la salvación a la raza humana, los judíos, como nación, se transformaron en agentes de Satanás para la destrucción de su propia raza (DTG 27). En vez de llegar a ser portaluces para el mundo, se llenaron de sus tinieblas y reflejaron esta oscuridad. No realizaron ningún bien positivo. Por el contrario, hicieron un daño incalculable, y su influencia se transformó en "un sabor de muerte para muerte" (PVGM 245). "En vista de la luz que habían recibido de Dios, eran peores que los paganos, a los cuales se creían superiores" (DTG 81; PVGM 234-235). "Rechazaron la Luz del mundo, y desde ese momento su vida quedó rodeada de tinieblas como de medianoche" (PR 526).

En estos trágicos acontecimientos se cumplieron final y totalmente las palabras de Moisés: "Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en multiplicamos, así se gozará Jehová en arruinaros y en destruimos; y seréis arrancados de sobre la tierra a la cual entráis para tomar posesión de ella. Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo" (Deut. 28: 63-64). En Deut. 8: 19-20 se puede ver cuán completo y final fue este rechazo: "Como las naciones que Jehová destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios". El rechazo de Jesús por parte de los dirigentes de Israel (cf. Isa. 3: 12; 9: 16) significó la cancelación permanente e irrevocable de su categoría especial como nación delante de Dios (PVGM 246; cf. Jer. 12: 14-16).

En relación con el cautiverio babilónico, Dios había anunciado específicamente que esta vicisitud no significaría "del todo" una destrucción de Israel como pueblo de Dios (Jer. 4: 27; 5: 18; 46: 28). Pero cuando los judíos rechazaron a Cristo no se les dio tal seguridad de restauración. El regreso actual de los judíos a Palestina y el establecimiento del moderno Estado de Israel no implican una restauración como pueblo de Dios, ni presente, ni futura. Lo que los judíos pueden hacer como nación, ahora o en el futuro, no tiene ninguna relación con las promesas que les fueron hechas. Cuando crucificaron a Cristo perdieron para siempre su posición especial como pueblo escogido de Dios. Cualquier idea de que el regreso de los judíos a su antigua patria, es decir al Estado de Israel, pueda en modo alguno relacionarse con 36 las profecías bíblicas, significa que se ignoran las declaraciones terminantes del AT de que las promesas de Dios hechas a Israel fueron todas condicionales.

VI. Naturaleza y propósito de la profecía condicional

La palabra de Dios es segura (Isa. 40: 8; 55: 11; Rom. 11: 29), y finalmente prevalecerá su plan para salvar al hombre (Isa. 46: 10). En él "no hay mudanza, ni sombra de variación" (Sant. 1:17). "Es el mismo ayer, hoy, y por los siglos" (Heb. 13: 8). Su palabra "permanece para siempre" (1 Ped. 1: 25). Los propósitos de Dios prevalecerán finalmente, y el plan de salvación tendrá éxito a pesar del fracaso de alguna persona o de algún grupo (PR 520-521). El plan en sí mismo nunca cambia porque Dios nunca cambia; pero la manera en que se cumple puede mortificarse porque el hombre puede cambiar. La oscilante voluntad humana es el factor débil e inestable en la profecía condicional. Dios puede rechazar a una nación o a un grupo de gente y sustituirlo por otro, si los que fueron llamados primero se niegan a cooperar con él (Jer. 18: 6-10; cf. Dan. 5: 25-28; Mat. 21: 40-43; 22: 3-10; Luc. 14: 24). En Jonás 3: 3-10 (cf. 2 Rey. 20: 1-5) hay una ilustración de la amenaza de un castigo que no se produjo. Lo contrario -una bendición prometida que no se cumplió- puede verse en Exo. 6: 2-8; cf. Núm. 14: 26-34. El pacto con Israel fracasó, no porque Dios no cumpliera con su parte del convenio, sino porque las hermosas promesas de Israel se desvanecieron como el rocío matinal (Ose. 6: 4; 13: 3; Heb. 8: 6-7). Debe recordarse que Dios no fuerza la voluntad humana y que la cooperación de Israel era esencial para el éxito del plan divino para esa nación.

Las promesas de Dios están condicionadas por la cooperación y la obediencia del hombre. "Las promesas y amenazas de Dios son igualmente condicionales" (Ev 504). Vez tras vez Dios advirtió a Israel que la bendición va de la mano con la obediencia y que la maldición acompaña a la desobediencia (Deut. 4: 9; 8: 19; 28: 1-2, 13-14; Jer. 18: 6-10; 26: 2-6; Zac. 6: 15; etc.). Era necesaria una obediencia continua para que permaneciera el favor divino, mientras que la desobediencia persistente inevitablemente culminaría en el rechazo de la nación judía como instrumento escogido por Dios para llevar a cabo el plan divino (Deut. 28: 15-68). Debido al fracaso de los judíos como pueblo escogido de Dios, muchas de las profecías del AT, sobre todo las que afirman la misión mundial de Israel y la conversión de los gentiles (ver Gén. 12: 3; Deut. 4: 6-8; Isa. 2: 2-5; 42: 6; 49: 6; 52: 10; 56: 6-7; 60: 1-3; 61: 9; 62: 2; Zac. 2: 11; 8: 22-23; etc.), las que anticipan el descanso eterno en Canaán (Isa. 11: 6-9; 35; 65: 17-25; 66: 20-23; Jer. 17: 25; Eze. 37; 40-48; Zac. 2: 6-12; 14: 4-11), y las que prometen liberación de los enemigos (Isa. 2: 10-21; 4-26; Eze. 38; 39; Joel 3; Sof. 1; 2; Zac. 9: 9-17; 10-14; etc.), nunca se han cumplido ni podrán cumplirse para la nación judía.

Si Israel hubiera alcanzado el noble ideal, todas las promesas que dependían de la obediencia tiempo ha se habrían cumplido. Las predicciones de desgracias nacionales, del rechazo y la angustia que habrían de seguir a la apostasía, nunca se habrían realizado. Pero fue por causa de la apostasía por lo que las predicciones de gloria y honor nacional no pudieron cumplirse. Sin embargo, en vista de que los propósitos de Dios son inmutables (Sal. 33: 11; Prov. 19: 21; Isa. 46: 10; Hech. 5: 39; Heb. 6: 17; etc.), el éxito deberá alcanzarse y se alcanzará, pero por medio del Israel espiritual. Aunque el Israel literal no alcanzó, en general, su excelso destino, la raza escogida hizo una valiosa contribución, aunque imperfecta, a la preparación del mundo para el primer advenimiento del Mesías (ver Mat. 2: 1). Además, debe recordarse que, en la carne, el Mesías era judío, que los primeros cristianos fueron todos judíos y que el cristianismo surgió del judaísmo. VII. El Israel espiritual reemplaza al Israel literal

Al rechazar formalmente a Jesús, la nación judía puso fin a su última oportunidad como instrumento especial de Dios para la salvación del mundo. Según las palabras de Cristo mismo, fue "finalmente" a los judíos a quienes Dios "envió a su Hijo", pero ellos lo tomaron, "le echaron fuera de la viña y le mataron" (Mat. 21: 37-39). Después de esto, Dios dio "su viña" (Isa. 5: 1-7) "a otros labradores" que le iban a pagar "el fruto a su tiempo" (ver Mat. 21: 41). Cuando se retiró por última vez del sagrado recinto del templo, Cristo dijo: "Vuestra casa os es dejada desierta" (Mat. 23: 38). El día anterior había dicho del templo: "mi casa" (cap. 21: 13), pero en adelante ya no lo consideraría más como su casa. Jesús mismo pronunció sentencia contra ellos: "Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él" (Mat. 21: 43; cf. 1 Ped. 2: 9-10).

En Rom. 9-11 se habla de la transición del Israel literal e histórico al Israel espiritual. Aquí Pablo afirma que el rechazo de los judíos no significaba que las promesas de Dios hubieran fallado (Rom. 9: 6), y explica en seguida que han de hacerse efectivas por medio del Israel espiritual. Cita a Ose. 2: 23: "Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo" (Rom. 9: 25-26). El Israel espiritual incluye tanto a judíos como a gentiles (vers. 24). Pedro concuerda: "En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia" (Hech. 10: 35; cf. cap. 11: 18). Años más tarde Pedro se dirige a "los que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios" (1 Ped. 2: 10), gente que ahora es "nación santa, pueblo adquirido por Dios" (vers. 9). En Rom. 9: 30-31 Pablo afirma la misma verdad al decir que en el plan divino la iglesia cristiana ha reemplazado a la nación hebrea. En adelante ya no habrá más "diferencia entre judío y griego" (cap. 10: 12-13).

Pablo subraya el hecho de que el rechazo del Israel literal como instrumento escogido por Dios para la salvación del mundo no significa que los judíos ya no puedan ser salvos en forma individual (cap. 9: 6; 11: 1-2, 11, 15), porque él mismo es judío (cap. 9: 3; 10: 1; 11: 1-2); pero han de ser salvos como cristianos, y no como judíos. Es verdad -dice él- que la nación de Israel tropezó en la "piedra de tropiezo", que era Jesús (Rom. 9: 32-33; 11: 11; cf. 1 Ped. 2: 6-8; 1 Cor. 1: 23), pero esto no significa que deban caer. "En ninguna manera", exclama Pablo (Rom. 11: 1, 11, 22). Los judíos según la carne todavía pueden hallar la salvación si son injertados en el Israel espiritual, exactamente del mismo modo en que los gentiles deben ser injertados (vers. 23-24). "Todo Israel" está compuesto de judíos y gentiles, y por eso "todo Israel será salvo" (Rom. 11: 25-26; PR 272). Pablo aclara, más allá de toda duda, que cuando habla de "Israel" como pueblo escogido de Dios, emplea el término en este sentido. Dice específicamente que por "judío" no quiere significar un judío literal, sino el que está convertido de corazón, sea judío o gentil (cap. 2: 28-29). Todos los que tienen fe en Cristo son una cosa en el Salvador, y como "simiente" espiritual de Abrahán, son "herederos según la promesa" (Gál. 3: 9, 28-29).

"Lo que Dios quiso hacer en favor del mundo por medio de Israel, la nación escogida, lo realizará finalmente mediante su iglesia que está en la tierra hoy" (PR 526). Las gloriosas promesas que originalmente le fueron hechas al Israel literal están hallando su cumplimiento hoy en la proclamación del Evangelio a todos los hombres (PR 277-278; CS 504; Apoc. 14: 6-7). "Las bendiciones así aseguradas a Israel se prometen, bajo las mismas condiciones y en el mismo grado, a toda nación y a todo individuo debajo de los anchos cielos" (PR 367; cf. 223). "La iglesia en esta generación ha sido dotada por Dios de grandes privilegios y bendiciones, y él espera los resultados correspondientes . . . En la vida de los hijos de Dios, las verdades de su Palabra han de revelar su gloria y excelencia. Mediante su pueblo, Cristo ha de manifestar su carácter y los principios de su reino" (PVGM 238). Ahora le corresponde al Israel espiritual -que antes no era el pueblo de Dios pero que ahora sí lo es- anunciar "las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Ped. 2: 9-10).

Nunca deberíamos olvidar que "las cosas que se escribieron antes" fueron escritas para la "enseñanza" de las generaciones futuras, hasta el mismo fin del tiempo, con el propósito de inspirar paciencia, consuelo y esperanza (Rom. 15: 4). Fueron "escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos" (1 Cor. 10: 11).

Los profetas mismos no siempre comprendieron con claridad los mensajes que daban con referencia al futuro distante, a la venida del Mesías (1 Ped. 1: 10-11). Esas reiteradas predicciones mesiánicas tenían el propósito de elevar la vista de la gente, de los acontecimientos pasajeros de sus días a la venida del Mesías y al establecimiento de su eterno reino, para que pudieran considerar las cosas del tiempo a la luz de la eternidad. Sin embargo, esos mensajes, que entonces pertenecían al futuro distante, no sólo tenían el propósito de inspirar paciencia, consuelo y esperanza en el momento de ser pronunciados, sino que también debían servir para los hombres del tiempo de Cristo como evidencia confirmatorio de que en realidad él era el Mesías. La profunda convicción de que se habían cumplido los mensajes de los profetas indujo a muchos a que creyeran en Cristo como el Hijo de Dios (DTG 720-721, 740). De este modo los profetas pusieron un firme cimiento para la fe de la iglesia apostólica, e hicieron así una contribución directa y vital a la fe cristiana.

Por lo tanto, los profetas no sólo ministraron "para sí mismos" y para sus contemporáneos, sino también para todas las personas sinceras de generaciones posteriores (1 Ped. 1: 12). Los que son testigos del cumplimiento de la profecía siempre tienen el privilegio de "recordar" y "creer" (Juan 13: 19; 14: 29; 16: 4). Dios determinó que aquellas profecías que la Inspiración aplica claramente a nuestros días, nos inspiran paciencia, consuelo y la esperanza de que todo lo predicho por esos santos varones de la antigüedad pronto hallará su cumplimiento final y completo.

VIII. Conclusión: Principios de interpretación

Por lo general, las promesas y las predicciones del AT estaban dirigidas al Israel literal, y debían haberse cumplido en relación con esa nación, siempre que ella fuera obediente. El cumplimiento parcial de la voluntad de Dios determinó que fuera también parcial el cumplimiento de las promesas que Dios había hecho con respecto al pacto. Sin embargo, muchas de esas promesas, sobre todo las que se refieren a la proclamación del Evangelio a las naciones y al establecimiento del reino mesiánico, no pudieron cumplirse para los judíos debido a su infidelidad; pero se cumplirán en la iglesia antes de la venida de Cristo, especialmente en el pueblo remanente de Dios, y también en la tierra nueva.

Cuando los judíos rechazaron a Jesús como el Mesías, Dios a su vez los rechazó a ellos, y comisionó a la iglesia cristiana como su instrumento escogido para salvar al mundo (Mat. 28:19-20; 2 Cor. 5: 18-20; 1 Ped. 2: 9-10; etc.). Por lo tanto, las promesas y los privilegios del pacto fueron todos transferidos permanentemente del Israel literal al Israel espiritual (Rom. 9: 4; cf. Gál. 3: 27-29; ver com. Deut. 18: 15). Aquellas promesas que todavía no se hubieran cumplido en el Israel literal, no se cumplirían más, o bien se cumplirían en la iglesia cristiana, que sería en adelante el Israel 39 espiritual. Las profecías de esta segunda clase han de cumplirse en principio, pero no necesariamente en todos sus detalles, debido a que muchos detalles proféticos se refieren exclusivamente a Israel como una nación literal situada en la tierra de Palestina. La iglesia cristiana es una "nación" espiritual esparcida por todo el mundo, y esos detalles evidentemente no pueden aplicarse a ella en el sentido literal en que se aplicarían al pueblo de Israel. Las profecías de la primera clase no pueden cumplirse porque eran estrictamente condicionales, y porque por su misma naturaleza sólo se aplicaban al Israel histórico.

El principio básico mediante el cual podemos afirmar con certeza cuándo una promesa o profecía particular del AT, hecha originalmente al Israel literal, halla su cumplimiento con respecto al Israel espiritual, es cuando un escritor posterior e inspirado hace tal aplicación de ella. Por ejemplo, la profecía de la batalla de Gog y Magog (Eze. 38-39) nunca se cumplió en relación con el Israel histórico; pero Juan el revelador nos asegura que, en principio, aunque no con todos los detalles (tales como los de Eze. 39: 9-15), esta batalla se efectuará al final del milenio (Apoc. 20: 7-9). Pero ir más allá de lo que afirma la Inspiración -ya sea en el contexto inmediato del pasaje en cuestión, en el NT o en los escritos de Elena de White- equivale a colocar la opinión personal en lugar de un terminante "Así dice Jehová". En aquellos casos en que la Inspiración no se ha definido claramente, estamos autorizados para comparar los diferentes pasajes entre sí, haciendo un esfuerzo por entender más claramente las ideas del Espíritu. Pero en esto, como en toda exposición bíblica, no deberíamos afirmar que la Biblia enseña explícitamente lo que sólo es nuestra opinión particular y limitada, no importa cuán plausible parezca ser. Además, las profecías del AT deben examinarse en primer lugar a la luz de su aplicación histórica al Israel literal, antes de intentar hacer una aplicación derivada al Israel espiritual.

Uno de los principales propósitos del comentador bíblico es reconstruir el marco histórico dentro del cual fueron hechas las declaraciones originales de los profetas. El cristianismo es una religión histórica y sus mensajes inspirados están arraigados en los cerros y los valles, los desiertos y los ríos del mundo antiguo; y están ligados a hombres y mujeres de carne y hueso que una vez vivieron en la tierra. No hay protección más segura contra las vagas especulaciones de los visionarios religiosos que un claro conocimiento del contexto histórico de las Escrituras.

Aunque el profeta miraba lo que acontecía en su derredor, también podía ver mucho más allá de sus días. De un modo misterioso que sólo Dios conoce, algunas veces las palabras del profeta debían encontrar su cumplimiento en lo que era entonces un futuro distante. Algunas veces tenían que ver no sólo con la época en la cual vivía el profeta, sino también con un día del futuro remoto. Es decir, tenían una aplicación doble. Del mismo modo, las formas en que Dios trató a los hombres en las crisis pasadas se citan muchas veces como ejemplos del trato que dará al mundo en el día final (ver Deut. 18: 15). Por ejemplo, los escritores bíblicos emplean el castigo que sufrieron las ciudades de Sodoma y Gomorra, ciudades literales de la antigüedad, para describir los castigos que Dios finalmente traerá sobre todo el mundo.

El estudioso de la Biblia que desee sacar de ella el mayor provecho posible, en primer lugar reconstruirá el contexto histórico de cada pasaje; escuchará al profeta que habla al antiguo Israel, y procurará comprender lo que sus palabras significaron para la gente que originalmente las escuchó. Pero también procurará captar el significado que las palabras del profeta puedan tener para tiempos posteriores, sobre todo para nuestra época. En verdad, esta aplicación secundaria es para nosotros hoy la más importante. Pero sólo teniendo en cuenta el marco del contexto histórico original del mensaje se podrá establecer con certeza su sentido y su valor para nosotros.

Un estudio de los profetas del AT que consista mayormente en tomar pasajes escogidos de aquí y de allá, sacándolos de su contexto histórico y aplicándolos arbitrariamente a nuestros días -como si el profeta hubiera hablado exclusivamente para apoyar nuestra posición-, está lleno de graves peligros. En verdad, este proceder es la principal causa de las caprichosas interpretaciones que caracterizan las enseñanzas de ciertos grupos religiosos.

En esta época, cuando sopla "todo viento de doctrina", es bueno asegurarse de que la comprensión de la profecía bíblica descansa sobre un positivo "Así dice Jehová" (Deut. 29: 29; Isa. 50: 11; Jer. 2: 13; Mat. 7: 24-28; 1 Cor. 2: 4-5, 12-13; Efe. 4: 14; Col. 2: 2-4, 8; 2 Ped. 1: 16; Apoc. 22: 18). Si así lo hacemos, no caeremos en las explicaciones caprichosas que algunas veces se dan de ciertas profecías del AT. Tampoco adoptaremos la explicación puramente literal que presentan algunos expositores referente al retorno del Israel literal a la Palestina literal para gobernar al mundo durante mil años, antes de que termine el tiempo de gracia para los seres humanos. También estaremos a salvo de otras interpretaciones que no son bíblicas, mediante las cuales se aplican alegóricamente a la iglesia todos los detalles de las promesas que originalmente fueron dadas al Israel literal. Estas dos posiciones exageradas distorsionan el sentido evidente de las Escrituras y no permiten que la Iglesia logre una juiciosa comprensión de los mensajes de los profetas.

Como un enfoque seguro para estudiar los pasajes proféticos del AT, se sugieren estas sencillas reglas:

1. Examínese la profecía en su totalidad. Téngase en cuenta quién la presentó, a quién estaba dirigida y cuáles fueron las circunstancias que la motivaron. Debe recordarse que, por lo general, la profecía fue dada originalmente con referencia a las circunstancias históricas que la motivaron. La profecía fue ordenada por Dios para responder a las necesidades de su pueblo en el momento cuando fue dada y para recordarle el glorioso destino que como nación le aguardaba: la venida del Mesías y el establecimiento de su reino eterno. Descúbrase lo que el mensaje significó para la gente de esa época. (Esta regla no se aplica a las porciones del libro de Daniel que debían ser cerradas y selladas, ni a otros pasajes cuya aplicación pudo haber sido limitada por la Inspiración exclusivamente para nuestros días.)

2. Obsérvense los aspectos condicionales de la predicción y determínese hasta qué punto esas condiciones fueron cumplidas, si es que lo fueron.

3. Descúbrase qué aplicación le dan a esta profecía los autores inspirados posteriores, y sobre esta base determínese el significado que pueda tener para el pueblo de Dios de este tiempo.

4. Recuérdese que la historia del trato de Dios con su pueblo en el pasado ha sido registrada para beneficio de todas las generaciones posteriores hasta el fin del tiempo. Nuestro estudio de los mensajes, que fueron originalmente proclamados por santos varones de la antigüedad a la gente de sus días, no debe transformarse en un fin en sí mismo, sino en un medio para descubrir la voluntad de Dios con respecto a los que quieran servirle de todo corazón ahora, en el final de los siglos. La voz de Dios hoy nos habla claramente mediante los profetas de antaño.

Si estas reglas se siguen en forma consecuente, la interpretación que se obtenga puede aceptarse con confianza. En esta forma el sincero escudriñador de la verdad encontrará mensajes de inspiración, consuelo y orientación para hoy en los mensajes inspirados de los profetas de la antigüedad.

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